Trabajo infantil
un relato de Guillermo Scrinzi
Mis primeros trabajos rentados fueron los mandados encomendados por mi abuela, con distintos destinos, todos con su atracción particular. La paga consistía a veces en los vueltos y otras en los premios que recibía en cada destino.
Uno de ellos era el almacén de don Luis Bisogno; un grandote con el pelo abundante, todo blanco y unos bigotes enormes tipo manubrio con las puntas para arriba. Era un tipo muy gracioso, le hacía chistes a todo el mundo. Me encantaban los cajones de fideos con frente de vidrio a través del cual se veía su contenido, el que extraía con una pala de madera en forma de semicírculo. Me enseñó a envolver los fideos y el azúcar en un papel blanco haciéndole el repulgue y terminándolo con una vuelta de equilibrista sobre sí mismo. Alguna vez tuve que levantar todo del mostrador.
En la panadería Centro América atendían unas chicas que hacían alharaca cuando yo llegaba, me llenaban de besos y me decían que era igual a Gregory Peck. Se ve que yo era un pibe “entrador”. Ah… y me regalaban bizcochitos con azúcar.
La Lechería La Martona, era de los trabajos el más arriesgado, ya que iba con una hervidora de esas de aluminio con la tapa llena de agujeritos redondos. El que atendía, un tipo con guardapolvo blanco del que nunca supe el nombre, me maravillaba con su habilidad para tomar las botellas verdes, una con cada mano, apoyarlas sobre el mostrador y en un solo movimiento hundir sus dedos pulgares y extraer las tapitas para volcar el blanco contenido en mi recipiente, provocando una tentadora espuma de la que indefectiblemente daba cuenta al salir. Lo riesgoso era que tenía que caminar casi tres cuadras sin volcar la leche, cosa que no siempre coroné con éxito.
También estaba la fiambrería de Calogero Marino, quien era un señor más bien petiso y regordete, con la punta de la nariz colorada, que gritaba y gesticulaba todo el tiempo y me decía cosas que hoy sigo sin entender: “Dáguele shú calumín” o “Cosa güei de la galina impestada”. Ahí iba a comprar el jamón crudo y el queso provolone, que eran los mejores de la zona, según mi papá. Me gustaba ir porque siempre me convidaba con un pedacito de queso en forma de bolita que extraía de la horma con una cucharita redonda, pero sobre todo ansiaba ir porque tenía que pasar por lo de Noemí, una vecinita con la que nos saludábamos sonrientes y se ponía colorada.
Y por fin el más gratificante, la otra fiambrería, la de don Juan Caruso, que era para el otro lado, sobre la avenida. Ahí iba a comprar la mortadela bocha y la ricota que le encantaban a mi papá para el vermut. El negocio no era muy grande pero estaba repleto de mercadería por todos lados. Don Juan atendía detrás de un mostrador que parecía un teatro de títeres, enmarcado por salamines colgados y quesos apilados entre los que emergía la calva brillosa del fiambrero. Pero lo mejor eran las bolsas y barriles que formaban un caminito para llegar hasta el mostrador y que contenían manjares como nueces, aceitunas, y mis preferidas, las pasas de uva. Siempre había que esperar y yo quedaba entre las tentaciones, ¡y uno no es de fierro! Había estudiado los distintos movimientos de Don Juan, lo que me permitió elaborar una estrategia delictiva: cuando le pedían dulce de batata desaparecía por treinta segundos, suficiente para dos puñados de pasas que comía disimuladamente. Más me costaban las nueces, porque necesitaba más tiempo: primero abrirlas, dejarlas preparadas y en un segundo movimiento, ¡al buche! Para eso tenía que esperar que le pidieran fiambre, con lo que tardaba más. Lo de las pasas lo tenía más aceitado; las aceitunas eran más complicadas pues me mojaba las manos, pero de vez en cuando les daba.
Una vez al meter la mano disimuladamente en la bolsa de pasas encontré un monedero de esos que usan las señoras para ir a la feria, estaba bastante gordito, pero lo mío eran las pasas por lo que se lo entregué a Don Juan sin más trámite.
Ese día fui elaborando un plan mejor. Si yo me guardaba las pasas en los bolsillos podía sacar más cantidad y luego me las iba comiendo por la calle. Y… la experiencia enseña. Todo un éxito. A partir de entonces no tendría que atragantarme más dentro del negocio.
Pero cuando yo ya avizoraba un futuro venturoso sucedió lo inesperado. Estaba en mi casa con mi mamá y mi abuela, era el mediodía y golpearon a la puerta. En realidad, aplaudían. Como siempre, yo corrí a abrir, pero al traspasar la cancel pude adivinar la calva de Don Juan acompañado de una monja. Cagamos, pensé, se descubrió todo. Me frené de golpe y grité: “Llaman a la puerta” e inmediatamente fui a buscar refugio. Rajé para el fondo mientras me asaltaban los más oscuros pensamientos: ¿La monja será la directora de un reformatorio?, ¿Me mandarán a un colegio pupilo? En eso escuché el llamado de mi vieja: “¡Nene, vení!”. Yo acababa de cumplir una pena de una semana sin salir a la calle y temí que la reincidencia me jugara en contra. “¡Nene!”, repitió mi vieja. No tengo más remedió, pensé. A lo hecho, pecho. Y me encaminé hacia donde estaría esperándome un jurado seguramente inflexible.
La monja no era tal, era una señora vestida toda de negro, que tenía unos pelos como bigotes que le asomaban sobre la boca; no era lo más amigable que digamos. Pero bueh, era lo que me tocó, pensé. Don Juan estaba a su lado, le transpiraba la pelada, y me miraba fijo.
Mi mamá dijo: “La señora te quiere hablar”.
Uy, pensé, “viene con sermón y todo. Me va a explicar las consecuencias de las malas acciones, como me habían enseñado en las lecciones de catecismo para la primera comunión”. Pero no. Tenía la voz finita, me causó gracia y me reí. Y pensé, “justo en este momento me vengo a tentar”.
La señora me habló de las buenas acciones y de los premios, me pasó la mano por la cabeza y me quiso dar plata, cosa a la que mi madre se opuso, diciendo: “Es su deber”. ¡Era la dueña del monedero! Y había venido a agradecerme. Pufff, qué momento.
A todo esto, Don Juan, sonriendo me dijo: “Tomá, esto es para vos, sé que te gustan”. Y me dio una bolsita llena de pasas de uva…

Guillermo Scrinzi
nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1941. Se graduó como bachiller en el Colegio Roca de la Ciudad de Buenos Aires. Estudió en el Centro Educativo del Tango de Buenos Aires, donde se graduó como instructor de historia del tango y tango-danza. Estudió también cocina en el Ibhars, donde se recibió de restaurateur. Se interesó siempre por la poesía, la historia, la literatura. Ha sido alumno de diversos talleres de escritura a cargo de Sandra Russo.
Orificios
un relato de Luis Ángel Dib
Mi trabajo es rutinario, como muchos, aunque hay días en que la rutina se rompe. También es aburrido, como muchos. Pero a veces pasan cosas que no pasan en cualquier trabajo. El mío es muy particular.
Voy en bicicleta. A veces necesito recorrer doscientos o trescientos metros y tengo que utilizarla. Todos los días a la mañana, luego de firmar mi asistencia, a las siete y media, voy a buscar la planilla de los turnos y veo cuál es el primer lugar al que tengo que ir. Busco la bolsa grande de plástico negro y salgo. A veces pienso que no queda del todo bien que alguien ande en bicicleta dentro de un cementerio.
Si alguien me pregunta donde trabajo respondo que soy empleado municipal, si me sigue preguntando entonces digo que en el cementerio. Y si piden más detalles se los doy. Después no preguntan más y generalmente sucede que ya no quieren hablar más conmigo.
Mi trabajo es rutinario, les decía. Voy hacia el lugar donde está la tumba que indica la planilla. Allí dice el apellido de la familia y el nombre del difunto que ya cumplió diez años enterrado y debe ser pasado a nicho.
Generalmente me encuentro con uno o dos familiares que están esperando, porque, según las normas, todo ese procedimiento debe ser presenciado por familiares directos. Luego, casi al minuto, vienen los muchachos de mameluco azul con sus palas para hacer su trabajo. Todos saludamos correctamente. Evitamos conversar entre nosotros y reírnos o hacer cualquier comentario. Nos han instruido para que hagamos un silencio respetuoso, solo contestamos preguntas de los familiares o les damos alguna indicación, si es necesario.
Yo a esta altura, me doy cuenta de que los familiares no quieren estar ahí y desean que todo termine rápido. Aunque nadie apura.
Los muchachos comienzan a cavar del lado donde están las piernas porque es lo último que se degrada del cuerpo. Si ven que hay restos de carne o tejido inmediatamente tapan el cuerpo y la familia tiene que venir al año siguiente.
Pero casi nunca pasa eso. Los mismos muchachos van tomando los huesos y los ponen en la bolsa que yo llevo. Son muy cuidadosos. De ahí con los familiares nos vamos a mi lugar de trabajo a que haga mi parte, que no es otra cosa que lavar los huesos uno por uno con un cepillo y colocarlos en el nicho que la familia compró con anterioridad. Todo se desarrolla lentamente y en silencio.
Mi trabajo es rutinario y aburrido, pero ese día hubo algo que alteró la rutina.
La mujer que estaba esperando frente a la tumba de un tal Gerardo Suarez había llegado muy puntual, incluso cinco minutos antes de las ocho. Le dije buen día. Me respondió. Estaba fumando un cigarrillo, parecía tener no más de cincuenta años. El difunto era el marido.
Delgada, pelo castaño, por su vestimenta –un trajecito marrón discreto– parecía trabajar en una oficina, en alguna una empresa. Me preguntó cuánto duraba el trámite. Le contesté que no más de cuarenta y cinco minutos.
Afirmó con la cabeza. Bien, dijo. Tenía lentes oscuros.
Cuando vinieron los desenterradores, se sacó los lentes y miró. Estaba muy seria, como enojada. Yo la miraba en forma intermitente. Cuando desenterraron el cráneo, advertí un gesto inusual, casi parecía una sonrisa.
Fuimos caminando hacia el lavadero, yo llevaba la bolsa en una mano y la bicicleta en otra. Le expliqué el procedimiento que seguía a continuación, pero creo que ni me escuchaba, se puso los lentes oscuros y volvió a fumar una vez dentro.
Fui con la bolsa hacia la pileta de lavar y la vacié despacio. Sobre la mesada, delicadamente, fui poniendo los huesos de su marido. En ese momento, por lo general, las personas miran para otro lado o toman cierta distancia.
Ella no.
Sentí que su mirada seguía lo que estaba haciendo. Le dije si quería sentarse y esperar. Siguió parada, me preguntó si molestaba el cigarrillo, le dije que no. Se sacó los lentes. Ahí vi que tenía una mirada dura y penetrante.
Hice mi trabajo como siempre, lentamente y en silencio. Lavaba bien y depositaba los huesos sobre un toallón. Después los secaba, los rociaba con un poco de talco, para evitar la humedad, y los ponía en el nicho de plástico, del más barato.
Cuando tomé el cráneo, percibí que ella miraba con más atención. Aunque estaba de espaldas a ella noté que se había quedado quieta. Tenía el cigarrillo en la mano.
Pasé el cepillo por el cráneo, tiré un poco de agua con detergente para limpiarlo bien. Ya cuando lo desenterraron había notado un punto en la frente. Me di cuenta ahora que lo tenía en la mano que era un orificio. Percibí que ella había notado lo que yo había descubierto. Me miró a mí. Quizá intuyó lo que estaba pensando y respondió lo que yo no había preguntado. “Sí, es un balazo”, dijo.
La miré y no dije nada, solo un “ah” y un gesto de afirmación. No me correspondía preguntar más.
Volví la mirada al cráneo. Lo giré para buscar el orificio de salida. Lo hallé en la base del cráneo, en el hueso que se llama temporal. Me quedé pensando.
Otra vez ella me respondió lo que no había preguntado.
–No fue un suicidio. Es un ángulo incómodo para pegarse un tiro. Pero eso nadie lo notó. Deme –ordenó.
Tomó el cráneo de su marido con la mano izquierda. Lo puso de frente a su cara, como si fuera a hablarle. Colocó el dedo índice de la otra mano en el orificio de entrada. Luego hizo el clásico gesto con la mano derecha de estar teniendo una pistola. Disparó y simuló el ruido:
¡Pum!
–Se lo merecía, créame. Era un flor de hijo de puta.
Sentí miedo, tomé conciencia de que estaba ante una asesina confesa.
La miré. Sus ojos tenían una dureza que se podía sentir.
Sonreí levemente y dije: “Seguro que fue así”.
Tomé el cráneo y lo puse en el nicho plástico, la invité, por si quería hacerlo, a que lo mire por última vez, con un movimiento milimétrico de la nariz expresó que no. Puse la tapa. Terminé rápido mi trabajo.
Me había convertido en cómplice de un crimen.
Mi trabajo a veces no es tan rutinario.

Luis Ángel Dib
es docente, profesor de filosofía. Ha escrito y publicado cuentos cortos, por lo general, de suspenso y terror.
Imagen de portada: Detalles de: Tante-Emma-Laden Milch Feinkost Melchert, Zossenerstr. 52, Berlin, 1956 ©Mellebga, CC0, via Wikimedia Commons & ©vitaliy-shevchenko en Unsplash
El taller de escritura creativa en Desbandada:
¡Liberémonos del algoritmo! Si te gustó este artículo, te pedimos que te suscribas a la revista para recibir notificaciones de los nuevos artículos en tu propio correo electrónico. Te animamos además a dejar un comentario.

