Por Matías Ezequiel Wendt
«¿no ves que ya no somos
chiquitos no ves que ya no
estamos solitos no ves que el
desierto nos abre no ves que la
luna nos mira?»
Luis Alberto Spinetta
Hace un par de días me invitaron a participar del cumpleaños de mi amigo más antiguo, que también fue cordialmente invitado a participar por su pareja, la gran promotora, coordinadora y agasajada de la fiesta.
El cumpleaños fue una especie de ensamblaje hueco, como esos muñequitos de colección que traían antes los huevos Kinder, desparramados todos en un departamento de verano con la estructura de la Isla de Caras –esa zona mítica de los ’90 que se adelantó a la isla de Lost–.
Es decir, la fiesta no estaba levantada en ningún lugar real, sino más bien en una suerte de entelequia muy peculiar, que permitía a la gente entrar y salir de sus respectivos desencuentros.
Muchos invitados y mucha comida. Una mesa demasiado larga para mi espíritu y, sobre ella parados, dos o tres objetos de diseñador prácticamente intraducibles, diagramados específicamente para entorpecer un poco el tránsito o, en el peor de los casos, disparar alguna reflexión metafísica acerca de la ubicuidad del dios Ikea, santo patrono del mal gusto.
Estaríamos hablando del bar de La Guerra de las Galaxias, si no fuera porque todos los invitados se afanaban en conservar su nombre y su apellido, porque no se han divisado ni hombres con cabezas de tiburón, ni mujeres con tres pares de tetas, ni piratas coléricos venidos de Mintaka.
Como dije, muchos invitados, un representante airoso de cada continente; nenes y nenas de todo el planeta Tierra; todo el mundo en un pañuelo y mucho liberalismo soft para destilar. Desde perros de country que sólo conocen la Purina Pro Plan y la Hill’s Science Diet hasta imprecisos cruzacalles que han practicado la mendicidad en casi todas sus formas y aprendieron a pelearse por los huesos.
Gente que nunca se hubiera tropezado con gente que no para de tropezar, reunidos en un evento metódicamente organizado y recargado hasta el hartazgo de un sinnúmero de cosas especialmente univalentes.
Sí, pilas de cosas monofuncionales que vienen imparablemente a tu encuentro, con el único objeto de mostrarse y así, quizá, allanar los picos y baches del terreno desparejo que encarnamos todos los que estamos ahí, imponiendo una homogeneidad tan perfumada que marea.
Mal pensado. La realidad es que cada cumpleaños no es otra cosa que un reencuentro con nuestra más pedestre mortalidad, y todos sabemos que a las cosas que juntamos, tengan la etiqueta que tengan, en realidad, no les importamos ni un pingo.
Se podría decir de la fiesta lo mismo que Jean Jacques Rousseau dice al principio de La nueva Eloísa: «vivimos en un mundo en que todas las cosas embriagan nuestros sentidos, pero ninguna toca nuestro corazón».
En síntesis, una mierda. Empero, yo soy de los que creen que todos los cumpleaños y sobre todo los cumpleaños de mierda, pueden ser el escenario ideal para descubrir la peculiar forma de nuestra soledad en curso.
En este caso, abarrotar de cosas inertes la fiesta de nuestra mortalidad venidera, me lleva a recordar, por un lado, eso que Mark Fisher describe en la obra de James Ballard como un reemplazo de un mundo confiable de objetos durables por un mundo de objetos titilantes que hace que sea cada vez más difícil distinguir la realidad de la fantasía; y, por otro lado, el genial pasaje de un mal poema de Michel Houellebecq: «así es la vida, las cosas ordenaditas y la vida vacía».
Como se verá, no todos podemos zafar de la agonía de la época. De hecho, ¿no es acaso cada cumpleaños en el que participamos una reproducción de miles de cumpleaños en los que nunca estuvimos presentes? Yo soy de la idea de que, a pesar de que el drama de la fiesta inexistente es un escenario recurrente en la literatura, resulta muy difícil vivirlo a pleno, lo que se dice: in praesenti, sin incurrir en una experiencia de extranjería. Por lo que, cuando de lo que se trata es de entrar y salir de una fiesta, me produce mayor interés el panorama del «after», eso que Spinoza llama «post-festum» y que no expresa nada más que el exacto momento en el que a uno le empiezan a caer las fichas.
En «Los muertos», el último cuento de Dubliners y la última película de John Huston, vemos a una pareja que vuelve a la casa después de una larga cena de navidad en donde el hombre fue la estrella y, ahí, apenas llegando a la casa, subiendo por las escaleras, la mujer escucha por primera vez una canción muy triste que viene de la calle. Entra súbitamente en un trance y le cuenta al marido que la canción le recordó a Michael Fury, un joven débil que la amaba y que murió por su culpa. Ahí, después de la gran fiesta, el marido entiende de golpe, que Michael Fury, muerto hace ya muchos años, está más vivo que él para su esposa.
En otra pintura post-festum, poco antes de morir, Ted Hughes, célebre antagonista de Sylvia Plath, publicó un grueso libro de poemas que curiosamente se titula Carta de cumpleaños. En muchos de los poemas del libro, Hughes reemprende el diálogo con Sylvia. Uno de ellos, llamado «Epifanía», cuenta que una vez en las calles de Londres un joven le ofreció a Hughes un zorrito, pero él se rehúsa a comprarlo y esto, muchos años después, le causa remordimientos. Se pregunta si comprar el zorro no los hubiera salvado de las desgracias por venir: «Lo que pensaba era ¿qué pensarías tú? ¿Cómo lo haríamos caber / en el espacio de nuestra cajita? ¿Y la niña? / ¿Qué opinaría de su rancio olor / y su energía sin modales? / Y a medida que se criara y empezara a disfrutar / ¿Qué haríamos con un zorro impredecible, / potente y saltarín? / ¿Con las veinte millas nocturnas de rigor / y ese hambre voraz hacia cualquier cosa más allá de nosotros?»
Como se podrá observar, el momento «post-festum» no es más que un estadio de lectura de la experiencia, es el momento en el que aparece el «ritornelo». El ritornelo es un concepto musical que Gilles Deleuze extrae de su lectura de Nietzsche para dar cuenta, no ya de un estribillo o melodía que regresa, sino de una revelación que hace sentido por medio de la repetición.
Deleuze descree de la metafísica teosófica, por lo que cualquier revelación, novedad o revolución es tan de este mundo como lo son la negación, la rutina y la tradición. En pocas palabras, lo que nos dice Deleuze es que la repetición es lo que insiste y, por lo general, pasa desapercibida… pero no siempre. A veces ocurre que, por accidente o por el motivo que fuera, prestamos atención a ese eco repetido, podemos descubrirle la huella, y es precisamente este ínfimo descubrimiento insólito, presente como una resonancia o sentido que aparece luego de muchos regresos, lo que raja el caparazón de las cosas y abre una grieta de fuga hacia la novedad y la intensidad de la vida.
Empecé a escribir esto con la idea de que el día después de tu cumpleaños es, por querencia natural, un día «post-festum» y, aunque muchas veces nos resulta irrisorio prestar atención a estas cosas, ya sea por reticencia del cálculo o de la celebración de los años, ya sea porque nos aferramos a una idea «incapturable» del tiempo en el reloj; la verdad es que aún si quisiéramos emprender una agresiva cruzada anti-economicista de la vida, cada vez somos cualitativamente más viejos.
Todos y cada uno de mis sonsonetes y rarezas envejecen solitariamente conmigo cada vez que doy un paso, camino a un temible, solo e inobjetable fenecer. Pero mi hado es, sin embargo, compartido, puesto que nadie sobrevive a la aritmética.
En El fin de la soledad, Benedict Wells narra la historia de tres hermanos que enfrentan la muerte de sus padres y son enviados a un internado. No es una novela filosófica y, sin embargo, describe muy bien el drama spinoziano de la soledad como una afección común e ineludible, destinada a ser compartida con, o mejor, abierta al encuentro, infinitamente dispensable, de otras soledades.
No sé si la novela de Benedict Wells es una lectura para hacer el día después de tu cumpleaños, creo que el día que sea deberías leer solamente lo que tengas ganas de leer; en lo posible algo que te permita engañar al punto de vista de los animales, que tienen todos los otros días del año para verte como una criatura triste que no sabe lo que es.
Lo bueno –y lo malo– de los cumpleaños, es que no empiezan ni terminan realmente ese día. Como la magia negra, dejan rastros; y por más solitaria que sea la vida que lleves hasta la próxima vez que te encuentres cuantitativamente más viejo, si hay algo que nos muestra la ética de Spinoza es que la soledad es una sombra de la que no podemos librarnos y solo es potente si nos sirve para estar con la gente. Por tanto, es preciso aprender a estar solo, no solo para cumplir años, sino para estar mejor con los demás. La idea de quedarte en casa o de viajar muy lejos; de mudar tu rancho, tus cosas, tus heces; la idea de pintarte la piel, de cambiar tu lengua y tus motivos, si vos no estás bien en soledad, no tiene goyete. Porque como dice Montaigne, citando a Horacio en su ensayo acerca de este asunto, por más que te apartes con el caballo más ligero, vayas donde vayas, la negra inquietud va sentada siempre atrás del jinete.
Imagen de portada: ©Matías Wendt

Matías Ezequiel Wendt (Puerto Rico, Misiones, Argentina, 1994)
Escritor, docente e investigador, actualmente viviendo en Leipzig. Autor de novelas cortas, cuentos, poesías,guiones, notas de lectura, ensayos y artículos de investigación. Tiene diversas publicaciones
en revistas digitales y periódicos, como Neaconatus, Tierra Roja, Urbe, Carcaj, Casapaís, Letralia, Adynata, El Territorio, etc.
Contacto: matiasezequielwendt@gmail.com
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