Luces blancas intermitentes

El poeta peruano Juan Ignacio Chávez entrevista a la poeta argentina Giuliana Kiersz, radicada en Berlín, a propósito de la traducción al francés, y su presentación en París esta semana, de su libro de poemas, originariamente aparecido en Rara Avis Editorial (Argentina, 2018). Ofrecemos aquí la entrevista, y un fragmentos del libro B.

Contra la cartografía humana e histórica –topográfica y toponímica–, la tuya es una cartografía plana, donde los nombres de lugares, por ejemplo, se reducen a “A”, “B”, “C”, y donde, sin embargo, lo que mueve el texto es una erótica del espacio, un cuidado o fidelidad a los sentidos que, me parece, encuentra su propia ética de la desaparición. ¿Cómo llegas a esta poética? ¿Cómo habitas, como escritora, esa oscilación?

Diría que me interesa principalmente la relación con el espacio en tanto vínculo. Un vínculo preciso, sí, erótico, evasivo. Qué dice el espacio de nosotrxs, qué cuenta. Para mí hay algo ahí, una búsqueda. No sé si lo pensé al escribir pero sí fui dándome cuenta que era esa relación la que me atraía, cómo nos afectan los paisajes o qué paisajes se construyen cuando nos relacionamos con ciertos espacios en ciertos momentos. Como una forma de habitar el mundo pero sobre todo de habitar un estado. Pienso que ahí aparecen los sentidos. Y creo que ese estado tiene que ver también con la imposibilidad de contarse una, entonces aparece una poética que nace sobre todo de esa imposibilidad y de esa resistencia para desde ahí ir descubriendo o haciendo un paisaje en torno a un vacío que sería la subjetividad humana, el personaje. Ir a lo más plano, como decías. Sacar las referencias y únicamente trazar esas relaciones. Tal vez, en lugar de hacer que el mundo entre en una cartografía propia, sería borrarse para ir al encuentro con el mundo y ver qué nace de ese encuentro. 

Curiosamente, esos paisajes brillan más cuanto menos protagonismo tiene la voluntad psicológica del personaje, cuanto menos se le fuerza a mover la trama con motivos aristotélicos. Hay una poética, sin duda, pero además hay un ethos particular–que por cierto infunde una sensación insoportable de libertad. ¿Quizás a eso te refieres cuando hablas del vacío de la subjetividad humana?

De alguna forma sí creo que tiene que ver con vaciar esa subjetividad  de motivos aristotélicos o psicologistas y así imaginar una pulsión que no se construya sobre esas lógicas sino que invente otras posibilidades de acción. Tal vez es en esa falta de lógicas conocidas o de pasados predeterminados que hay una sensación de libertad que por nueva, resulta insoportable. 

Son textos que callan más de lo que dicen explícitamente, y sin embargo sus momentos centrales, el centro de gravedad que los mueve son a veces momentos o acciones tan significativos- que tienen la elocuencia del acto o la intervención artísticos. Pienso, por ejemplo, en el acto de ir a una carretera y tirar los muebles al mar. ¿Son estos puntos de partida al escribir? 

Pienso que eso tiene que ver con el juego en la propia escritura, de la misma forma que una puede ir a una carretera y tirar los muebles al mar, es un ir hacia el borde, probarlo, estirarlo en ese gesto. 

En ese ejemplo en particular también tiene que ver con la escritura escénica. Ese momento es uno de los pocos en todo el libro que está escrito en forma de didascalia. Entonces a la hora de escribir me pregunto: por qué una didascalia, cuándo y contando qué, pensando o probando qué acción es más poderosa que la palabra dicha en ese mundo, qué suma un gesto o una intervención y cómo lo hace.

Sobre todo pensando las didascalias realistas por ejemplo, utilizadas como una herramienta para construir un verosímil que a mí me interesa romper para que justamente cuando haya una construcción de mundo por fuera de la palabra dicha, sea para ir a un borde y no tener miedo de tirar todo al mar. 

Por otra parte, en relación a los puntos de partida, en estos textos, siempre fue la primera frase: «Todo está nublado ahora», «Estoy sola» y «El día que ella dijo que había matado al perro agarré el auto». Después, el resto, es escribir una obra sólo para que era frase exista. 

Como lector sentí justamente que los textos se desenvolvían de manera indeterminada porque así había sido la escritura. No presentí la mano arquitecta. Me imagino que las caminatas, la lectura movediza, te vienen mejor que los esquemas.

Admiro mucho a quienes pueden escribir a partir de esquemas e ideas. Yo no puedo y tampoco sé si quiero. Pienso que me aburriría muchísimo si supiese a dónde voy. Para mí, es en ese devenir, en esa búsqueda y esa incertidumbre, donde encuentro el placer en la escritura.

En el libro encontramos tres textos, y también tres distintas decisiones formales: en un caso los diálogos, en otro una voz que discurre, en el último una breve prosa descriptiva. ¿Cómo surge la forma durante la escritura? ¿Cómo llevas esa relación con lo que te exige cada texto?

El primer texto que escribí fue B, la voz que discurre. Mientras estaba en ese proceso me invitaron a publicar una obra corta y ahí quise probar la prosa breve, pensando en una voz que discurriese pero con otro ritmo y otro género. ¿Tal vez pensando el género en relación al ritmo? No sé.

Después, dos actrices y un actor me invitaron a escribirles una obra y así empecé 502 que es más que nada dialógica y monologal. Diría que ese fue para mí el desafío, encontrar como transcurren esas voces pero en un diálogo, qué se cuentan, cómo se responden. Los tres textos surgieron en contextos específicos y como desafíos o deseos de estirar ciertas formas, de buscarlas, hacerlas aparecer.

Y más allá de las distintas facturas formales, todo el libro se mueve en el mismo registro híbrido entre el teatro, el relato y la poesía, un registro tan asentado y verosímil que ya podría llamarse un mundo. ¿Piensas en las reglas que rompes cuando las rompes? 

Sí. La primera vez que encontré el libro en una librería en Montevideo estaba en la sección de poesía, cuando en Buenos Aires siempre lo encontré en dramaturgia. Cosas como esta me dan gracia y esperanza.  

No estamos descubriendo nada tampoco, sólo que hay estéticas y formas que dominaron y dominan ciertos géneros literarios y entonces esos géneros se asocian a esas estéticas, en la dramaturgia eso es muy claro. 

Muchas veces me preguntaron: ¿por qué es teatro? Y para mí la pregunta sería entonces ¿qué es teatro? 

Diría que lo que más me atrae es el registro híbrido, pensar esas estéticas en los bordes y sobre todo, preguntarnos por esas fronteras que dibujamos para explicarnos el mundo, en todo sentido. Más allá del trabajo sobre los mapas y el espacio, dentro de la literatura, que sería de alguna forma mi campo de acción o mi campo de batalla, me interesa que la pregunta sobre el registro exista y pulse.

Hace no mucho pude verte en el Teatro Gorki, leyendo con música en vivo. Recuerdo haberme preguntado qué tanto habías pensado en las posibilidades performáticas de tus textos mientras los escribes. ¿Será que la pregunta cabe también con Luces Blancas Intermitentes? 

Hay una potencia en la presencia, en la posibilidad performática que para mí siempre está. No es lo mismo leer un texto a que alguien te lo lea, te lo diga, esté ahí con vos cuando lo escuchás. Hay algo muy potente en el decir y para mí, que empecé escribiendo dramaturgia, es algo que no desaparece, que siempre está presente cuando escribo. 

Lo que cambió cuando me mudé a Alemania fue que empecé a leer y recitar mis textos. También me surgió cierta curiosidad por la sonoridad e hice obras a partir de grabaciones o invité a músicos a trabajar conmigo. Así pasó con «If something like this exists,» el trabajo que presenté en el Gorki dentro del festival «The curator’s suitcase». Invité a Ben Osborn a pensar sonoramente un texto sobre la práctica de la escritura como la creación de espacios políticos. Ben generó melodías y ritmos a partir de entrevistas que yo había grabado en México en distintas manifestaciones sociales y así pensamos una partitura en vivo donde los tiempos de la palabra hablada y las grabaciones se encontraran y dialogaran.

Durante la lectura pensé todo el tiempo en términos cinematográficos. ¿Cómo ves el cine entre tus referencias? ¿Piensas en películas, directoras al escribir?

Pienso en imágenes, no pienso en un teatro, en un escenario o en un actor. Pienso en lo que sucede de la forma que sucede y creo que tal vez hay algo de cinematográfico en eso, en esa forma de imaginar y en ese devenir. Estudié guión de cine pero dejé porque sentía que no podía jugar tanto con las formas a la hora de escribir guiones, sin embargo tal vez hubo algo de esa práctica que me permitió mover cierto horizonte y volcarme a las imágenes en otras escrituras. 

Aunque no hay referencias topográficas en el libro, los afectos que encontramos se sienten muy cercanos. Es claramente un libro que lee el mundo actual, o quizás la fisonomía del deseo en el mundo actual. ¿Hay algo de la vida en Buenos Aires en él? ¿De la vida en Berlín? ¿Del mundo de las redes? ¿Qué cosas, velocidades, espacios te interpelan como escritora?

«La fisonomía del deseo en el mundo actual.» Qué hermoso eso. 

Hay un deseo que nace desde la ciudad y por eso mismo va hacia otros espacios. Cada obra tiene para mí ciertas referencias concretas. 

B es la imaginación de esa ruta que hay entre Buenos Aires y el mar, un lugar por el que pasé infinitas veces y al que pensé que iría alguna vez, cuando quisiera escaparme, como si ese campo fuese el lugar donde una puede ir al encuentro del deseo. 

Con 502 me pasó algo bastante curioso. Después de años de terminar de escribirla viajé a Ushuaia, al último punto continental antes de la Antártica para encontrarme con que los árboles del parque nacional estaban cayendo, como en la obra (por una irresponsabilidad que llevó a una invasión de  castores en la región). Hubo algo muy impactante para mí en descubrir ese bosque que había imaginado, no tanto porque lo imaginé sino porque evidentemente ese bosque existía como un síntoma de los sistemas en los que vivimos. 

En ese sentido me interesa la imaginación del espacio. Tal vez todxs escribimos sobre lo mismo o el mundo se reparte entre nosotrxs para ser contado.

Presentación de Lumière blanche intermittente, en Paris en enero de 2023.

Ahora el libro se presenta en París, en francés. ¿Cómo ha sido ese proceso? 

«Luces blancas intermitentes» se publicó en 2018 por Rara Avis Editorial, como parte de la Colección Gallinero dirigida por Beto Villa. Un par de años después, Camille Davin, amiga y dramaturga francesa, me puso en contacto con Maud Flank. En 2020 y 2021 Maud tradujo las obras gracias a dos premios que nos dieron de la Maison Antoine Vitez, un centro internacional para la traducción teatral. En ese momento empezamos a buscar editorial hasta que Sabine Chevallier, de Editions Espaces 34, nos contactó porque le interesaba para la colección de Teatro en traducción. En todo este proceso lo que me parece más hermoso es ver cómo las obras resuenan en diferentes contextos.


I

Estoy sola. En algún lugar en una ruta igual de principio a fin. 
Hace días que camino.
Salí cuando todavía hacía frío y el otoño se alejaba.
Ahora ya volvieron las flores.
Campo a los costados. Adelante. Atrás. 
Sigo parada en la ruta sin saber a dónde ir.

No estoy pensando. Tengo que pensar un poco. 
Un auto pasa rápido por la ruta.

Tengo que ponerme a pensar y pienso en si fumarme o no un cigarrillo. 
Y decido que sí.
Pero no tengo cigarrillos.
Y no hay ningún lugar cerca.
Todo a mi alrededor es verde o asfalto.
Y desisto en la idea de fumarme un cigarrillo.

Un hombre que aparece andando en bicicleta.
Tengo una conversación con él.
Le pregunto si sabe para dónde queda A, el lugar al que quiero ir.
Me dice que no, que estoy yendo a B, un lugar del que nunca había escuchado hablar.

Me dice que A es lejos y que no vaya sola.
No se puede ir solo. No se llega solo.

Se ofrece a acompañarme, no gracias.
Me ofrece su bicicleta, no gracias.
Me acompaña al costado de la ruta, se me acerca, me ofrece un cigarrillo, no gracias.
Sigo caminando y él se queda con la bicicleta parada a un lado del camino. Parado, con un pie en el pedal y la espalda hacia el otro lado, haciendo equilibrio.
Cuando me doy vuelta y lo veo, siento pena por el hombre que no conozco y me mira haciendo equilibrio.
Vuelvo.

Fumo un cigarrillo y me voy con él a B, dónde vive con su esposa y su hijo.
Esa día llegamos a su casa y es de noche.
Su casa queda cerca de la ruta, es de cemento blanco.
A los costados de la ruta solo hay oscuridad. En el frente de su casa una luz blanca. 
Entramos.
Cenamos.
Me siento a su mesa cuadrada, en una silla de madera.
Comemos.
Tomamos vino.
Escuchamos de fondo una televisión.
Su esposa y su hijo me sonríen.
Les sonrío.
Son amables. La casa me calma.
Por lo menos es una casa.

Esa noche me quedo a dormir ahí y dejo de ir hacia dónde estaba yendo.

Primer capítulo del libro de poemas B.


Foto: Antú Martín para Stuttgarter Zeitung.

Giuliana Kiersz (1991, Buenos Aires) es dramaturga, poeta y artista. Su trabajo, a medio camino entre la literatura, las artes performáticas y visuales, explora las intersecciones entre espacio y lenguaje e imagina nuevos horizontes políticos y sociales. Ha obtenido el X Premio Germán Rozenmacher, el tercer premio en el XV Concurso Nacional de Dramaturgia y premios a la traducción por Maison Antoine Vitez, y sus textos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, portugués y tsotsil. Su libro Luces blancas intermitentes se publicó en 2018 por Rara Avis Editorial, y acaba de ser traducido al francés por Editions Espaces 34. Actualmente reside en Berlín.


Juan Ignacio Chávez nació en Lima, Perú, en 1991. Es magister en Filosofía por la Universidad de Toulouse. Tiene una maestría en Escritura Creativa en español por la Universidad de Nueva York. Ha publicado ensayos y textos críticos en revistas como Temporales, Pesapalabra y Viceversa  Magazine. Actualmente estudia el ensayo nacional latinoamericano en el doctorado en Lenguas romances de la Universidad Humboldt en Berlín. Isla del gallo es su primer libro de poemas.

Revista Desbandada

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