Anita Berber – La más osada

Vivió menos de treinta años. Según Klaus Mann era capaz  de “bailar el coito”. Fue amante de Marlene Dietrich, modelo de Otto Dix, mentora de Leni Riefenstahl. Después sería rescatada del olvido por Nina Hagen y Karl Lagerfeld, y Rosa von Praunheim, quien le dedicó un homenaje en su película  “La danza del vicio”. 

En esa babel devastada y frenética que fue Berlín tras la Primera Guerra Mundial hubo una diva de níveo rostro empolvado, ojos de cine mudo y furioso rojo en los cabellos, que vivió apenas veintinueve años pero logró convulsionar a sus contemporáneos con sus tóxicas danzas nudistas . Vampiresa, niña-mujer, diosa de las pasiones y de la muerte, hay quienes conocen el nombre de Anita Berber por el retrato con vestido rojo sobre fondo rojo que le hizo el pintor expresionista Otto Dix. Inexplicablemente olvidada durante décadas, los alemanes recién redescubren no hace tantos años a esta Louise Brooks de la danza nacida en Dresden en 1899. Hanna Schygulla lamenta que Fassbinder no haya conocido un personaje tan fascinante. Leni Riefenstahl escribe en sus memorias que su primera vocación fue el baile y su primer ídolo, Anita Berber: “Una mujer fascinante, ya famosa por sus danzas desnuda en pequeños teatros y clubes nocturnos, de cuerpo tan perfecto que su desnudez jamás resultaba obscena”. La joven Leni la observa y aprende cada paso, cada movimiento hasta que una gripe le permite sustituirla y lograr así su primer éxito en las tablas. Desde aquel momento hasta la cruzada actual contra el olvido se han sumado nombres que van desde Nina Hagen y Rosa von Praunheim, que le dedicó su homenaje camp en el film La danza del vicio, hasta Karl Lagerfeld, quien la eligió su mujer-escándalo favorita. “Fue la mujer más osada de su época”, dijo el modisto. ¿Pero quién fue realmente Anita Berber?

LA CAJA DE PANDORA 

“Ella baila el coito”, escribió Klaus Mann. A lo que ella misma agregó: “Bailo la muerte, la enfermedad, el embarazo, la sífilis, la locura, la agonía, el suicidio”. La bisexual Anita Berber, a quien se atribuyen romances con Marlene Dietrich y Lya de Putti, pasó por varios matrimonios, entre ellos con el homosexual Sebastián Droste, quien no sólo fue su pareja de baile sino su promotor y quien organizó sus giras por casi toda Europa. Se dice que la alimentación de ambos consistía básicamente en cocaína, morfina y coñac. El consumo de drogas —o el rumor de su adicción — tuvo efectos devastadores sobre la promisoria carrera de Anita como actriz de cine. En muchos de sus roles se desdibuja la línea que separa su vida privada de la actuación: parecen estar hechos para ella y para alimentar su leyenda. Luego de compartir cartel con Conrad Veidt (el actor de El gabinete del Dr. Caligari) y protagonizar numerosas películas de Richard Oswald (un precursor del cine alemán, autor de revolucionarios dramas amorales que más tarde cayeron en las garras de la censura nazi, en los cuales Anita fue prostituta, médium, bailarina, acróbata o hermana doliente de un homosexual que cae en manos de un extorsionador y se suicida), se sabe que Fritz Lang la convocó para la primera parte de El Dr. Mabuse, el jugador (1921). Allí quedan las escenas de sus fantásticas danzas, pero Lang sólo estuvo dispuesto a usar a la Berber como doble de cuerpo de la actriz que hace de bailarina.

MONÓCULO Y SMOKING 

Su arte, sus romances y sus extravagancias causaban sensación y alimentaban su leyenda en un Berlín ávido de emociones extremas. Anita Berber hacía gala de su desenfado, su falta de prejuicios, su humor, su belleza andrógina de smoking y monóculo, que desató una legión de mundanas imitadoras que salían así vestidas en sus aventuras noctámbulas. Berber solía llevar un monito vivo en el escote; podía recibir al inspector de impuestos desnuda en la bañera; ir al estudio de un abogado y darse cuenta allí de que no llevaba nada debajo del abrigo. En tales casos no decía: “Disculpe, me olvidé de vestirme”, sino apenas: “Deme un cigarrillo, no encuentro mi cigarrera por ninguna parte”. Una sola cosa tomaba en serio Anita Berber: su danza. Se presentaba desnuda en el escenario para interpretar coreografías sobre los temas más terribles y esperaba que el público (que asistía a esos lugares munido de máscaras para ocultar su identidad) comprendiera sus alegorías y no se limitara a esperar entretenimiento erótico. Vivía trágicamente cada exabrupto de la audiencia, a los que respondía con improperios aún más procaces. Bailó en los más famosos cabarets del Berlín de posguerra: el Apolo, el Nelson, el Weisse Maus (del que finalmente la echaron cuando los gritos y las risas la hicieron saltar del escenario y romperle una botella de champagne en la cabeza al primer espectador que se le cruzó).

Cabaret Weisse Maus

UN MARIDO  CASI IDEAL 

Sebastián Droste tenía el suficiente talento como para darse cuenta de que la sensualidad vestida de perversidad que encarnaba Anita Berber podía conducirlo al máximo éxito comercial. El vicio era el gran anhelo de la rica burguesía berlinesa. Y la Berber era su gran chance para lograr una dupla talentosa y tumultuosa. Droste coreografió sus danzas del vicio, del horror y del éxtasis (de las que afortunadamente existen registros fílmicos) y su vida. Juntos bailaron poemas que exploraban oscuros abismos y que permitían a Anita brillar en todo su trágico esplendor: Suicidio, Morfina, La Casa de los Locos, La Noche de los Borgia, Cocaína, El Cadáver en la Mesa de Disección. Trabajaban ellos mismos la iluminación, la escenografía y el vestuario, con el lenguaje expresivo de la danza moderna, al que llevaron hasta el grotesco extremando la tensión y conmocionando a la platea. El éxito fue rotundo. Los contratos para distintas ciudades de Europa se sucedieron a ritmo vertiginoso. Pero los escándalos que protagonizó la pareja en Viena fueron el principio del fin. Droste fue acusado como estafador, ambos resultaron expulsados de Austria, Anita se puso cada vez más violenta, peleándose a puñetazos con cuanto hombre o mujer le hiciera frente, Droste terminó abandonándola luego de robarle todas sus joyas para iniciar una nueva vida en Nueva York (donde logrará que se hable de él como futuro esposo de estrellas como Pola Negri y Gloria Swanson). Entretanto, en Berlín, los tiempos han cambiado: la danza nudista ha pasado de moda y los escándalos no atraen como otrora. Una gira por Oriente es el último refugio para el arte de Anita. Berber. A los veintinueve años, enferma de tuberculosis, sin dinero y tras un largo periplo por antros decadentes de Asia, regresa para morir en una Berlín muy distinta de aquellas embriagadoras noches en Eldorado, cuando la diva de cabellos rojos “como serpientes sagradas y llamaradas” (así los describió ella misma en un poema) excitaba y escandalizaba por igual a todo el mundo con su vestuario compuesto únicamente de un brillante sobre la nívea piel de su cuerpo desnudo.

Un dato: En la Zähringerstraße 13 in Berlin-Wilmersdorf está la casa donde vivió Anita Berber en Berlín desde 1918 hasta 1928.

Claudia Baricco

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