¿Qué nos enseña la historia alemana sobre el auge de la ultraderecha?

A la izquierda, paramilitares nazis desfilan con antorchas celebrando el nombramiento de Hitler como Canciller (1933). A la derecha, manifestantes ultraderechistas en Estados Unidos (2017)

Encender la televisión y ver a universitarios estadounidenses desfilar con antorchas mientras gritan lemas como “Sangre y tierra” o “Los judíos no nos reemplazarán” nos transporta a un pasado remoto que parecía enterrado en la historia. Pero cada vez en más países, la ultraderecha alza su discurso de odio y nos recuerda que los ecos del fascismo siguen amenazando nuestras sociedades. Ahora que AfD ha llegado al parlamento alemán, es necesario interrogar a la historia alemana sobre las claves para entender el fascismo.


Cuando Frauke Petry, líder de AfD desde 2015, compara a los refugiados con terroristas no está haciendo nada nuevo. En los años veinte del siglo pasado, el partido Nazi asoció a los judíos con el “Terror Rojo” de la Rusia revolucionaria: según Hitler, todos los judíos eran comunistas y pretendían traer a Alemania el caos y la degeneración. Cuando un 48% de los españoles creen que los inmigrantes nos quitan el trabajo, coinciden con las ideas nazis, que usaban el mismo argumento contra los judíos, argumentando que le quitaban su trabajo a los artesanos y a la clase media alemana. Y ellos lo tenían claro: primero, los de aquí.

Una de las principales causas del nazismo en Alemania fue el exacerbado militarismo que definió la Primera Guerra Mundial. Toda una generación de alemanes se alimentó de valores nacionalistas, así como de una retórica bélica que deshumanizó al enemigo y revistió al soldado de un aura de heroísmo. Aquellos que eran niños durante la Gran Guerra crecieron en un sistema educativo que les entrenaba para defender “la retaguardia” de sus enemigos. Aquellos que no apoyaban la guerra y se levantaban contra el status quo eran “enemigos internos”: los comunistas y los pacifistas, que según los nazis eran igual de nocivos para la sociedad que los judíos.

Ahora esta guerra también es usada como argumento por el populismo nacionalista. En primer lugar, bajo la forma de unaguerra cultural entre los “valores occidentales” y una supuesta “islamización de Occidente”; en los años veinte, Hitler y sus lacayos planteaban algo parecido, una lucha a muerte entre la tradición alemana y el espíritu multicultural, democrático y vanguardista del “judeobolchevismo”.Más allá del ámbito cultural, los ultraconservadores también saben jugar con los miedos que tanto rédito político dieron a los nazis en los años veinte: se vincula el terrorismo con toda una religión, y se hace creer al pueblo alemán que su supervivencia depende de la eliminación de esa amenaza. Y así, como por arte de magia, la xenofobia se convierte en una cuestión de legítima defensa.

A la izquierda, pintadas con la palabra “judío” en los escaparates de un comercio en la Noche de los Cristales Rotos (crédito: Cedoc). A la derecha, una manifestación contra el Islam de la organización antiinmigración “Pegida”.

Hitler subió como la espuma, pero no subió solo, sino gracias a la ayuda económica de las grandes fortunas alemanas. Las SS (el grupo de paramilitares encargados de gestionar los campos de concentración y el exterminio de la raza judía) recibieron fondos de banqueros, industriales químicos y representantes de empresas como Siemens o Deutsche Bank. La razón era clara: los nazis fueron la mejor herramienta para acabar con el sindicalismo y los partidos obreros. No sorprende, entonces, leer que el expresidente de la patronal industrial alemana, Hans-Olaf Henkel, financió al partido con un préstamo de más de 600.000 euros, o que recientemente el semanario Die Zeit informó de las millonarias donaciones a AfD por parte del empresario hamburgués Folkard Edler. Tampoco sorprende ver que el partido presenta a las elecciones a un tándem de dos candidatos: Alexander Gauland, representante del ala nacional-conservadora del partido, y Alice Weidel, del ala ultraliberal. Lo cual nos muestra que a nivel económico AfD también trae una alternativa: vienen a deshacer un Estado del Bienestar que hasta ahora en Alemania parecía incuestionable.

Como condición indispensable para su subida al poder, los nazis también contaron con la complicidad y ayuda de las instituciones, que toleraron innumerables acciones ilegales e ignoraron la violencia fascista. La libertad de acción que tuvo el partido Nazi en sus inicios fue permitida por un gobierno bávaro que hacía la vista gorda ante las conspiraciones y la violencia de la ultraderecha. Tenemos que recordar que Hitler fue acusado de “alta traición” tras su levantamiento en Múnich pero cumplió solamente nueve meses de condena. Un ejemplo perfecto de esta protección es el momento en que los paramilitares de Hitler se encontraron en Múnich con el ejército que venía a reprimirlos: ningún bando abrió fuego en las primeras confrontaciones porque lo que tenían enfrente eran viejas amistades. Nada nuevo en una Alemania en la que se descubren redes ultraderechistas dentro del ejército.

Pero las ayudas económicas, la complicidad policial y las mentiras electorales no serían nada si no hubieran vivido de una ideología racista aceptada por amplias capas de la sociedad, que trataba a los judíos como un grupo homogéneo, todos culpables por igual de los males de la sociedad. Hoy en día, es este aspecto el que vemos regresar con toda su fuerza, usando la crisis de los refugiados y la inestabilidad en Oriente Medio para culpar a toda una religión de los crímenes de unos pocos. La política acaba así por olvidar los problemas internos del país y reformula su discurso en torno a una frontera muy clara: los de aquí y los de fuera.

Por eso aprender las lecciones que nos ha dejado la historia es tan importante, porque se trata de una herramienta indispensable para enfrentarnos en el presente a una intolerancia bien conocida en este país, y que amenaza con volver a las andadas.

Cartel de los diseñadores “Hogesatzbau” que muestra al partido AFD como sucesor del nacionalsocialismo y cuestiona que sea verdaderamente una “alternativa”

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