Las calles de Berlín

Novela futurista de Amira Armenta

Habitante de Berlín, ¿te has planteado alguna vez cómo será nuestra ciudad el año 2075?  ¿Cuántos años tendrás entonces? ¿Vivirás aún en la ciudad? Habitante del mundo, ¿has imaginado el planeta dentro de cincuenta años? ¿Cuánta población habrá? ¿Cómo se distribuirá? ¿Cómo nos alimentaremos? ¿Qué enfermedades sufriremos? ¿Que proporción del terreno habitable estará aún sobre las aguas? ¿Cuál será la temperatura media anual del planeta? ¿Cuántas especies de animales y plantas habrán sobrevivido? ¿En qué consistirá el holocausto? ¿Cuán cerca estaremos del colapso de nuestra forma de vida? ¿Hasta dónde habrá llegado el nivel de basura de la sociedad del consumo? ¿Tendremos un mundo más justo, o, como indican todas las distopías literarias o cinematográficas, mucho más injusto? Todas estas preguntas se las planteada Amira para escribir una novela distópica que antes de nada es una despedida, puesto que ella ya no vive en la ciudad, pero al mismo tiempo un ejercicio de memorización al revés, puesto que escribir la historia le ha permitido fijar su memoria de la ciudad a través de la descripción no del pasado, sino del futuro.

Nosotros hemos querido hacer el ejercicio contrario: recorrer las calles y sitios que la novela nombra, y ver cuál es su estado actual. Y los hemos fotografiado, de manera que el lector de La calles de Berlín, tenga una guía visual de lo que fue, es decir, de lo que es. Las imágenes que quizá su autora tiene aún de la ciudad. Hemos seleccionado algunos fragmentos de la novela, y los hemos puesto a interactuar con las imágenes. Este es el resultado.


Fragmento 1: La Charité

El departamento de obstetricia y ginecología del hospital Charité está en el distrito de Wedding, al norte de Berlín. Es una instalación moderna diseñada por un prominente arquitecto islandés, famoso desde hace décadas por ser uno de los pioneros en la inclusión de material plástico reciclado en sus edificaciones. Casi todo lo que se construye desde mediados del siglo lleva un alto porcentaje de este material, considerado como una materia prima más barata y resistente. Edificios, calles, carreteras, puentes, luego de construidos se ponía una placa en la que constaba la cantidad de plástico utilizado, y en muchos casos incluso, la procedencia del material, con frecuencia del fondo de los océanos.

Fragmento 2: Neukölln

Hacía mucho que Galla Hoffmann no iba por allí. El Neukölln que ella conoció en su primera juventud fue transformándose lentamente en el distrito que mejor ejemplificaba la doble faz de la ciudad de Berlín en 2033. Hoy Neukölln ofrecía por un lado la cara impecable y ordenada de la ciudad gentrificada, obtenida a costa de garrote, armas de ultrasonido y gases lacrimógenos, con los que las autoridades habían ido expulsando paulatinamente a los habitantes indeseables del sector; y por el otro lado, la cara descuidada y mugrienta de edificios de fachadas destartaladas que nunca volvieron a ser renovados, porque sus propietarios siguen a la espera de poder sacar un día, ojalá pronto, a los inquilinos de renta baja que aún no ha sido posible desalojar.

Fragmento 3: Sonnenslle

Solo unas pocas calles a ambos lados de la Sonnenallee, una avenida que hace las veces de frontera invisible, separan estos dos mundos. Los habitantes de uno y otro lado no suelen transgredir esa frontera.

El bar Harun está del lado desguarnecido del barrio, un sector que aún no ha sido integrado a la red electrónica de custodia que hoy cubre buena parte del perímetro urbano. Por su apariencia exterior parece un bar pequeño, pero en realidad es un enorme negocio que ocupa toda la planta baja del edificio, y se extiende al fondo hasta el primer y segundo patio. 

Fragmento 4: Dircksenstr.

Junto a una de las salidas del metro, en la plaza, estaba hoy de nuevo ese hombre a quien le ha dado por instalarse por allí últimamente. Deber ser músico porque lleva consigo siempre el estuche de un instrumento. No se sabe de qué instrumento se trata porque él nunca lo saca, solo pone el estuche a su lado en el banco en el que se sienta. Así se queda durante unas horas, como en estado de ensoñación, después agarra otra vez el estuche, se levanta y se va arrastrando los pies en dirección de la Dircksenstrasse, hasta que se pierde vista.

Fragmento 5: Kollwitzplatz

Aquel día empezó siendo como cualquier otro. Nada que hiciera suponer que a Galla Hoffmann solo le quedaban unas horas de vida. 

Por la mañana llevó al pequeño Axel en bicicleta al colegio, que estaba en uno de los costados de la Plaza Kollwitz. A sus cinco años, Axel era un niño muy despierto, y durante el trayecto de diez minutos en bicicleta desde la casa en donde vivían madre e hijo al final de la calle Copenhague, hasta el colegio, el chiquillo no paraba de hablar, haciéndole preguntas a su madre sobre todo lo que veía.

Fragmento 6: Calle de los Daneses

Femke Smit era una de esas personas a las que todavía le gustaba comprar el café en polvo, verter unas cucharadas en el recipiente de vidrio, agua hirviendo, mezclar, y dejarlo bajar lenta-mente, presionándolo luego hacia el fondo del vaso. La suya era una de esas cafeteras francesas comprada hace por lo menos cuarenta años, piensa la anciana mientras comprueba el buen estado en que se encuentra todavía el utensilio. A sus 82 años, ella hace parte de esa generación que aprendió a no tirar nada, a reparar y reciclar. En su apartamento de la calle de los Daneses en el sector de Prenzlauer Berg de Berlín, todo es viejo pero está en perfecto estado.

(…)

Una noche de comienzos de agosto, Femke recibió una extraña visita en su apartamento de la calle de los Daneses. El sonido del timbre la sorprendió porque ella no esperaba a nadie, eran casi las once de la noche y en Berlín la gente no suele llegar a una casa sin anunciarse previamente, y menos a esas horas. El visitante era un hombre de unos 60 años, quizás un poco menos, bien vestido, de facciones atractivas, elegante, aunque con un toque un poquito anticuado, pensó la anciana, diciéndose que ya nadie se vestía así, que era como se vestía la gente a comienzos del siglo. Pero eso sí, a leguas se veía que la ropa que llevaba era de calidad.

Fragmento 7: La pasarela

Cuando Femke se mudó a ese apartamento, al frente había so-lamente un puente peatonal y de bicicletas que cruzaba por encima de las carrileras de los trenes y del metro, y comunicaba la calle de los Daneses con la Copenhague. El viejo puentecillo había sido construido en la década del sesenta del siglo anterior, en los años comunistas de la ciudad; era bastante sencillo pero era sólido, y a la gente le gustaba porque servía para comunicar dos sectores que de otra manera hubieran quedado separados, y para mantener la tranquilidad en ese punto del barrio. Pero a mediados de los treinta del presente siglo, un nuevo gobierno municipal decidió un reordenamiento urbano salvaje que significó la voladura del puente peatonal y la construcción de un pesado puente de coches de doble calzada. De nada valieron las protestas, peticiones y numerosas recogida de firmas de los habitantes del sector oponiéndose a tal proyecto. Ahí estaba el puente desde entonces, con coches circulando a toda hora, como si siempre hubiera existido en ese lugar. Hoy, la gente joven ni siquiera sabía que antes, allí había habido un estrecho puente peatonal.

Fragmento 8: Alexander Platz

Tomó varios años más de lo previsto, pero finalmente, hace cuatro años el alcalde de Berlín pudo inaugurar la nueva Alexander Platz. No fue fácil convencer a todo el mundo para transformar el emblemático corazón de la ciudad. La que había sido, desde la caída del muro que dividió durante varias décadas Berlín, una plaza amorfa, fea, árida, rodeada de edificios de monótona arquitectura que parecía que hubieran crecido allí sin el más mínimo sentido de ordenamiento urbano, era ahora un área diseñada en perfecto equilibrio entre naturaleza y creación. Todo ello sin perder su carácter de centro comercial, con presencia de grandes tiendas, cafés y restaurantes de fuerte actividad hasta altas horas de la noche.

Fragmento 9: Stadt Brandenburg

Aparcó el pequeño Lesta en el único espacio que encontró disponible en la periferia de las islas que componían el casco viejo de Ciudad de Brandeburgo. Hacía por lo menos veinte años que no iba por esos lados, pensó Femke mientras intentaba reconocer las calles que llevaban al centro histórico de la ciudad. Tenía algo más de una hora antes de su cita con Shui Hou Hoffmann en su casa, en uno de los suburbios. Había llegado antes porque quería ver de nuevo la Isla de la Catedral, caminar un poco por las viejas callejuelas empedradas, y buscar la estatua de Roldán que, si mal no se acordaba, estaba frente al Ayuntamiento. No eran todavía las nueve de la mañana, el calor de agosto se podía soportar bien aún a esas horas, y como, por fortuna, no llovía, el momento era ideal para dar un paseo por la ribera del Havel. La vista del río y del lago era espléndida.

Fragmento 10: Humboldt Forum

Cientos de personas caminan por la explanada del Humboldt Forum a esa hora de la mañana. Varios grupos de colegiales se dirigen a la entrada principal del edificio con la intención de ver la exposición recién inaugurada de arte africano contemporáneo. Un enorme cartel electrónico en la fachada principal del Fórum con una secuencia de imágenes y rostros de los artistas anuncia la muestra. El ambiente es festivo, cargado de las risas y gritos de los jóvenes que se amontonan frente a la entrada. 

Un poco más allá, un grupo de músicos de origen africano, dos violines, una viola, un violonchelo y un par de bongos tocan una variación africanizada de la Grosse Fugue de Beethoven. Se trata sin duda de músicos que tienen permiso para tocar en la calle. Algunas personas se acercan a escucharlos. Entre ellos, un viejo mendigo que carga a su espalda un estuche de lo que parece un instrumento musical. Cuando advierten su presencia, la gente se retira de su lado.

La música termina. La gente aplaude. El mendigo echa a andar, atraviesa la avenida y se dirige a uno de los bancos bajo la arboleda de Lustgarten.

Fragmento 11: El río Spree

A pesar de que en el jardín en donde está sentado el viejo corre un viento tibio que hace soportable el calor, el hombre se ha que-dado adormecido, tal vez por el bochorno. Así permanece durante varias horas, apenas sin moverse del sitio en el que se encuentra re-costado. En cierto momento despierta, se levanta, agarra el estuche negro y echa a andar de nuevo, arrastrando los pies, hacia la plaza, y cuando ya está cerca de la entrada principal del Fórum, se desvía hacia la izquierda, por la ribera del Spree. Se acerca a uno de los árboles, deja el estuche en el suelo, se abre el pantalón y se pone a orinar. No pasa mucha gente por ahí en ese momento, pero los que lo ven no pueden ocultar su asombro. Por mucho menos que eso, una persona puede ser condenada a prisión. Varios de los pasantes, estupefactos ante semejante espectáculo, se han comunicado con la policía robotizada de vigilancia urbana.

Fragmento 12: El TAZ

Había una treintena de personas en el café restaurante del TAZ. En el evento de esta noche, la periodista Peg Mankiewicz introducía al filósofo coreano Park Hong-jik, quien hablaría sobre la actualidad de los conceptos de Razón y Libertad según la Nueva Escuela de Frankfurt. En otra época Femke asistía con alguna frecuencia a este tipo de charlas de cafés, pero desde que se había jubilado, diez años atrás, había limitado sus intereses intelectuales a la literatura, quería redescubrir a los clásicos, o mejor decir, descubrir, porque la suya fue una generación que creció leyendo poca literatura. Por fortuna no era necesario estar integrada al GOS para acceder al material digital de la ficción universal de todos los tiempos. En el verano hacía tanto calor, también por las noches, que era mejor quedarse en casa leyendo.

Fragmento 13: Dahlem

Vivían en Dahlen, uno de los barrios más elegantes de Berlín. Los Mankiewicz eran vecinos. Peg recordaba ahora, con una son-risa, que ella se había pasado toda la infancia enamorada de Axel, y que éste nunca le hizo el menor caso. ─Era un chico taciturno, como si llevara a cuestas una gran pena ─dijo Peg─. Quizá era por eso que a mí me gustaba, porque era serio, diferente a los otros niños. A veces se veía tan triste que yo, que era dos años menor que él, sentía que debía ayudarlo. Pero él nunca se dejó. Después él se fue a la universidad y no volví a verlo. Para esa época, claro, yo ya había perdido todo interés romántico en él.

Fragmento 14: Friedrichstr.

El hombre camina a lo largo de la Friedrichstrasse. Se detiene a veces frente a los escaparates de las tiendas, pone en el suelo el estuche del instrumento musical, luego lo agarra de nuevo y sigue de largo. Va arrastrando los pies, atraviesa la calle y echa a andar de vuelta por el otro lado. 

Hace un rato llovió por ahí. Fue una tromba de agua que duró no más de diez minutos. Al poco se puso a brillar de nuevo el sol crepitante de un mediodía de comienzos de septiembre, y el suelo se secó en un dos por tres. Las ropas del hombre no tardarán también en secarse.

Fragmento 15: Dussmann

A la altura de Dussmann, esa enorme tienda en la que se puede comprar de todo, incluso libros en ediciones impresas, el hombre se detiene, y se recuesta contra uno de los pilares de la galería. Se le ve tan agotado que parece que en cualquier momento se va a desplomar. La sombra y el viento tibio que corre bajo la galería parecen reanimarlo. 

Ahora se dirige al puente. Las aguas del Spree corren negras y tranquilas. El hombre las mira con aire soñoliento. ¿Estará pensando en tirarse? Ni para eso parece tener fuerzas. Arrastra una vez más sus pesadas piernas hasta la sombra del puente del S-Bahn. Allí, contra el muro, se deja caer lentamente hasta quedar sentado. Y cierra los ojos. Se queda dormido, no oye el ruido que hace el tren cuando pasa por encima.

Fragmento 16: Uhlandstr.

Galla nació en Berlín, el año 2000. Su madre era Eva Hoffmann, una fisioterapeuta que trabajaba en un consultorio en Charlottenburg, que la tuvo a la edad de 46 años. Su padre, nunca reconocido oficialmente, era Aloys Ritter, el hijo menor de una poderosa familia alemana. En un accidente automovilístico, Aloys se fracturó un brazo, y para su recuperación necesitó de varias sesiones de fisioterapia. Fue así como llegó a la consulta de la Uhlandstrasse donde trabajaba Eva. Galla fue el resultado de una sola noche de pasión entre Eva y Aloys. Cuando ella supo que estaba embarazada, ya él había terminado su tratamiento. 

Fragmento 17: el B-Flat

Aunque, como le digo, es poco lo que he logrado descubrir sobre su vida privada, encontré sin embargo, por casualidad, en la RA, una inteligencia proveniente de una unidad secreta de investigación de los servicios de seguridad del ejército alemán. A primera vista parece un documento irrelevante para el caso de Galla, pero si me llamó la atención fue porque en la redacción de uno de los memorándum aparecen relacionados los nombres de Oskar von Ritter y Oswald Klein. Curioso, ¿no? La coincidencia está en que ambos tienen la misma edad, y que en su juventud acostumbraban a frecuentar los bares de jazz de Kreuzberg. Oswald tocaba el saxofón y Oskar von Ritter era trompetista. Es posible que en esos sitios los dos hombres hayan cruzado alguna vez unas palabras, aunque no hay registro de que fueran amigos ni de que se conocieran.

(…)

El B-Flat estaba igual, esto sí, a como él lo recordaba de la última vez que había tocado en ese bar. Fue en el otoño de 2034, y Galla Hoffmann estaba con él. Otras sillas, otras mesas, pero el escenario era el mismo. Se alegró de ver que Axel tocaba el saxofón alto, igual que él en aquellos tiempos. Le dio risa el nombre de la banda, Pink Rice, qué querría decir.

Fragmento 18: Hackescher Markt

Ni el dron ni sus caminatas dieron resultado hasta el cuarto día. Iban a ser las ocho de la tarde y Femke llevaba ya varias horas recorriendo la zona. Estaba cansada, con ganas de regresar a casa, cuando le llegó la señal. Un individuo que coincidía con la descripción dada se desplazaba en estos momentos por la Dircksenstrasse, a unos cien metros del Hackescher Markt. Por suerte, Femke no es-taba lejos, si sus huesos no fueran tan viejos, estaría allí en cinco minutos. A pesar de tener una buena condición física para su edad, esa distancia le tomaría más del doble de ese tiempo. Un mensaje del dron le indicó que el objetivo se había detenido en un punto de la calle. 

Dedicatoria

A los integrantes del Club de Lectura Nómadas, amigos con quienes pasé en Berlín tantos buenos momentos hablando de libros. 


La calles de Berlín , editada por Ilíada ediciones, cuyo director es Amir Valle, periodista cubano de la Deutsche Welle. Disponible en las librerías Andenbuch y La Escalera de Berlín.


Revista Desbandada

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