Arte y democracia

Un artículo de opinión de Luis Meneses

Cuadro de portada: No hay a dónde huír. Autor: Luis Meneses. Acrílico, Técnica Mixta.

DEUTSCH

Don Juan Matus, el chamán Yaqui, le dijo a Castaneda, cuando este iba con su bloc de apuntes obsesionado a encontrarse con él, que dejara toda esa manía de escribir y de tomar notas, que era pura chingadera suya, que vaya en serio a lo “Otro”.

Castaneda, ignorante entonces aún de su destino postrero y terco en su empeño de escribir la alucinante experiencia que estaba viviendo con ese brujo, empezó a llegar a sus citas vistiendo unos pantalones bien anchos en los que metía en el bolsillo una muy pequeña libreta de apuntes y un diminuto lápiz pensando que el Viejo no se daría cuenta que seguía escribiendo.

-Si no quieres dejar la chingadera esa, –le dijo Don Juan–, entonces escribe, escribe y publícalo, pero deshazte de eso, ¡bótalo y libérate!

Castaneda, finalmente, se transformó, mutó en otro ser –y no es exagerado decirlo–, y ya desde ese “otro lado” siguió escribiendo, pero esta vez como brujo, y publicó ocho libros en los que relató una descabellada historia jamás contada precursora del cuento cuántico.

Adorno dijo que después de Auschwitz, seguir escribiendo Poesía era un acto de barbarie. Vio que todos los temas de la Vida, quintaesenciados por la Poesía, perdían su sentido frente a ese exterminio. Quiso expresar la imposibilidad de representar ese tipo de matanza humana, solo humana, de eliminación imposible sin atenuantes.

¿Hasta dónde pueden el Lenguaje y el Arte describir el Genocidio, la Muerte a cada paso y la pérdida, la destrucción sin límites, la impotencia absoluta, la orfandad mundial, el abandono total, el paroxismo del horror? Además, aún peor, dentro de un enloquecido escenario donde los perpetradores son los mismos quienes administran la Justicia y manipulan el relato. Son el asesino y el socorrista, ¡sí!, el que le lleva el auxilio después de haberlo matado y el que dictamina Todo y al final el que comenta los hechos.

Pero pasó el Holocausto y el mundo siguió rodando y los poetas siguieron escribiendo como si no hubiera pasado nada o casi nada. La insensibilidad, la indiferencia y el olvido, son los mantos del Tiempo que cubren la Historia. Es ciertamente así, todo pasa, todo transcurre, es la ley de la Vida. Los genocidios en la historia de la humanidad, que no han sido varios sino muchos, no ocurrieron solo en Auschwitz y en Birkenau, se cometieron en Indoamérica y en África, en Asia, en Camboya y en Ruanda, en Darfur y en Mianmar, por doquier y por Don Quien. Y distorsionados, si no silenciados, aparecen después como un frío registro histórico más, elaborado por quienes se impusieron y por sus herederos repitiendo aquello de que la Historia la escriben los vencedores.

Los artistas que ven y van más allá de la espesa niebla, más allá de la fábrica de ensueños tecnológicos y del scroll infinito, aquellos que han desgarrado el velo de Maya y sacado la cabeza fuera de la Matrix, esos son los signados Nictálopes para mostrarnos el camino. Han sido señalados, a veces a pesar suyo, como si de un determinismo se tratara. Ni siquiera ellos mismos eligieron ser artistas de esa calaña.

Cuando corren tiempos de graves y peligrosos extravíos como los actuales en los que el Poder se muestra absoluto y corrompido absolutamente, super billonario y super tecnológico y por ende omnipotente, no basta con alzar la voz y protestar, no digo que no sea necesario, no digo que no sea urgente e incluso casi obligatorio, digo que de esa sola manera no se construye alternativas, de esa sola manera se sigue dependiendo amarrado a lo que provoca nuestra indignación. Pasa lo mismo con los Ateos que se pasan toda su vida no creyendo en Dios pero atados a él y despotricando de su existencia.

Todas las épocas son únicas, todos los momentos políticos tienen algo especial y particular y debido a ese especifismo es que algunos sienten o creen sentir que la época que están viviendo es la más crítica, la más angustiante de todas y que todo tiempo pasado fue mejor. Pero fatalmente lo que fue, ya fue, al Pasado se le piensa, se le recuerda por un momento o por dos o tres, no más, la intensidad está en el Presente.

La actualidad es todo y la Actualidad actual, la misma que ahora nos mantiene sobresaltados y expectantes en vivo, en directo, en pantalla chica o en grande y a todo color el despedazamiento y el exterminio es, y no solo en este sentido, Única.

Que la Vida pasa, transcurre, con una incesantes sin solución es un fenómeno clásico y biológico irreductible, tan evidente y dramático como indiscernible e indeseable, tanto que la gente prefiere no saber y no enterarse y pensarse, en cambio, siempre los mismos, únicos y eternos.

A comienzo de la segunda mitad del siglo pasado, se empezó a hablar y a teorizar de manera sesuda y sistemática de Arte Comprometido, (J.P. Sartre, Goya, Siqueiros), corriente que alcanzó niveles impresionantes de adherencia e influencia en el mundo ideológico de las izquierdas y se encarnó ampliamente en sectores académicos y de creadores de Arte tanto como oposición al Arte puramente lúdico y casi solo preocupado por la estética, como por asumir una expresión artística que reflejara la realidad política y económica del mundo; es decir un Quehacer Artístico comprometido con los sucesos del entorno social, material e histórico de los pueblos.

El Arte en la mayor parte de su recorrido histórico se ha movido dentro de los estrechos márgenes de un determinado tipo de régimen político, adecuándose a los dictámenes del Poder de turno. Y es con la aparición de la Democracia que empieza a desmarcarse de las ataduras y dependencias del Poder, de los mecanismos de la Matrix y a concentrarse en el Individuo.

Es el momento en que desaparece el arte como mero ejercicio estético al servicio de terceros para converger en el ser humano artista, en un ser creador, libre, originador de formas, sonidos, imágenes e ideas nuevas, que hurga, investiga, se interroga y conflictúa sobre su propia existencia y sobre el mundo que lo rodea. Y como ser libre y creador experimenta uno de los actos más importantes: asumir la responsabilidad de su propia vida y de sus propias decisiones. En este sentido la Libertad es el elemento consustancial tanto al Arte como a la Democracia, sin ella ambos pierden su valor, su posibilidad y su sentido.

Sucede que en realidad vivimos hoy en una No-Democracia, es decir en una Democracia espúrea, falsa, bizarra pero de alguna extraña manera persiguiendo siempre el ideal, esa utopía que nunca llega. Esto no sería tan grave, pues en esencia la auténtica Democracia es un Sistema que se va construyendo en su propio ejercicio, que se supera a si misma a cada paso haciendo uso de la Libertad y con horizontes abiertos. Pasa que el proceso real en el que nos encontramos ahora es el de la deconstrucción, el de la demolición de las instancias democráticas, que mal que bien fuimos paulatinamente construyendo a lo largo de la historia. Es decir no solo no nos dirigimos hacia más Democracia sino que retrocedemos hacia un futuro de Dictaduras y Autoritarismos sin normas ni consenso social.

La Democracia que habitamos es y ha venido siendo históricamente un autoengaño, un conjunto de buenas intenciones pero de malas prácticas.

Esa es la Democracia Real que vendría a ser lo que llaman Real Politik. La auténtica que yo llamo Democracia Utópica, es un Sistema en permanente movimiento y mejoramiento cuya máxima pretensión es el desarrollo del Individuo como tal, su liberación y autoconstrucción.

Lo que la Modernidad ha aportado al Arte es el haber ampliado sus fronteras y sus límites hasta confines inimaginables. No es que haya deshecho sus rígidas leyes y sus cánones tradicionales, es simplemente que lo ha liberado de todo coto y atadura posible, lo ha llevado a sus orígenes matriciales, lo ha lanzado a la persecución de si mismo sin reglas y sin concesiones y a la conquista del corazón humano. El Arte es una gestión polivalente, concentra muchas dinámicas y todas las posibilidades. Es la única producción humana que no responde a necesidades básicas, materiales y de subsistencia por lo que bajo esta visión es muy apropiado decir que el Arte no sirve para nada, pero justamente bajo esta aparente desmesura, de este vaciamiento de relevancia material, desde otra perspectiva y en el actual escenario internacional de caos político y desprestigio moral puede llevar al Arte a resignificarse. Qué rol debe jugar el Arte en estas circunstancias?

El Arte, quitando todo su entorno parasitario, se encarna hoy como nunca en el sujeto artista, en ese humano con zapatos, solo, único, abandonado a su suerte, que come, duerme, respira y hace el sexo como cualquier congénere con la única gran diferencia que este sujeto tendría la capacidad de convertirse en Creador de Mundos y de habitar otras dimensiones. En ese sentido ser artista es una decisión y una actitud que pareciese provenir de un Designio, un existencial imperativo abstracto y metafísico de búsqueda y trascendencia que destaca el Miedo a la Libertad – sentimiento identitario de apego, mayoritario en este Sistema y unos de los grandes obstáculos para superar definitivamente esferas de inercia y mediocridad.

El Arte ha usado la belleza, la armonía, el equilibrio para engatusar al Sistema, comer y vivir bien. Se ha colado en él no para subvertirlo, no para transformarlo, ha cumplido un rol de comparsa y entretenimiento.

Esta condición es ambivalente, tiene dos caras. Por un lado hace rato que el Arte ha llegado a convertirse no solo en un bien de lujo y signo de riqueza sino hoy en uno suficientemente preciado como objeto de riqueza e inversión de capital. El Arte no ha salido indemne al influjo engullidor, comercial y mercantilista del sistema donde todo tiene su precio. Y esta es la cara digamos oscura del Arte que busca la celebración, el halago fácil y la Buena Fortuna. Pero es simplemente así y hay que aceptar la realidad. Habría que decir pero, que esta realidad no proviene del Arte sino del Ego. El Arte queda incólume. La Libertad es la madre que cobija todos los sueños, todas las utopías y todas las posibilidades, puede hacer crecer las alas que conduzcan a dimensiones mágicas y desconocidas pero para esta empresa hay que soltar amarras y deshacer compromisos y ver la Matrix cara a cara.

La Libertad, el valuarte principal de la Democracia, – que es superficialmente tenida en consideración por los que hacen comparaciones con el Proceso Chino, – es la que ha permitido al artista expandirse más allá de toda frontera, internalizando su viaje. La Libertad es la circunstancia básica para la Creación, en donde el artista empieza a generar y alcanza su verdadera dimensión, de creador de su propia vida.


KUNST  und  DEMOKRATIE

Ein Meinungsartikel von Luis Meneses

Don Juan Matus, der Schamane der Yaqui, sagte Castaneda, als dieser wie besessen mit seinem Notizbuch zu ihm erschien, er solle diese Schreibsucht endlich aufgeben. Es sei alles nur Unsinn, und er solle sich lieber dem „Anderen“ zuwenden.

Castaneda, der seine wahre Bestimmung noch nicht kannte und stur an seinem Vorhaben festhielt, über die halluzinatorischen Erlebnisse mit diesem Zauberer zu schreiben, begann, zu ihren Treffen in weiten Hosen zu erscheinen, in denen er ein winziges Notizbuch und einen winzigen Bleistift verstaute. Er glaubte, der Alte würde nicht bemerken, dass er immer noch Notizen machte.

„Wenn du diesen Unsinn nicht aufgeben willst“, sagte Don Juan zu ihm, „dann schreib, schreib und veröffentliche es, aber befreie dich davon!“ Castaneda verwandelte sich schließlich, mutierte zu einem anderen Wesen – und das ist keine Übertreibung – und von dieser „anderen Seite“ schrieb er weiter, diesmal jedoch als Zauberer, und veröffentlichte acht Bücher, in denen er eine verrückte, noch nie zuvor erzählte Geschichte schilderte, einen Vorläufer der Quantengeschichte.

Adorno sagte, nach Auschwitz sei das Schreiben von Gedichten ein Akt der Barbarei. Er sah, dass alle Lebensthemen, die sich im Wesentlichen in der Poesie ausdrücken, angesichts dieser Vernichtung ihre Bedeutung verloren. Er wollte die Unmöglichkeit zum Ausdruck bringen, ein solches menschliches Gemetzel, ein rein menschliches, eine unerträgliche Auslöschung ohne jegliche Milderung, darzustellen.

Inwieweit können Sprache und Kunst Völkermord, den Tod an jeder Ecke, Verlust, grenzenlose Zerstörung, absolute Ohnmacht, weltweite Verwaistheit, totale Verlassenheit, den Anfall des Grauens beschreiben? Und noch schlimmer: in einem Szenario, das einen in den Wahnsinn treibt, in dem die Täter dieselben sind, die Recht sprechen und die Deutungshoheit erlangen. Sie sind Mörder und Retter – ja! –, diejenigen, die nach dem Töten Hilfe bringen, diejenigen, die alles diktieren, und am Ende diejenigen, die die Ereignisse kommentieren.

Doch der Holocaust geschah, die Welt drehte sich weiter, und die Dichter schrieben weiter, als wäre nichts, oder fast nichts, geschehen. Gefühllosigkeit, Gleichgültigkeit und Vergessen sind die Schleier der Zeit, die die Geschichte verhüllen. So ist es gewiss; alles vergeht, alles fließt, es ist das Gesetz des Lebens. Die Völkermorde in der Geschichte der Menschheit, und davon gab es viele, fanden nicht nur in Auschwitz und Birkenau statt; sie wurden in Indoamerika und Afrika, in Asien, in Kambodscha und Ruanda, in Darfur und Myanmar verübt, überall und von wem auch immer. Und verzerrt, wenn nicht gar verschwiegen, erscheinen sie später als ein weiterer kalter historischer Bericht, verfasst von den Siegern und ihren Erben, der die alte Weisheit wiederholt, dass Geschichte von den Siegern geschrieben wird.

Die Künstler, die den dichten Nebel durchschauen und hinter die Fabrik technologischer Träume und des endlosen Scrollens blicken, jene, die den Schleier der Maya zerrissen und ihre Köpfe aus der Matrix gestreckt haben – sie sind die auserwählten Nyktalopes, die uns den Weg weisen sollen. Sie wurden auserwählt, manchmal gegen ihren Willen, als wäre es Determinismus. Nicht einmal sie selbst haben sich entschieden, Künstler dieser Art zu sein.

Wenn wir in Zeiten schwerwiegender und gefährlicher Abweichungen wie der heutigen leben, in denen Macht absolut und absolut korrupt, supermilliardärisch und supertechnologisch und somit allmächtig erscheint, genügt es nicht, unsere Stimmen zu erheben und zu protestieren. Ich sage nicht, dass es nicht notwendig, dringend oder gar fast obligatorisch ist; ich sage nur, dass sich auf diese Weise allein keine Alternativen entwickeln lassen. Auf diese Weise allein bleiben wir abhängig, gefesselt an das, was unsere Empörung hervorruft. Dasselbe gilt für Atheisten, die ihr ganzes Leben lang nicht an Gott glauben, sich ihm aber dennoch verbunden fühlen und gegen seine Existenz wettern.

Jede Epoche ist einzigartig, jeder politische Moment hat etwas Besonderes, und aufgrund dieser Einzigartigkeit empfinden manche – oder glauben zu empfinden –, dass die Zeit, in der sie leben, die kritischste, die beunruhigendste von allen ist und dass alle vergangenen Zeiten besser waren.

Doch unweigerlich ist das Vergangene vergangen. An die Vergangenheit wird gedacht, sie wird für einen Moment, ein, zwei oder drei erinnert, nicht länger; die Intensität liegt in der Gegenwart. Die Gegenwart ist alles, und die gegenwärtige Realität, die uns jetzt in Atem hält und uns live, auf dem kleinen oder großen Bildschirm, in Farbe die Verstümmelung und Ausrottung mitverfolgen lässt, ist – und nicht nur in diesem Sinne – einzigartig.

Dass das Leben unaufhörlich und unerbittlich dahinfließt und sich entfaltet, ist ein unreduzierbares physikalisches und biologisches Phänomen, so offenkundig und dramatisch wie unerkennbar und unerwünscht, so sehr, dass die Menschen es vorziehen, es nicht zu wissen, sich dessen nicht bewusst zu sein, und stattdessen sich selbst als immer gleich, einzigartig und ewig betrachten.

Zu Beginn der zweiten Hälfte des letzten Jahrhunderts begannen die Menschen, systematisch und reflektiert über engagierte Kunst (J. P. Sartre, Goya, Siqueiros) zu sprechen und zu theoretisieren, eine Bewegung, die in der ideologischen Welt der Linken eine beeindruckende Anhängerschaft und großen Einfluss erlangte und in akademischen und künstlerischen Kreisen breite Zustimmung fand. Sie wurde sowohl als Gegenpol zur rein spielerischen Kunst, die sich fast ausschließlich mit Ästhetik befasste, als auch als Versuch verstanden, einen künstlerischen Ausdruck zu finden, der die politische und wirtschaftliche Realität der Welt widerspiegelte; also ein künstlerisches Unterfangen, das sich den Ereignissen im sozialen, materiellen und historischen Umfeld der Völker verpflichtet fühlte.

Über weite Strecken ihrer Geschichte agierte die Kunst innerhalb der engen Grenzen eines bestimmten politischen Regimes und passte sich den Vorgaben der herrschenden Macht an. Erst mit dem Aufkommen der Demokratie beginnt die Kunst, sich von den Zwängen und Abhängigkeiten der Macht, von den Mechanismen des Systems zu befreien und sich auf das Individuum zu konzentrieren.

Dies ist der Moment, in dem Kunst als bloße ästhetische Übung im Dienste anderer verschwindet und sich stattdessen auf den Menschen als Künstler konzentriert – ein schöpferisches, freies Wesen, der Schöpfer neuer Formen, Klänge, Bilder und Ideen, der die Konflikte seiner eigenen Existenz und der Welt um ihn herum erforscht, hinterfragt und sich mit ihnen auseinandersetzt. Und als freies und schöpferisches Wesen erlebt er einen der wichtigsten Akte: die Übernahme von Verantwortung für sein eigenes Leben und seine eigenen Entscheidungen. In diesem Sinne ist Freiheit das inhärente Element sowohl der Kunst als auch der Demokratie; ohne sie verlieren beide ihren Wert, ihre Möglichkeiten und ihre Bedeutung.

Tatsächlich leben wir heute in einer Nicht-Demokratie, in einer trügerischen, falschen, bizarren Demokratie, die dennoch unaufhörlich dem Ideal nachjagt, jener Utopie, die niemals erreicht wird. Das wäre nicht so schlimm, denn im Kern ist eine authentische Demokratie ein System, das sich durch seine eigene Praxis entwickelt und sich mit jedem Schritt selbst übertrifft, indem es die Freiheit nutzt und mit offenen Horizonten agiert. Das Problem ist, dass wir uns in Wirklichkeit in einem Dekonstruktionsprozess befinden, in der Zerstörung demokratischer Institutionen, die wir im Laufe der Geschichte – im Guten wie im Schlechten – schrittweise aufgebaut haben. Anders gesagt: Wir bewegen uns nicht nur nicht hin zu mehr Demokratie, sondern steuern auf eine Zukunft mit Diktaturen und autoritären Regimen ohne Regeln und gesellschaftlichen Konsens zu.

Die Demokratie, in der wir leben, ist und war historisch gesehen eine Selbsttäuschung, eine Ansammlung guter Absichten, aber schlechter Praktiken.

Das ist die wahre Demokratie, das, was man Realpolitik nennt. Die authentische Demokratie, die ich Utopische Demokratie nenne, ist ein System in ständiger Bewegung und Verbesserung, dessen oberstes Ziel die Entwicklung des Individuums als solches, seine Befreiung und Selbstverwirklichung ist.

Was die Moderne der Kunst gebracht hat, ist die Erweiterung ihrer Grenzen und Dimensionen bis ins Unermessliche. Sie hat nicht einfach nur starre Gesetze und traditionelle Konventionen abgeschafft, sondern sie von allen Zwängen und Fesseln befreit, sie zu ihren Ursprüngen zurückgeführt und sie auf ein unerbittliches, kompromissloses Streben nach sich selbst geschickt, um das menschliche Herz zu erobern. Kunst ist ein vielschichtiges Unterfangen, das zahlreiche Dynamiken und alle Möglichkeiten umfasst. Sie ist die einzige menschliche Produktion, die nicht auf grundlegende materielle Bedürfnisse und den Lebensunterhalt reagiert. Aus dieser Perspektive betrachtet, scheint es daher durchaus angebracht zu sagen, Kunst diene keinem Zweck. Doch gerade in dieser scheinbaren Sinnlosigkeit, in dieser Entleerung ihrer materiellen Bedeutung, kann Kunst aus einer anderen Perspektive und im gegenwärtigen internationalen Szenario politischen Chaos und moralischen Verfalls neu definiert werden. Welche Rolle sollte Kunst unter diesen Umständen spielen?

Kunst, befreit von all ihren parasitären Einflüssen, verkörpert sich heute wie nie zuvor im Künstler, in jenem Menschen mit Schuhen, allein, einzigartig, sich selbst überlassen, der isst, schläft, atmet und Sex hat wie jeder andere Mensch – mit dem einzigen und entscheidenden Unterschied, dass dieses Individuum die Fähigkeit besitzt, Welten zu erschaffen und andere Dimensionen zu bewohnen. In diesem Sinne ist Künstlersein eine Entscheidung und eine Haltung, die einem Plan zu entspringen scheint, einem existenziellen, abstrakten und metaphysischen Imperativ der Suche und Transzendenz, der die Angst vor Freiheit herausfordert – ein identitätsbasiertes Gefühl der Anhaftung, das in diesem System vorherrscht und eines der größten Hindernisse darstellt, um Sphären der Trägheit und Mittelmäßigkeit endgültig zu überwinden.

Die Kunst hat Schönheit, Harmonie und Ausgewogenheit genutzt, um das System zu betören, um zu überleben und gut zu leben. Sie hat sich in es eingeschlichen, nicht um es zu untergraben, nicht um es zu transformieren; sie hat eine zusätzliche Rolle der Unterhaltung erfüllt.

Dieser Zustand ist ambivalent, er hat zwei Seiten. Einerseits ist Kunst längst nicht mehr nur ein Luxusgut und ein Zeichen von Reichtum, sondern wird heute als Wertanlage und Kapitalanlage hoch geschätzt. Auch die Kunst ist dem alles verschlingenden, kommerziellen und merkantilistischen Einfluss des Systems, in dem alles seinen Preis hat, nicht unbeschadet entgangen. Und das ist, sagen wir, die Schattenseite der Kunst, die nach Anerkennung, leichtem Lob und Glück strebt. Aber so ist es nun einmal, und wir müssen die Realität akzeptieren. Es sei jedoch gesagt, dass diese Realität nicht von der Kunst, sondern vom Ego ausgeht. Die Kunst bleibt unversehrt. Freiheit ist die Mutter aller Träume, aller Utopien und aller Möglichkeiten; sie kann Flügel wachsen lassen, die zu magischen und unbekannten Dimensionen führen, aber für dieses Unterfangen müssen wir unsere Fesseln sprengen, Verpflichtungen aufgeben und uns der Matrix direkt stellen.

Freiheit, der Grundpfeiler der Demokratie – von jenen, die Vergleiche zum chinesischen Prozess ziehen, oft übersehen –, hat es dem Künstler ermöglicht, über alle Grenzen hinauszuwachsen und seinen Weg zu verinnerlichen. Freiheit ist die grundlegende Voraussetzung für Schöpfung; hier beginnt der Künstler zu schöpfen und erreicht seine wahre Dimension als Schöpfer seines eigenen Lebens.


Luis Meneses

Estudios:
Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima
Universidad Nacional San Marcos de Lima
Universidad Católica de Lima
Jefe de la Página Cultural del Diario El Nacional – Lima

Artista y Gestor Cultural
Co- Fundador de “LaCueva” – Laboratorio de Arte y Cultura – Berlín
Fundador del Centro Cultural “Taller D’Luis”.

Contacto: contacto.tallerdluis@gmail.com


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Luis Meneses

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