Revelar(se): la huella de la fotografía analógica

Tarde de verano en el barrio de Kreuzberg.

Salí a dar una vuelta por el “Kotti”. Después de cruzar la Adalbertstraße, me topé con una imagen llamativa: en una famosa tienda de fotografía, chicos y chicas de no más de 25 años hacían una larga fila para revelar su película. Siguiendo mi camino hacia la Oranienstraße, surgieron una serie de reflexiones.

Hago fotografía desde hace varios años. Primero con película 35mm. Más tarde con cámara digital. Y desde hace algún tiempo, lo analógico volvió a llamar mi atención. Y me atrapó nuevamente. Examinando los motivos, reparé en un fenómeno que se viene extendiendo en los últimos tiempos. Se trata de una suerte de renacimiento de ciertas tecnologías del pasado. Una suerte de onda “retro” tecnológica. Así como el vinilo ha resurgido para quedarse a partir de 2010, hay otras tecnologías que vienen asomándose con fuerza sostenida. La película Perfect days (2023) de Wim Wenders, por ejemplo, retrató de manera precisa el resurgimiento del cassette de audio. De hecho, sigue valorizándose desde hace tiempo.

Hablé con un amigo fotógrafo, Martín, que tiene bastantes años menos que yo. Pero suficiente tiempo dentro de la fotografía analógica. Conversamos sobre este fenómeno. Me dijo sin dudarlo: estaba/está abrumado por lo digital. Y además me aseguró que muchos jóvenes sienten como él. Y según parece, muchos coinciden en que necesitaban/necesitan un respiro, una pausa analógica para tomar oxígeno. El mundo de la fotografía en película no es solamente fascinante, sino que tiene un valor emocional que intentaré desmenuzar más adelante.

Como consecuencia de este movimiento, el valor de los rollos se ha duplicado o triplicado en los últimos años. El precio de las cámaras de los años 60 hasta los 2000 también continúa en aumento. Sin embargo, muchas de ellas aún tienen un valor accesible. Comparativamente, son bastante más baratas que las digitales. Es bastante común hoy en Berlín ver un chico de veinte y pocos con una cámara “plateada” cargada de una nostalgia luminosa. Resplandeciente.

Y volviendo a las cámaras en sí, más allá de la estética vintage, sorprende la calidad de construcción. En general, las de gama media y alta tenían cuerpos metálicos y materiales duraderos. Al sostener una pieza de los años 60 ó 70, se percibe inmediatamente su solidez, la presencia física de un objeto pensado para durar. Destaca la presencia del metal. Incluso algunas tienen el “aroma” de esos años. Y se siente también la nostalgia en cada clic del obturador, en cada avance de película.

Por otro lado, con solo 24 o 36 fotos posibles, haces menos fotos, pero ves mucho más. Compones, encuadras con cuidado. Observas detenidamente sujeto y fondo. Si tienes un sujeto, reparas en las variaciones de luz en él/ella. Además, al no estar manipulando una pantalla LCD digital, la conexión es mucho más directa. En otras palabras, estás más presente.

Como no tienes histograma, aprendes a medir mejor la luz.  Lo analógico invita a detenerse, a contemplar, no solamente ver.  Te obliga a bajar las revoluciones y a observar en detalle el entorno. Y como efecto colateral, es un buen antídoto contra el vértigo cotidiano. El tiempo se expande. Los objetos, personas, luces parecen encontrar un tiempo de silencio.

¿Y qué ocurre cuando terminas el rollo? Por supuesto, puedes revelar la película en tu casa, ya sea color o blanco y negro. Lo que, sin dudas, te introduce en otro universo maravilloso, que es el proceso de creación química de la imagen. Pero supongamos que, como la mayoría, envías tus películas al laboratorio. Entonces, hay que aguardar el revelado, y en ese lapso ocurre algo mágico en estos tiempos: la mente es obligada a aplazar la gratificación inmediata. Sin dudas, es un ejercicio de paciencia que tiene efectos más que positivos. Aprendes a dominar tu ansiedad. Le das tiempo a la mente para procesar internamente el material. Ese período es algo que tiene un gran valor. En una época marcada por la inmediatez, el simple acto de esperar ya implica algo revolucionario.

La llegada de las fotografías es algo comparable a la llegada de una tarjeta postal por correo. Aunque no te tome por sorpresa, la magia de la espera hace todo mucho más interesante y placentero.  Tal vez estemos entrando en otro terreno, pero personalmente estoy convencido de que la velocidad y la inmediatez están matando la creatividad y la originalidad. La mente necesita pausas.

En el ámbito de las redes sociales y la fotografía, se percibe una fuerte inclinación propia de la era digital: la búsqueda de imágenes impecables, limpias, perfectamente nítidas. Con el tiempo, esto ha derivado en fórmulas repetitivas, patrones estandarizados que priorizan la apariencia agradable y la corrección técnica, dejando en segundo plano la singularidad o la emoción. Muchos fotógrafos han seguido esa corriente, muchas veces en la búsqueda de likes. Y en parte tiene que ver con cierta “lógica del algoritmo”. El resultado parece vacío; son imágenes técnicamente pulidas, pero emocionalmente distantes. En cambio, lo analógico remite a una concepción de la imagen completamente distinta.

Fotografía en digital para el trabajo. En analógico para el alma.

Volvamos a la película Perfect days. El protagonista, llamado Hirayama (Kōji Yakusho), tiene un trabajo no muy deseable: es limpiador de baños en Tokyo. Todos los mediodías, hace una pausa para almorzar y fotografiar los rayos del sol que atraviesan las copas de los árboles, creando el efecto que en japonés se denomina Komorebi.

El ritual diario de Hirayama puede parecer hasta intrascendente, pero va mucho más allá por su carga simbólica. El hombre guarda copias impresas de cada fotografía en su armario. Lo singular es que no las comparte con el mundo. No las sube a ninguna red social o cosa parecida. Para Hirayama, el valor consiste en cultivar algo así como un archivo íntimo. Físico, íntimo, permanente.

En una película que resignifica la belleza y la importancia de las pequeñas cosas y los mínimos gestos, Wenders utiliza como símbolo la fotografía analógica. Y elige el efecto del Komorebi: la luz que se filtra entre los árboles. La luz que atraviesa las sombras.

Otro aspecto importante es la materialidad. En realidad, las fotos fueron pensadas para ser exhibidas en forma física. El negativo, el papel, el químico. La imagen existe físicamente, no como un frío conjunto de megabytes.

Si bien es obvio que también se pueden imprimir las fotos capturadas en digital, me gustaría resaltar este aspecto: la materialidad, la fuerza o el impacto de lo físico. Las fotos adquieren verdadero carácter cuando están impresas. El papel es el que transporta la emoción. Y de hecho he oído de boca de un profesor de fotografía que nadie puede considerarse fotógrafo hasta que no imprime sus fotos. Porque así como me he sorprendido al ver las filas de chicos revelando sus fotos, también me ha impresionado la cantidad de gente que en tiendas como DM o Rossmann imprime sus fotografías de cualquier tipo. Crece año tras año. Exponiendo la necesidad y la naturalidad de lo corpóreo, tangible.

Otro de los aspectos de la fotografía analógica es su estética inconfundible. La película posee un grano, textura y profundidad que son difíciles de replicar con sensores digitales. Puedes experimentar además con diferentes tipos de película y observar, por ejemplo, los diferentes tonos de piel.

Y un punto muy importante es la cuestión de lo aleatorio, lo imperfecto, y al mismo tiempo, la unicidad. En la fotografía analógica no hay dos rollos exactamente iguales. Aunque uses la misma cámara, la misma película y condiciones parecidas, siempre intervienen pequeñas variaciones:

– La emulsión química del rollo: cada lote tiene ligeras diferencias.

– El proceso de revelado: temperatura, tiempo, químicos, incluso pequeñas impurezas.

– El envejecimiento de la película: si está caducada, guardada en frío o no.

– El proceso de escaneo: el tipo de escáner, la óptica, la calibración de color, el software utilizado.

Todo esto hace que cada fotografía tenga un carácter irrepetible: granulado particular, tonos de color únicos, contraste distinto. Y esa “imperfección” convierte cada imagen en una pieza singular. Incluso las imperfecciones son aceptadas como parte de un proceso natural, químico.

Por otro lado, tanto cámaras digitales como softwares de edición ofrecen los llamados LUTs para intentar imitar la estética “cinemática”. La textura cinematográfica o fílmica hace ya mucho tiempo indica calidad y profesionalismo. En mi opinión, es algo más: tiene un efecto emocional. Hoy para la industria es un símbolo de calidad, nostalgia y pertenencia.

La fotografía analógica resurge y persiste porque ofrece algo que la fotografía digital no puede conseguir, que es una especie de conexión con la luz y el tiempo.

Al incidir la luz sobre la película, se crea una marca física. Un negativo no es el registro de una imagen: es la imagen en sí. Los discos duros fallan, las redes pueden procesar millones de imágenes por minuto, las suscripciones a la nube caducan, pero una tira de película puede permanecer en un armario durante 60 años y revivir.

En la era de lo desechable, con imágenes generadas por IA, la película siempre está ahí para recordarnos que fue creada con el objetivo de permanecer. Cuyo origen es la luz. Luz hecha materia.

Lo que mantiene viva a la fotografía analógica es su capacidad de ofrecernos una experiencia imposible de traducir al lenguaje digital: la materialidad de la luz. En una era dominada por la IA, lo analógico se presenta como una contracultura, imperfecta, humana.

Bajo las escaleras del U-Bahn, y mientras cargo un rollo de película Portra 400 en mi Minolta, recuerdo las frases de Franco Armínio (escritor italiano):

En realidad, y volviendo al comienzo, creo que esto es lo que mi amigo Martín estaba tratando de decirme.


Diferentes capas, y combinación de luces y luna en cementerio.
La alternancia entre luz y sombra adquiere un tono más intenso.
Doble exposición cerca de Alexanderplatz. El ruido y la textura le da carácter a la escena.
Profundidad y sensación cinemática en el rostro, con tonos verduzcos típicos de Fuji.
Un simple cartel de calle puede ser bastante poético.
La película Fuji 200 y su textura, en Teufelsberg.
Un claro ejemplo de diferentes capas y atmósferas en un Weihnachtsmarkt.
La película Cinestill tiene un halo rojizo muy particular, el llamado efecto “hallation”.
Apertura del diafragma medida en las luces del fondo.
Doble exposición en un Spielplatz de Navidad.
Este viñeteado típico se consigue mejor con cámaras lomográficas.
Las expresiones son todavía más vivas en la foto analógica.
La estética y el clima de febrero en Berlín.
Una imagen mía con la Minolta del año 1977.
Una “vuelta al mundo” es siempre cinemática.

Todas las imágenes pertenecen a ©Daniel De Simone.

Daniel De Simone

Artista visual, fotógrafo, cineasta, videógrafo nacido en Argentina.

Su trayectoria combina los trabajos profesionales por encargo y la exploración de su pasión artística, en los mercados de Argentina, Brasil y Alemania. Ha dirigido programas de televisión, videoclips musicales, campañas publicitarias, campañas políticas, documentales, entre otros. En el área de vídeo/cine, desarrolla proyectos siempre desde el concepto o el guión hasta la filmación y posterior edición en diferentes formatos y resoluciones, para empresas, productores y profesionales independientes.
El desarrollo de la fotografía llegó en una fase posterior, enfocándose fundamentalmente en el género urbano y experimental. En 2022, recopila parte de su obra en la revista de fotografía Uncrowded, una colección de fotos temáticas (2011-2023). Últimamente se ha orientado hacia el campo de la experimentación, con énfasis en la fotografía analógica. Expuso su obra experimental y conceptual en la exposición Filocalia (2024) dentro del festival 48 hs Neukölln, con gran respuesta de público.
Actualmente es consultor audiovisual, dicta talleres de fotografía y se  especializa en la captación de foto/video para diferentes proyectos. http://www.danieldesimone.net

Colaboradores de DESBANDADA

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