El arte de encontrarse

Un texto de María Vetterlein

¿Cómo conectan el amor por las palabras, los diccionarios bilingües con la experiencia de migración? ¿Cómo perderse y volver a encontrarse? Perder la palabra y encontrar la propia voz. El dolor, el ser, las experiencias pasadas se pueden dar cita en un espacio ubicado mucho más allá del lenguaje.

Amo la idea de nombrar y ser nombrado.

Amo los significados que lanzan los diccionarios porque se acercan con una lupa a lo que desconocemos o sabemos a partir de la intuición. Pero cuando se trata de un diccionario bilingüe es muy probable que el significado ya anide en nosotros, en la lengua madre; pensar, hablar y ojear las páginas al mismo tiempo, en la búsqueda frenética de un significado en la lengua extranjera.

¿Facilitan esto las aplicaciones? ¿Se alivia el deseo desesperado de encontrar “cómo decir”?

Los diccionarios me remontan a un momento de la vida en el cual la urgencia de comunicar era directamente proporcional a existir: descubrir era decir; era ver y ser visto por los demás. Detrás de los diccionarios bilingües hay deseo, y por lo tanto, una honda trama de emociones.

El sentimiento es profundo. Y puede que se trate más de un fetiche que de un amor. Llevo tatuado en el cuerpo el recuerdo de mi primer diccionario de inglés.

Era (¡es!) una compilación monumental –o así la veía yo cuando la recibí a los siete años– de una editorial de Chicago, versión revisada y mejorada por su primer dueño; aún sobrevive, deshilachado, el rastro del resaltador amarillo con el que Ernesto marcó sus palabras elegidas. Querido Ernesto, ¿cómo se te ocurrió regalarme esa hermosura? Me gusta creer que siempre lo supiste, intuiste que algún día yo despegaría para otros mundos. Nunca llegaste a saber que aún lo conservo como un tesoro; y si sabías que yo espiaba tus lecturas sempiternas nunca lo dijiste. Tus saberes me marcarían para siempre. No hay pecado en el fetiche.

Otros mundos, el arte de perder y el ser

Hijos de nuestro tiempo, somos una aldea en la cada vez más vasta aldea de la migración, los hispanohablantes berlineses. Usamos apps y nos encontramos en las redes. En uno de esos nidos latinos alguien con igual afición por el fetiche colecciona palabras difíciles en alemán con ayuda de sus visitantes virtuales. Aferrarse a las palabras nuevas como quien junta figuritas puede parecer casi como un juego ante la sensación de estar parado al borde de un acantilado que significa el querer hablar y no poder, estar desorientado frente a la incertidumbre. Hay que aprender a perder, sugiere Elizabeth Bishop, un continente. Aprender a sentirse desorientado, a tantear a ciegas, experimentar el sabor del abandonarse a lo nuevo es también lo que plantea Rebecca Solnit en su ensayo Una guía sobre el arte de perderse. En su Crónica de Berlín elogia el filósofo Walter Benjamin las cualidades del perderse en una ciudad. Estar “desorientado” por desconocimiento de las calles no es perderse, dice. Perderse “de verdad”, como podrías perderte en un bosque, es el camino –que debería aprenderse y cultivarse.

El arte de encontrar nuevas palabras requiere de la sabiduría de dejarse perder para volver encontrarse con una nueva voz, así como el arte de dejarse aprehender por un territorio. Wim Wenders reflexiona en uno de sus ensayos sobre el acto de fotografiar: Como el cazador con su rifle, cuando fotografiamos, al disparar somos impulsados hacia atrás por la culata. Es un efecto boomerang. El del cazador cazado. No es sólo ver, es también ser visto por la ciudad. Me inclino a pensar que hay una analogía con el proceso migratorio. Algo similar sucede en lo que llamamos integración. ¿Qué es lo que integramos? ¿Quién integra a quién? Ganar terreno al duelo y a la mudez en el proceso de migración sería entonces poder mudar la piel como las víboras, una curiosa visión de cómo trabajar la identidad migrante.

Vivir en migración no es una realidad binaria de diccionario, tiene varias capas. La poeta, ensayista y activista norteamericana Audre Lorde aprendió a hablar y a escribir al mismo tiempo; no fue ni lo único ni lo más importante que su madre le enseñó. Gertrude –una mujer emigrada de la isla caribeña de Granada– le enseñó a palpar una exuberancia latente más allá de las palabras, le propuso un viaje al comienzo de todo, a un universo de ausencia de palabras, un mundo pre-verbal. Pretendía que sus hijas entendieran lo que les quería comunicar aunque no pronunciara las palabras; y si su mundo interno exigía expresar algo que excediera las dimensiones del vocabulario existente, entonces tendrían que reinventar su idioma. Esa práctica de plasticidad expresiva sugiere un origen de las palabras no muy visitado por el común de las personas, requiere de autoconocimiento y de la audacia de mirar con mucho detenimiento lo que se está experimentando.

Hay una frase muy citada de Lorde –muchas veces descontextualizada– donde ella elogia la fuerza creadora que radica en los sentimientos. Estos, dice Lorde, son canales generadores de conocimiento. Nos enseñan a funcionar bajo estructuras predeterminadas, como el lenguaje. Mientras que la potencia creadora de los sentimientos –aunque caóticos, contradictorios y dolorosos, o tal vez gracias a todo esto– prueban ser la materia de la que está hecha nuestra inteligencia: Nuestras visiones comienzan en nuestros deseos, dice.

Se adivina detrás de sus pensamientos a una Audre que, ya consciente de su nombre librado de la “Y”, exhibe una identidad ganada. Una vez más: perderse para volver a encontrarse. Un verse, sentirse y nombrarse mujer, negra y lesbiana que le permitió adjudicarse heredera de una lengua que, si bien no es la materna, fue su lengua de empoderamiento. Más allá de las palabras y del origen, emerge un nuevo ser. Se dibuja este camino en uno de sus poemas, Generación II :

Una chica negra
camino de ser
la mujer
por la que su madre
rezó
y rogó
camina sola
temiendo
la ira
de ambas

Muy lejos de intentar romantizar la migración, creo encontrar en esta práctica de transformación, un impulso que hace eco con el proceso terapéutico. Un cambio de piel. Entonces, cuando las personas de tu pasado te digan: “estás cambiade”, poder sonreír, segure de haberte reinventado. Mudar la piel, como metáfora de ir al encuentro de un tercer espacio y una tercera voz. Una terceridad crítica: Escribir tu propio diccionario con la voz de lo absorto, de la experiencia de sentir y con la experiencia de “hablar en lenguas”, como dijo alguna vez Gloria Alzandúa.

¿Por qué terapia? Nombrar las emociones, desafiar la palabra y (re)encontrarse

Uno. Decirlo en la sesión terapia: una emoción, un dolor, o simplemente si estoy bien o mal. Que esto sea trascendental en la terapia puede generar a primera algo de extrañeza. Sin embargo, hay una insolencia sanadora en lenguaje del cuerpo, en el que se agazapan emociones en ebullición. ¿Por qué es importante nombrar? ¿Y cómo se relacionan las neurociencias con la vida y con la terapia corporal?

Hace sólo un puñado de décadas, éramos seres sumidos en un universo racional, cada cosa en su lugar y un lugar para cada cosa. El cerebro en la cabeza, el cuerpo abajo, donde le corresponde.

De ese universo cartesiano nos ayudó a despertarnos el neurocientífico Antonio Damasio, quien puso a la vista el carácter protagónico de las emociones y su efecto en la evolución cerebral y cognitiva y su función en el campo del desarrollo social. Algo así como Lorde, pero desde las ciencias, Damasio sostuvo que la unión entre la formación de la cultura y los sentimientos es indisoluble. No existe la una sin la otra. Pensemos que las emociones, hasta entonces habían sido estudiadas a lo sumo de manera funcionalista, para el análisis de ranking o con el fin de aumentar la producción del sector industrial. Damasio, de la noche a la mañana puso de cabeza el mundo de la neuropsiquiatría, sacó las emociones de la periferia científica.

Dos. ¿Por qué prestar atención al cuerpo? ¿Por qué localizar las emociones?

Si bien la investigación del cerebro humano es de larga data, esta alcanza esplendor gracias a la posibilidad del escaneo cerebral. Con escáneres cerebrales sobre los efectos de la meditación ha identificado una parte del cerebro que se activa cuando meditamos o mientras observamos detenidamente nuestra experiencia, sin reaccionar a ella.

La corteza prefrontal medial, ubicada justo detrás de la mitad de la frente, tiene conexiones directas con la amígdala, nuestro centro de memoria emocional. La actividad de la amígdala disminuye en la medida en que esta área se vuelve más activa. Para la psicoterapia esto significa: la observación consciente produce un estado de conciencia dual, mediante el cual los observadores pueden llegar a sus mundos internos sin verse abrumados por las emociones y las respuestas corporales.

Tres. ¿Qué sucede al observar y nombrar? ¿Para qué corporizar emociones?

En la actualidad hay muchos métodos herederos de las neurociencias, sobre todo en las terapias corporales. La Terapia Somática Integral, uno de los legados de las terapias corporales, insiste en que identificar en forma consciente la experiencia de la emoción no es suficiente. Hay que saber encontrar y apoyar toda forma de experiencia emocional, dice su creador el Dr. Raja Selvam, aún aquellas muchas veces pasadas por alto por parecer poco significativas –según cuál sea la teoría de emociones– como sentirse mal o sentirse bien. Saber sostener la emoción y lograr expandirla y corporizarla. Es necesario hacer del cuerpo un sostén emocional.

Una de las figuras clave del efecto de corporizar o encarnar las emociones es Bessel van der Kolk. La lectura de su libro El cuerpo lleva la cuenta expone la evidencia de una memoria somática y de su importancia vital para la sanación del trauma. Los procesos emocionales se encarnan en el cuerpo, porque este es el territorio de anclaje de la vida interna.

Cuatro: ¿Cuándo ocurre la integración de la emoción?

Cuando el cuerpo ha logrado descontracturar su carga emocional y expandirla a la totalidad corporal encuentra una respuesta fisiológica, energética, que surge espontáneamente y tiene como correlato una mayor capacidad corporal de sostener las emociones, así como impacto en el comportamiento y la cognición.

¿Significa esto el fin del relato oral en contexto de psicoterapia? De ninguna manera. Para muchas personas el poder dar un sentido oral a su relato de vida equivale a validar su biografía y , de hecho, toda sesión de ISP comienza con un relato que se profundiza y se dirige hacia la atención sobre las emociones. Hay situaciones en que la terapia conversacional puede no resultar suficiente o adecuada. El centrar la terapia en la narración podría llevar a las personas a una desregulación emocional inevitable si el contenido la conduce a revivir aspectos demasiado dolorosos, cuyo contenido resulta intolerable.

La terapia corporal no requiere la reproducción de escenas que producen incomodidad o dolor. Se dirige directamente a la emoción y cómo integrarla; esto se llama corporizar o encarnar. Hay un tesoro bien protegido detrás de cada emoción. Expandirla en el cuerpo y sentir el efecto de energía y consuelo, sentir que crecemos y tomamos posesión íntegra de nuestro ser es lo más cercano a la sanación. Es ir al encuentro de nuestro territorio corporal.


María Vetterlein

María Vetterlein es argentina, de la ciudad de Buenos Aires. Es psicoterapeuta corporal, arteterapeuta y fotógrafa. Se especializa en migración y psicoterapia desde la perspectiva BIPOC y en empoderamiento a partir del trabajo corporal y la fotografía. Además trabaja con adultos mayores con métodos de la pintura creativa. Se graduó como Magister en Sociología y Estudios de Cine en Francfort del Meno. Vivió en la India y trajo a vivir a Lara, la perrita de su madre, con ella y su pareja. Actualmente vive y trabaja en Berlín. http://www.praxis-mariavetterlein.com

Todas las fotografías ©Maria Vetterlein

Revista Desbandada

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