Berlín como experiencia estética

Más allá de las oportunidades y de la diversión, más allá de su vida más o menos asequible y llena de posibilidades o de otras consideraciones más materiales, la verdad es que transitar y deambular por las calles de Berlín proporciona un tipo de experiencia de la que he venido a impregnarme como por ósmosis. 

     Las aceras medio levantadas, las fachadas desvencijadas, los portales cubiertos de espray y la vegetación sobreabundante y asalvajada sirven como escenario de un mundo en que una caja de cervezas arrinconada puede ser un asiento o un palé en medio de la calle un escenario improvisado. Un mundo en el que nada es lo que parece, y que hace que los rincones insólitos y los ambientes casi masticables de Berlín den pleno sentido a conceptos como psicogeografía, espacialidad o incluso “ambiente”. 

     Y no me refiero tan solo a la arquitectura o a los espacios, ya de por sí formidables. No; no hablo ya de la curiosa geografía de Berlín, que hace que al ir en S-Bahn tengas la impresión de que te estás moviendo por los alrededores cuando estás en el puro centro de la ciudad – esa extraña sensación al ver una sucesión de bosques y descampados urbanos y pensar, ¿dónde estoy? Y de pronto encontrarte paradas como Hermannstraße, Sonnenallee…

     Tampoco me refiero al tamaño colosal de los edificios que rodean Alexanderplatz, el del majestuoso Palacio Real, el de los palacios proletarios de la Karl-Marx Allee. La enormidad de unos edificios que no parecen respetar en nada el principio de proporción humana y que nos hablan más bien de una raza de súper-hombres, y que producen en el paseante acostumbrado a las estrecheces mediterráneas una sensación de pasmo y de ruptura total de los horizontes.

Fotografía de Diana Costa

     

Pero no me refiero exactamente a eso, sino a algo más profundo: a ese principio holístico que tan bien muestra Berlín por el que el todo siempre es algo más que la suma de sus partes. 

    Porque si quisiera indagar en la naturaleza profunda de lo que me suscita – de lo que hizo que, en un primer momento, me quedara fascinado cuando la visité y que, solo algo más tarde, me arrastrara irremediablemente hacia aquí – diría que Berlín demuestra que la belleza no es una cuestión de superficie. 

     Es más, si me quisiera poner filosófico diría que esta ciudad demuestra que la estética es una categoría ontológica, que constituye la expresión de algo inexplicable, invisible a los ojos, y que sin embargo se encuentra en la base de todo lo que concierne a la ciudad. Que la singular belleza berlinesa emana de lo que hace que Berlín sea Berlín; de lo que la vertebra desde sus cimientos como espacio real e imaginario, público y privado.

     Esa es la belleza interior de Berlín, mucho menos evidente que la de las ciudades-postal que tan amablemente decoran el mundo, y que exige la experiencia, la inmersión completa en ella, para ser percibida – del mismo modo en que lo hacen la performance y el arte contemporáneo en general.

     Una belleza desgarrada y singular que hace que solo me vengan una pocas palabras para describirla: historia, eclecticismo, particularidad, carácter.

Fotografía de Diana Costa (@_dianacm_)

Lucas Celma

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