Primero el azul, y luego la inmensidad de la noche oscura y luego un muro sonoro. Se apaga y enciende el mundo. Se vence la gravedad. I close my eyes and all the world drops dead. I lift my lids and all is born again. Se acelera el ritmo. El salto solo es posible con el otro. Con la otra: Son cuatro mujeres. ¿La edad? Cuatro décadas en sincronía. Umbrío es la nueva obra dirigida por la coreógrafa y bailarina argentina berlinesa María Colusi. El 27 y el 28 de septiembre se presenta en Berlín. Conversamos con ella.
Me vas a preguntar por el título, se adelanta a abrir la entrevista María sonriendo.
Sí (río).
UMBRÍO: uno de sus tantos significados es sombreado. Cuando empecé a pensar en la obra había un fuerte interés en trabajar no solo lo que se ve, sino también la contracara. No solo lo que proyecta una persona o lo que está haciendo, sino lo que está detrás de eso. Su blanco y negro.
Después, durante el proceso, esto se fue ampliando en lo que hace al espacio, y con la ayuda y el aporte de la iluminadora Sabina Szych comenzamos a buscar este concepto en lo visual en forma de sombras, el doble, esas presencias que no están físicamente pero que están proyectadas, en una suerte también de memorias… Volvió esto que estaba en displaced/angekommen.



Umbrío, 1- ©George Frewat / 2 & 3- ©Dieter Harwig
¿Hay en Umbrío un desarrollo de un trabajo visual que iniciaste con displaced/angekommen?
Umbrío es una obra intimista, una obra con cuatro mujeres, con sus historias. Habla sobre la resistencia, sobre la fortaleza, sobre la vulnerabilidad también, y esto se traduce más que todo en las imágenes. Creo que displaced fue el disparador de esto de cómo poder hablar a través de las imágenes y no solo a través de coreografiar movimientos.
Umbrío ©George Frewat / ©Dieter Harwig
En la obra se destaca cómo esos cuatro cuerpos sumados crean nuevas formas.
Mis trabajos anteriores fueron solos. Esta vez quería concentrarme en el movimiento grupal en el espacio y en cómo eso podía traducir sensaciones. A través de las tensiones; a través de las distintas figuras espaciales que construimos juntas, las cuatro intérpretes; también en lo rítmico. El ojo está puesto en lo grupal como una fortaleza, como una forma de resistencia también.
¿Frente al individuo solo, lo grupal, lo colectivo da una fuerza que no es la suma de las fuerzas?
Exactamente. Hay precisamente un momento donde una persona quiere despegarse, trata de subir, de salir, y las otras tres personas no la dejan.
¿Se trata de una pérdida de individualidad o esa misma persona que se quiere apartar siente que pertenece, que hay algo que la hace tender a eso?
Exactamente. Y a la vez está esa dualidad, ese conflicto: «Me quiero ir pero a la vez quiero estar con ustedes».
En realidad, un tema absolutamente actual. Si uno lo traspola a los gobiernos de ultraderecha o ya al sistema neoliberal a ultranza: es la ley del individuo. Se sostiene que la fortaleza está en el individuo y se está en contra de todo armado colectivo.
Yo creo que es un momento en el que el individuo ya se acabó.

Umbrío ©Dieter Harwig
¿Sentís esto doblemente: como bailarina y como persona?
Sí. Creo que en esta sociedad somos educados para tener que hacer todo solos. Ser exitoso solo… Todo lo tenés que poder hacer solo, sin ayuda de nadie. Sos como un súper héroe o algo así.
Esto tiene varios costados, porque, por un lado, tenés el self-made man – la self-made woman, la persona que surgió de la nada y solita tuvo la gran visión y se hizo multimillonaria. También está el concepto romántico de autor, que es el que firma, el creador, el genio, el inspirado. Cuando muchas veces la autoría es el resultado de un trabajo colectivo: en una obra, en un libro, en una película… Y muchas veces cuando nos corremos de ahí comenzamos a quitarnos una gran carga de encima. Y también vivimos el placer del trabajo conjunto.
¡La alegría! La alegría de compartir, la alegría de transmitir. Yo también me tuve que abrir. Todo ese mundo que yo creé sola, porque estuve sola dentro del estudio: ¿cómo es abrir esto y compartirlo con los otros? Y ver qué pasa con todo eso. Y aceptar la transformación de tu propia cosa, porque una vez que lo pasás, el otro también lo transforma: no lo copia sino que lo transforma. Lo que sale de vos el otro lo traduce también.
Hay un enriquecimiento mutuo y uno llega más lejos así.
Uno llega más lejos. Uno llega a tocar diferentes capas que muchas veces uno no llega a tocar solo.
La consecuencia –o la estrategia– del aislamiento del individuo es la pérdida de capacidad de reacción y de defensa, porque: ¿hasta dónde puede llegar el individuo solo?
En esta obra yo quise superponer esto que estás diciendo con la posibilidad de que la gente pueda disfrutar de la unión. Y entender que la unión de esos cuatro cuerpos, de esas cuatro mujeres también se transforma, pasa por distintas situaciones.
La obra claramente se divide en tres partes. Hay una primera parte más onírica. Es un set completamente iluminado en azul.

Umbrío ©Dieter Harwig
Una imagen, un azul impresionante.
Siempre tuve la fantasía de trabajar con el material. Con un material que es un plástico
En displaced/angekommen fue el papel, ahora es el plástico.
Sí, esa búsqueda de intervenir el cuerpo y el espacio con materiales transformándolos continúa. La curiosidad en descubrir a través de la interacción nuevas formas y dinámicas para crear una nueva forma de componer.
Hablamos entonces de un primer momento onírico, azul…
Donde el plástico se mueve en el espacio, nosotras estamos juntas, sincronizadas, moviendo el material. Se pueden ver muchas imágenes, desde el mar… El material tiene un tiempo propio en este caso, como es muy liviano es más lento, tenés que ser paciente, respetar, sentir su tiempo de movimiento y fluir con él. ¡Es muy hipnótica la escena! El espectador solo tiene que dejarse fluir con él . Esa sensación es muy agradable. Esta escena, si no estamos las cuatro, no sería posible realizarla. El material es lo que nos une, nos conduce y nos mantiene conectadas entre nosotras.
Luego llega un segundo momento…
La obra se mueve hacia la segunda parte que arranca con los textos, arranca con las voces de cada una. La transición hacia el cuerpo la da la voz. Coreográficamente, la segunda parte ya se mueve más en la interacción de los unísonos en el espacio. Hay esa cosa de la dualidad, hay dúos, que hablan sobre la resistencia, que hablan sobre el querer ir y el no poder. Las imágenes pasan también a un momento de mayor quietud, donde hablan sobre la vulnerabilidad. Van transcurriendo de una forma muy plástica y muy lenta y vos podés ser testigo de todas esas transiciones de imagen a imagen y es un momento muy íntimo.
Esos textos se refieren a la historia de cada una: ¿fueron improvisados o fueron escritos para la obra?
En este proceso seguimos colaborando con el compositor y artista sonoro Edgardo Rudnitzky. En lo sonoro la búsqueda fue de lo coral y también de las voces humanas. Edgardo nos grabó a cada de nosotras contando nuestras historias, recuerdos de infancia o situaciones cotidianas, cada una en su idioma materno español, ruso e italiano y usó esas grabaciones para su composición musical.
La elección de escuchar las voces no solo grabadas sino también en la escena superponiendo las historias improvisadas, los idiomas, los colores y texturas de las voces femeninas como una escena fue una apuesta también musical.

Umbrío ©Dieter Harwig
Cada función tiene esto que es aleatorio y va surgiendo…
Y puede irse modificando. También en lo sonoro está la búsqueda de la superposición y del coro y de cómo las voces arman un mundo y los cuerpos también. Cómo arman un mundo, pero juntos. Coreográficamente en esta segunda parte se ve esa reminiscencia de las rondas y esa cosa de la excitación de cuando éramos chicos –y nos ponemos a hablar y damos vueltas y hay toda una cosa sonoramente muy alta y físicamente también, hasta que nos ponemos de nuevo en silencio. Son imágenes como reminiscencias de momentos que tienen que ver con la infancia y donde cada uno puede reconocerse.
La segunda parte está muy focalizada en el físico en el espacio y termina con la escena de esta persona que sale y las demás la quieren retener.

Umbrío ©Dieter Harwig
Y entonces aparece la pared sonora. ¿Qué es una pared sonora?
Es una pared que suena, que cuando la tocás, la golpeás, la rozás, suena.
Una resistencia invisible, pero que tiene una resonancia.
Sí, y ahí sí hablamos claramente sobre la resistencia y la resiliencia y son estas cuatro mujeres que tratan de ir, de atravesar y atravesar y atravesar el muro. Hay una y hay tres, está esto nuevo del uno y del tres, pero al mismo tiempo están conectadas. La escena se carga. Los movimientos son como más staccato, más veloces, más geométricos. Y hay imágenes que son distintas, pero hay mucho de unísono y de construcción rítmica también.
Estas personas quieren atravesar, golpear, llamar, hacerse escuchar, pero juntas. No solo como individuos. Esto sucede también juntos. Y eso es lo que yo más que nada quise recalcar en esta obra. Como de empezar a atar los cabos, como de empezar a a agarrar las manos que están ahí.

Umbrío ©Dieter Harwig
En las imágenes lo que se percibe también es como que hay un trabajo con una no gravedad. ¿Fue algo que trabajaste conscientemente?
Hay un trabajo de partner y esto tiene que ver con levantarse, con sacar el peso, con tomar el peso. También el juego del mar con el material al principio tiene que ver con esto de la gravedad, porque es un material que vuela, y lo dejás caer y lo volvés a levantar…. Sí, de alguna manera indirectamente, sin pensarlo, surgió esto.
Una superación de la gravedad de la carga que uno tiene, no solo de esa fuerza de atracción de la Tierra. Lo abrumado que uno puede estar y cuando se reúne con el otro…
El otro te da el feedback, el otro te da energía…
Ahora, la primera salida del individuo es al dos: a esa «pareja», al dúo, pero también este dos es limitado…
Claro, el dos también es limitado, las posibilidades también son limitadas en un dos. Para mí fue muy bueno y muy importante poder abrir otras posibilidades a otros cuerpos.
Contame quiénes son las cuatro.
En el equipo hay una italiana, Roberta Ricci, una rusa, Elizaveta Polyakova y tres argentinas, Laura Schultis, Ana Zampaglione, que realiza la asistencia coreográfica y yo. Ellas fueron mis alumnas y siguen mi trabajo desde mi comienzo.
Solidez, colaboración, calidez, inspiración y más inspiración y locura, todo eso trajeron al proyecto. Un proyecto que se hizo a partir de la iniciativa de una de ellas, en realidad. Así surgió, como hablábamos, todo un proyecto movido colectivamente.
¿Umbrío es una obra donde estas cuatro personas tenían que ser mujeres?
Sí, en este caso sí. Porque yo quería que fueran mujeres.
¿Hay una exploración de un mundo femenino?
Sí, porque hay una escucha, hay una cualidad, hay algo en la obra que para mí es muy femenino. No feminista, pero femenino. Incluso en la contradicción, para mí, habla de un mundo que es más femenino.
¿Y por qué no feminista?
Cuando yo hablo de feminismo, hablo de un statement político. Y yo lo que quiero es trasmitir esto desde un mundo femenino.
Pero una cosa no quita la otra: que sea parte luego del feminismo también explorar y hacer visible ese mundo femenino.
Sí, es verdad. Y dentro de este mundo femenino en este proyecto me interesaba reunir intérpretes de distintas edades. Porque en el mundo femenino la edad también es un tópico, pero a su vez podemos compartir energías y pensamientos distintos, desde distintos puntos de vista, porque cada uno tiene una trayectoria distinta.

Umbrío ©Dieter Harwig
Están los veinte, los treinta, los cuarenta y los cincuenta. Todo un planteo, y más en la danza.
Cada una desde su lugar y desde su cuerpo también puede hablar de distintas cosas. Y creo que hace falta esto. Pero de verdad. No simplemente decir: “Bueno, ahora hablamos de la edad”. No. Que esto realmente circule como algo natural. Y que la gente pueda aprovechar a los intérpretes de distintas edades para distintas cosas. ¿Y por qué no también haciendo la misma cosa? Esto es realmente algo que me compete también.
Micrófono abierto para que invites a los espectadores a ver la obra:
Yo los invito a que vengan a experimentar un diálogo entre danza, el sonido y las artes visuales que juntas crean este mundo que es Umbrío. Una obra que habla de la unidad de los cuerpos; de la unidad, de la sincronicidad de una emoción, un pensamiento, un cuerpo.
Gracias, María. Nos vemos en el ACUD.

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Bailarina, coreógrafa y maestra argentina actualmente residente en Berlín. Ha realizado un intenso trabajo en Europa y en todo el mundo. Fue miembro del Ballet Contemporáneo Teatro General San Martín, de la Compañía Tangokinesis y desde 2003 de la Compañía Sasha Waltz & Guests. Simultáneamente ha desarrollado su propio trabajo coreográfico: Witness (2013), Topo (2014), Tone undertow (2015), Querandi (2017), Sink (2018), displaced/angekommen (2022) en colaboraciones con el compositor Edgardo Rudnitzky, con Florencia Lamarca, con Maya Carroll. En el ámbito pedagógico dirige talleres de danza e improvisación musical. www.mariacolusi.com – @mariamartacolusi / @mariacolusi
Imagen de portada: © Dieter Hartwig
Lee la entrevista en Desbandada a María Colusi sobre su obra displaced/angekommen:


