Memorias de una Cosmopolilla #5: ¡Vente a Alemania, primo!

Frase exclamativa donde las haya, pertenece al lindo pasado, aquel pasado, como lo cuentan, de sopa triste y confianza en un futuro mejor; de maletas repletas de chorizos y quesos del pueblo, también. Mi abuela materna era especialista en hacer maletas. Por muy imposible que resultara, lograba introducir en ellas todo lo que se proponía y así tener en los nuevos once meses de distancia un trozo de España para cada día. Mi madre heredó aquella habilidad de mi abuela y cada vez que me viene a visitar a Berlín (a pesar de que ya han transcurrido diecisiete años) y llega el momento del ritual del desembalaje, juraría que me encuentro ante la fantástica Mary Poppins. La misma fascinación con la que seguía esta historia de niña, me persigue ahora pero, claro, con la diferencia de que mientras Mary Poppins extraía de su bolsa una lámpara de pie, mi madre saca de la suya un jamón de pata negra, con la pata, por supuesto, y muchas otras cosas cuya lista no me voy a poner a repasar ahora si es que quiero hablar sobre algo más en este capítulo. Pero, ¿cómo lo hará? –no dejo de preguntarme. –¿No será ella la verdadera Mary Poppins? -Pues mira, nunca se sabe.

Al menos (y dejando ahora a un lado por cuestiones cronológicas la llegada a Alemania de las víctimas de la depresión económica de 2008), que se puedan categorizar, hubo tres oleadas migratorias: la de mis abuelos que no aguantaron en Alemania más de dos años. La de mis padres que lo hicieron doce, y la de aquellos que permanecieron fuera del hogar toda su vida laboral. La generación de mis abuelos no duró mucho en general. El idioma se les presentaba como una barrera imposible de franquear y no estaban por la labor de llamar eternamente al pollo en la carnicería: kikiriki kaputt o pedir, alzando el dedo, un kilo de todo en la charcuteríao en la frutería, por no enfrentarse a la dura prueba del cuarto, de los cien gramos o de las cinco piezas.

La generación posterior, la de finales de los sesenta y principios de los setenta, la de: ¡vente a Alemania, primo! (mi favorita), esa fue otra cosa. Lo del kikiriki kaputt pasó a la historia aunque los resultados, después de treinta años de estancia en el país extranjero, tampoco resultaran como para dar palmas. En absoluto. Pero cuando uno se siente como si estuviera de paso a pesar de que éste dure tres décadas, tampoco es que se pueda esperar otra cosa. Hay casos que terminaron al poco de empezar o que se alargaron y no por eso terminaron bien, pues Alemania no era la panacea, pero otros muchos continuaron y continuaron. Por lo menos la falta de integración y el trabajo duro dieron sus frutos para muchos: buenos autos, apartamentos en la capital o en la costa, y casas en el pueblo decoradas con grifos dorados y bañeras en forma de concha propias de la mismísima Venus de Milo. Obviamente, este buen desarrollo del fenómeno de la emigración causó, por tanto, efectos en la distorsión arquitectónica del insustituible pueblo español: casas con historia quedaron enterradas bajo construcciones de mármol y granito similares a un panteón familiar (desgraciadamente, fenómeno que se reprodujo en vista de las circunstancias de “crecimiento económico” nacional de la pasada década). Es una pena que la sed del que hizo dinero no pueda calmarse con un buen botijo y precise para ello de algo parecido a un orinal del Rococó. Eso sí quejas contra los alemanes, muchas. Pero coches cada vez más grandes, también. ¿En qué quedamos? Lo de atravesar (como cada verano) con el Mercedes o el BMW a 200 kilómetros por hora el campo extremeño con Los Marismeños sonando a toda bola y derrochando melancolía no llegó nunca a convencerme. Valiente oportunismo.

Finalmente, hubo un tercer tipo de casos, el de una minoría que se vino sin un Mercedes, pero con una buena formación laboral resultado de la integración con los alemanes y, por supuesto, ahorros para poder establecerse en un país con altas tasas de paro. No todos somos iguales en la viña del Señor. Este tercer tipo adquirió para sí algunos aspectos relacionados con la cultura e idiosincrasia del país extranjero y los aplicó a su vida cotidiana en el país autóctono, con el que siempre se sintió identificado. A la generación siguiente se la hizo entonces partícipe de un proceso de hibridación. Resultó así que la que empezara como unión forzosa con el país extranjero por parte de los progenitores, mutara a unión deliberada (aunque no por eso libre de controversias) por parte de los descendientes. Yo, Melina García, desde mi calidad de descendiente (y hoy en día ya progenitora), corroboro este hecho. Especificando y para ser más informativa: mi madre, más que mi padre, encontraba siempre un hueco, en el día a día español, en el que encajar alguna de las muchas cualidades del día a día alemán y yo no sé si porque el gen de mi madre tal vez me pese más que el de mi padre, me tomé aquello tan en serio que acabé por lanzarme con alegría a la unión deliberada con el país extranjero, eso sí, y, a pesar de mis diecisiete años de idilio, defendiendo con uñas y dientes mi hueco español en el día a día alemán.

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