Segunda parte de la serie de relatos de la gallega Sara Sarmiento.
Pinceladas: Maternidad
El centro del corazón
Deutsches Herzzentrum, Berlín julio de 2020
Las puertas del ascensor se abrieron. Del sótano salió una mujer de pelo castaño y suelto con zapatillas de deporte negras, una botellita de leche materna en cada mano y una cinta azul con una llave colgada del cuello. En las botellitas se leía un nombre “Dogan”, la fecha y la hora -24 de julio de 2020, 10:15- y la cantidad de leche en mililitros -50 en una, 40 en la otra-.
Apenas había tenido leche ese día. En el sótano, sentada en un cubículo sin ventana de apenas dos metros cuadrados, había cerrado los ojos sujetando el sacaleches con firmeza y había intentado pensar en el mar, en las flores, en la arena de la playa, en la carita de sus bebé cuando le mostrase las hermosas cosas que le esperaban al salir de aquel lugar. Un sentimiento de calidez la había invadido y había notado cómo la leche se soltaba… Hasta que alguna otra madre, haciendo uso de sus diez minutos de libertad, había abierto la puerta del solicitado cubículo repentinamente e interrumpido el íntimo acto de la lactancia automática. Con el susto, a veces se le resbalaban las botellas. Una vez llegó a derramar la leche por todo el suelo. “Con la poca que tengo ya…”, se lamentaba para sí. Ni siquiera había una fregona cerca para limpiarlo.
Con el paso de los días y a causa de despropósitos de diversa naturaleza –entradas repentinas, el sacaleches había dejado de funcionar, se había quedado dormida en la silla-, perdió la capacidad de concentración, el poder cerrar los ojos que, inyectados en sangre, ya sólo recorrían el frío cubículo de arriba abajo, desde el póster sobre los beneficios de la leche materna hasta la destartalada cafetera de cristal que acumulaba miles de posos de café en su fondo. Repasaba la estancia desparramada en la silla de escolar, en un pulso contra el sueño y el cansancio físico. La cantidad de leche se redujo en pocos días: 50 mililitros y 30 mililitros. 40 mililitros y 25 mililitros. 35 mililitros y 15 mililitros. “¿No tienes más leche? ¿Esto es poco, no?” le reprochaban algunas enfermeras sin ánimo de ofender, mientras preparaban las tomas de su bebé.

Colocó las botellitas en la recepción de la enfermería y colgó las llaves del cubículo en el pomo de uno de los cajones. Buscó el contacto visual de las enfermeras, que caminaban sin cesar. Las zapatillas de deporte negras chirriaban exageradamente en el suelo de piedra de aquel edificio histórico. Nadie se paraba a mirar a los demás. El tiempo se empleaba en el registro de valores, en llevar cuentas, en analizar números: frecuencia cardíaca, parámetros de tensión, mililitros de leche, mililitros de morfina, mililitros de suero, horarios de visita, minutos hasta la siguiente operación, hasta la siguiente toma, hasta el alta, hasta el cambio de turno.
Ella se movía por el gélido espacio deslizándose, como el encadenado fantasma de Canterville en el sótano de su castillo encantado. La media melena marrón ondeando, los ojos atentos tratando de detectar caras conocida, gestos de calidez humana… Mientras las deportivas negras chirriaban cuando salía a estirar las piernas y al volver al cuarto de su hijo.
Aquella mañana, como todas las demás, recorrió el pasillo observando con discreción el oscuro interior de las habitaciones de las cuales nunca salía ningún sonido. El edificio era un fuerte de reparación a través del silencio. Los altos muros y techos de piedra albergaban una vasta sabiduría de generaciones que se transmitía de unas a otras en riguroso silencio. Ese fuerte era el único lugar del mundo en el que se podía parar el tiempo, y aunque la mayoría de los mortales no sabían cómo era posible, ella sí lo sabía: el tiempo se para cuando se para un corazón. Cuando sus deportivas negras chirriaron junto a la puerta del cuarto de su hijo, los monitores del cuarto contiguo empezaron a pitar. Todas las madres acompañantes levantaron la cabeza al unísono, todas la bajaron igual de rápido. Las alarmas solían cesar por sí solas. Mientras regresaba cabizbaja a su hijo vio a una enfermera de perfil que, a los pies de una cuna, sostenía los diminutos pies de un bebé en alto. Negaba con la cabeza, frustrada, mientras frotaba la planta de los pies con fuerza, sin pausa.

Entró en su cuarto y vio a su bebé despierto, sonriéndole ajeno a los pitidos del exterior. Colocó la mano en su cabecita, uno de los pocos lugares de los que no le salían cables, mientras le devolvió la sonrisa y le acarició el pelo dulcemente.
Se oyeron pasos acelerados en el pasillo. Revuelo. Alguien cerró la puerta de la habitación contigua de un portazo. Ella lanzó una mirada a la cama de al lado, donde dormía Alva, su vecina de seis meses con síndrome de Down. Su madre le devolvió la mirada preocupada, preguntándose qué sucedía ahí fuera.
Se sucedieron ruidos, golpes y suspiros. Muebles arrastrándose, pasos apurados, muchos pasos, muchas zapatillas deportivas chirriantes en el suelo. Varios portazos más, ruedas de una cama rodando, saliendo de la habitación contigua. El revuelo aumentó. Gente salió, gente entró, muebles salieron, muebles entraron. Los golpes y choques del mobiliario amenazaban con derribar la pared y entrar en el cuarto en el que ellas dos se hallaban protegidas con sus bebés. Y finalmente se hizo el silencio. Un silencio total y absoluto. ¿Es el silencio reparador del que hablábamos hace un momento o el que reina tras la destrucción?
Durante ese rato las madres, que habían empezado la escucha pacientemente mientras acariciaban las cabecitas de sus bebés, trataron de encadenarlos a sus cuerpos. La madre de Alva la había cogido en brazos y la apretaba fuertemente en su regazo mientras dormía. La madre de Dogan no podía sacarle de la cama sin ayuda de las enfermeras, rodeado de cablecitos y drenajes como estaba, pero sujetó sus manitas con fuerza y le acarició la cabecita con fruición, sin desviar la mirada de la suya un solo instante. “Estás aquí”, le retenía con los ojos. A medida que el alboroto cesaba afuera, crecía en los corazones de las madres vigilantes.
Alva seguía dormida. Su madre se levantó, inquieta. Necesitaba hacer algo con los sonidos que se habían quedado encerrados en su cabeza. Cogió dos botellitas vacías y salió del cuarto. Fuera reinaba la calma. Casi sin atreverse a contaminar el silencio con sus pasos, pasó por delante de la habitación contigua, cuya puerta estaba abierta de nuevo. No pudo evitar echar un vistazo hacia adentro. Donde antes había una enfermera, ahora se encontraba un equipo médico al completo. La cuna había dejado espacio para una mesa de quirófano. Sólo el pip de los latidos de corazón monitoreados viajaba a través del cuarto y retumbaba en el silencio del fuerte. El anestesista observaba desde la esquina mientras los cirujanos, impecables con sus trajes esterilizados, gorros y mascarillas, se mantenían inclinados sobre el cuerpo abierto.
Siguió caminando, agarró las llaves del pomo de la estantería y con un chirrido final de sus deportivas blancas, frenó frente al ascensor. Sótano. Las puertas se abrieron. Una madre ojerosa, de moño pintado de canas, salió, cargada de botellitas de leche semivacías. “No ha habido suerte tampoco”, pensó ella. El ascensor la llevó a la puerta del cubículo con el sacaleches. Cerró la puerta, se colocó las copas sobre los pechos desnudos y encendió la máquina. Trató de pensar en Alva. El motor de la máquina le recordaba a un monitor de frecuencia cardíaca, constante, regular, infalible. Trató de concentrarse y cerró los ojos. En su cabeza retumbaron los pasos, los golpes de los muebles contra pared, los murmullos, los pitidos, el revuelo. Sintió ardor, pero no en los pechos, sino en la garganta. Tragó saliva para que se deshiciese el nudo, pero se quedó atravesado como una pastilla mal tragada. Mientras respiraba con fuerza para deshacerlo, sintió el cosquilleo, la calidez detrás de los pezones. Las primeras gotas de leche no tardaron en golpear el fondo de las botellas, no mucho antes de que las lágrimas irrumpieran con fuerza, empapándole la cara.


Sara Sarmiento es gallega y reside en Berlín. Es artista de corazón, pero en la práctica ha trabajado como coordinadora de efectos visuales durante los últimos trece años en Berlín. Nació en Ourense, Galicia, estudió comunicación audiovisual y también se ha formado para enseñar alemán a extranjeros. En su tiempo libre canta en la ducha, lee obsesivamente, escribe a escondidas y rehace el mundo cada día junto a su hijo de tres años.
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