Memorias de una Cosmopolilla #3: El saber no ocupa lugar

Transcurrido un año y agotado asimismo el estatus de becaria, se puede decir que los primeros posos del idioma alemán comenzaron a asentarse en mi cerebro. Regresar inmediatamente a España había dejado de ser una idea hacía ya varios meses. Mi decisión fue clara y tajante. Se puede decir que concebí la idea sin haberle concedido el honor previo de la posibilidad. Una que tenía pretensiones tan ambiciosas como leer a Nietzsche en versión original, no podía regresar con una comprensión tanto escrita como hablada propia de un escolar recién estrenado. ¡Estaría bueno! Aunque… si quiero ser realmente sincera, el olor de los tilos se me había pegado desde el primer día a la nariz. Guiada entonces por el olfato, decidí convertirme en causa del destino ¿o… de la casualidad? Dejémoslo en fifty/fifty.

Yo creo que no me equivoqué, pues desde entonces me ocurrieron cosas tan importantes como inesperadas: por ejemplo, que al título de politóloga no le hubiera sucedido nada aparte de hacerle compañía a la chimenea en el salón de mis padres y que el alquiler me lo costeara a base de cocinar paellas.

Ya licenciada, lo de cocinar paellas se me presentó como una de las pocas alternativas posibles de incorporarme al mercado laboral. Una vez que se deja de ser estudiante las condiciones sociales a las que uno ha de enfrentarse se endurecen considerablemente; y más si a uno le empaparon de teoría y no le enseñaron a ponerla en práctica; y más si uno no domina con cierto rigor el idioma del país en el que vive. Pero aunque el tema de la cocina fuera una de las pocas salidas que en aquel momento se me presentaban, también iba a ser una de las cosas que más ventajas me aportaría y esto por varias razones. La primera, fue no verme en la obligación de pedirle apoyo financiero a papá y a mamá. La segunda y que nunca está de más, fue que aprendí algo nuevo. Cocinar… ¡ya sabía cocinar! Pero antes no hubiera sido capaz de hacerlo para veinte mesas con el cronómetro puesto en marcha y manejando el salero con una precisión de litógrafo.

La tercera y la más importante y de la que se derivan la cuarta y la quinta, es que podía resarcir todos mis gastos y acompañarlos con algún que otro extra invirtiendo en dicha actividad un promedio de veintiuna horas semanales. La cuarta fue que, al no verme encerrada en la prisión de las cuarenta horas o más, tuve la fortuna y el privilegio de poder sentarme a escribir, para lo cual era condición indispensable y aquí viene la quinta y última, tener la mente relajada. La actividad, tan saludable para la vista y el espíritu, de cortar un rojo tomate en delicadas rodajas, no podía ser más compatible con la tarea que me había propuesto iniciar.

Mi por aquel entonces novio Oli, artista de muchas cosas, aunque principalmente de una que es pintar y que, por aquel entonces preparaba desayunos en uno de los cafés con más apogeo de Berlín, el “Morena”, me decía esta frase: “Uno no quisiera creer el parecido que guardan un tomate que se corta con un cuchillo japonés en diez rodajas limpias, exactas, y un cuadro.

Y razón que tiene. De hecho, las cocinas y las barras de Berlín están llenas de artistas e intelectuales. Digamos que los prejuicios de tipo clasista se superaron aquí hace mucho tiempo y que al título académico, teniendo en cuenta la incorporación masiva a la universidad, ya no se le concedía más importancia que la que tenía. Además, si hay algo que no ocupa lugar es el saber y… ¡cierto que es! Según la Oficina de Estadística de la Unión Europea, Alemania y Francia eran los estados miembros con mayor número de estudiantes de enseñanza superior. España ocupaba el quinto puesto tras haber triplicado, al igual que Irlanda y Grecia, su número de universitarios en los últimos veinte años. De todos ellos un inmenso porcentaje no ocupa el lugar para el que se prepararon. Pero si acaso la incorporación al mercado laboral se le presenta a uno difícil, le rogaría que no se preocupe, pues “siempre nos quedará el “máster del milloncito”. Los resultados acaban viéndose llegado su momento.

Digamos también que al año de caer en Berlín y ya viéndole las orejas al euro, el declive económico comenzó a asomarse tímidamente por el este. “Anda que no tiene guasa la cosa”, pensé. “Mis padres, en los setenta, vinieron a por los lindos marcos de Schmidt y Kohl y yo estreno siglo recogiendo los desfavorecidos euros que le han tocado a Schroeder” (que conste que soy pro Europa). Por cierto, en la radio confirmaban de nuevo lo que se creía que ya era un hecho del pasado: Alemania seguía siendo el país con el índice de exportación más elevado del mundo. Si aún hoy me lo pudiera explicar alguien, le agradecería un e-mail, pero también le agradecería, ante un posible spam, que me llamara por teléfono o me lo notificara por Facebook para comunicarme que me lo envió y no dude que yo le contactaré de vuelta para confirmar que me llegó y que, por mi parte, respondí.

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