Para seguir vivas

La ruta crítica que recorren las mujeres en situación de violencia para escapar de ella.

Un artículo de Romina Tumini.

La mayoría de las víctimas de violencia de género no denuncia los hechos. Entre ellas gran cantidad de mujeres que experimentan el maltrato de sus parejas. Hay una variedad de causas por las cuales esto sucede. Una de las razones de peso es la complejidad y lo a menudo frustrante de la llamada “ruta crítica”: el camino de aquellas que deciden dar pelea y buscar justicia.

Conocer este recorrido práctico y el proceso psicológico que transitan las víctimas de violencia en la pareja desde el momento en que advierten lo sucedido hasta que logran romper el círculo vicioso en que las ha atrapado el agresor y logran liberarse, es vital. Para nosotras mismas. Para ayudar a otras. Simplemente porque: Vivas nos queremos.

Darse cuenta

Hacía un tiempo que Rosa se sentía infeliz en su matrimonio, pero nunca se imaginó que las fuertes discusiones acabarían en horribles insultos, amenazas y hasta golpes… Lo que no lograba entender Rosa era cómo había llegado a este punto aislada, dependiente, temerosa, desconfiada de su propio criterio y deprimida, qué había sucedido, cuáles fueron las señales de alarma que no había sabido detectar a tiempo.

Vinieron a su memoria frases tales como “no me siento cómodo entre tus familiares, no les gusto”; “tus amigos no te convienen, son mala influencia” y cuando ella trataba de defenderse él la acusaba de no estar comprometida con la relación, de preferir a otros antes que su presencia. “Yo no necesito a nadie más, solo quiero estar contigo. ¿No soy suficiente para ti?” Y recordaba haber hecho enormes sacrificios para demostrarle lo importante que él era en su vida.

Resonaron en su mente palabras hirientes: “¿Cómo puede ser que seas tan ridícula? Me das vergüenza”; “Me equivoqué al elegirte, tendría que haberme quedado con tu amiguita, ella no hubiera engordado así y además sabría callarse la boca”; “Si te dejo nadie va a quererte, te quedarás sola”. Cada comentario fue una pieza de rompecabezas que componía una imagen de maltrato psicológico, tan intangible como efectivo, que la había llevado a perder su autoestima y su capacidad de autodeterminación, hasta el punto de dudar si era capaz de realizar correctamente las más insignificantes tareas cotidianas.

Y es que de eso se trata. La violencia psicológica va penetrando bajo la piel de la víctima como una serpiente invisible y silenciosa. Cuando lo comprende esta ya se ha enrollado en su cuerpo y está sofocándola.

Se retrasa en un proceso de autoinculpamiento en el que se cree responsable de la violencia que recibe como efecto de su propia torpeza, sus defectos e incapacidad. “¡Mira lo que me has hecho hacer! Es tu culpa, eres insoportable”. Por ello se embarca en un proyecto de perfeccionamiento para ser “merecedora del amor de él”, que pronto se convierte en un intento desesperado de evitar ser el centro de las burlas, las críticas y la constante humillación. Vive centrada en el agresor; en lo que él quiere y lo que no, aquello que lo irrita, lo que lo apacigua y, sobre todo, lo que lo hace explotar.

En estas estrategias de evitación va dejando jirones de sí misma, recortando trozos de sí para caber en un molde ajeno, ocultando sus colores y sus brillos. Pronto se vuelve una sombra de sí misma, un objeto redondeado y fofo, sin forma y sin aristas. Y sin embargo, no logra escapar de las agresiones.

El punto de inflexión

¿Cuál es el punto de coyuntura? Es difícil decirlo. En cada mujer es distinto. Para muchas es el momento en que la agresión psicológica se torna física, para otras cuando la violencia alcanza a los hijos y peligra su integridad, y hay incluso algunas que reaccionan cuando se descubren pensando que la vida se les ha vuelto un infierno y la idea de la muerte les provoca alivio.

Hay una metáfora cruel que ilustra con dolorosa claridad lo que sucede en estos casos. Es la metáfora de la “rana hervida”. Se dice que si uno coloca una rana en una olla con agua tibia, esta no atina a salir porque no percibe la temperatura del agua como una amenaza. Al calentarse lentamente el líquido tampoco reacciona porque se va habituando al cambio. Cuando finalmente siente el peligro e intenta saltar fuera de la olla, se ha debilitado sin percibirlo a tal punto que ya no tiene fuerzas para escapar.

Por ello la víctima de violencia en la pareja, sobre todo la que se ha “cocido al fuego lento” de la humillación y la manipulación psicológica, necesita de toda la ayuda posible para poder escapar de este círculo vicioso. ¿Por qué vicioso? Porque el agresor no es siempre perverso y violento, sabe ser encantador, amoroso, sabe pedir perdón y prometer que cambiará y que todo va a estar bien otra vez. Y qué mujer enamorada no desea, por sobre todas las cosas, creer que eso es verdad, que tanto esfuerzo no ha sido en vano y que el sueño dorado se concretará si es capaz de tener la paciencia suficiente y mantener viva la esperanza.

Y aquí es donde entran en juego las estructuras patriarcales internalizadas, los mandatos de la cultura y la religión, las inseguridades, las vergüenzas y las visiones distorsionadas de una misma. “Una buena mujer perdona, aguanta, se doblega”; “El verdadero amor vale todos los dolores y sacrificios”; “Detrás de cada gran hombre siempre hay una gran mujer”(¿Por qué detrás?) ; “Una buena madre se queda en casa para cuidar de los hijos, es el hombre el que tiene que proveer y por eso puede determinar qué se hace con el dinero que él gana” (¿Por qué postergada, sometida?). Un sinnúmero de premisas como estas normalizan la desigualdad en la pareja y determinan la percepción de la mujer.

Rousseau –que tanto ha influido en las políticas educativas de Latinoamérica– escribió en el Emilio (Rousseau, 1762), en el capítulo referente a la instrucción de la mujer, que “había que contradecirla aunque tuviera razón”, para que aprendiera a desconfiar de su propio criterio y de su capacidad”. Y agrega además, que el único objetivo de la educación femenina sería enseñar a las mujeres a satisfacer las necesidades de los hombres; aprender a cuidar de ellos, realizar las tareas domésticas, obedecerlos, y ser sumisas y agradables.

Refugiado, un fim dirigido por Diego Lerman y coescrito con María Meira (Argentina, 2014).

El salto

Algunas mujeres logran dar el salto solas: dan un portazo en medio de la noche o salen corriendo sin mirar atrás. La mayoría necesita de otras manos que la impulsen a realizar los movimientos que las alejen del peligro. Aquí es donde la sororidad es el mejor aliado, o la mejor aliada, ya que se trata del apoyo de otras mujeres que no hacen la vista gorda ni oídos sordos, sino que saben estar allí cuando se las necesita. Amigas que escuchan y que protegen. Médicas, psicólogas, enfermeras, asistentes sociales, oficiales de policía, mujeres en todos los ámbitos. Claro que hay hombres que también ayudan, pero en general, suele ser la mano de otra mujer la primera que se extiende hacia la víctima.

En Alemania las víctimas de violencia de género llegan por distintos caminos al sistema de asistencia y protección. Algunas llaman directamente al 110, otras al teléfono de ayuda (Hilfetelefon 08000116016), otras se acercan a las ONG o Asesorías especializadas en violencia de género (Frauenberatungstellen), si hay niños puede ser que la ayuda llegue a través de la oficina de minoridad. Entonces las mujeres se enteran de que no son las únicas en semejante situación; de que eso que están viviendo no es normal y se llama violencia de género, y doméstica si sucede dentro de la pareja; que se considera una violación a los derechos humanos y por tanto es un crimen. Entienden que pueden y deben denunciar las agresiones sufridas, y pueden exigir justicia. También escuchan, muchas de ellas por primera vez (porque los agresores suelen hacerles creer que nadie les va a ayudar) que no se quedarán en la calle, ni sin dinero para comer o alimentar a sus hijos, sino que el Estado las protegerá, si es necesario en casas de acogida o a través del apoyo económico, asistencia psicosocial, etc.

¿Qué sucede concretamente ante una denuncia de violencia doméstica?

Si se trata de un llamado al 110 o cualquier número de la policía, se acercan los agentes al domicilio. Según juzguen la situación pueden retirar al agresor o llevarse a la víctima a una casa de acogida o en principio a un sitio protegido. Hay muchas variables que juegan un papel en esto, el grado de peligrosidad, la gravedad de la situación, si hay amenazas, si hay niños en la casa, etc. Pero de todos modos la víctima siempre puede solicitar que se retire al agresor (Platzverweiss) y además activar una orden de alejamiento (Annährungsverbot) para que este no pueda contactar a la víctima de ninguna forma ni acercársele a menos de 200 metros.

En los casos donde el peligro o el temor de la víctima es elevado puede optar por el sistema de protección a testigos. En Alemania tiene dos formas, una en la cual se la alberga en una dirección protegida, que solo conoce la misma policía, y la otra más radical que implica cambio de residencia (incluso ciudad o región) y de identidad, lo cual incluye la obligación de cortar toda comunicación con todos los lazos existentes. Es recomendable solo en casos extremos, ya que conlleva la renuncia a la vida que uno lleva para empezar otra vez desde cero.

Si se trata de violencia física comprobable por ser visible y también en casos de violencia sexual, la policía ordenará el examen médico. Es la forma correcta de hacerlo ya que el registro de las huellas de violencia (Spurensicherung) no lo cubren las cajas de seguridad social (Krankenkasse), sino que deben canalizarse a través de los mecanismos de la justicia. Hay clínicas especializadas para ello y es donde se debe acudir, ya que los profesionales allí están entrenados para interpretar pequeñas marcas corporales que a otros trabajadores de la salud le pasarían inadvertidas. Tal es el caso de los pequeños puntos rojos en el rostro o enrojecimiento de los capilares oculares, producto de la falta de oxígeno en casos de intento de asfixia, o ciertos hematomas apenas perceptibles en determinadas partes del cuerpo. Y por supuesto las pequeñas (a veces no tanto) heridas internas producto de una violación.

La denuncia en la policía puede y debe ser realizada por personal especializado, a veces hay que insistir en este punto. Por ejemplo, cuando se trata de violencia sexual las mujeres pueden solicitar que las examine personal policial femenino o contar con traductoras mujeres, si se tratase de migrantes. Sobre todo cuando la víctima procede de culturas en las que sería impensable comentar cuestiones sexuales con un hombre.

La justicia alemana establece una gran diferencia entre los crímenes leves (Atragsdelikte) y los graves (Offizialdelikte). La violencia doméstica en sí no se considera un crimen de gravedad, y la mujer afectada puede retirar la denuncia dejando la causa sin efecto. En el caso de daños graves, intento de femicidio o violencia sexual la causa procede aunque se retire la denuncia y habrá consecuencias.

En el proceso legal la víctima no está sola. De ser necesario recibirá apoyo económico para el mismo y además puede contar con un acompañamiento psicosocial (Psychosozialeprozessbegleitung) para hacer frente a lo que implica declarar contra el agresor. Al respecto cada vez en más cortes alemanas se puede solicitar que la víctima (que durante el juicio se considera la testigo principal) realice la declaración por vídeo en una habitación contigua, para evitar el estrés de encontrarse cara a cara con el agresor.

Incluso existe la posibilidad de hacer una denuncia anónima (Anonym Hinweiss),  también se puede realizar un registro de huellas y pruebas anónimo (Anonym Spurensicherung), y la policía está obligada a investigar e intervenir. Esta es una opción cuando la víctima teme la pronta liberación del agresor y posibles represalias.

Denunciar es una decisión difícil y compleja. A menudo acompañada de un sinnúmero de pensamientos y emociones encontradas: el temor a enfrentarse, de quedarse sola, la duda de haberlo intentado todo o si aún hay esperanzas, el dolor de “romper la familia”, la culpa de “quitarle el padre a sus hijos”, el terror a la indigencia. Por ello acompañar a la víctima en esta etapa es muy importante, para que ella pueda dar el paso cuando esté lista.

Naomis Reise/El viaje de Naomi, un film dirigido por Friedrich Schlaich (Alemania/Perú-2017)

Todavía no ha pasado lo peor

Cuando la víctima manifiesta su deseo de terminar la relación es cuando el índice de peligrosidad se dispara y comienza una persecución en todas las esferas. El agresor se niega a aceptar que su mecanismo opresivo ha fracasado y la víctima se ha librado del yugo. La ausencia del objeto de su agresión lo desequilibra a tal punto que es en esta etapa en la que se manifiestan casi todos los femicidios que suceden en el marco de la pareja.

Descalza sobre el terreno desigual de la Selva Negra Elsa corre para salvar su vida. Avanza rápido sin reparar en los raspones y pinchazos que le infligen las ramas y las espinas. Corre sin mirar atrás y a tropezones, casi sin ver adelante porque las lágrimas le borronean la vista.  Él la ha golpeado hasta dejarla casi inconsciente. Le ha puesto un cuchillo al cuello y le ha espetado que pida tres deseos, que “al menos eso se le concede a los que van a morir”. Ella lo empujó, logró zafarse y huyó en medio de la noche.  

Teme acercarse al poblado él le ha dejado claro “que no debe confiar ni hablar con nadie”, o al camino porque sabe que salió con el auto a buscarla. No conoce a nadie, no habla alemán y no tiene adónde ir. No lleva abrigo y la temperatura es bajo cero. Tirita, pero no solo de frío; él le ha dicho “que ella le pertenece; que está con él o muerta”.  

Tiene que esconderse, pero ¿dónde? “Hay solo un lugar donde él no irá a buscarme”. Cruzando el bosque, la luna ilumina las placas de mármol del cementerio. Lo que otros hubieran encontrado tenebroso e inhóspito, para ella significa refugio. Pasa la noche tiritando y sin dormir. Con las primeras luces del día se dirige a la comisaría. Allí la tranquilizan diciéndole que la van a ayudar,  pero no la dejan llamar a su país. Al rato viene su esposo a buscarla. Un policía le había telefoneado preguntándole “si por casualidad se le había perdido algo”. A Elsa se le hiela la sangre y piensa: “esta noche no sobrevivo…” 

El de Elsa es un caso real (aunque tiene otro nombre). Sucedió hace treinta años en un pueblito del sur de Alemania. Ahora eso no pasaría. Cada vez hay más conciencia a cerca de los efectos traumáticos de la violencia de género. El programa STOP (STOP Verfahren) activa un proceso interdisciplinario donde diversos actores como la policía, la justicia, las asesorías de mujeres, oficina de minoría y servicios de salud mental aúnan sus esfuerzos para asistir a las afectadas de la mejor manera posible.

Volver a empezar

Después de treinta años Elsa ha logrado separarse. Del último intento de femicidio ha dado parte a sus hijos, hoy adultos, y son quienes la han sostenido y no la han dejado flaquear frente los reiterados intentos de manipulación del agresor.

Hoy tiene una pareja que la trata con cariño y es feliz. Y aunque no todo son rosas el maltrato, el terror, el trauma dejan huellas imborrables, Elsa ha recuperado sus ganas de vivir, de ser ella misma, de crecer y evolucionar. Ama la vida y la vida se lo retribuye.

Lleva tiempo curar las heridas y mucho más elaborar las vivencias traumáticas. Cuesta volver a confiar en la gente, en una misma, en que el mundo no siempre será un lugar hostil. Es difícil recobrar el control de nuestra vida y aprender a centrarnos otra vez en nosotras, en nuestros proyectos y nuestros sueños. Pero se puede. Y sin lugar a dudas, vale la pena intentarlo.


Romina Tumini ©Denise Claus. 

Romina Tumini nació en Santa Fe, Argentina, el siete de junio de 1975. Ha vivido en Grecia y actualmente reside en Stuttgart, Alemania. Es psicóloga, psicoterapeuta especializada en trauma y terapia de parejas. Trabaja con mujeres migrantes, víctimas de violencia y refugiados traumatizados. Participa de congresos, da charlas y seminarios sobre migración, interculturalidad, integración, trauma y violencia de género.  

También es Profesora en Educación Primaria, diplomada en Escitura Creativa, con un Máster en Creación Literaria y otro en Psicopedagogía Clínica. Ha publicado artículos y relatos en antologías, y un libro suyo de cuentos infantiles y estrategias terapéuticas se editará próximamente.  https://rominatuminicuenta.com/

Afiche film Refugiado ©Campo Cine. Afiche film Naomis Reise ©Filmgalerie 451

Revista Desbandada

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