Selfies en el regazo de Karl Marx

Cualquiera que haya crecido pegado a internet sabe que los memes han hecho terriblemente difícil para toda una generación mantener convicciones serias sin que tras ellas asomen una o dos capas de ironía. Nuestra generación no ha crecido con la simple fórmula de la propaganda, sino con la profanación de todos los símbolos.

Se trata de una generación que vivió el fervor ideológico de la Guerra Fría como un conflicto innecesario, y que desde joven aprendió a desconfiar del autobombo propagandístico propio de una facción en guerra. Para esta nueva hornada, la política no se entendía en términos geoestratégicos ni tampoco ideológicos, o en discursos distantes sobre la necesidad de una carrera armamentística, sino en aquél lúdico lema que presidió en Berlín el primer Love Parade.

En 1989, unos meses antes de que cayera el Muro de Berlín, unos 150 jóvenes decidieron salir a la calle en un desfile callejero, consiguiendo que el techno irrumpiera en el aburrido espacio público del Berlín Occidental. Lo llamaron Love Parade, su símbolo era el “smiley” tan conocido en los entornos de la música electrónica, y su lema era “Friede, Freude, Eierkuchen” (Paz, Alegría y Tortitas); un lema propio de una generación escéptica respecto de las grandes causas, y un símbolo (el smiley) propio del gesto burlesco que acompañaba a este desapego.

Loveparade en 1998

El Muro acabó cayendo, y con él las certezas propias de un bloque ideológico. Las nuevas generaciones, a un lado del muro o al otro solo habían visto, ya fuera un Helmut Kohl o un Erich Honecker, nada más que los discursos autocomplacientes de sistemas demasiado centrados en la guerra propagandística contra el Otro como para hacerse cargo de sus propios fallos.

¿Qué debería pensar un joven al encontrarse en su barrio la monumental estatua de Ernst Thälmann, un modelo de escultura soviética basado en la representación heroica de una serie de mártires de la causa? Los jóvenes no tenían más bandera que el smiley y la desconfianza ante los grandes lemas: en 1991 uno podía ver a la base de la gigantesca estatua un graffiti que decía, mofándose del exagerado tamaño del memorial: “¿No lo teníais una talla más grande?”.

La escultura de Karl Marx y Friedrich Engels que hoy día se sitúa en pleno centro de Berlín fue fruto de burla antes incluso de que cayera el Muro; en Berlín Oriental se les conocía como “Los Pensionistas”, en referencia a la pose cansada y reflexiva de ambos. Tras la caída del Muro, llegaron los graffitis a la estatua; uno de ellos decía “No somos culpables”, y otro prometía irónicamente: “A la próxima, lo haremos mejor”. En la última década, el Berlín del turismo ha hecho de este memorial un Papá Noel donde los turistas se sientan en el regazo de Marx para tomarse la correspondiente selfie.

Fotografía del Marx-Engels-Forum en 1986, tomada en la antigua República Democrática Alemana

Pero no todo en esta actitud lúdica y escéptica es insubordinación contra los ídolos. El reciente 1º de Mayo en Berlín concentró más fiesteros y turistas que manifestantes. Y si bien es comprensible que en una ciudad como Berlín la bandera comunista atraiga menos multitudes que el éxtasis, la predominancia del ocio en la ciudad podrá evadir a cientos de miles de los alquileres en alza y la pérdida de derechos laborales, de las deportaciones de población afgana y de un reparto desigual de la riqueza, pero la evasión está lejos de ser siquiera un paso hacia la resolución de estos problemas.

El smiley no puede ser el símbolo de nada en una Europa que vende refugiados a Turquía o que aplasta países enteros bajo la coerción de la deuda. Ya nadie puede sentirse insubordinado dirigiendo improperios contra el comunismo, porque el comunismo ya no ejerce poder en esta ciudad. El único escepticismo digno de serlo es el dirigido a los ídolos de nuestro tiempo: los centros comerciales levantados con la violación de los derechos de sus trabajadores, la escuela de Start-Ups que Google quiere traer al centro de Berlín, los lavados de cara que Volkswagen paga en el centro de la ciudad tras engañar a todo el país trucando sus emisiones contaminantes

He ahí algunos ídolos que merecen esa actitud crítica y escéptica. Tomarla con el viejo fantasma de la RDA mientras los poderes económicos del presente nos cuelan una tras otra, huele un poco a complicidad y, paradójicamente, posiciona a estos declarados “apolíticos” en un bando muy claro de la Guerra Fría: el de los ganadores.

Desbandada