Una colaboración culinario-literaria de Alexander Caro
Cuánto tiene que ver la escritura con la cocina lo presenta Alexander Caro en esta su primera colaboración en la revista Desbandada. Un texto breve y sabroso que incluye una reflexión sobre los géneros literarios.
Nota del autor: se recomienda degustar el texto acompañado de «Sabor a mí» en la voz de Luis Miguel.
Puede ser que, a diferencia de las mujeres, históricamente los hombres hayamos dispuesto de una habitación propia para escribir, pero la mayor demanda de un hombre sobre sus cuarenta, cuando ya pasaron los fervores revolucionarios que lo empujaban a tomar las calles, es una cocina integral propia. Más aún si lo que permanece en él de vivo deseo viene directo de la adolescencia. Cocinando para mi invitada frente a ventanas donde se extiende la noche en la ciudad se cumplen las promesas que me hice primero escuchando Black Sabbath. Al repasar los cristales con un trapo untado de lavanda en la mañana no queda más que amar el pasado como a una segunda vida de la que nada sabía y ahora se presenta con la urgencia de ser vivida como por vez primera en sentido contrario al tiempo. Y soy más bello de lo que pensaba, más tierno ordenando los cristales, ¿cómo puede ser tan misteriosa la vida? ¿Por qué nunca lo supe?
Tales pensamientos, digo, solo son posibles en una cocina integral propia. No otra es la aspiración del hombre justo, aquel que se ha librado de las culpas del ya-no-poder ser, del fracaso; ningún otro rincón del mundo para sus pequeños ratos de alegría que su nuevo rincón recién instalado con un diseño en aluminio y madera. Por el contrario, estamos cansados de los cuartos propios para escribir, porque no han producido más que dudas, borradores, maquinaciones en contra de uno mismo y uno que otro poema, pero tampoco queremos salir a correr por el mundo para encontrar lo perdido en su anchura. La solución, repito, es una cocina integral donde podamos quedarnos un fin de semana a preparar un pato a la naranja. Encontrar en cada estante el utensilio de brillo metálico, las porcelanas, los aceites que definen las texturas y el elemento de medida que dice cuánto de cada porción. Ya no queremos más noches en vela preguntándonos si va o no va la coma hasta borrarla en la mañana, sino saber, por mera observación del agua, el instante justo en que un huevo se transforma en un huevo duro. No el sobresalto de las palabras, sino la detección a ojo de la pura consistencia.
¿Quieres ver al hombre devuelto a su primer impulso creador, el que se ha librado de las cadenas del deber ser? Míralo ahí: prepara una ensalada tropical de pasta y fruta. Nada afuera lo conmueve. Hace meses que sueña con una mujer a la que lleva flores y de la que amanece enamorado. Para ser sincero -esto no debe importar ya- no recuerda su nombre. Tampoco sabe si ella obedece a un recuerdo elaborado oníricamente a partir de retazos de varias mujeres verdaderas o si es única, pero totalmente inventada. Cuando logra verla tal que en ella misma, la pregunta solo aviva el ardor. Pero incluso en las primeras horas de luz preparando el café no importa si mil años han pasado, si tendrá amor la eternidad, pues allá tal como aquí donde una noche los recuerde juntos cocinando en su boca llevará el sabor a las ananas que ahora corta con cuidado mientras escucha a Luis Miguel.
Bogotá, 19.12.2025

Alexander Caro es colombiano y cursa actualmente un doctorado en literatura alemana y francesa en la Humboldt Universität de Berlín, ciudad donde vive hace ya varios años. Lo que propone en esta colaboración no es un texto que hable sobre Berlín: entre los que lleva escrito de este «género» -en seguida volveremos sobre este aspecto del género- no está Berlín, los lugares no entran en las cosas que escribe por invitación directa, sino cuando les viene en gana. El texto es una prosa de difícil inscripción en un género concreto, y tal vez no importe tanto la clasificación. Obedece a una serie de textos que tiene redactados y para los cuales ha inventado varias denominaciones: «somnografías«, no porque cuentan sueños, sino porque persiguen captar el yo en estado de «rêverie»; «obscurotipos«, porque muestran algo que surge desde un fondo indeterminado del recuerdo que pone en cuestión una manera de percibir la historia, y «lapsogramas«, pues aquello que activa el recuerdo es un pequeño resbalón del pensamiento. Decidan ustedes cuál le iría mejor.
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