Ojos como cenizas, de Piedad Solans

Este libro de Piedad Solans está a medio camino entre el ensayo, las memorias y el libro de historia. Se nutre de todos esos géneros y los reúne en torno a un tema común: la memoria. Se presenta en la librería y espacio cultural Andenbuch el próximo 24 de abril. El moderador es poeta español Juan Mut, quien también nos trae su último libro de poesía en la misma librería Andenbuch unos días antes, el domingo 19 de abril a las 12:00. Contará con la interpretación del tema musical «Negra sombra» (poema de Rosalía de Castro) a cargo de June Telletxea, (soprano) y Andreas Arend (lyra polyversalis), con el apoyo de la Embajada de España en Berlín. Hemos hablado con Piedad Solans sobre su libro. La entrevista se hizo en línea.

Buenos días, Piedad, ¿qué tal? ¿Estás en Madrid o dónde estás?

En estos momentos estoy en España. Acabo de presentar el libro en Madrid. 

¿Puedes presentarte? ¿Quién eres, qué haces?

No diría que “tengo” una identidad nacional, sino que soy el cruce de múltiples experiencias, de los países y las personas, de los viajes, estudios y proyectos realizados a lo largo de mi vida, y ello configura la persona que escribió este libro y la que actualmente soy. 

La España de los años setenta era provinciana, gris, aunque ya viví como adolescente  el franquismo tardío, eran los últimos años violentos del régimen y había una gran actividad política, clandestina, también se vivía la euforia posterior a mayo del 68 francés, la cultura y la música inglesa y norteamericana, con el pacifismo, los conciertos y movilizaciones masivas, las revoluciones feministas. Todo esto nos estimuló, como adolescentes, a ser críticas y rebeldes, a comprometernos políticamente pero también a buscar otros aires, aires europeos. 

Me licencié en Geografía e Historia, me doctoré en Historia del Arte. Me interesaban especialmente los cruces entre la literatura, el arte, la sociología, el psicoanálisis y la historia. Años más tarde, viajé por India, Grecia, Marruecos y estuve en Pakistán, en China, en Nueva York. Si tengo una identidad, es de cruce, o como diría Mariam Ghani, una artista afgano-libanesa nacionalizada norteamericana, fronteriza. Hoy día, muchas personas tienen una nacionalidad pero no una identidad nacionalista sino fronteriza, viven entre diversas culturas, países y lenguas. Esta posición fronteriza está en la estructura del libro y en la figura de quien asiste a lo que aparece y  emerge a la mirada desde la percepción, los trayectos. Y desde las preguntas: ¿qué pasa aquí? ¿Qué es esto? Y también mi identidad se ha formado con las crisis, con carencias, silencios o excesos del lenguaje, que me han inducido a investigar y a buscar, a poner en duda la construcción y producción del conocimiento. 

Me interesa un lenguaje que está por escribir, ese vacío, la ausencia o, digamos, la expulsión del lenguaje de lo que no se dice. Trabajé esta dimensión en un trabajo de doctorado, La palabra ausente, sobre la poesía y el lenguaje en el dadaísmo, en el surrealismo, en el constructivismo y en el futurismo, y en mi tesis doctoral sobre el Accionismo vienés, un movimiento artístico en la Viena de 1960. De esa época en Viena procedía la filosofía del lenguaje de Wittgenstein y del Wiener Kreis (Círculo de Viena), que propugnaba reducir la significación del discurso a experiencia empírica y estructura lógica y rechazaba un sentido que ya está producido, dando la importancia a la observación directa y a la experiencia. Ambas vanguardias, así como la semiótica de Mijaíl Bajtín, para quien el lenguaje es una actividad viva y compartida y el sentido no es estático sino que surge de la interacción y el intercambio entre múltiples voces, abrieron un camino epistemológico a mi escritura y mi manera de ver el arte y la historia.

¿Geográficamente con qué te identificas?

Me es imposible identificarme geográficamente. Es que no busco una identificación… Me estimula la extrañeza, la indagación, lo que no sé. En todo caso, me identifico con lo que amo.

Pero naciste en algún sitio.

Mi madre era asturiana, mi padre era aragonés. Yo nací en Madrid. Claro que hay algo fundacional en la infancia, en los juegos, en el descubrimiento de los lugares, en la magia misteriosa de la niñez, cuando no se ha vivido una infancia terrible como la de tantas niñas y niños en guerra o la extrema pobreza. Pero yo no me encontraba bien en la ciudad y me fui.

¿También tienes relaciones con la cultura francesa?

Sí, especialmente en mi juventud. Seguí los cursos de Historia de arte francés moderno y contemporáneo en l’École du Louvre de París e hice un curso de Literatura y cultura francesa en la Sorbonne. He incorporado a mi trabajo el existencialismo, leí mucho a Camus, Sartre,  Boris Vian, a Simone de Beauvoir y Marguerite Duras, y más tarde las teorías de Foucault, también a Lacan, a Guy Debord, el posmodernismo de Lyotard, Gilles Deleuze, Jean Baudrillard, Marc Augé y la crítica poscolonialista de Franz Fanon o Sophie Bessis. Entré tarde en la universidad española, en esos años había muchas huelgas y estábamos muy politizadas, aunque para mí fue crítico estudiar con los métodos que tenía el alumnado. ¡Y esos exámenes basados en los apuntes aprendidos de memoria! He de decir que en geografía humana me suspendían sistemáticamente porque no comprendía la estadística, ¿cómo se puede decir que la probabilidad de vida de una persona es Q5:V3= x14? Rechazaba este sistema. Hubo profesores como Ángel González o Valeriano Bozal, en Estética, que intentaban cambiar el sistema, lo cual no siempre era aceptado por la/os alumna/os. Sin embargo, en Historia contemporánea hubo en la UAM prestigiosos profesores marxistas como Miguel Artola o Pérez Ledesma, también Jaime Contreras, experto en la Inquisición, un lujo. Los métodos de enseñanza en esos años eran bastante deprimentes, porque no se enseñaba a argumentar, a debatir. Cuando más tarde he impartido seminarios, he visto con tristeza esa ausencia de argumentación, de construcción conceptual del lenguaje y el miedo a hablar, a no saber o hacer el ridículo, a que te critiquen. Aunque ya había democracia, es producto de la huella que dejó la regresión del franquismo y del nacional-catolicismo. Todo esto por supuesto ha cambiado, hay otros métodos y oportunidades para estudiar con becas y estancias en otros países. 

Hace muchos años que no voy a Francia, la última vez, en 2013, encontré París tan turístico, lleno de policía, socialmente tan cambiado. Por supuesto había cosas interesantes, pero ya no era el tipo de ciudad que me interesaba.

¿En qué universidad estudiaste?

Me licencié en la Autónoma de Madrid, hice el Doctorado en la UNED y la tesis bajo la dirección de Simón Marchán Fiz, del Departamento de Estética de la UNED.

Aparte de la relación con la cultura francesa, también tienes una relación con la cultura alemana.

En el año 2006, quería irme a Estados Unidos o a Inglaterra y pensé en pedir una plaza de lectora en una universidad. Pero vi unas fotografías de James Casebere, un artista norteamericano con el que estaba trabajando. Él fotografiaba lugares históricos, algunos traumáticos, como un hangar de esclavos, y a partir de la fotografía hacía una maqueta cuyo interior inundaba de resina y perforaba con puertas y ventanas por donde entraba la luz procedente de un foco exterior. Después fotografiaba el interior y el resultado eran fotografías de una belleza enigmática, perturbadora, donde se percibía la violencia que había habitado el lugar. Una de estas fotografías era un búnker de la Segunda Guerra Mundial en Berlín. Era una atmósfera tan misteriosa, tan inquietante, tan onírica. La resina formaba un líquido espeso, una materia corrosiva. Y decidí: “Esto es lo que me interesa investigar, la desaparición de la memoria y la erosión del tiempo, esa violencia silenciosa y corrosiva, el deterioro de la historia”. Tenía muchos contactos con el tema del nacionalsocialismo. Y decidí ir a Berlín. Trabajo desde los años 90’ con el tema de la violencia, las guerras, los exilios, el cuerpo y la violencia contra las mujeres, también había impartido seminarios y escrito sobre arquitectura y las ruinas. Entonces, decidí que lo que me interesaba no era el mundo angloamericano sino la ciudad de Berlín, el lugar máximo de la catástrofe, donde en un siglo cayeron tres grandes imperios, el de los Hohenzollern, el imperio soviético con su satélite en Berlín, y el imperio nacionalsocialista, el Tercer Reich. Fui a Berlín en el año 2007, a través de Pilar Baos, de la Fundació Pilar i Joan Miró de Mallorca, me dieron una estancia en Stiftung Starke para iniciar el libro. Vine sólo con un cuaderno para escribir y tomar apuntes, porque otra de las cosas en las que quería investigar era la manera en que construimos el conocimiento de lo extraño desde una percepción extrajera. Aunque evidentemente tenía detrás muchas lecturas y referencias históricas, quería hacer un libro de historia con una mirada y una escritura diferente, en que emergiera la relación del observador con lo observado, en el que, como historiadora, no soy un sujeto que no aparece, neutro. Utilizo referencias del mundo griego, me interesan las etimologías, por ejemplo, la palabra teoría, que significa, no un conocimiento que nos antecede sino que se construye a través de la mirada, de la observación. Con lo cual ligo con el Wiener Kreis y la manera en que se produce el sentido, que no se supone de antemano, sino que se produce. Por eso, aunque ya había leído bastante, no quería hacer uso de un conocimiento digamos, académico, sino descubrir la realidad que emergía, topografiar la memoria y la historia en su imbricación con la ciudad hoy, en nuestros propios recorridos.

Fotografía tomada en las ruinas de los sótanos de la sede central de la Gestapo en Berlín.

Así que llegaste a Berlín en el 2007. ¿Sabías alemán antes?

No. Hablaba inglés y francés. A veces, no entender ni hablar la lengua es una experiencia tremenda, te coloca en un plano, digamos, de inferioridad, te infantiliza, pero también te libera, también suceden muchas cosas interesantes, ya que al no existir capacidad de habla, estás atenta a lo que sucede o a lo que se comunica de otras maneras. He viajado por países como India y China sin comprender sus lenguas y sin embargo, había comunicación y pasaban cosas muy interesantes, como ahora, cuando viajo a Polonia. Cuando miramos, caminamos y escuchamos en silencio y desde el silencio, o cuando no entendemos, la capacidad de observación se agudiza, se intensifica. Por eso, suelo viajar sola. 

La idea de la extranjería, del no saber, me interesa mucho. He trabajado con artistas del mundo árabe musulmán, como la socióloga marroquí Fatna el Bouhi, a quien invité a leer en árabe unos fragmentos de su libro, Une femme nommée Raschid. Lo que narraba y transmitía con una voz que a veces se rompía o se silenciaba era su propia tortura en las cárceles de Rabat durante la época de Hassan. Nadie entendió el texto pero fue una experiencia  inmensamente emotiva, atenta y profunda, escucharla leer. Lo conocido, no por eso es familiar, y a veces lo extraño nos incita a comprender algo que está fuera del lenguaje. A poner en duda la interpretación. En 2010 comisarié un proyecto del colectivo Democracia que consistía en traducir al árabe frases revolucionarias del Che Guevara, Marx o Lenin, las llevamos a mupis y vallas publicitarias en la ciudad, se escuchaban en la radio y salían como un anuncio en televisión. Se generó pánico social porque los marroquíes, que comprendían el árabe, se asustaron de lo que creyeron una revolución. Mientras que los españoles, que no comprendían el contenido, colapsaron las redes con interpretaciones paranoicas sobre una invasión musulmana. Así que produjimos un cortocircuito semiótico, que mostraba la psicosis colectiva de la interpretación de los mensajes. En 2017 trabajé con Elnaz Javani, una artista iraní, en una intervención con un camión contenedor con emigrantes ilegales en el que grabó los susurros de miedo, de angustia, de las personas que estaban dentro, frente a lo que percibían y no entendían del exterior. 

El primer día que salí a las calles de Berlín no quise ir con un destino determinado sino que comencé a caminar. Una de las experiencias más perturbadoras fue ver las Stolpersteine, toda una familia de personas judías deportadas y asesinadas, en una acera, frente a un portal. Llovía y relucían, cubiertas de hojas. Y surgen las preguntas: ¿Qué pasó aquí? ¿Quiénes eran estas personas? Leí los nombres de cada una de ellas, su edad, las fechas de nacimiento, de deportación. ¿Qué significa la palabra ermordet? Cuando la traduces en el diccionario te produce una conmoción: asesinado, asesinada. A partir de esos hilos, vas preguntando, leyendo, aprendiendo, documentándote.  Pero ese hilo no lo pones tú, el material está ahí, es una larga cadena de generaciones, de experiencias, lo han puesto otros y te sale al encuentro.

Por eso se llaman Stolpersteine, piedras para tropezarse.

Sí, exacto. Era la época en que se estaba destruyendo el Palacio de la República, en que Unter den Linden estaba trastocado por los camiones y las grúas, había muchos barrios, sobre todo los del este, que estaban en obras. Y había mucho polvo. La manera con la que se inició el libro procede de la experiencia de caminar por Friedrichstraße, cuando se levantó un fuerte viento, el polvo volaba y se metía como minúsculos cristales en los ojos, y el primer pensamiento fue que no era polvo cósmico, sino un polvo histórico, formado por escombros, compuesto de invisibles partículas de sangre seca, de huesos, de cristales rotos, de tejidos, de maderas quemadas. 

Es una buena imagen. Terrible, pero es una buena imagen.

Es muy dura, pero es lo primero que sucedió, y así se inicia el libro.

¿También el título?

No, porque el polvo no son cenizas.

Tienen una materialidad parecida.

Pero la ceniza ya ha desaparecido. El título del libro procede de un poema cuyo autor fue un maestro zen japonés de principios del siglo XX, Soyen Shaku:

Mi corazón arde como el fuego, 
pero mis ojos están fríos 
como cenizas muertas.

Este poema siempre me impresionó porque tiene que ver con la relación entre la observación y el sentimiento. Estás sintiendo, pero los ojos miran, tocan, preguntan con ecuanimidad. Se requiere ese estado para observar lo que sucede con atención, para que la realidad emerja sin intervenir. En el taoísmo se dice que el sabio parece que está borracho, que anda como dormido. 

¿Llegaste a Berlín con la idea del libro, con el proyecto de escribirlo?

Hay quien interpreta que las cenizas se refieren a las cenizas de los crematorios. Yo nunca habría utilizado una metáfora sobre la muerte criminal de otros. Tiene relación con la manera en que vemos y percibimos lo que emerge a la mirada. Es difícil de entender pero en el mundo oriental es un concepto que alude a la relación entre el observador y lo observado y tiene que ver con la ecuanimidad. Mientras que en Occidente el observador se pretende “científicamente” neutro, parece que no existe, como si no hubiera nadie frente al objeto.

Sí, como te he dicho antes, quería escribir un libro de historia que no procediera de un conocimiento establecido sino de la realidad, de la experiencia. De las preguntas y las percepciones, de los encuentros, digamos, de una psico-esfera. A medida  que surgen las cosas, claro, vas investigando y cruzando el texto con los documentos. El trabajo de documentación ha sido más largo que el trabajo, digamos, psico-topográfico o psico-urbano de rastrear los lugares, la “arqueología” del “campo”. Tomaba notas y después iba redactando, elaborando las impresiones, los trayectos, lo que surgía al azar, conversaciones con personas anónimas, con las vecinas o lo que escuchaba por la calle. Más tarde he ido insertando la documentación histórica, poemas, textos literarios, testimonios de víctimas y de perpetradores. Me ha llevado muchos años de lectura e investigación. Por eso, el libro se inició en 2007 pero lo terminé en 2024, ya que, a pesar de su carácter poético, filosófico, trabajé mucho en la bibliografía y en una copiosa documentación.

¿Era necesario un libro como este?

Para mí el libro era un paso más en mi investigación sobre la guerra, sobre la violencia y lo expulsado del lenguaje. Supongo que llevamos las huellas de la violencia, de nuestra propia historia, de nuestro país. Aunque no la hayamos vivido directamente, la violencia está ahí, afecta a las personas, configura la realidad. Todas las historias se relacionan, se entrelazan. ¡Hay tanto escrito sobre estos temas! Los ingleses son grandes historiadores, los alemanes también. Pero lo que a mí me interesaba era el silencio, el olvido, el vacío simbólico, lo que queda, los residuos. Y en Berlín había mucho material. En este sentido, quizás era necesario abordar el tema desde ahí.

Hasta este momento no hemos hablado de qué va el libro. ¿Lo tienes que resumir? Pongámonos en la posición del que va a leer el artículo en la revista, que no ha leído el libro.

El libro aborda una fenomenología de la memoria, de un silencio y de un olvido que no proceden del paso del tiempo sino de un acto consciente, político, colectivo. Se fue entramando en la ciudad de Berlín, en el antiguo campo de concentración de Ravensbrück y en el complejo hospitalario y el cementerio de Berlin Buch y transcurre en trayectos que descubren los crímenes del nacionalsocialismo -el Programa T4, el Holocausto, las deportaciones-, la guerra, la colaboración y el trauma de la población alemana, la resistencia de las víctimas. No tiene capítulos, fluye como un continuum a través de trayectos. Un texto va llevando a otro y descubriendo las huellas y los residuos de la historia, las voces que la recorren. Las preguntas sobre su significado, su olvido o su desaparición.

Es un ensayo.

Sí, ha sido descrito por la crítica como un ensayo, histórico, filosófico y literario y una crítica implacable y demoledora del nacionalsocialismo y de todo sistema dictatorial.

¿No estás tú en el texto en primera persona?

Sí, pero no es un “yo” biográfico. Pensé en crear un personaje, pero no funcionaba, tampoco me interesa la narrativa del “yo” como pronombre personal sino, digamos, una mirada cinematográfica, la de una cámara que rastrea, explora el territorio. Como la de Alain Resnais en Auschwitz. Por supuesto, hay una voz, pero entramada con múltiples voces involucradas en la historia, en la ciudad, en la memoria. En el libro se vincula la relación entre el sujeto y el objeto de la mirada pero éste no es el “yo” persona. He trabajado mucho para que el pronombre personal no ocupe el centro del lenguaje y es la percepción lo que hila el texto. Por cierto, en el mundo griego la máscara se usaba por los actores para hacer sonar la voz: per-sonare. Y esta es la etimología de la palabra “persona”, producir el vacío necesario para que resuene la voz. La “persona” hoy es más bien “lo lleno”, procedente del hipertexto y del exceso de información del Semiocapitalismo y la Info-xicación y se transfiere digitalmente a la imagen. Por eso el selfie es tan atractivo en las redes sociales, circula y no hay nada detrás, sólo la máscara. Detrás de la cual hay un vacío pero no para que resuene la voz, sino un vacío nihilista.

Sí hay una voz que va conduciendo de un espacio a otro, de una reflexión a otra.

Sí, pero cuando el texto se inicia con “en Friedrichstrasse el fuerte viento levanta un polvo que penetra en los ojos como minúsculos cristales”, no digo que “me” entra en “mis” ojos sino lo que sucede. El protagonista es el viento, el polvo. Y lo que este polvo contiene, la historia. O no escribo “oigo la voz de Hannah Arendt…” sino “se oye la voz de Hannah…”. Esto amplia el espacio, lo abre a esa resonancia del vacío, de más escuchas y más voces. 

Presuponemos esa persona que está mirando y viviendo esa escena.

Pero insisto, no en un sentido biográfico. Hay muchas voces en el libro que se cruzan y conforman la voz colectiva que va enhebrando el texto, y que, como el coro de la tragedia griega, justifica, condena, comenta, narra o moraliza los hechos, la catástrofe. Son voces de personas anónimas, encuentros al azar o fugaces en las calles, en los cafés, en los parques, conversaciones con amiga/os cercanos, preguntas a las vecinas. A veces hay personas diciendo cosas terribles y categóricas, por ejemplo, quien, frente a los bombardeos de los aliados y la destrucción de ciudades como Berlín, Dresde y Hamburgo, dijo: “Esa Alemania tenía que desaparecer”. Y quienes dicen “No lo sé, no lo sé”, “no recuerdo”.

Eso ya es ficcionalidad.

No, está basado en hechos y personas reales y documentos históricos. En el material de la propia vida.

¿Transcribes documentos originales?

Sí, claro que sí. Documentos históricos, como las notas del discurso de Obersalzberg, en que Hitler dice a los altos mandos de la Wehrmacht: ”La aniquilación de Polonia primero. (…) Proporcionaré un pretexto propagandístico para iniciar una guerra contra Polonia, por increíble que sea. Después nadie le preguntará al vencedor si dijo la verdad o no. (…) Proceded brutalmente. Ochenta millones de personas deben tener su merecido. (…) El más fuerte está en su derecho”. ¿A qué nos suena eso, hoy en día? Otros son poemas y testimonios de mujeres deportadas a campos de concentración, como Wanda Półtawska, Zofia Górska Romanowicz, Rita Sprengel, Neus Català o Mercedes Núñez Targa, fragmentos de obras de escritores, filósofa/os e historiadora/es como  Gert Ledig, Tadeusz Borowski, Hannah Arendt, Miriam Gebhardt, Imré Kertész, Pierre Rousset o Henri Friendlander, así como citas procedentes de los diarios de Viktor Klemperer, del ingeniero de las SS Kurt Gerstein, del médico nazi SS Joseph Kramer en Auschwitz o del capitán Wilm Hosenfeld durante la ocupación de Polonia. También he incluido algunos documentos familiares inéditos así como “informes” de situaciones en las casas o en la calle. He utilizado documentación procedente de Centros y Memoriales como Mahn- und  Gedenkstätte Ravensbrück, Topographie des Terrors o el Anti-Kriegs Museum Berlin, entre otros. 

A finales de 2007 conocí al que sería mi compañero y marido, cuyos conceptos sobre el control, la banalidad y el trauma en Alemania aparecen en el libro, porque era berlinés. Así que, sin querer, me introduje en el mundo alemán, en las ciudades y en los barrios de Berlín, él me enseñó tantos lugares marginales u ocultos, viajamos frecuentemente por los campos y los pueblos del Este, a lo largo del río Oder y del Elba y en el Báltico, y me reveló muchos aspectos del teatro, la literatura y la filosofía alemanas. Y por supuesto, de la vida familiar, cotidiana, hospitalaria. Sin él, yo no habría vuelto a Berlín y creo que no habría escrito este libro.

Al final Berlín engancha.

Sí, hay tanto material, personas inteligentes, especiales y también divertidas. Me gusta el carácter berlinés, su humor duro, su sentido crítico y del absurdo, su individualismo, sus fiestas desenfadadas (no olvidemos que fue uno de los centros Dada), su vivir con poco y también su seriedad, su honestidad, no hacen concesiones, y a veces, especialmente al principio, hasta que entiendes su manera de discutir, de trabajar y muchas de sus reglas y sus claves, te ponen al límite. Creo que, para personas que nos movemos en el  mundo de la cultura y del arte es una buena experiencia, quizás en otros planos laborales, académicos o sociales sea más duro. Considero que su manera de estructurar, concretar y conceptualizar el lenguaje es importante porque con el español nos perdemos en las posibilidades, la información, las relaciones sociales y familiares, las ambigüedades. Ellos analizan el objeto, lo concreto, y nosotros priorizamos la información, la narrativa personal y la interacción social. Y en Berlín hay personas como decía antes, fronterizas, de diversos países y culturas -chinas, árabes, indias, iraníes, polacas, ucranianas, latinas- que enriquecen la cultura de la ciudad. Berlín es ahora una ciudad abierta, con sus diferentes barrios, llena de oportunidades y también de conflictos a veces soterrados. Aunque al principio fue duro y encontré una gran soledad en la ciudad y una sociedad, en aquellos años, más cerrada, poco a poco fui hallando los lugares del Berlín que, como dices, “enganchan”: la vida social en los lagos durante el verano, las calles, los teatros, la música, los mercados, los cafés, los parques, las divertidas fiestas en las escaleras y en los patios … Y también en Berlín encuentras muchísimas oportunidades para investigar, ya que las instituciones dan gran importancia a los lugares de memoria, todo está documentado y te posibilitan el acceso a las publicaciones, al material.

El tema de los campos de concentración no es el tema central del libro.

Los campos de concentración están indisolublemente unidos al nacionalsocialismo, al Holocausto, a los lugares adonde eran deportadas las personas. También hubo campos como Dachau, Buchenwald o Sachsenhausen para prisioneros políticos. Todo ello me fue llevando a Ravensbrück, un campo de mujeres en las afueras de Berlín del que Pilar Millán, que estaba trabajando sobre las deportadas españolas, me habló. En el libro he dedicado un texto al campo de concentración de mujeres de Ravensbrück (hoy día es un Memorial), cercano a Fürstenberg-Havel en donde me he alojado en diversas ocasiones para recorrer el antiguo campo, el Museo, las inmediaciones. Estoy también en un proyecto con Wolfgang Göschel, el arquitecto de Spiegelwand, situado en la Hermann-Ehlers-Platz, un monumento en memoria de las personas judías perseguidas y asesinadas en Steglitz, un muro de espejos en el que se inscriben sus nombres y las listas de las deportaciones. Integra la memoria con la vida cotidiana y la sociedad civil, reflejando en su superficie especular a quienes pasan, de manera que tu imagen se funde con la de las víctimas. Se inauguró en 1994, a pesar de los ataques y la resistencia de numerosos sectores políticos, entre ellos, la CDU, que exigía la cancelación del proyecto. En la actualidad, miembros de la AFD dicen “¡Es una porquería! ¡Hay que deshacerse de ella!”. Conocí a Göschel hace tres años, me propuso trabajar con él para un proyecto inédito de un Centro de Documentación que quiere realizar de donde fueron deportadas unas 50.000 personas judías a distintos campos de concentración de los “territorios orientales del Reich”. Mover estos proyectos no es fácil, a pesar del apoyo y del entusiasmo de personas privadas, fundaciones y asociaciones -hay muchas en Berlín-, ya que requieren, no sólo soporte financiero, sino la participación de empresas y compañías, en este caso, la Deutsche Bahn (anteriormente  Reichs Bahn), propietaria de los terrenos y los andenes. El tema de la vigilancia y control sobre la población, especialmente en el acoso psicológico con lo que se llamó las Zersetzungsmassnahmen, para desestabilizar la seguridad mental de las personas que se consideraba sospechosas o “enemigas”,  surge a través de diversas visitas al Museo de la Stasi, en la Normannenstrasse, Lichtenberg. Asimismo está muy presente el tema de la Aktion T4, la eutanasia y los experimentos médicos en los campos. La última parte del libro transcurre en Buch. Recorrí durante semanas la zona e investigué lo que sucedió en Buch, un complejo hospitalario construido a finales del siglo XIX, al estilo de Wittenau y de algunos centros  psiquiátricos en Inglaterra, donde psiquiatras y médicos propugnaban un nuevo tratamiento de las enfermedades mentales, ya que hasta entonces a las personas enfermas se las encerraba en las cárceles, se las trataba física y violentamente a través de chorros de agua helada, camisas de fuerza, palizas o abandono … se las maltrataba y clausuraba hasta morir. Michel Foucault trató en profundidad lo que denominó los “espacios de encierro” en su obra Vigilar y castigar. Se trataba, pues, de un movimiento revolucionario de finales del XIX, antes del psicoanálisis, la psiquiatría y la neurología de principios del XX, en Inglaterra y en Alemania, especialmente, con una nueva visión de la enfermedad mental y enfocando su tratamiento y curación a través del lenguaje, de las relaciones afectivas, de tareas comunes y una vida más libre en la naturaleza (de ahí los parques). El Instituto de Investigación Neurológica de Berlín KWIBR se trasladó a Berlin-Buch, donde alcanzó un gran prestigio. Cuando llegaron los nazis al poder, depuraron y expulsaron a los médicos socialdemócratas y judíos, a los directores y funcionarios de la República democrática de Weimar, y lo utilizaron como un centro de investigación del cerebro. Cerca de Buch había un centro de exterminio en Brandenburgo que suministraba los cerebros y órganos de las víctimas asesinadas para la investigación. En todo ello trabajaban numerosos médicos -que sacaban pingües beneficios académicos y profesionales con su participación en tales crímenes. Así que investigué en el Programa T4 y en la eutanasia, en la experimentación médica con prisioneros de guerra y de los campos de concentración, la limpieza étnica, la Ley de Esterilización Hereditaria… Hubo diferentes satélites, campos de concentración, campos de trabajo, etcétera. Al terminar la guerra, fue tomado por el Ejército soviético y después sería el gran hospital de la zona este de Berlín. En fin, que es un lugar con una historia muy  dolorosa y muy siniestra, realmente.

Es muy difícil en Berlín que no haya un lugar con una historia siniestra.

Sí, la violencia, no solo la del nacionalsocialismo, dejó muchas huellas.

Volviendo al libro, la respuesta es que los campos de concentración no son el centro del libro, en realidad es solo un capítulo.

No, no divido el libro en capítulos, como te he dicho, es un continuum, fluye en los trayectos y los lugares y los temas se entraman unos con otros porque el hilo conductor es la memoria, el olvido y la violencia. Los experimentos médicos, especialmente a través de mi estancia en Buch, se volvieron algo muy importante en el libro. Otro tema muy importante es el de la guerra y el final de la guerra, los bombardeos de los aliados, la violencia salvaje de la destrucción, la muerte de cientos de miles de personas en terribles circunstancias, las violaciones de las mujeres por soldados soviéticos y aliados, las ciudades en ruinas. Finalmente, el libro es un alégalo contra la violencia y la brutalidad de los sistemas totalitarios.

¿Cómo se soporta, emocionalmente, trabajar con temas tan terribles?

Me conmociona el sufrimiento producido por el delirio, la crueldad, el odio, la codicia y la violencia de los poderosos, me intriga la participación en la violencia de personas aparentemente insignificantes, “normales”. Sin embargo, mirarlo de frente me da fortaleza. No lo podemos soslayar. En mi opinión, produce más estragos la ignorancia, el no querer mirar o mirar para otro lado. En un poema Bertolt Brecht escribía que en él combatían el entusiasmo por el manzano en flor y el horror por los discursos del pintor de brocha gorda (como se llamaba a Hitler). Pero sólo esto último le impulsaba a escribir. Creo que escribo para comprender y confrontar lo incomprensible. Necesito esta lucidez. Es una dimensión turbia, de sombra, que enfocar e iluminar. Hannah Arendt decía sobre Auschwitz: “Al principio, no lo creíamos”. Era 1943. “Medio año más tarde sí que lo creímos porque se comprobó. Eso fue una verdadera conmoción”. Había ya muchos informes. Me pregunto cómo fue posible que no lo creyeran. Creo que porque no entraba en su marco filosófico-cultural humanista. Auschwitz destrozó ese marco y hoy día lo sabemos y sí creemos en la  existencia de la barbarie. Ahora mucha gente se sorprende de la violencia extrema de Rusia en Ucrania, de EEUU y de Israel contra con Ucrania, Gaza, Líbano, de la guerra contra Irán y de la brutalidad y el asalto a la legalidad de los poderosos. Dicen ¿cómo es posible? Pero a mí no me sorprende, lo conozco. No digo que la Historia sea cíclica y se repita, sino que las estructuras del poder y los personajes como Donald Trump, Putin o Netanyahu utilizan las mismas técnicas violentas que usó Adolf Hitler contra los judíos o en la ocupación de Chequia y de Polonia, como la construcción de un enemigo, la difamación, el racismo, el nacionalismo, las mentiras, la cancelación de las leyes democráticas y la ocupación brutal, violenta e ilegal. ¿Cuál es la diferencia?

Muchos años investigando el horror.

Porque amo la vida y creo en la potencialidad intelectual y creativa de tantos seres humanos, para mí supone un acto de responsabilidad, entrar en el núcleo de la violencia y mostrarla en toda su crudeza, sin ocultar, y dejar constancia del sufrimiento procedente de la violencia  absurda, cruel, inútil que nos destruye. Ha habido quienes han leído el libro y han dicho que es desolador pero que las reconcilia con la valentía de las personas inocentes, con los logros de quienes resisten y luchan contra la injusticia. Ha habido quien ha dicho que es la crítica más implacable que se ha hecho del nacionalsocialismo. Esto es lo que quiero, marcar la diferencia entre la crueldad y el odio de los perpetradores y la humanidad y resiliencia de las víctimas. No soy ingenua, pero es importante que la sociedad avance en esta  conciencia, en la necesidad de preservar y defender a las personas, la democracia, la colaboración colectiva, la vida. 

En Berlín vivimos todo eso de forma cotidiana, es nuestro entorno, a veces un escenario poco comprendido que no siempre sabemos descifrar coherentemente. ¿Qué actitud ves que hay como emigrantes, en especial frente a los alemanes con los que convivimos? Me refiero a los que vivimos aquí, que no somos alemanes, a los españoles que no participamos de ese horror. ¿Cómo deberíamos vivirlo, viviendo en Berlín?

Sí, vivo una gran parte del año en Berlín. Creo que, inmersa/os en la vida cotidiana, nos hemos acostumbrado a ver sin mirar, a pasar de largo. Como si la ciudad fuera un decorado de película. A veces, un espectáculo. Es muy difícil, claro, meterse en el horror. Todo depende de si queremos saber o no. Para mí esa historia no es un pasado. Está entramada en nuestras vidas y puede volver a pasar, lo estamos viendo con el avance de las extremas derechas en Europa. Pueden volver a pasar los asesinatos masivos, los campos de concentración, que no tendrán alambradas de púas, eso pertenece a la era industrial, ya que en el siglo XXI se puede aniquilar instantáneamente y en su propio país a millones de personas con virus y bacterias, armas químicas, tóxicos o ataques a las redes de energía. 

He tenido y tengo más relaciones con personas alemanas que con españolas. Con algunas españolas, como Pilar Millán, que ha trabajado sobre Ravensbrück, June Telletxea, del Ensemble musical Cantaderas, que realizó un hermoso concierto sobre las deportadas españolas en el Memorial de Ravensbrück, o Henar Rivière, una joven historiadora que hizo su tesis sobre Vostell en Berlín, hemos hablado mucho sobre el estupor que la ciudad nos produce. Es un estupor que no se plantean mucha/os alemana/es, ya que conocen bien esa historia y son lúcidos y muy críticos. O callan. En cuanto a cómo vivirlo… no soy ideóloga ni quiero indicar a otras personas cómo ha de vivirse la experiencia. Creo que nos protegemos. He comprobado que muchas personas dicen “Olvidar”, porque no es posible mantener el dolor, el trauma, no tiene que ver con la vida aunque sea una herida en la propia vida. Pues la vida bulle, sigue, fluye, se renueva. Y la realidad es muy poderosa, se impone. Vas a tu trabajo, también disfrutas, juegas con tus hijas e hijos, no te puedes detener ahí. Pero no se trata de no ver ni de estar constantemente museos y visitando memoriales, sino de comprender el significado de la violencia en la historia, de la fuerza destructora de un poder dictatorial en nuestras vidas. Se trata de no olvidar, de estar alerta a través de la experiencia de la historia. Por otra parte, he llegado a una comprensión del silencio. Hay el silencio de los asesinos que encubre y oculta, un silencio de las víctimas que viven con el trauma y hay un silencio de las personas ajenas como nosotras, que pensamos que no va con nosotras, que es un asunto de “ellos”. Otra cosa es la negación. Entre los alemanes encuentro personas muy honestas y valerosas, que se enfrentan a su pasado y hablan críticamente. A veces hay personas conocidas que callaban y un día, repentinamente, sin preguntarles, me han contado la historia nazi familiar. Y he encontrado otras, desconocidas, que me han contado que su padre o su abuelo era de las SS o que su abuelo murió de hambre en Sachsenhausen.. A veces personas que nunca habían estado en Ravensbrück o en el Anti-Kriegs Museum quieren ir allí y recuerdan su historia. En todo caso, siento mucho respeto por su silencio, porque sé que para ellas es un trauma o una vergüenza. En España hubo y hay mucho silencio, otro tipo de silencio. En España hay un vacío simbólico, un vacío de lenguaje y se ha suprimido la mirada y quizás por eso pasamos de largo, es una práctica. La gente tenía que callar, o simular. Porque en España, la historia de la ignominia, al contrario que en Alemania, ha sido borrada, no se ve. Todo parece nuevo. Los restos han desaparecido. O han sido tapados por tierra, autopistas, edificios. En Alemania llevan muchos años debatiendo su historia y hablan libremente. También es cierto que hay bastantes países, como Polonia, Israel o Rusia que se encargan de que las heridas no se cierren y de que la culpa en Alemania no se olvide pero no reconocen sus propios crímenes.

Otro punto de vista es el del turismo de historia. A Berlín se viene, aparte de por toda la parte de la fiesta y las discotecas y el tecno, a ver historia. Hace poco se presentó una novela de un guía turístico español en la habla bastante de las visitas a Sachsenhausen de los turistas españoles. Hay una evidente banalización de los campos. ¿Se puede evitar? ¿Se puede cambiar esta actitud, o habría que dejar de visitar de forma masiva los campos?

La cuestión no está en el qué, sino en el cómo. Los campos como Auschwitz-Birkenau son patrimonio de la humanidad y aunque no todos hayan sido declarados así, son patrimonio histórico y ético de todas las personas y tenemos la responsabilidad de conocer lo que ha ocurrido allí, porque aprendemos algo realmente monstruoso que atañe a nuestra Historia y no queremos que vuelva a ocurrir. Entonces, los campos y memoriales son lugares de memoria necesarios para la evolución de la conciencia humana y política de la sociedad. Personalmente yo no prohibiría, pero sí que, digamos, regularía unas maneras de relación y de actuación. Por ejemplo, los selfies, hacerse un selfie delante de un crematorio o de un muro, en el museo frente a objetos de personas asesinadas, es cruel y obsceno. Pero esta obscenidad forma parte del narcisismo, de la banalidad de la imagen y de las relaciones que circulan por las redes, del nihilismo y del concepto nihilista de “persona” al que me he referido anteriormente como “imagen”. ¿Por qué se espera que la gente discrimine entre realidad e imagen, entre el “yo” y “el otro”, cuando el Semiocapitalismo las incita a vivir en una dimensión imaginaria vacía de significados, psicótica y salvaje, en el plano la Infosfera donde todo circula vertiginosamente? ¿Cuando existe una industria para la que toda dimensión de la vida y de la muerte es producto e impulsa un “turismo de campos”, beneficiándose de las ganancias? El turista participa en un sistema que vende cualquier imagen, cualquier producto y cualquier narrativa. Pero hay que distinguir una playa con palmeras de los barracones de un campo. Y esto es lo que hay que regular. Ahora, ¿cerrar los campos? Creo que, excepto casos excepcionales, la mayoría de las personas en los campos toman una conciencia muy potente, sienten una gran conmoción. En Ravensbrück he visto personas que miran al vacío y lloran. Y hablando con ellas, dicen, “Es que mi abuelo era SS…”, o “Todo el dolor que hubo aquí…”. Hay muchas personas que van a los Memoriales para confrontar y elaborar su pasado, su historia familiar. Y es necesario y produce un profundo respeto. Y también van la/os descendientes de las víctimas. Entonces, ¿qué es la memoria? Es algo vivo que no podemos clausurar. Las masas de turistas, evidentemente, se tendrían que regular. Ahora, el impacto que puedan vivir las personas, por ejemplo, en lugares como Sachsenhausen, es importante. Yo no creo que nadie, excepto algunas excepciones, vaya allí a pasearse. En todo caso, pediría silencio, posibilitar que se vivan las sensaciones, impulsar la experiencia personal y colectiva, los encuentros, actividades participativas como, por ejemplo, la lectura de nombres, de textos y de testimonios de las víctimas, teatro, música. No soy partidaria de que se canalicen institucionalmente las experiencias de la gente. Quizás algunos Memoriales y Museos han propiciado, sin pretenderlo, una visión que responde a un cierto nihilismo, al voyerismo o a una museificacion, y también he observado, en algunos Congresos, especialmente con países del Este, que hay quienes pretenden mantener abierta la herida y la culpa, creyendo que con ello instan a que el Holocausto nunca vuelva a suceder. Pero también hay muchas personas, como en Ravensbrück, que estudian, elaboran y trabajan en otras formas y encuentros de experiencia y participación colectiva y regeneradora.

Muro del campo de Ravensbrück.

Te quería preguntar por la actitud de las instituciones, muy en concreto de las instituciones españolas en Ravensbrück. En uno de los barracones están las habitaciones dedicadas a cada nacionalidad de mujeres que sufrieron y murieron allí. Está la habitación de las españolas. A mí me pareció muy antiguo lo que hay ahí, y hasta inexacto.

Las deportadas españolas son las grandes olvidadas.

¿Se ha presentado algún proyecto concreto para cambiarlo?

Es muy complicado.

Pilar Millán me contó algo, pero no sé exactamente cómo está la cuestión. Te quería preguntar, sobre todo, de cara a las españolas y los españoles que vivimos aquí.

Cuando fui a Ravensbrück la primera vez, me impresionó el vacío que había con respecto a las deportadas españolas. En el muro están los nombres de todos los países, también Spanien. Pero no había flores, no había nada. Sentí vergüenza de nuestra falta de cultura y de memoria democrática. ¿Por que se las olvidó? Las deportadas españolas habían participado en Francia en la resistencia contra el nazismo, fueron denunciadas, detenidas y torturadas por la Gestapo y deportadas en vagones de ganado al campo de concentración de Ravensbrück. El libro de Neus Català, De la resistencia y la deportación. 50 testimonios de mujeres, publicado en 1984, recoge los testimonios de las supervivientes yes muy importante para conocer sus historias. Cuando se liberaron los campos, las supervivientes volvieron a Francia. El franquismo las silenció y represalió a quienes regresaron, mientras que muchas de ellas, tras la experiencia devastadora del campo, estaban traumatizadas, no podían hablar. Antes hice alusión al trauma y  al silencio de las víctimas, para quienes es demasiado doloroso revivir, recordar. Si bien algunas deportadas se sobrepusieron y dedicaron su vida a escribir y luchar contra el fascismo, y en Francia se las reconoció y homenajeó, la democracia española las ignoró y olvidó, aunque hay que decir que no ha sido así en Cataluña y por parte de la Generalitat de Catalunya, donde se concentran familiares, asociaciones y Amicales como el de Ravensbrück, el de Mauthausen o la Fundació Neus Català, realizando publicaciones y numerosas actividades.

Ahora hay varias placas conmemorativas. Las que puso la Generalitat hace ya años, y la que ha puesto la embajada española el año pasado.

La Generalitat hace años puso una placa. La placa del Gobierno español se puso el pasado año. Me puse en contacto con la Amical de Ravensbrück, cuya presidenta es Margarita Català y con Carme Rei Grangé, hija y sobrina de las deportadas Neus Català y Conxita Grangé-Beleta. Propuse en la Embajada de España y en el Instituto Cervantes de Berlín un proyecto que comprendía distintas acciones. Una de ellas era la colocación de una placa y un acto de reconocimiento por parte del gobierno español de la existencia histórica de estas mujeres y de su lucha por la democracia. Tanto Helena Cousano y Damián Peña, del Departamento de Cultura, como el propio embajador, Pascual Navarro Ríos, se implicaron mucho e impulsaron, junto la Amical de Ravensbrück, la Amical de Mauthausen y Andrea Genest, Directora del Mahn- und Gedenkstätte Ravensbrück, la realización, por parte del Gobierno español y de Memoria Democrática, un acto de reconocimiento y homenaje a las deportadas españolas en el que se instaló la placa en un acto muy emotivo, como sabes, donde participaron diversas instituciones, el Ministro de Política Territorial y Memoria Democrática,  Ángel Víctor Torres, la Embajada y numerosas personas. Se leyeron testimonios de las deportadas y se recitaron sus nombres. Ya hay un reconocimiento del Gobierno español, lo cual era muy importante. Ignacio Martínez-Castigliani, director del Instituto Cervantes de Berlín, se involucró también mucho con la realización de dos jornadas de ponencias de autora/es como Insa Eschebach, Otmar Ette, Regina Maulhauser o Helga Amesberger sobre la violencia contra las mujeres en las guerras y los sistemas concentracionarios, en la que participó también el EUROM. Y Pilar Millán presentó un video inédito sobre Ravensbrück titulado Das Sediment.

Otro vacío es el de las celdas. En Ravensbrück hubo muchas prisioneras soviéticas, checas, italianas, y muchas francesas, entre ellas mujeres de la Resistencia muy importantes como Geneviève de Gaulle-Anthonioz, artistas como Violette Rougier-Lecoq, Germaine Tillion, France Audoul,  que hicieron impresionantes dibujos. Y grandes escritoras polacas, como Wanda. Póltawska, Zofia Posmysz o Zofia Górska. En el edificio donde estaban las celdas, las de las polacas, de las deportadas francesas y de otros países están llenas de flores, de documentos, de fotografías y de homenajes. En la celda de las españolas, sólo hay escasas referencias a dos deportadas, Neus Català y Mercedes Núñez Targa. Y una fotografía de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, que nunca estuvo allí.

Eso está claro, pero hay un proyecto para reformarla.

El proyecto que incluía la renovación de la celda, sin embargo, aún no se ha podido realizar. ¿Cuál es la historia de esto? Estas celdas se constituyeron así durante la época de la RDA (República Democrática Alemana), y claro, eran comunistas quienes lo organizaron. En la celda de España, a falta de representación, se puso el retrato de Dolores Ibárruri como icono del Partido Comunista,  pero realmente no tiene ningún sentido. Y no es justo porque la referencia al comunismo excluye a las deportadas republicanas, anarquistas, socialistas, judías y gitanas o a mujeres que no tenían nada que ver con partidos políticos, pero estaban en la resistencia en Francia durante el gobierno de Vichy y fueron deportadas a Ravensbrück por la Gestapo.

Las celdas han sido declaradas monumento histórico y no se pueden tocar, ya que fueron en su tiempo organizadas así por las supervivientes deportadas. He escrito a Andrea Genest, he enviado un proyecto y he pedido poner el nombre de todas las deportadas, entre 120 y 130. Se trata de incluir libros, registros sonoros, testimonios grabados. En fin, un lugar de la memoria donde emerjan esos nombres, esas voces y esa historia.

¿El gobierno español no puede hacer algo, no puede intervenir?

No, porque esto no depende tampoco del Gobierno español ni del Memorial de Ravensbrück, depende de una fundación que gestiona todos los campos en Alemania, y el edificio de las celdas es patrimonio histórico. Ya nos han contestado a la Amical de Ravensbrück que no se va a mover. Estamos intentando que al menos se quite la fotografía de Dolores Ibárruri y se pongan los nombres de todas las deportadas, que parece como si La Pasionaria hubiera estado prisionera allí y no hubieran existido las que realmente estuvieron. En el contexto histórico de la RDA, la falta de información era más comprensible, pero hoy día es anacrónico e injusto que este hecho se ignore todavía.

Otras celdas creo que sí han sido renovadas. Por lo que yo vi, hay otras celdas que parecen mucho más modernizadas.

Hay que tener en cuenta que la dictadura de Franco silenció a las personas españolas exiliadas y deportadas a los campos nazis. Mientras que las deportadas supervivientes de países de la URSS, como Rusia, Polonia, Checoslovaquia e incluso las francesas, austríacas e italianas, viajaban a Ravensbrück, en Alemania del Este. La celda de las deportadas españolas se concertó en aquel tiempo así y después la abandonaron. Neus Catalá estuvo allí y escribió una carta diciendo que no estaba de acuerdo. También Insa Eschebach, la anterior directora del Memorial de Ravensbrück hasta 2020, ha escrito un artículo afirmando que no tiene sentido. Pero al haber sido declarado monumento histórico, no se puede intervenir tan fácilmente como parece. 

Te quería hacer la última pregunta. Vas a venir a Berlín para una presentación del libro en Andenbuch. ¿Quieres contar qué va a pasar?

Será una presentación y una conversación con el escritor Juan Mut. Habrá una intervención musical de June Telletxea (soprano) y Andreas Arend (Lyra Polyversalis), interpretando “Negra Sombra”, un poema de Rosalía de Castro, que recitaba Mercedes Núñez Targa tras su liberación. Y haré una selección de textos para una lectura colectiva, un coro de voces, como en el propio libro, formado por algunas de las personas asistentes.

Quisiera agradecer la colaboración de las personas e instituciones implicadas, como Teresa Cosci, de Andenbuch, Fani Manresa, mi editora en Temporal, Nacho de la Cruz, de prensa, Juan Mut, June Telletxea y Andreas Arend, así como a la Embajada de España, que ha colaborado en la realización del concierto.

Bueno, muchas gracias por todas las respuestas, y nos vemos en Andenbuch.

Muchas gracias a vosotros.


Foto de portada tomada en las ruinas de la sede central de la Gestapo en Berlín.

Bergmannstraße 59, Berlin-Bezirk Friedrichshain-Kreuzberg


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Iñaki Tarrés

Vivo en Berlín. Escribo en español sobre literatura, arte, educación. Soy editor en Desbandada. Hago muchas de las fotografías que uso en los artículos que edito. Me interesa contribuir a crear comunidad en torno al idioma común en este país, Alemania, y soy consciente de que la revista llega a todo el mundo.

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