Dos relatos: Abismo y El fin de la infancia

Me paré en ese semáforo eterno de Insurgentes frente al Sears. La marea de gente de las dos de la tarde venía del otro lado. Había caminado un montón. Mi frente sudaba un poco, tenía que llegar al notario y rogaba al cielo que el Metrobús viniera vacío.

De repente una playera del América no me dejaba avanzar. Un poco me asusté, un poco me sentí torpe como siempre. Intenté pasar por la derecha y la playera-obstáculo hizo lo propio. Pantalón negro gastado, una mochila de costado. Lo miré a la cara ya con mezcla de intriga e inquietud. Gordito, más bien bajo, veintipocos, me miraba con un enojo indecible. Sus ojos clavados en los míos centelleaban un odio antiguo. Empezó a patearme la pantorrilla y yo estaba inmóvil y atónita. La gente pasaba alrededor ignorando la escena con total naturalidad.

–Hija de tu puta madre –me dijo.

Yo de algún lado lo tenía, pero soy la peor para caras y nombres. No me daba para salir corriendo porque claramente me superaría. Estaba como paralizada y a la vez algo en mí sentía curiosidad.

–Te crees muy verga, ¿verdad? Argentina fresa tenías que ser. Muy subidita tu.

Y empezó con pequeñas trompadas en mi brazo.

–Te piensas que no sé quién eres. Yo sé quién eres –seguía en su monólogo–. Te vengo siguiendo desde el viernes. Se dónde vives, sé que sales poco de tu casa, no te mato porque no me da la gana, porque ni para eso sirves.

Por fin logré articular una palabra.

–Pará, flaco –me salió argentinísimo– ¿qué te hice?, ¿quién sos? ¿Qué onda, wey?

–Ah, claro, y ni siquiera sabes quién soy. ¿No te acuerdas de mí, vieja de mierda?

No gritaba, hablaba bajo y con la voz cascada, casi susurrando.

–Disculpame, no. Creo que sí, pero no.

–Llevo varios días, pensando qué hacer contigo. ¿Puede ser que una vieja de mierda, soberbia y argentina como tú me haga mierda la vida?

Afortunadamente a esa altura ya había dejado de pegarme y yo seguía adosada al piso sin poder moverme. Los metrobuses pasaban uno tras otro y mi ida al notario parecía cada vez más lejana.

–¿A dónde fuiste el viernes pasado? –me preguntó.

–Al Te Cuen… ah ya  sé, vos sos uno de los estandaperos de ese día.

–Chocolate –me dice–. No puedo sacarme tu cara de desprecio de mi mente. ¿Quién te crees que eres? ¿Por qué no te puedes reír aunque sea por gentileza?

¿No te das cuenta? ¿No te das cuenta?

–No flaco, la verdad es que no me doy cuenta.

–Yo laburo en la central todos los días. Vivo en Ecatepec. Lo único que hago es cargar bolsas y practicar mi estandup. Sueño con eso. Mis amigos me dicen que soy el mejor y el viernes fue mi primera presentación. Fue una puta casualidad, porque iba a ir mi profe y como se enfermó me mandó a mí. Yo con toda mi ilusión. Y tu cara. Y tu reprobación. Me arruinaste, vieja de mierda. Algo en mí te quiere matar, pero yo voy a triunfar en el estandup a pesar tuyo.

Dijo eso y la playera del América se esfumó entre la gente hacia Indios Verdes. Ni siquiera me dijo su nombre.

Me quedé pasmada. Busqué el café más cercano y pedí algo, cualquier cosa, un café americano. Sentía todavía las palpitaciones, el dolor de los golpes, el miedo que se iba disipando. Me senté.

De repente me vino encima mi propia cara de ese día: es verdad, el pibe tenía razón, lo que sentía en ese momento era una reprobación total. Había ido a ese espectáculo horrible de estandup por hacerle un favor a una amiga que creo que ni siquiera me quiere de verdad. Toleré estoicamente toda esa basura misógina, fácil, estridente y de mal gusto como una reina victoria, haciendo mi mejor esfuerzo.

Pero esto era otra cosa.

Un abismo.

Me puse a pensar en el pibe, en los pibes como él, que buscan un futuro –a veces sin el talento necesario, sin alguien que los pueda guiar mejor– y la promesa se les escapa.

El café me cayó extremadamente amargo.


El fin de la infancia

Muchas veces me pregunté cuándo termina la infancia. Más exactamente, cuándo terminó la mía. Y siempre, me vienen imágenes de aquel día.

No tengo una memoria lineal, sino escenas, imágenes sueltas. A la tarde tuve el cumpleaños de Silvina, mi mejor amiga. Cumplía once años y lo recuerdo muy bien. No sé si por lo que sucedió luego en mi casa o porque también ahí pasaron cosas por primera vez.

Los cumpleaños empezaban a ser momentos de mucha excitación. Las chicas y los varones del grado nos acercábamos y alejábamos en la medida que la osadía o la vergüenza lo permitían. A veces ellos nos parecían brutos, aburridos, pero tras ese rechazo se vislumbraba un interés nuevo.

Antes de ir al cumpleaños, había dedicado un buen rato a arreglarme. Tenía un vestido nuevo, que usaba con una polera rosa, y me había comprado medias can can rosas. Estrenaba unos zapatos con un poco de taco de corcho. Me miraba desde distintos ángulos al espejo, porque esa versión algo femenina, era extraña para mí misma.

Diego, el chico que me gustaba, había dicho, en el juego “Verdad- consecuencia”, que gustaba, en primer lugar, de Silvina, y en segundo, de mí. En parte era bueno ya que éramos catorce nenas en el grado más las primas de Silvina, seríamos unas veinte: ser la segunda, no estaba mal. Al  menos desde el punto de vista numérico, estadístico. Pero no ser la primera, no era lindo y encima la primera era mi amiga.

Otra cosa que recuerdo de esa tarde, fue que, con un tema de los Beatles, Hey Jude, por primera vez, bailamos un lento. Calculábamos y se sosteníamos la distancia de los brazos estirados para no acercarnos demasiado y todos hacían chistes y miraban que nadie se excediera la medida.

Era querer acercarse a los otros cuerpos, pero no demasiado. Se mezclaba incomodidad, asco, extrañeza y ganas. Los más chistosos abandonaban un rato su pareja para medir la distancia de otros, y comentar algo en voz alta para que todos se rieran. Todos chequeaban las distancias de los demás: así, uno se aseguraba de estar mirando a las otras parejas y haciendo chistes entre todos y no quedar en una intimidad uno a uno.

Así que, supongo que estaba excitada con tantos acontecimientos. Se intuía que estaba en el umbral de algo nuevo.

Cuando mi papá me fue a buscar, ya en el auto lo noté serio. Pero, como mi papá era un hombre serio, creo que no me llamó demasiado la atención. Aparte estaba ocupada revisando los hechos del cumpleaños.

La siguiente escena que recuerdo es la cena familiar: mis padres, mis hermanas y yo.

Mi papá nos dijo que teníamos que hablar de algo importante: nos íbamos a ir a vivir a otro país. Yo no entendía qué quería decir, pero le dije que yo no quería. Que me iba a quedar. Supongo que ahí empezó una explicación, en la que mencionó la reciente desaparición de Gabriel, el hijo de unos amigos. Cosa que yo no entendía qué tenía que ver eso con nosotros. Tampoco entendía qué quería decir que Gabriel y la novia habían desaparecido al salir del colegio. ¿A dónde habían ido? ¿Dónde estaban que no volvían a su casa? Y menos aún, ¿por qué el hecho de que él no había vuelto a su casa sería causa de que nosotros nos fuéramos a otro lado?

A lo largo de ese ida y vuelta en el que insistía en que yo no me iba a ir de mi casa, no iba a dejar el colegio y mis amigos, ni a mi abuela, me iba angustiando, porque percibía que había algo distinto a otras desavenencias con mis padres.

Lo último que recuerdo es que mi papá me dijo que estaba bien que llorara, que me quejara, que protestara todo lo que quisiera, pero que igual nos íbamos a ir porque las decisiones las tomaba él. Lo cual generó un odio que me duró un buen tiempo.

Tal vez lo recuerdo como el fin de mi infancia porque en un mismo día se juntó aquella excitación de un primer acercamiento erótico, un registro nuevo del cuerpo, de mirar mil veces el vestido nuevo y el peinado, los zapatos y las medias y todo eso junto con un universo oscuro, que aún no entendía, pero que me parecía terrible: la separación de lo que yo más quería, el desgarro de extrañar a aquellos que siempre habían estado cerca, y un contexto que, sin entenderlo, intuía horroroso. Fuera de mi casa pasaban cosas trágicas, y por primera vez esa tragedia modificaba mi vida.


Imagen de portada: © Giulia May en Unsplash

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Colaboradores de DESBANDADA

4 comentarios sobre “Dos relatos: Abismo y El fin de la infancia

  1. Me gustaron. Abismo me pareció bien escrito, atrapa en el primer párrafo. El fin de la infancia me invita a pensar cuándo fue el fin de mi infancia. Conmueve, no sé si explicaría tanto el contraste al final. Se entiende de entrada. Muy buenos

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