Extracto de la novela de Martha Barilari editada por weRstories, editorial afincada en Berlín-Rixdorf y que publica textos en español, italiano e inglés. Próximamente saldrá una entrevista con su responsable, Anna Garbus. Mientras, podemos disfrutar de este fragmento tanto en formato textual como auditivo, en la voz de su autora.
PRIMERA PARTE
Mingarri . adj. Amargo -ga, que causa daño, mortificante, que causa aflicción.
*
Lo último que Elaia le dijo fue: «Pásalo bien». Luego lo vio unirse a los otros niños que jugaban en el estanque de la plaza Ezkurdi. Como tantas veces se había puesto su chándal azul favorito, con un astronauta dibujado en la sudadera, y había cruzado dos calles hasta encontrarse con sus amigos de la parte vieja de Durango. Como tantas tardes, se perdió en el tiempo entre carreras y juegos mientras ella lo vigilaba de lejos.
Y en la cara, le brillaba la inocencia.
Hacía solo cinco días. Días de terror. De desolación después. De incredulidad. Y de angustia. Una madre desesperada por encontrar a su hijo. Como si se lo hubiera tragado la tierra.
A veces no podía respirar. Las preguntas. Las suposiciones. Las posibilidades. «¿Dónde estás?». Eso era lo único que Elaia se repetía. Se había alejado. Difuminado en algún lugar nuevo y gris, donde nada vivía. Solo voces —voces que ni siquiera distinguía— pero que ella oía, alto y claro, allí donde todo se había detenido en el instante en que lo había perdido.
La búsqueda.
La desaparición de su exmarido conmocionó al barrio. Pedro. Que tanto daño le había hecho. Que le rompió la cara y el alma tantas veces. Pedro. Que no pudo darle un hijo. Y ahora se lo arrebataba. «¿Por qué?». Una y otra y otra vez. Por qué, por qué, por qué. Los años de insultos y palizas no habían sido suficientes. Pedro no soportaba que Elaia siguiera con su vida mientras él —fracaso tras fracaso— se estancaba, obsesionado con ella. A pesar de la orden de alejamiento. A pesar de las denuncias, de los procedimientos tediosos. A pesar de todo, Pedro la observaba desde lejos y no podía soportar que ella sonriera. Nada más le importaba. Ella tenía que dejar de sonreír como había hecho él. La ira lo carcomía por dentro y le pudría el pensamiento. Ahí estaba Elaia saliendo del mercado del barrio cogiendo al niño de la mano; o ahí estaba el niño corriendo hacia su madre al terminar las clases; o ahí estaban madre e hijo siendo una familia en la que él no cabía.
Pedro apareció ahorcado en el jardín del caserío familiar, en el Parque Natural de Urkiola. Lo encontró su hermano cuando fue a pasar el fin de semana. Dentro, en el salón, tapado con una manta sobre el sofá, yacía el cuerpo sin vida de Aitor Azkarate, de nueve años, muerto por intoxicación de barbitúricos. Hijo de Elaia Azkarate, madre soltera de cuarenta y nueve años. Así lo oyó en las noticias. De lo que no hablaron es de que ella también había muerto aquel día. En aquel sofá.
1
—Déjame hacerlo yo, por favor —dijo su jefe—. Tú no deberías, Elaia. Ya lo sabes.
—¿Y tú qué harías si fuera tu hijo?
El hombre se quedó callado. Agachó la cabeza. Elaia había trabajado en la funeraria de Durango desde hacía veinte años. Su jefe era un hombre justo. Cariñoso.
—Lo siento —dijo ella.
—No es una buena idea.
—Necesito despedirme de él.
Tenía que hacerlo. Lo necesitaba. Verlo una última vez. Más que eso: despedirse. Necesitaba convertir lo que para ella era un ritual casi cotidiano en un último adiós. A su hijo. La sala estaba vacía. Elaia permanecía de pie, inmóvil. Clavada en el suelo. El susurro de los fluorescentes la ponía nerviosa. Olía a limpio. A producto de limpieza. A desinfección. Era la misma sala de siempre. Su lugar de trabajo. Solía bromear diciendo que su despacho era la antesala de la muerte. Bromeaba cuando su jefe no la oía. Él se ofendía si alguien se tomaba a risa cualquier cosa relacionada con el trabajo. La muerte. Ahí estaba. Ante ella. A pocos metros. Sobre la mesa de lavado. En el cuerpo de su hijo. Esperándola. Inspiró. Cerró los ojos. Dejó que el ambiente entrara en ella. Que los bonitos recuerdos asolaran su memoria. Y se aferró a ellos. Ahí, en medio de la muerte, escuchó su voz. Su risa. Sus palmas de alegría. Sus pasos al correr. Se recogió el pelo en un moño. Se puso la bata blanca. Se lavó las manos. Completó su uniforme con mascarilla y guantes. Guante. Solo se colocó el de la mano izquierda. Necesitaba su piel. El cuerpo de Aitor yacía dentro del sudario. Era el momento de despedida. No sabía si estaba preparada. Pero avanzó. Comenzaba el ritual más íntimo de su vida. Deslizó con cuidado la cremallera. El rostro de su hijo, blanco inmaculado, lo recibió. Elaia había imaginado ese momento muchas veces. Desde que su jefe le dio su beneplácito, no pensaba en otra cosa. Siempre se veía llorando. Desmoronándose sobre lo que quedaba de su niño. Rompiéndose. Incapaz de continuar. Pero no sintió nada de eso. El dolor era un dolor quieto, atrapado en la garganta. Un grito mudo, ahogado. Rozó la mejilla de Aitor. Fría. Como el mármol. Pasó los dedos sobre la incisión de la autopsia. Esa que le había confirmado que Aitor había fallecido tras ingerir quince gramos de barbital. Un cuerpo muerto, un trozo de carne más, como tantos que había preparado antes. Pero era su hijo. Era su hijo. Pero él no estaba allí. La muerte era solo un capítulo más que añadir al libro de la vida. Quizá el último. Quizá el primero. Una transición. Algo que debía suceder. Pero no así. Jamás así. Apartó el sudario y se colocó el otro guante. Abrió el grifo. Comenzó a limpiarlo. A su propio hijo. Al que tantas veces había bañado. Aitor se metía en la bañera y ella la llenaba hasta la mitad, con mucha espuma. Le soplaba en la cara para arrancarle esa risa suya, divertida y contagiosa, que la hacía reír sin querer, que la alejaba de la muerte diaria, como si por un momento no fuera madre ni mujer, ni siquiera persona, solo alguien que existía en su risa, y que flotaba libre. Eliminó las posibles bacterias y secó con cuidado la piel. Luego el pelo, las cicatrices de la autopsia. Reparó cada marca. Elaboró una sutura limpia, aplanó las huellas de la necropsia y cubrió las del pecho y el abdomen con cera. Cuando terminara, le pondría su único traje. Quería que estuviera perfecto. Extendió crema hidratante y aceite por su piel. En cada brazo. En cada pierna. Le cogió la mano, masajeó las articulaciones, observando sus dedos, como hacía cuando era un bebé. O cuando le limpiaba las manchas de rotulador antes de comer. Sus manos de niño. Solía agarrarlo fuerte al cruzar la calle hacia la plaza Ezkurdi. Cuando aprendía a patinar, y ella lo sujetaba para que no se diera de bruces contra el suelo. Aitor siempre decía que cuando fuera mayor ella podría verlo desde la ventana de su habitación —la que daba al río Mañaria— y observarlo desde lejos. Aplaudirlo. Eso ya no pasaría. Sus dedos. Sus manos. Sus brazos. Vacíos de energía. Férreos. Fríos. Continuó con lo que más acongojaba. Algodón en mano, se dispuso a taponar los orificios naturales. Todos y cada uno: nariz, boca, oídos, ano. Movía el cuerpo con una pulcritud extrema. Era su carácter. Su jefe siempre la describía como meticulosa, cuidadosa, discreta. Pero esta vez volcaba en el gesto algo más: una precisión casi obsesiva, como si cada hueco mal sellado pudiera desatar una catástrofe. Como si manipulara un cargamento de explosivos a punto de estallar. Ahora venía lo peor. La cara de su hijo. Le colocó los cubreojos. Los párpados recuperaron su forma. Una apariencia de vida. Sujetó las mandíbulas con hilo y adhesivo, y mantuvo la boca cerrada. Elaia deslizó el dedo índice sobre sus labios carnosos, dibujando una sonrisa. Una mueca macabra. Un intento de verlo. De traerlo de vuelta, aunque solo fuera por unos segundos. Pero no lo consiguió. Lo que tenía delante ya no era su hijo. Era un cuerpo. Un mero muñeco vacío. Le cepilló el pelo, lacio y casi negro, y comenzó a maquil larlo. Al aplicarle la base y el corrector, el tono cetrino de su rostro se volvió más cálido.. Más natural. El colorete hizo el resto. Su hijo ya no parecía muerto. Parecía dormido. Sumido en un sueño involuntario, ojalá plácido, siempre eterno. Esparció el maquillaje hasta el cuello. Consiguió un color uniforme. Equilibrado. Casi real. Elaia se quitó los guantes. Sabía que aún no había terminado, pero no podía soportarlo más. Eran solo una barrera física. Insignificante. Sacó el traje del armario. A Aitor le encantaba. Decía que parecía un hombre cuando lo llevaba. Su abuela Yolanda se lo había hecho a medida, después de que él se lo pidiera más de cien veces. Cuando abrió la caja el día de su cumpleaños y vio la chaqueta y el pantalón perfectamente doblados, se echó a llorar. Aitor era un niño distinto. Temprano. Sensible. Lo vistió muy despacio. Con ternura. Con el amor de una madre. Cuando terminó de colocarle la chaqueta, lo posó de nuevo sobre la mesa. Con cuidado. Así. Suave. Lo observó. Se apartó un poco. Y lo volvió a mirar. Su niño. El que descansaba sin haber tenido tiempo de cansarse. Al que le arrebataron la inocencia en manos del engaño. Una batalla perdida antes de empezar que Aitor había perdido por no confiar. Por no saber decir que no. Porque Pedro lo interceptó en la plaza y se lo llevó —quizá contra su voluntad, quizá no— porque Aitor era demasiado bueno. Lo condujo al caserío, en medio de la montaña. Le preparó algo de comer. Tenía el estómago lleno, según el forense. Lógico. De algún modo había que administrarle los barbitúricos que acabaron con su vida. Seguramente Pedro se quedó con él hasta que se durmió. Hasta estar seguro de que ya no respiraba. Como quien observa la devastación tras un tsunami. Sin hacer nada. Solo quedarse ahí. Mirando los escombros. La devastación. Con una sonrisa. Hasta convencerse de que había llegado el momento. De quitarse la vida. De que la comedia se convirtiera en tragedia. Elaia y su niño bueno. Quería decirle tanto. Preguntarle tanto. Regalarle tanto. Se apoyó en la mesa. Su hijo parecía a punto de sonreír. O de pedirle un vaso de leche caliente antes de dormir. Un impulso la llevó a hacerle cosquillas. Un segundo después, bajó la mano. Y se sintió patética. Descendió lentamente hasta su frente y estrechó los labios sobre la piel tersa. Un instante. Un lugar donde habría querido quedarse para siempre. En ese beso. El último. El beso de una madre rota. «Te quiero, hijo». Un susurro. Palabras que nadie oyó. Que se perdieron en la atmósfera de una habitación oscura y lúgubre. ¿Qué más podía decirle? Tal vez, que ya era tarde. Que se había ido. Aunque todavía estuviera allí. «Te quiero». Sin él. Elaia lo observó unos segundos más. El cuerpo de su hijo estaba listo. Aitor estaba preparado para lo que fuera que le esperase, donde fuera que marchara. Ella no. Era ella la que no estaba preparada para estrechar la mano de cada madre y cada padre del colegio San Antonio. Ni para recibir los pésames de los vecinos. Ni para las palabras huecas de desconocidos cuyo rostro no recordaría. No estaba preparada para volver a casa. Sin él.
2
No quedaba nada. Ni en el aire. Ni en los aromas. Ni en el ruido. Como si nunca hubiese existido. Elaia lo buscaba por todas partes, pero cada vez le costaba más encontrarlo. En su ropa. En sus sábanas. En sus almohadas. Se había evaporado su esencia. Y ella era incapaz de recuperarla. Nada podía devolverle ni siquiera un mísero trozo de aquello. De las sensaciones por las mañanas. Del silencio roto por risas espontáneas. De los juegos improvisados en el salón. Todo se había ido. Con él se había ido. Como quería irse ella. Los padres de Elaia también sufrían la pérdida de su nieto. Después de toda una vida en pleno centro de Bilbao, a orillas del Nervión, por fin habían cumplido su sueño de vivir en un chalet en la zona alta de Elejalde, en Galdakao. Así estaban más cerca de Durango. Podían disfrutar de su hija, de su nieto. O eso creyeron. Ahora sufrían por ella. Elaia parecía estar en otro lugar. Muy lejano. Un lugar oscuro y silencioso, a juzgar por su mirada extraviada, por lo que dejaban ver sus ojos. Apenas hablaba. Y si lo hacía, no decía más de dos monosílabos seguidos. Solo se levantaba para lo imprescindible. Llevaba días casi sin comer. Sin asearse. Aún no había llorado. —Elaia, ¿por qué no te vienes a casa con nosotros? —le decía su madre—. Estás aquí sola todo el día, sin salir, sin hablar con nadie. Ella removía la sopa. Sus padres comían en silencio, con el rostro afligido por la preocupación. Las visitas diarias solo servían para estancarse en el dolor. Yolanda le dejaba el frigorífico lleno, le preparaba comida, le hacía la colada. Mantenía el orden en el apartamento, como si eso pudiera recomponer algo. Martín, su padre, ponía los informativos. Comentaba las novedades en la construcción del museo Guggenheim, las declaraciones vagas de los políticos. Cualquier cosa valía si lograban arrancarla de sí misma. Si encontraban algo con lo que llenar el hueco. Pero nada funcionaba. Nada. La misma nada en la que Elaia se había sumergido. —Elaia, ven a casa, por favor —dijo Martín. —Esta es mi casa. Los padres se miraron. Elaia, ausente, seguía removiendo la sopa. Los fideos giraban en círculos, en una danza lenta y macabra. Yolanda apoyó la mano sobre el brazo de su hija para que dejara de remover la sopa. Elaia se detuvo. Continuó mirando el plato. Por mucho que sus padres intentaran adivinar qué se escondía tras sus ojos, la verdad era que no había nada. Solo un inmenso agujero lleno de vacío. Así se sentía. Un vacío oscuro y frío en el que flotaba. En el que dormía. En el que respiraba. —Di algo, por favor. —Ni siquiera contestas al teléfono cuando te llamamos. —¿Es que no te importamos? —gritó Yolanda. Elaia se levantó y se encerró en su habitación. Al día siguiente, Yolanda acudió en su búsqueda. Llamó a la puerta. Nadie respondió. Así que se atrevió a entrar. Fue directa a la habitación de Elaia. Olía a cerrado, a rancio. Las persianas seguían bajadas. El ambiente cargado. La cama, deshecha. Vacía. Recorrió el pasillo. Miró en el salón, en la cocina. Y después en el único lugar donde podía encontrarla. Ahí estaba Elaia, metida en la cama de Aitor. Oculta bajo el edredón. Solo asomaban algunos mechones de su pelo —entre castaño claro y rubio— extendidos sobre la almohada. La persiana seguía bajada. El reloj digital en forma de nave espacial parpadeaba una hora que no era, suspendido en su propio limbo. La habitación era la cueva de un animal en hibernación. Su mausoleo. —Dime que no llevas aquí desde que nos fuimos ayer —dijo la madre. Abrió las ventanas y la luz se coló en la penumbra. El cielo grisáceo de tormenta y la lluvia se colaron en la habitación. Una bocanada de aire fresco lo invadió todo. Recogió la ropa desparramada sobre la moqueta, apartó los vasos con restos de agua y café en la mesilla, cerró la tapa de los botes de ansiolíticos. El desorden de su hija. Destapó a Elaia, que ya se había quejado con un par de gruñidos desde debajo del edredón. Esparció ambientador y le ordenó que se levantara, que se duchara. Pero Elaia no se movió. —Maitia, ¿has convertido este cuarto en el tuyo? La pregunta quedó flotando en el aire, suspendida junto a las motas de polvo que brillaban en la penumbra. Nadie respondió. —El psicólogo ese que va a la funeraria de vez en cuando no sirve de nada si solo lo usas para que te dé pastillas. Llevas metida en la cama días, y estoy segura de que no te has levantado desde ayer, ni tampoco has comido… Tienes que hacer un esfuerzo. Otro gruñido. —Al menos date una ducha, por favor. Un rato después, Elaia arrastraba los pies por el pasillo hacia la cocina. Llevaba el pelo mojado y un chándal viejo y gris. Pero estaba limpia. Olía bien. Su aspecto había mejorado un grado en medio de los grados más profundos del dolor. En su interior sentía que hasta el propio dolor había muerto en ella. Esbozó una sonrisa cuando sus padres aplaudieron al verla. Una mueca, más bien.
—Ama, aita, he decidido que voy a visitar a Candela. Creo que pasar con ella unas semanas me sentará bien, ¿os acordáis de ella? —dijo, tratando de aparentar normalidad y acomo dándose en un taburete junto a la mesa.
—¡Candela! Claro que sí. Es una mujer muy divertida, te vendrá muy bien su compañía y cambiar de aires. —Yolanda preparaba el almuerzo. Se respiraba un tono menos lúgubre en el ambiente.
—¿Candela no es la que vive en Londres? —preguntó su padre.
Elaia asintió. Centró la vista en un hilo que sobresalía del dobladillo del mantel y comenzó a juguetear con él. Siempre que mentía se ponía nerviosa y focalizaba la energía en algún punto. Movía las piernas por debajo de la mesa.
—¿Cuándo te marchas?
—Mañana.
—¿Mañana? ¿Tan pronto?
—Cuánto antes mejor —dijo Yolanda, y añadió—: ¿Y cuánto tiempo vas a quedarte? —Tengo un año de excedencia en la funeraria, no tengo prisa por volver, pero sí por marcharme.
—¿Estás segura, maitia?
Y Elaia asintió de nuevo. Comieron viendo la televisión y comentando los últimos acontecimientos del país. Afuera continuaba lloviendo como continuaba lloviendo en el interior de Elaia, que intentaba seguir la conversación como si algo más allá de respirar le importara. En lo único en lo que pensaba era en quedarse sola y dormir. Durmiendo soñaba con él. Veía a Aitor. Estaba a su lado. Jugaban juntos a las cartas sobre la alfombra del salón o a la pelota en el río. Pero, sobre todo, en sus sueños no lo perdía de vista en la plaza. Dormir era lo único que podía hacer para no sentirse culpable. Dormir era como morir un rato y solo muriendo respiraba tranquila. Elaia sonrió todo lo que pudo. Y comentó todas las noticias que pudo. Y preguntó por todas las personas que podía recordar. Sus padres le pidieron que los llamara en cuanto llegara a Londres y estuviera con su amiga, que tuviera mucho cuidado y que los mantuviera al corriente. Y que los avisara a su regreso para prepararle el apartamento y recibirla en condiciones. Yolanda y Martín se despidieron más animados. —¿Te llevamos al aeropuerto? —preguntó Martín. —No hace falta, aita. —Queremos hacerlo. Venimos a recogerte —dijo su madre después de darle unos sonoros besos en las mejillas. Así lo hicieron. Elaia había llenado una bolsa de viaje y una maleta con prendas que había lanzado al al interior sin ni siquiera mirarlas. Y a la hora indicada se encontraba apoyada en el portón de madera que daba acceso a su portal, en el número dieciocho de la calle Barrenkalea, el lugar que había elegido hacía diez años para establecer su vida como mujer independiente tras divorciarse de Pedro. El lugar en el que había sido libre, feliz y madre. Contemplaba la fachada de piedra homogénea y los pequeños balcones de hierro negro adornados con macetas de petunias rojas. Se preguntó cuántas historias silenciosas se guardarían tras esas rejas. Las flores del suyo —en la segunda planta— lucían algo descuidadas. Pensó que aquella imagen encajaba a la perfección con el momento que estaba viviendo; con la pena que sentía constantemente. Se fijó en la enorme farola que iluminaba la calle todos los días de invierno a partir de las cinco de la tarde. El destello deslumbrante se quedaba en el primer piso, lejos del suyo. Y vacío. El edificio de al lado contaba con unos balcones más grandes, casi todos permanecían con las persianas cerradas. Echó un vistazo a la calle, llena de ventanales parecidos, y comercios pequeños visitados por vecinos que entraban y salían. Su calle de siempre. Pero que ahora le resultaba un lugar extraño, frívolo y vacío. Como ella. Martín detuvo el coche y la sacó de sus tristes pensamientos. Elaia se vio obligada a forzar una vez más el mismo entusiasmo que le mostraban sus padres. Debía estar ilusionada. Y, sin embargo, por mucho que buscaba y rebuscaba en su interior, no encontraba nada. Una media hora más tarde llegaron al aeropuerto. Yolanda le dio un cálido abrazo a su hija y Martín la acompañó hacia el interior. —Acuérdate de llamarnos cuando llegues —dijo él, a pesar de haberlo repetido ya varias veces. Elaia bufó, resignada. —Que tengo casi cincuenta años, aita. —Siempre serás gure neskatila, nuestra niña pequeña. —Cuidaos mucho. —Elaia le estrechó el brazo a su padre y se dirigió hacia el mostrador. —Pásalo bien. Y Elaia sonrió recordando que aquello era lo último que le había dicho a Aitor. Y vio cómo Martín salía del aeropuerto. Y ella se quedaba allí de pie. Mirando a un lado y a otro. En medio de la gente que iba y venía… La misma gente que continuaba, que hacía que el mundo siguiera adelante. Sin detenerse. Los pensamientos le ardieron en el estómago. Todas esas personas le parecieron insignificantes, ignorantes. Pequeñas. Como hormigas de un lado para otro, centradas en su objetivo, sin mirar más allá. Sin ver más allá. Nadie la veía a ella. Que había mentido a sus padres. Visitar a Candela no entraba en sus planes. Tan solo necesitaba tiempo y silencio. Un rato después cerró la puerta de su apartamento tras de sí, y se dejó caer al suelo. Se quedó allí durante horas, apoyada contra la pared. Perdiendo la mirada en los recuerdos de algo que fue y que nunca volvería a ser. Perdiendo la mirada en los bonitos recuerdos de algo que fue y que nunca volvería a ser. Perdiéndose en todos los esfuerzos por ser madre, por ser una buena madre y sentir que no lo había conseguido. Y más lejos en el tiempo pasado, perdiéndose en las palizas que Pedro le propinaba si otro chico la miraba más de lo que a él le parecía correcto o si ella salía con sus amigas sin pedirle permiso antes. Elaia se había perdido. Se había ido. Se había elevado en el vacío. Tan solo pretendía no arrastrar a nadie a su dolor. Tan solo quería dormir. «Dormir es como morir un rato», se repetía cada vez que trataba de salir de la cama o asearse o comer. «Dormir es como morir un rato. Y solo así puedo estar contigo».
Contraportada
En el Durango (provincia de Vizkaia, País Vasco) de los noventa, mientras España se prepara para estrenar el Museo Guggenheim y sueña con el futuro, la vida de Elaia Azkárate se detiene en la oscuridad del presente.
Tras una pérdida devastadora, su casa se convierte en un mausoleo, un espacio suspendido entre el dolor y la nada en el que Elaia aprende a vivir –o a morir un poco cada día- en compañía de sus fantasmas. Hasta que una nota bajo la puerta y la voz de un vecino al otro lado de un walkie talkie rompen el silencio.
A través de la literatura –las vida de otros y otras- la familia – el duelo compartido– y la amistad –los afectos que brotan incluso en la sombra-, Elaia empieza a reconstruir el mundo con palabras ajenas, descubriendo que a veces la esperanza se disfraza de diálogo, y que incluso la nada puede tener una voz.
La danza del astronauta es una novela sobre la pérdida y la resistencia, sobre la violencia y el amor materno llevado hasta sus últimas consecuencias; una historia de cómo el dolor puede transformarse en refugio y los vínculos más inesperados, en salvación.


Martha Barilari. Málaga, 1986
Identificada como una de las nuevas voces nacionales de la ficción contemporánea, estudió Historia del Arte y Comunicación Audiovisual, especializándose en fotografía profesional y contemporánea, diseño gráfico, maquetación y edición.
Autoproclamada escritora atormentada y soñadora incansable, le apasionan la reflexión, los largos paseos por el bosque, los libros, el cine y los animales. Por eso vive en las montañas, rodeada de todo lo que ama: el escenario perfecto para dar rienda suelta a su imaginación y escribir sin descanso.
Publicó su primera novela, Anoche soñé que yo era una flor, de 2022 (Ed. Mil amores), seguida de La vida es el canto de un pájaro, de 2022 (Editorial independiente), y El peso del silencio, de 2023 (Ed. Esqueleto Negro). Ella admite sin reparos que cada una de sus historias contiene mucho de sí misma y de la vida.
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