El capitán de Köpenick

Si se diera el caso que algún lector me enviara una correspondencia diciéndome «Sr. Roberto Arlt, usted debería escribir alguna aguafuerte berlinesa o teutona», mi respuesta saltaría como un resorte nuevo y reluciente: «Estimado lector, tengo un diamante de quilates astronómicos; El capitán de Köpenick no tiene desperdicio».

Cumpliendo mi labor de cronista para el diario El Mundo de Argentina, tuve la maravillosa fortuna de viajar como enviado especial a España y Marruecos entre 1935 y 1936. Allí me topé con esta historia tan cierta como increíble. Estaba instalado en un buen hotel en la preciosa ciudad de Tánger y me encontraba extasiado con las fábulas beduinas locales —al estilo de Las mil y una noches— que iba recopilando con esmero para la confección de mis aguafuertes.

Aquel día, crucé por la puerta Bab Al Fahs hacia el casco antiguo y recorrí plácidamente los innumerables puestos del gran zoco, hasta que entré a una desordenada y polvorienta tienda de libros usados. Mientras husmeaba entre las pilas de volúmenes ajados, encontré un minúsculo ejemplar en alemán. Se titulaba Wie ich Hauptmann von Köpenick wurde (1909), que en criollo sería Cómo me convertí en capitán de Köpenick. Y bueno, como soy hijo de alemanes que emigraron a la Argentina —padre prusiano y madre austrohúngara—, pensé que me vendría bien refrescar mi lengua materna con un libro tan corto. Volví al hotel y lo leí de un tirón. Se trataba de la autobiográfica de un lumpen, verídica, como pude comprobar después de varias pesquisas, pero a la vez tan fantástica y cinematográfica que no necesitaré aquí adornos ni intervención creativa de mi parte. Por tal motivo, tengo la tarea del todo liviana de redactar sin más la bitácora de este héroe desterrado.

Su nombre completo fue, es y será Friedrich Wilhelm Voigt y tuvo una vida bastante desgraciada. Echándole un ojo a su prontuario, es sencillo verificar cuánto colaboró para torcer su destino tan cerca del precipicio. Parece ser que durante mucho tiempo anduvo buscando que lo matasen, pero, como casi todos sus planes, no logró llevarlo a término. Creo que acarreaba una tara de carácter o una melancolía mal curada, qué sé yo, o quizás era solo un granuja sin remedio.

Pero bueno, su mundo comenzó a rodar en 1849 en Tilsit, lo más al este de Prusia Oriental, en la frontera con Rusia. Su padre fue zapatero y le enseñó el oficio. Sus abuelos combatieron en la guerra de la liberación contra Napoleón del 1813 al 1815. Según comenta, quería enrolarse en la Armada, puntualmente en la Marina. Tanto los abuelos como el padre estaban orgullosos de aquella elección, pero la pobreza comenzó a golpear cada vez más a la familia Voigt. El motivo no era la falta de trabajo, sino que su padre perdía el dinero en apuestas, y ello generaba situaciones violentas en la familia.

A los catorce años, huyó de su casa y caminó durante dos días hasta Königsberg —más de cien kilómetros en pleno invierno—, donde tenía unos parientes. Antes de encontrarlos, la policía lo detuvo y permaneció veinticuatro horas detenido bajo el supuesto cargo de mendigar, prohibido por aquel entonces. Lo despacharon de vuelta a Tilsit con una factura debajo del brazo con gastos administrativos y de traslado, motivo por el cual el padre le propinó una paliza importante.

Un tiempo después, en medio de otro de estos incidentes violentos con su padre, salió corriendo semidesnudo a la calle y no tuvo mejor idea que meterse en la casa de unos vecinos y coger unas prendas. Lo denunciaron por hurto y estuvo preso dos semanas. Su sueño de convertirse en militar quedó truncado al poseer antecedentes penales. Dejó la escuela y decidió dedicarse al oficio de zapatero.

Se traslada a Berlín, capital de Prusia, con dieciséis años y consigue un empleo como aprendiz en un taller. Al poco tiempo, sin embargo, hubo un asunto con un giro postal de tres táleros que recibió como acreedor. Su picardía pudo con él y se le ocurrió agregar un número dos adelante del tres, para que quedara el importe de veintitrés táleros. Lo hizo y, contra todo pronóstico racional, los cobró. Aquel día se fue de compras. Repitió la maniobra en otras tres oportunidades, hasta que se dieron cuenta y lo arrestaron. El juez dictaminó doce años de prisión. Que en realidad eran diez años más una multa de mil quinientos táleros, pero, como Voigt no tenía dinero, se comió la docena.

En 1877, con veintiocho años, deja la prisión de Moabit y comienza un periplo por distintas ciudades —Fráncfort, Tilsit, Erfurt, Praga, Viena, Budapest, Iassy, Odessa, Riga, Potsdam y Wronke— hasta que volvió a errar. Por el hurto de un instrumento musical en circunstancias poco claras, recibió un año de condena en la provincia de Posen. En el presidio, conoce a un tal Kallenberg y se hacen buenos amigos.

Corría el 1890 cuando Wilhelm Voigt, otra vez en libertad, intentaba portarse bien. No obstante, su camarada Kallenberg le terminó convenciendo de un trabajito. Intentaron atracar el tesoro de los tribunales de justicia de Wongrowitz, en la misma provincia de Posen, pero el plan no funcionó, les pillaron los gendarmes y les cayeron quince años a la sombra.

En 1906, decidido a no delinquir más, sale de la penitenciaría de Rawitsch y consigue un trabajo en una fábrica de zapatos en Wismar. Tres meses después, la policía regional lo citó y, tras un interrogatorio exhaustivo e incómodo, lo deportaron —debido a sus jugosos antecedentes—. Tampoco podía salir de Prusia, ya que no le otorgaban un pasaporte. Vagó por varias ciudades sin poder residir en ninguna hasta que regresó a Berlín. Allí lo alojó por un tiempo su hermana mayor, que vivía en el pueblo de Rixdorf —hoy pertenece a Neukölln, un barrio berlinés—. Otra vez le negaron la residencia en Berlín y alrededores. Deja la casa de la hermana y se traslada, de forma ilegal y ya casi sin recursos, al distrito de Friedrichshain.

Hasta aquí fue la vida de un ladrón de medio pelo y completa mala suerte. Creo que el señor Voigt no sabía que se encontraba arrellanado en una catapulta colmada de ganas de ejercer su naturaleza —o, quizás, sí lo sabía—. Compró un traje usado de capitán del 1.er Regimiento de la Guardia Prusiana en una tienda de segunda mano y esperó su momento.

El 16 de octubre de 1906, se vistió el uniforme de capitán y se dirigió hasta el establecimiento militar en Plötzensee, al oeste de Berlín. Allí abordó al escuadrón de fusileros justo al mediodía, cuando realizaban el cambio de guardia. Con cara pétrea y sin que le temblase el pulso, les comunicó que tenía una orden superior —«auf höhern Befehl»— que había que atender de inmediato. Los soldados, y esto es una locura hermosa, le creyeron y acataron las directivas sin chistar. Wilhelm, ahora capitán, llevó en tren a su pequeña tropa de diez soldados al vecino pueblo de Köpenick. Sí, en tren, excusándose de no haber podido conseguir coches oficiales para el traslado.

A mitad de camino, tuvieron que hacer un transbordo en Rummelsburg, donde Wilhelm compró cervezas a los soldados. Después continuaron el trayecto y, ni bien llegaron a la estación de Köpenick, les entregó un marco a cada uno para que almorzaran. Todo para esperar la hora planeada mientras les instruía sobre la naturaleza de la misión: arrestar al alcalde del pueblo y a algunos funcionarios más.

Marcharon en comando hacia el ayuntamiento —Rathaus—, entraron y lo tomaron. El flamante capitán dio la orden de que no entrara ni saliese nadie y de que todos los empleados debían permanecer dentro de sus oficinas. Se hizo escoltar por algunos soldados hasta el primer piso, ingresó a la oficina del alcalde, el Dr. Georg Langerhans, y le comunicó:

—¡En nombre de Su Majestad, se encuentra bajo arresto!

Cuando el alcalde, perplejo, preguntó por los cargos, el capitán se limitó a responder que iba a enterarse en la Neue Wache —establecimiento de la Guardia Imperial en Berlín—. También corrió la misma suerte el secretario general, el Sr. Rosenkranz. Acto seguido, informó al tesorero del ayuntamiento que «debía confiscar la caja municipal». Metieron el dinero en una bolsa, que después precintaron y, al último, nuestro capitán firmó el comprobante con el monto recibido: 3 557,35 marcos. Por supuesto, el señor Voigt no se presentó a título propio, sino que garabateó el apellido del director de la última prisión en la que cumplió condena: Von Malzahn.

Teniendo la situación bajo control, mandó a buscar unos coches y despachó al secretario general, al alcalde y a su mujer —que se sumó en el último momento—, al tesorero en calidad testigo, más un par de soldados escoltándoles para Berlín. Mientras tanto, una cantidad de curiosos se amontonó en las afueras del establecimiento sin entender qué sucedía. Wilhelm impartió la orden de que algunos fusileros se mantuviesen de guardia una media hora más en las puertas del ayuntamiento y se marchó caminando con la bolsa de dinero requisado rumbo a la estación del tren. De allí, se esfumó.

Cuando en la Neue Wache de Berlín cayeron en la cuenta de que todo había sido una puesta en escena sin precedentes, ya era tarde. Las autoridades no tenían ni la menor idea de por dónde tirar para dar con el perpetrador. Los periódicos atiborraban sus primeras planas con la historia. La prestigiosa guardia prusiana quedó ridiculizada y la gente comentaba y reía en onda expansiva: un hombre doblegó a todo el ejército, sin violencia, y sin descerrajar un solo tiro.

La película no termina aquí. Se ofreció una cuantiosa recompensa para quien diese alguna información. El excompañero de prisión y fechorías de Voigt, el señor Kallenberg, recordó una charla que tuvo con su amigo en la cárcel, donde este planteaba la forma de resolver la dificultad de reclutar hombres para atracar un establecimiento público. «Me busco unos soldados en la calle», habría dicho.

La policía dio con la hermana de Voigt en Rixdorf; y esta, bajo presión, tuvo que confesar el paradero de su querido hermano. El 26 de octubre de 1906, diez días después del robo, fue detenido a las siete de la mañana en su casa de Friedrichshain mientras desayunaba.

El 1 de diciembre del mismo año, compareció ante la Tercera Sala Penal del Tribunal Regional de Berlín II por ejercicio no autorizado de un cargo público, privación ilegal de libertad, fraude, falsificación de documentos y uso no autorizado de un uniforme.

En su declaratoria, afirmó que la intención de tomar el ayuntamiento no era el dinero, sino agenciarse el formulario para la expedición de un pasaporte, argumento que los jueces rechazaron como «totalmente inverosímil». Lo que los magistrados no podían negar era que, al no permitirle establecerse en ninguna ciudad de Prusia como tampoco viajar al exterior, por no entregarle un pasaporte, lo dejaban acorralado y sin posibilidad de buscar sustento. El sistema le impedía reinsertarse al mundo laboral y, por ende, al mundo.

Se dictaminó, para sorpresa general, solo cuatro años de condena. A estas alturas, el capitán de Köpenick —bautizado así por la prensa— ya era muy popular y Berlín entero lo erigía como un héroe. Artistas de la vanguardia literaria y teatral, así como los periodistas, discutían la audacia de tomar a la realidad por escena y sorprenderla. Hubo una gran autocrítica a la sociedad alemana, la cual tomaba más en serio a un uniforme que a la razón común. Se realizaron sketches en teatros de varietés en toda Alemania y países limítrofes. Solo en 1906, se rodaron tres cortometrajes mudos con la historia.

Por intervención directa, ni más ni menos, del káiser Willhelm II conmutaron su pena a dos años. Salió de la prisión de Tegel el 16 de agosto de 1908, y en la puerta le esperaban una gran muchedumbre y periodistas. Aquel mismo día, recibió doscientos marcos por una grabación radiofónica. Publicó su biografía, vendió mucho y cobró por contar su historia en más de mil y un locales. Decidió trasladarse a Luxemburgo, ya que al fin le habían otorgado un pasaporte.

Se dice que anduvo de gira por Estados Unidos contando sus hazañas de manera exitosa. Con lo recaudado, adquirió una casa. Más tarde, por la inflación de la posguerra, se topó otra vez con la pobreza y tiró del oficio de zapatero.

Espero que en el futuro se bautice una escuela o una calle con su nombre, cuando no una estatua de bronce en la puerta del ayuntamiento. Se lo merece.

Buenos Aires, 1937



Cuento perteneciente a Aguafuertes berlinesas, publicado por la editorial Abrazos.

Maximiliano Luis Freites

Maximiliano nació en 1979. En el 2006 se recibió de Licenciado en Psicología en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina) Desde el 2008 vive y atiende su consultorio en el barrio de Neukölln, Berlín. Escribe de a ratos. En enero del 2021 publicó su primer libro de cuentos cortos "La mueca de la hoja" (Editorial Abrazos).

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