Un fotorreportaje. Fotografía: Alejandro Ramos /Texto: Tomás Gutiérrez
Los fantasmas nunca devuelven la palabra
y, si lo hacen, como algunos afirman,
contestan de otra manera.
El Palacio de la Risa
La Gutenbergerstraße es tal vez única en su especie dentro del territorio alemán: no llega a ninguna parte. Remata en un portón corporativo, sospechosamente indiferente a la propiedad privada. Y nace, si es que aún retiene vida sobre el polvo sin pavimentar, en una gran avenida carente de grandeza. Varias de estas autopistas se insertan como piezas de ingeniería en el rompecabezas del país, planificadas en sentido único. Parir otras tantas idénticas a sí mismas, y otras un poco anormales, tal vez únicas, como por la cual transitan las siguientes palabras.
Todos los caminos llegan a la Gutenbergerstraße, siempre y cuando se posean los timbres solicitados en el pasaporte. La mayoría de estos caminos combinan en la Bahnhof Ostkreuz. La estación fue concebida a fines del siglo XIX como un soporte de importancia en la rueda de hámster que hoy, salvo huelgas programadas, vigoriza y trastorna a la ciudad de Berlín. El Ringbahn. A juzgar por la fachada actual, algo no termina de cuajar. Los modernos vidrios reflejan nubes, vagones, malezas, aparatos electrónicos y cuerpos amalgamándose en direcciones dispersas. Algo no cuaja o cuajó muy rápido. Se pudrió. Bajo su sombrero de hongo, la torre de agua evade el reflejo desde un punto ciego.
Más al este, el andén de la Bahnhof Fredersdorf es un largo bostezo entre trenes. El tedio es tan patente como el inicio de la zona C. La reminiscencia urbana se reduce a un grupo de botellas vacías, despertando ruidosamente de su borrachera. Un aroma a bosque de fauna dudosa corta el aire. Escalera abajo, las mutiladas bicicletas de siempre pueblan un estacionamiento de desproporcionado tamaño. A la salida, como de costumbre, los embutidos en descuento decoran el supermercado de rigor.
Entre la Bahnhof Fredersdorf y la Gutenbergerstraße basta con un imaginarse una alfombra para autitos de juguetes que reproduce una ciudad modelo: secuencia inalterable de calles rectas y rotondas. Cualquier variación del esquema anterior podría constituir una señal inequívoca de estar llegando a otro país o un inoportuno desvío del presente.
La Fábrica de Químicos o Chemiewerk encarna, según los resultados del buscador en internet, un bonsai mal podado de la impenitencia occidental.
Ver más: A comienzos del siglo veinte, en el año mil novecientos, se inaugura la planta química en la localidad de Rüdersdorf que, incluso después de cerrar, a fines del mismo siglo, en el año mil novecientos noventa y nueve, albergará en distintas etapas la producción de cemento, magnesio, aluminio, fertilizante, largometrajes y miseria.
Ver más: La mano de obra oscilará entre asalariados y prisioneros de guerra, campos de concentración, ejércitos de reserva. La instrucción de obediencia está sellada en mayúsculas. Imperio Alemán. Alemania Nazi. Unión Soviética. República Democrática Alemana. República Federal de Alemania.
Ver más: Mientras el discurso del nuevo milenio se regodea en colmenas más exóticas, las cámaras de Hollywood aterrizan con un guion distópico y futurista bajo el ala. Las reflexiones sobre el pasado no venden o están en un idioma que no se entiende.
Ver más: Cuando toneladas de petróleo en barril se derraman sobre el sector, en lo que, a trompetazos, lleva la etiqueta de atentado ecológico, la película de acción se transforma en un éxito de ventas y las ánimas en pena se ven forzadas a evacuar su residencia eterna.
Las imágenes adjuntas, también proveídas por el buscador, sugieren las caprichosas sombras y vacíos del progreso industrial.
Sin caer en facilismos, salir de juerga junto a un plan alternativo, listo para accionarse, como si fuera un compañero hasta las últimas consecuencias, puede considerarse un antídoto eficaz contra la frustración del rechazo. A las afueras de un club cualquiera, la certeza de rebotar desconoce las lógicas y esperanzas que se amasan durante el tiempo de espera en la cola.
A pasos del portón corporativo levantado por los nuevos dueños de la planta en ruinas, frente a un guardia de parcas y exclusivas negativas en alemán, rebotamos sin un plan B. La idea de sacar fotos y escribir un texto caducó como las abruptas retretas del verano. Le damos la espalda a las inertes torres de chimeneas, revolviendo las manos entumecidas en los bolsillos.
Anduvimos desorientados unos momentos, lo que nos ayudó a percatarnos de un ignorado paisaje: una derruida edificación, tapiada con desgano y oculta en el borde más opaco de la Gutenbergerstraße. El sugerente tajo aplicado sobre una de las corridas de alambre nos invitó a adentrarnos en, posiblemente, la última curva de esta historia.
Los recintos de la Gasthof zum Schwarzen Adler fueron a los antiguos habitantes de Chemiewerk lo que el casi centenar de lagos son para la población de Berlín: lo más conveniente y menos malo para solazarse unas horas, la terapia con una mayor tasa de autodiagnóstico. Con el cese de las faenas productivas, el comercio que alimentaba y entretenía a la mano de obra; hospedajes, bares, salones, etcétera, cerró junto a la fábrica de químicos. El umbral que acabamos de traspasar antaño recibía a los huéspedes del hotel Black Inn.
Es tentador fechar en el mismo lienzo los materiales inconexos de este cementerio. A la primera ronda de escalones, la sensación dominantes es la de un refugio temporal y no la de un museo abierto. Un grupo de anónimos durmió aquí la noche anterior, y sin duda alguna, otro lo hará esta noche. Los objetos desparramados de manera pintoresca irradian una desesperación menos anónima, el saberse prisioneros de algo que muchas veces esconde su nombre en el trabajo y la libertad. Los escombros, al igual que los primeros resultados del buscador en internet, omiten referirse a quienes producían el ocio. Las productoras del entretenimiento y el descanso, en su mayoría mujeres.
Sol de mediodía
bajo la chimenea
ceniza, trabajo forzado
a la sombra, silencio
trabajo doméstico.
Desandamos el camino, regresando a la Bahnhof Fredersdorf. Los vecinos, a pesar del estricto respeto a los horarios de transporte, ciudadanos alemanes, al fin y al cabo, llegan con holgura a esperar el siguiente recorrido. Las pupilas resaltan de rostros que llevan adosadas mascarillas de estilo uniforme, advirtiéndonos la época de plena emergencia sanitaria.

Fotografía: Alejandro Ramos Instagram: @1805p
Alejandro es un artista visual chileno residente en Berlín. Creció en la colorida y artística ciudad de Valparaíso, donde comenzó su interés por la fotografía y el cine. Licenciado en Comunicación Audiovisual, ha desarrollado una carrera como editor de vídeo, llegando a trabajar en varios canales de televisión importantes de Chile, especializándose en la edición de documentales y programas de televisión sobre viajes, arte y moda. Paralelamente, siempre ha estado ligado a la fotografía, colaborando con distintos artistas locales.
Su interés por conocer el mundo lo llevó a mudarse a Berlín en 2019, donde su carrera continuó expandiéndose. En sus años en Berlín ha participado en proyectos como «DULCE», cortometraje premiado en el Festival Internacional de Cine de Buenos Aires (Argentina), SOIFF (España), Dhaka Film Festival (Bangladesh), entre muchos otros. Además también ha colaborado activamente como fotógrafo en diferentes performances, eventos y estudios de danza como Uferstudios, Ada Studios y actualmente Plataforma Berlin Festival.

Texto:
Tomás Gutiérrez


































