Niños que venden su cuerpo en los parques de Berlín

Eres un adolescente de Oriente Medio o del este de Europa. Después de unos cuantos tumbos, por fin has alcanzado la meta soñada: Berlín, la capital de la libertad, donde todo el mundo iba a recibirte con los brazos abiertos. Pero estos no eran precisamente los brazos que te imaginabas.

Te da vergüenza y lloras ante los trabajadores de ‘Moabit hilft!’ o de ‘Hilfe für Jungs’, organizaciones cuyos miembros os buscan a ti y a tus amigos en las zonas más frondosas y oscuras del Tiergarten, el Volkspark Hasenheide o el Fritz-Schloß-Park. Allí os dan asesoramiento y os cuentan cómo prevenir el SIDA y otras ETS.

Pero ¿qué puedes hacer? No te queda alternativa. No puedes ir al colegio o hacer un curso de alemán. No tienes permiso para trabajar. Y aún te quedan muchas cuentas que rendir y muchas deudas que saldar, con acreedores que apenas conoces pero que a la vez, son tus únicos conocidos aquí y los únicos que hablan tu idioma.

Según informaba el Berliner Zeitung hace unos días, cada vez sois más los que recurrís a esta práctica; muchos, menores de edad. Casi todos varones jóvenes que os enfrentáis a un presente desmoralizador, en el que la falta de garantías de una vida digna, además de la amenaza de ser deportados a vuestro infierno anterior, os empuja al ejercer el oficio más viejo del mundo. En una ciudad pionera en el reconocimiento de las libertades sexuales, os ha tocado vivir en la cara oculta de la luna. En un país que, sólo en 2015, acogió a casi medio millón de refugiados, resultáis ser los de tercera clase.

Por supuesto, tú y los tuyos dormís en el propio parque y echáis mano de las drogas. La policía de Berlín ha declarado peligrosa la zona en la que vivís.

Un español fue testigo de la paradoja de que haya menores como tú prostituyéndose, muchas veces contra su voluntad, en el centro neurálgico de la Europa desarrollada. Daniel cuenta cómo a plena luz del día, mientras leía un libro en el parque de Hasenheide (barrio de Neukölln), se le acercaron tres muchachos:

Eran tres y tendrían unos 16 o 17 años. Uno de ellos hablaba alemán bastante mal y los otros dos, ni siquiera inglés”. Tras unas cuantas preguntas (¿qué haces por aquí?; ¿de dónde eres?), el muchacho le ofreció sexo directamente: “Nos das 20 euros y ya está”. Daniel le explicó que él no solía buscar sexo en parques y mucho menos por dinero, pero el chico insistió, llegando a bajarse los pantalones. Él volvió a negarse e intentó persuadirlos para que le dieran más información sobre su situación, ya que tenía experiencia en casos similares (fue voluntario en una asociación que asesora a jóvenes homosexuales y que trabaja para prevenir la transmisión de enfermedades sexuales, EinsPlusEins). “Sólo conseguí que me dijeran que eran de Bulgaria; y que no podían quedarse hablando conmigo porque necesitaban dinero”.

De forma voluntaria o controlados por mafias, el número de menores que os prostituís ha aumentado a lo largo del último año, según datos de las asociaciones mencionadas. El fenómeno se agudizó con la crisis de los refugiados en 2015.

Vuestros clientes no sólo os encuentran en la calle, afirma el diario Die Welt, sino que establecen un primer contacto por internet, donde hay redes organizadas.

¿Y qué pasará si te devuelven a tu casa, donde la homosexualidad es ilegal? Dependiendo de tu país de procedencia serías la vergüenza absoluta de tu familia y de tu comunidad religiosa e incluso se te podría condenar a pena de muerte. Dice el Tagesspiegel que, por si acaso, procuras ser el miembro “activo” en los actos sexuales que realizas (o que te obligan a realizar) a cambio de dinero, no vaya a ser que te consideren afeminado.

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