Memorias de una Cosmopolilla #1: Fausto Colateral

Aterricé aquí en un día del mes de octubre, hace diecisiete años. Mi equipaje: un edredón de plumas, el certificado de becaria Erasmus y mi fantástica madre, si bien ésta venía con una etiqueta de estancia de diez días y con el distintivo de intérprete colgado de la chaqueta.

Mi madre me ayudó y mucho. Emigrante extremeña en la década de los setenta, mantenía casi intactos sus conocimientos del idioma o eso me pareció a mí, ya que lograba entender hasta a las cajeras de los supermercados (uno de esos lugares en donde se constata la existencia del dialecto berlinés en su máxima precisión). Lástima que entender no signifique lo mismo que entenderse, pues eso de que se detuviese a hablar cordialmente no le hacía ninguna gracia a la cajera aunque no tuviera a nadie esperando a la cola y terminaba cortando el rollo con un “Danke” seco y expresión de tener un caramelo de quinina en la boca. No obstante, he de decir que no todas eran así, pero parece que tienen problemas a la hora de que se rompa el tiempo reglamentario de atención al cliente, esto es: mete todo lo que compres a marchas forzadas en la bolsa, ten el monedero abierto en la mano y, sobre todo, no te detengas a reunir los céntimos del pico si es que es hora punta. A esto del tiempo reglamentario aún no he llegado a acostumbrarme.

El taxi nos llevó desde el aeropuerto hasta el hotel en el que habíamos reservado habitación, en la misma Alexanderplatz. Para mi madre todo un contraste: de los alrededores de Düsseldorf, entre villas de empresarios tipo Henkel, a la Karl Marx Allee.

Nuestro primer objetivo era encontrar una vivienda. Yo me había negado en rotundo a habitar en una de esas Studentenwonheim (residencia para estudiantes), pues no era mi intención dedicarme en los diez meses de beca a frecuentar fiestecitas ‘multikulti’ de habitación en habitación. La tarea a la que nos enfrentábamos se presentaba complicada, tanto para mí como para mi amigo uruguayo Gustavo, que había optado por las mismas que yo. Él ya llevaba unas dos semanas en la ciudad, con beca pero sin piso. Lo encontré delgado de tanto caminar y con la cartera ausente de billetes y llena de tarjetas telefónicas (lo del flatrate llegó después).

–Marisa –le decía a mi madre- ¡qué los parió ché! aquí conseguir una habitación en un piso compartido es lo mismo que conseguir un laburo. Te hacen una entrevista, la incorporan a la base de datos y, tras una exhaustiva selección, te comunican si eres el afortunado. ¿Tendrá esto que ver con los platos rotos de las comunas que nosotros nunca tuvimos? Sin contactos está visto que la tenemos jodida, ¡que lo parió ché!

Gustavo se había costeado diez días en un albergue y ahora, gracias a un amigo de una amiga, se alojaba, hasta ser el afortunado, en la casa de un amigo de ese amigo de la tal amiga, un Hare Krishna, que le cantaba con dulzura a sus plantitas de marihuana, y que tenía varios proyectos, entre ellos, el de transformar una de las habitaciones en una isla del Índico, con agua imaginaria supongo, pero con arena de verdad. Durante tres largos días, rastreando periódicos, tablones de anuncios en la universidad y agencias inmobiliarias padecimos aquella difícil tarea, la cual sin duda se prestaba a largo plazo. Desde la visita al piso de una turca emancipada, que nos hizo abandonar los zapatos en el rellano de la escalera y que nos mostró la vivienda con ventanas abiertas y calefacción apagada porque parecía ser que fumaba pero no soportaba su mismo humo (su pulcritud y sentido del ahorro consiguieron mantener nuestros pies azules durante al menos un par de horas), hasta la cita que teníamos concertada con un estudiante alternativo, ataviado con sus rastas y sus piercings, al que le molestó bastante que acudiéramos cinco minutos exactos de reloj antes de la hora acordada.

Supongo que aquello tan sólo fue mala suerte. El caso es que dados los resultados, tuvimos que plantearnos la segunda vía: buscar un piso vacío para dos, para Gustavo y para mí, y olvidarnos de la vivienda compartida en alemán.

–Vosotros no os preocupéis, -nos decía mi madre –oiga por favor, ¿no sabrá usted de una vivienda que se alquile? –preguntaba inauditamente, parando a la gente en la calle, en el metro o en los super, incluida como ya se sabrá a la cajera, narrándoles a continuación nuestra historia. Algunas personas charlaron con ella muy a gusto, porque mi madre, y esto ha de quedar bien claro, no es monóloga sino dialogona; otras en cambio se desviaban con cara de perro. El clima tiene mucho que ver con las caras de perro. Rendidos y hambrientos, ya de noche, hicimos parada en la pizzería de un egipcio. Mientras Gustavo y yo engullíamos la pizza sin dejar ni el rabo de los pepperoni, la señora Marisa había desaparecido de la mesa y charlaba animosamente con aquel egipcio. Al cabo de un rato regresó y muy complacida fue y nos dijo:

–Mañana es nuestro día.

Por lo visto, a aquella pequeñita pizzería, casualidades de la vida, aunque las casualidades también hay que buscárselas, acudía cada mañana a tomar café, once en punto, un arquitecto millonario que tenía edificios por toda la ciudad (caída de Muro, especulación, monopolización). Pues bien, dejándonos arrastrar por el empeño de mi madre y, temiéndonos que aquella situación terminara sin haber empezado, (ya que aparte de ocupadísimo el egipcio reiteró que el tal arquitecto no tenía muy buenas pulgas) allí estábamos, clavados como estacas a las once en punto del día siguiente; y allí se encontraba también el tal señor Herr….

En menos de media hora estábamos metidos en un Mercedes de varios metros cuadrados que nos condujo hasta un piso. Herr… nos lo mostró. Perfecto para dos y viable alquiler. De vuelta al Mercedes, si bien esta vez en dirección al barrio de Grunewald (la Moraleja berlinesa) en donde el tipo residía. Una hora después, salíamos de una villa con jardín y estanque y con un contrato de alquiler firmado y refirmado con fecha de ese mismo día. Las llaves tintineaban ahora en nuestros bolsillos como música celestial.

Durante nuestros años de estudiantes en Madrid, ni a Gustavo ni a mí, se nos había presentado tan difícil esta historia. Está claro que la excelente organización alemana nos complicó el tema, aunque finalmente lográramos salvarlo burlando al sistema con ayuda del demonio.

Desbandada