La condena de Peter Krag

Un cuento de Gabriela Mayer

Leído por la autora.

Por las noches, la madera del reloj de pie cruje. Desde el living, el roble macizo cruje. En el corazón del barrio de Agronomía. Antes, pasó muchos años arrumbado en un PH de Parque Chacabuco. Y ahora cruje. Con un dejo fúnebre. Mientras sale la humedad.

Mucho antes, el reloj llegó en barco, desde Alemania. Después de una larga navegación transatlántica del “Monte Rosa”, repleto de emigrantes judíos. Entre ellos, la familia de Ingrid, los Weiss. Los abuelos y el padre de Ingrid desembarcaron sin saber muy bien adónde.  Pudieron exiliarse con las pertenencias que juntaron en pocas horas. Las metieron en un gran contenedor de madera y metal. 

Pero no es el crujido lo que le molesta a Ricardo Muratore. Si fuera solo eso. Sucede que el bendito reloj de Ingrid Weiss, ese que todos los invitados admiran apenas pisan el living de su casa, no para de dar campanadas. Estruendosas. Desafinadas.

Por cada hora, una campanada. A las dos, dos campanadas. A las seis, seis. A las doce, doce. Y así, cada hora que transcurrió, transcurre y transcurrirá en la casa de Agronomía va acompañada de ese sonido de otro tiempo y otra realidad. De una realidad disonante que, probablemente, ya no existe. Que solo se agita, breve y efímera, en cada campanada.

La puerta del reloj, con rebordes de madera y cristal grueso y biselado, franquea el acceso a las pesas y al péndulo. Desde el reverso de la puerta, el reloj de sonería atestigua su estirpe con una chapa de bronce:

Ingrid cumple religiosamente con el ritual de darle cuerda. Para que las dos pesas enormes no continúen descendiendo y detengan la maquinaria, ni bien rozan la base. Primero abre la puerta, después detiene la oscilación del péndulo. Tira de las cadenas, con delicadeza pero firme, para que las pesas vuelvan a subir a su posición inicial.

La ceremonia culmina con la lectura de las letras negras, grabadas en la chapa identificatoria de Peter Krag, y el cierre de la puerta del reloj.

Dos días son los elegidos para darle cuerda: miércoles y domingos. Ingrid se lo dijo alguna vez, hace mucho. Así respeta y perpetúa la costumbre familiar. Tampoco se cansa de repetir la advertencia de la abuela Weiss: si la maquinaria detiene su marcha, podría estropearse.

Ricardo sabe que Ingrid se toma muy en serio la preservación del reloj. Porque es muy difícil encontrar a alguien en Buenos Aires que pueda arreglar la creación de Peter Krag.  Ya escuchó cientos de veces que tuvo un largo periplo desde su relojería de Fráncfort. Que es de principios de otro siglo. Y que llegó a Buenos Aires en el “Monte Rosa”.

Alguna vez, incluso, Ricardo observó a Ingrid acariciando la madera roble oscuro. Parecía en trance. Vio deslizarse sus dedos largos, las uñas pintadas de rojo, por los laterales del reloj y las paredes interiores. Con cuidado, para no rasparlo con alguno de sus anillos dorados.

La Ingrid dueña del reloj de Peter Krag es tanto más sensual que la Ingrid que transita el resto del día por la casa. Muchas veces en deshabillé, otras con el pelo largo y suelto. Con las raíces por donde se asoman las canas.

Maldice el día en que dijo que sí, que se quedaran con el reloj de los Weiss. Y se lo llevaran de la vieja casa chorizo bajo la autopista. Había tantas otras cosas para elegir, pero a Ingrid no le interesaron los sillones reclinables, ni la mesa ratona. Tampoco los platos de porcelana blanca con reborde dorado.

Ella quería el reloj de pie. El reloj de Peter Krag. Con sus campanadas, sonando dentro de su casa. Con solo dos manecillas; una más corta para las horas y otra más larga para los minutos. Todos los invitados se lo dicen. Qué maravilla de reloj. Qué hermosura. Algunos piden que Ingrid abra la caja de madera. Que muestre el reloj. Lo explique. Y a ella le encanta.

Lo exhibe despacio, como en una ceremonia ancestral e híbrida, que une Alemania con Argentina. O que, al menos, la une a ella con sus padres y sus abuelos paternos, de los que prácticamente nunca le habló. Alguna vez, hace mucho, Ricardo la vio sentada a la mesa, ordenando viejas fotografías familiares. Ni bien entró, Ingrid metió rápidamente las fotos en una caja y la cerró.

La Ingrid arisca le niega la posibilidad de que él se acerque al pasado de los Weiss. Lo guarda celosamente, al igual que las fotos. La Ingrid sensual muestra a quien quiera observarla cómo abre la puerta frontal del reloj. Y cómo, tirando de las cadenas, suben lentamente las pesas. Detiene la oscilación del péndulo y, después, con un pequeño movimiento de sus dedos, casi un aleteo, lo pone en marcha de nuevo.

Varias veces la vio, acariciándolo. Piensa que esa mano que se desliza por el reloj de Peter Krag hace tiempo que no lo toca a él, a Ricardo Muratore, y menos con esa dedicación. Piensa que esas yemas solo se dedican a acariciar ese pasado Weiss al que no se le permite entrar.

El Monte Rosa (posteriormente Windrush)

Algo entre ellos cambió, y eso ocurrió hace tiempo. ¿Fue con la llegada del reloj? ¿Pasó antes? Ricardo no puede acordarse bien. De lo que está seguro es que andan desacompasados. Cuando él sube a acostarse, por lo general ella ya está durmiendo. Oye su respiración rítmica. La siente fría, distante. Alguna vez pensó si se hace la dormida ni bien lo escucha subir las escaleras.

Cada noche Ricardo apaga la luz de la entrada del dormitorio y se acuesta. Desde abajo cree escuchar el tictac del péndulo de Peter Krag, aunque Ingrid le jura que eso es imposible. Las campanadas sí, trepan por las escaleras, irrumpen en el silencio de la casa de Agronomía. Cada hora, las escucha. Campanadas que se ríen, reinas de su insomnio. Ese que entorpece su vida cotidiana.

Prueba cerrar la puerta del dormitorio. Prender el aire acondicionado, aunque sea en ventilación. Que ese ruido tape el andar del reloj. Pero nada funciona. Hace tiempo que detesta las noches. La respiración de Ingrid, dormida. Las campanadas que no se detienen. El insomnio.

Entonces a Ricardo se le ocurre que podría parar la creación de Peter Krag durante la noche. Es apenas cuestión de sujetar un segundo el péndulo, dejar inerte la varilla sobre la que está montado, y la máquina se detendrá. Y ponerlo nuevamente en hora a la mañana.

¿Pero se atrevería a tocar el reloj, ese que solo está acostumbrado al contacto con los dedos largos de Ingrid o sus ancestros Weiss? Una noche se asegura de que su mujer esté, como siempre, dormida. Intenta abrirlo, de costado, como la vio hacer tantas veces; sus manos tiemblan. Una astilla roza su dedo índice, el izquierdo. Una señal. Mejor no, piensa.

Un domingo decide acostarse temprano. Lo despiertan las interminables campanadas de las doce. Y las de la una, las dos, las tres. A las cuatro, al fin, logra conciliar el sueño y no escuchar más las campanadas. Hasta que Ingrid lo despierta a las siete. Para que llegue en horario a la oficina.

A ella jamás se le hace tarde. Es la persona más puntual que Ricardo haya conocido. Parece tener todos sus tiempos religiosamente calculados. Ingrid, secretaria en una escuela alemana, nunca fichó después de que sonara el timbre de entrada.

Como siempre, esa mañana de lunes Ingrid lo despierta con un beso rápido. Siente sus labios fríos, casi fláccidos, en la mejilla. Quisiera atraerla hacia él de la cintura, como en otros tiempos. Mientras la luz todavía les golpea la modorra de los ojos. Sacarle la ropa y hacerle el amor con urgencia. Y después vestirse rápido, despedirse corriendo.

Olvida esa fantasía y se dice que tiene que hablar cuanto antes con Ingrid. Decirle que no soporta más las campanadas de Peter Krag. Pedirle que por favor lo detenga. O que llamen a algún relojero experto que lo enmudezca de una vez y para siempre. Hacia mediados de esa semana toma valor y resuelve que el sábado o el domingo, por fin, se lo va a decir.

Las siguientes noches, casi como en una venganza intuitiva del reloj, las campanadas suenan más fuertes que nunca. Si logra dormir dos horas seguidas es mucho. Por esos días, comienza el dolor de cabeza. Y no hay analgésico que pueda resolver la puntada sobre las cejas, que en los peores momentos se extiende hasta la nuca. Las campanadas retumban, impunes y disonantes, dentro de su cabeza. 

–Ingrid –le dice el sábado, ni bien bajan a desayunar a la cocina–. No pude dormir prácticamente en toda la noche.

–Mirá vos –responde ella, la mitad del cuerpo oculto detrás de la isla de madera que tanto le gusta, mientras tuesta el pan integral.        

Ricardo se lo dice así, de sopetón. Que no puede más. Las campanadas. El insomnio. La desconcentración. Ahora, el dolor de cabeza.

–Jaqueca –dice ella–. Es más preciso y a las cosas hay que llamarlas por su nombre.

–¿Entonces? –le implora Ricardo.

–No –es la respuesta, lacónica, mientras vuelve a presionar el botón de la tostadora.

–¿Pero a vos no te molestan las campanadas esas? –le pregunta él.

–Jamás, ni las oigo –contesta ella.

A Ricardo le gustaría animarse. Decirle “el reloj o yo”. Pero sabe la respuesta. Se queda con la vista fija en el plato con las dos tostadas, que Ingrid deposita con prolijidad sobre la mesa.

–No te hace bien tanto café, si te duele la cabeza –agrega ella, mientras unta la mermelada artesanal de frutos rojos. Le arrima el plato, pero él lo rechaza con un gesto rápido de la mano.

–Sabés que esas campanadas hace tiempo no me dejan dormir –la frase sale, como puede, de su boca.

–Pero, por favor. Estás muy nervioso, tomate un Alplax –responde Ingrid, mientras endereza un anillo en su mano derecha y corrige el nudo del deshabillé. Cuando escucha la campanada de las nueve, se levanta. Tiene un sábado cargado de planes. Después se viste y sale.

El día de Ricardo, en cambio, transcurre lento, como de a tumbos, entre el aturdimiento y el dolor de cabeza. Sale al jardín; tal vez trabajar al aire libre le devuelva la calma. Revisa durante un rato los estantes desteñidos del galpón, hasta que logra encontrar la tijera cortacésped y el hacha. Con la primera se dedica al jazmín chino, que sobrepasa la medianera, y con el segundo, a cortar algunas ramas demasiado crecidas del palo borracho. Tal vez mañana, si se despierta con más energía, podría pasar la bordeadora.

Concilia el sueño, en una siesta breve que no logra reparar las pocas horas de descanso. Ese sábado empieza a pensar que, aunque el reloj de Peter Krag dejara de sonar, igual podría seguir escuchando las campanadas durante cada día de su vida. 

Ingrid vuelve cansada, probablemente de su caminata vespertina. Se tira en el sillón a ver una película europea, sin invitarlo. Después recalienta comida del freezer y deposita los dos platos hondos y humeantes sobre la mesa. Wok de verduras, dice que es. ¿Lo habrá cocinado ella, será un delivery? Él sirve dos vasos de agua. Cenan rápido y en silencio, justo después de las campanadas de las ocho. Al rato, ella sube a acostarse.

Ricardo sale a observar las estrellas, pero siente un poco de frío y entra. Desanda el living, hasta quedar frente a frente con el reloj. Se queda inmóvil, mirando el péndulo que va y viene. Si hasta parece que en ese movimiento Peter Krag le dijera, riéndose de él, que su obra perdurará por los siglos de los siglos. Que él, Ricardo Muratore, sí va a morirse, pero el reloj seguirá dando las horas. Por siempre.

Cuando llegan las campanadas de las diez, el dolor se intensifica. Como si le prensaran la cabeza, desde afuera hacia adentro, hasta dejarla alargada y deforme. Camina en círculos por el living. Decide salir nuevamente al jardín, a respirar más aire húmedo de la noche. Inspira profundo e infla el pecho, pero no experimenta ningún alivio. Al entrar, entrecierra los ojos y siente el mango de madera, suave, entre sus dedos. No recuerda si volvió a ir hasta el galpón. Solo sabe que aferra el hacha.

El filo metálico no perdona: golpea primero el cristal, que estalla en pedazos. Después, parte con facilidad el péndulo y la varilla. También rompe la cadena y el tren de engranajes; el metal resuena con desagradables chirridos. El hacha se incrusta luego en la caja de madera. Astilla y resquebraja el roble. Lo penetra y lo hiere. Los últimos golpes deforman la esfera numerada. Las estilizadas cifras arábigas jamás volverán a marcar las horas argentinas, ni alemanas.

Sus manos están húmedas. El hacha pesa más que antes. Sus pies suben, lentos. Peldaño a peldaño. El camino hasta el dormitorio es más largo que nunca. En la oscuridad, distingue el cuerpo de Ingrid.

El pijama de seda celeste, aplastado sobre el colchón. El pelo, esparcido encima de la almohada. El brazo, inerte, colgando fuera del sommier. Si no le doliera tanto la cabeza, Ricardo juraría que sí. Que el cuerpo de Ingrid cruje.


Del libro de cuentos Sueños como cuchillos, publicado en la editorial argentina Milena Caserola, 2022.

Gabriela Mayer ©Paola Liguore

Gabriela Mayer (Buenos Aires, 1971) se graduó en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Publicó los libros de cuentos Los signos transparentes (2003), Todas las persianas bajas, menos una (2007), El pasado sabe esperar (2018) y Sueños como cuchillos (2022). Actualmente colabora como periodista con Infobae Cultura y está a cargo del área de prensa del Goethe-Institut Buenos Aires. Fue editora durante más de veinte años del servicio español de la Agencia Alemana de Prensa (dpa). Con su relato “El jueves del sillón” ganó el primer premio del XV Concurso Leopoldo Marechal en 2008 y “La terraza” recibió el segundo premio del Concurso de Cuentos Victoria Ocampo 2015 “Nelly Arrieta de Blaquier”.

Imágenes collage: placa y reloj de pie ©Gabriela Mayer- Otras imágenes Unsplash: ©Adam Kring / ©Dan Burton / ©Francesco Ungaro / © Jason Olliff / © Jeanne Rouillard / © Murray Campbell. I Foto Monte Rosa Creative Commons

Revista Desbandada

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