El poder de las palabras: Radical viene de raíz. Feminazi, de misógino

Recientemente, durante una conversación de sobremesa, un amigo utilizó el término feminazi. A punto estuve de abandonar la reunión. Lo habría hecho de no ser porque estábamos en mi casa y, siendo yo la anfitriona, no me pareció ni apropiado ni justo interrumpir bruscamente una tertulia y hacer sentir mal a la congregación que dependía de mi hospitalidad. Así pues, opté por emplear con mi amigo el noble arte de la dialéctica para advertirle de que acababa de cruzar una línea roja y que no iba a permitirle volver a emponzoñar mi hogar con tan deleznable neologismo. Ni a él ni a nadie.

Me tachó de radical. Y razón no le falta, porque radical viene de raíz, de lo que está profundamente metido en la tierra, de lo básico y primigenio, del origen. Y, por mucho que se pretenda desvirtuar y mancillar este adjetivo, yo reivindicaré siempre su honestidad y belleza.

Por eso no me importa que me llamen radical. Especialmente en combinación con el término feminista en su función sustantival, es decir, “feminista radical“. Me gusta, me honra y me refleja. Porque ser “un poco feminista“  o “feminista moderada“ es no serlo en absoluto, ya que el feminismo es radical por definición, porque no lucha por conseguir “algunos derechos“ o alcanzar „un poco de igualdad“. El feminismo aspira a la equidad absoluta, al TODO compartido. Así que sí, soy radical, porque voy a la raíz y no me conformo con un par de brotes tiernos concedidos por la oligarquía patriarcal.

Lo que nunca seré es feminazi, entre otras cosas, porque no existe el “feminazismo”, una entelequia perversa nacida de una mente retrógrada, que implicaría etimológicamente una fusión conceptual entre la lucha feminista y el exterminio sistemático de millones de seres humanos. Porque eso es exactamente lo que hicieron los nazis, amparados por una nefasta ideología de extrema derecha cuyas pútridas semillas dieron lugar a una guerra mundial y un holocausto de dimensiones aterradoras. No lo veo.

Lo que sí existe es una misoginia que se traduce en una lexicogénesis agresiva y malintencionada, creando acrónimos como el que nos ocupa, acuñado por Tom Hazlett, profesor de economía de la Universidad de California en Davis, y popularizado por el periodista  estadounidense Rush Limbaugh en la década de los noventa. Limbaugh, republicano de convicciones profundamente conservadoras, utilizó su condición de presentador radiofónico para difundir entre sus oyentes el ignominioso término y, no contento con ello, lo inmortalizó, reivindicó y redefinió en 1992 en su ensayo The Way Things Ought To Be (Cómo deberían ser las cosas):

“Prefiero llamar a las feministas más odiosas lo que realmente son: feminazis. Tom Hazlett (…) acuñó el término para describir a cualquier mujer intolerante con cualquier punto de vista que desafíe al feminismo militante. Yo lo utilizo a menudo para describir a las mujeres obsesionadas con perpetuar un holocausto moderno: el aborto.”

Así pues, Limbaugh, establece un paralelismo entre el Holocausto y la reivindicación feminista de la época por el derecho al aborto. Es decir, pone en la misma balanza a quienes exigían la interrupción libre del embarazo y a los causantes de una guerra de naciones y del mayor genocidio sistemático de la historia del siglo XX. Este malabarismo asociativo se basa en la asunción de que las feministas fomentaban el aborto como medida de empoderamiento y estrategia para afianzar la convicción de la prescindibilidad de los hombres:

“Una feminazi es una mujer para la que lo más importante en la vida es procurar que se practique el mayor número posible de abortos. Su razonamiento tácito es muy sencillo. El aborto es la mejor vía para que las mujeres militantes ejerzan su búsqueda de poder y avancen en su creencia de que los hombres no son necesarios.” (Limbaugh, 1992)

Como bien se desprende de las propias palabras de Limbaugh, el significado del acrónimo “feminazi” fluctúa entre la imagen de aquellas feministas consideradas “intolerantes”—para Tom Hazlett— y aquellas que, según el propio Limbaugh, persiguen el empoderamiento a través de incitar al aborto. Una convicción que guarda un sospechoso paralelismo con la demonización de la mujer que hace no tantos siglos fomentó la Iglesia para erradicar la influencia que emanaba de curanderas, parteras y herbolarias, y que desafiaba al poder absoluto de esta institución. Es de esperar que, al menos, no acabemos crepitando en una hoguera.

Sea como fuere, en el uso actual de esta aberración lingüística, no se sabe muy bien cuál es la relación semiótica que se establece entre el significante (el término o palabra en sí), el significado (el concepto o la imagen que el significante genera en la mente) y el objeto, cosa o fenómeno en el mundo real. En otras palabras, existe una nebulosa conceptual sobre si el vocablo al que nos referimos representa “solamente“ a aquellas feministas consideradas non gratas por la imaginaria misógina, —lasenviadas directamente del averno para subyugar a los hombres y despojarlos de todo derecho y dignidad— o más bien es aplicado para denostar al movimiento feminista en general. Cualquiera de los dos supuestos encierra en sí mismo no solo un error conceptual de base, sino una flagrante e imperdonable falta de respeto y de empatía hacia un colectivo cuyos derechos han sido sistemáticamente ignorados y pisoteados durante siglos con una impunidad lacerante.

Lo que resulta indiscutible, es que el término en cuestión es un dardo envenenado al corazón no solo del feminismo, sino de la conciencia colectiva en general, y del conjunto de las mujeres, en particular, pues la carga semántica de la palabra “nazi“ está preñada de connotaciones nefastas: genocidio, guerra, destrucción.

Feminista o no, cualquier mujer debería combatir el uso de un término que contribuye a perpetuar una imagen profundamente negativa del conjunto de nuestro sexo. Banalizar el impacto social de este y otros vocablos similares es contribuir activamente a crear desigualdad, a construir un mensaje subliminal que va calando en el subconsciente desde la infancia y a alimentar a un monstruo que se cobija en la ironía y se camufla en una broma “inocente“ de sobremesa.

Y no, ni es susceptibilidad de género ni depende de dónde y con qué intención se diga. En primer lugar, porque ninguna de las posibles intenciones con las que se utilice este neologismo es inocua o bienintencionada. En segundo lugar, porque es precisamente en los círculos más íntimos donde se va asumiendo imperceptiblemente como algo natural el discurso del odio, a través de chistes y bromas aparentemente inocentes sobre colectivos vulnerables.

Si, con toda la razón, consideramos inaceptables el empleo de palabras como nigger, sudaca o subnormal, ¿por qué no ocurre lo mismo con el portmanteau „femi+nazi“? ¿Por qué se nos tacha de exageradas, susceptibles e, incluso, agresivas si rechazamos un trato que nos resulta humillante? ¿Tenemos acaso la obligación de consentir cualquier aberración lingüística gestada en una mente enferma, por miedo a que nos tachen de intransigentes? ¿Qué clase de doble moral es la que protege a todos los colectivos de denominaciones inapropiadas, pero permite, banaliza y se regocija de un rosario de términos cargados de odio, animadversión y prejuicios dedicados a las mujeres?

Nosotras, las mujeres, no deberíamos seguir consintiendo comentarios sobre nuestro sexo basados en el escarnio, un tipo de agresión que resulta taimadamente eficiente y corrosiva y, a la vez, difícilmente denunciable como tal en una sociedad habituada a banalizar el dolor ajeno. Continuar cultivando la dañina imagen de la mujer complaciente, condescendiente y comprensiva es una trampa a la que hemos de intentar escapar si queremos ocupar en la sociedad el lugar que legítimamente nos pertenece como seres humanos de pleno derecho.

Por eso, aunque a algunos pueda resultarle incómodo, personalmente no voy a permanecer callada ni voy a contribuir a trivializar el uso de semejante aberración conceptual. Ni en el curso de una sobremesa ni en cualquier otra circunstancia. También, porque, al margen de la intolerable falta de sensibilidad que esto implica, todas las personas tenemos el derecho a conocer el efecto que provocan nuestras palabras y la obligación de asumir nuestra responsabilidad comunicativa.  Escoger las palabras que salen de tu boca es la base de esa responsabilidad.


Eva Guzmán es natural de Barcelona, estudió Ciencias de la Información en la UAB y tiene un Bachelor of Arts in Übersetzung. Reside en Múnich. Es traductora jurada, autora y artista plástica comprometida con el panorama cultural muniqués.

En 2021 puso en marcha el proyecto Mujeres Olvidadas, un blog donde se recogen historias sobre mujeres escritas por mujeres. El objetivo es rescatar la memoria de mujeres anónimas a través de las letras escritas por sus hijas, madres, amigas, conocidas. Es autora del videoreportaje «Emigrantes españolas en Alemania».

Eva Guzmán

Nací en Backnang, Alemania, y me crié en Ripollet, un pueblo urbano de la provincia de Barcelona. En 1996 llegué a Múnich y aquí sigo… Soy intérprete y traductora jurada de alemán. Estudié traducción en Múnich y cuatro años de periodismo, en Barcelona y, aunque no pude terminar mi carrera, siempre me he sentido íntimamente vinculada al mundo de la comunicación. Entre 2017 y 2019 produje y moderé para Radio München el magazín radiofónico El Caleidoscopio, un programa para la comunidad hispanohablante con entrevistas, humor, música y secciones culturales como „La máquina del tiempo“ y „Errores, horrores y curiosidades de la lengua“. Soy autora de varios artículos culturales y de opinión, un cuento de Navidad que fue emitido en forma de teatro radiofónico —de cuyo montaje también soy autora— , una obra corta de teatro que será representada en Múnich, un guion para cortometraje y varias historias cortas en español y en alemán. En 2021 puse en marcha el proyecto „Mujeres Olvidadas“ Hace dos años volví a estudiar y me gradué con un Bachelor of Arts en traducción. Excuso decir que parecía la mamá de mis compañeras y compañeros de carrera… Actualmente estoy trabajando en varios proyectos literarios e introduciéndome en el arte del stand up o monólogos de humor. No se me da mal, la verdad… Y ¿qué hago cuando no traduzco, interpreto, suelto mis monólogos o escribo?: pintar. Soy miembro fundador del grupo de arte muniqués Messy fingers International Art Group y participo activamente en exposiciones conjuntas anuales. ¡Y eso es todo!

4 comentarios sobre “El poder de las palabras: Radical viene de raíz. Feminazi, de misógino

      1. Siempre has sido una crack. Autodidacta, comprometida y una gran persona.
        Me alegra ver tu evolución, como decíamos en cierta época, yo soy de letras!!!
        Tu siempre has tenido Alma de Artista….de Poeta, literata de la Vida.
        Conocedora espléndida del Alma de las Mujeres, y los hombres por supuesto. De esta humanidad que anda un poco pérdida a la cual sostienen nuestras antiguas raices….matriarcales sobretodo!!! Nuestras madres, abuelas y el Conocimiento ancestral de nuestras parteras, herbolarias….Uffff!!! En fin Brujas!!!!
        Menos mal que hemos nacido en otra era, seríamos pasto del fuego, por la intolerancia del patriarcado que aún nos quiere someter …..
        Un beso con mucha nostalgia, amiga mía!!!
        Sigue trabajando así, lo haces estupendamente bien.
        Tu amiga de siempre Susana Valdivieso!!!
        Que la distancia nunca sea un impedimento para resaltar el orgullo de haber coincido en el tiempo.

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