Reseña de la poesía de Patricia Colchado por Álex Morillo Sotomayor
Ir a los poemas
El poemario Astro de luz sinfónica (Hipatia, 2025) de Patricia Colchado se deja apreciar como un acto de restitución lírica del yo frente a la pérdida del padre. Desde sus primeras páginas, el libro despliega las experiencias del duelo y de la memoria para que tomen forma en un lenguaje que prioriza la musicalidad, lo que le permite orquestar un repertorio de imágenes reveladoras del momento de madurez poética de la autora.
En la escritura musical de Colchado, el dolor se convierte en un insumo afectivo que no paraliza, sino más bien impulsa la siempre desafiante situación, para el lector, de una experiencia de lectura que sobrepasa al lenguaje, como si el componente musical aludido nos recordada que los asuntos humanos más trascendentes se ubican donde el lenguaje se juega sus propios límites. De este modo, el poemario se inscribe en la tradición de la elegía, enriqueciéndola al incorporar imágenes cósmicas y ritmos rituales de la palabra, hasta concretar una sinfonía personal donde cada poema o canto proyecta el luto no tanto como la resignación ante la ausencia y sí como un nuevo comienzo en la relación padre-hija.
Un primer aspecto fundamental del libro está relacionado con lo que deja ver fuera de sí mismo: nos referimos a la afinidad literaria entre la autora y su padre, Óscar Colchado Lucio, con quien comparte no solo vínculos familiares, sino también la convicción por el ejercicio poético. Esto quiere decir que la voz de Astro de luz sinfónica dialoga con la obra poética del padre, especialmente con su libro Sinfonía azul para tus labios (aunque hay otros libros musicales más, como Arpa de Wamani, Devolverte mi canción y Canción del pescador). Esta intertextualidad no funciona como un ejercicio habitual de citado o un homenaje explícito, sino sobre todo como la apuesta por trabajar una especie de resonancia que multiplica las posibilidades de una relación entrañable, profunda, que resiste a los ciclos de la vida y la muerte. Por ello, la poeta canta la agonía del cuerpo paternal amado para que la muerte no lo reduzca a la desaparición. Así, el dolor se traduce en claves sonoras que calan en la sensibilidad del lector: la agonía del corazón se transcribe en notas musicales; los lamentos se dejan ver como pentagramas; el pecho moribundo es un “mar aún sonoro”; las flores del entierro son “cadáveres arrancados de un jardín musical” y la muerte como tal es “una obertura de desgarros y adioses”.
Cada poema se entiende, entonces, como un acto de traducción. Frente a la imposibilidad de decir lo inefable, la autora explora lo intraducible en los senderos del canto. Según la lógica particular del poemario, los poemas, curiosamente destitulados, se presentan como aproximaciones, entradas y salidas al dolor, pues no buscan clausurarlo en una sola idea, sino más bien expandirlo hasta provocar nuevas rutas para su significación. En esta dinámica, descubrimos una poética de lo inasible que se despliega entre el carácter fragmentario de la memoria y la naturaleza oscilante del duelo.
Las imágenes cósmicas se suman como un rasgo determinante más del poemario. El padre aparece representado como un “astro” que ilumina la reconstrucción del yo poético tras haberse descentrado debido al hecho funesto poetizado. El universo desconocido se configura como el espacio donde ese astro habita, mientras que el “silencio estelar” se presenta como la muerte simbólica de los deudos, a quienes les toca vivir el instante en que todo se suspende y el mundo se repliega en una quietud absoluta. A través de estas imágenes, el poemario comparte con el lector, como ya se dijo, un sentido de lo inconmensurable al proponernos la transformación del duelo de tránsito emocional a exploración de lo infinito como metáfora del vínculo que persiste más allá de la vida: “Cargo en mis brazos todas las aguas / de los ríos, de los arroyos, de los lagos, / del océano que atravesé para alcanzarte / antes de que tu voz se piedra / en las costuras azul rosadas del Cielo de Lima.”.
No podemos dejar de mencionar, por otro lado, la intención de transmitir la sensación de sentirse perdido o ajeno al mundo tras la muerte del padre. El poemario sugiere que la pérdida nos devuelve, paradójicamente, a una condición vulnerable de la infancia, entendida esta como el sentimiento de orfandad visceral que nos hace necesitar siempre que tomen nuestra mano para no extraviarnos en medio de la nada. En esta especie de retorno simbólico a una temprana fragilidad, la búsqueda del padre se confunde con la búsqueda del propio yo: encontrar al padre (o reencontrarlo en estos cantos fúnebres) implica también encontrarse a uno mismo: “Me siento como una luciérnaga agónica / que lucha inútilmente contra una espantosa oscuridad.”.
Cantar la muerte es ritualizarla. Colchado apela a gestos cotidianos de despedida –cerrar los ojos del padre, cortar un mechón de cabello, recolectar recuerdos, besar el cuerpo sin vida, lavar el cuerpo o preparar su comida– y los convierte en los actos de una ceremonia lírica que le otorga densidad simbólica a lo corporal. Y como la ritualización es el umbral de la dimensión de lo mítico, el libro dialoga con la historia hasta llegar, por ejemplo, a la tradición griega y abrazar la figura emblemática de Antígona, lo que se vuelve evidente a través de una hablante femenina que encarna una persistencia rebelde frente al paso del tiempo y a la disolución de los lazos afectivos.
En el cierre del libro, el canto adquiere un ritmo más expansivo, como si se tratara de una sinfonía que busca abrirse a una nueva forma de claridad. Las imágenes musicales no solo intensifican la expresividad del poemario, sino que sostienen una estructura donde la voz se reconstituye sin renunciar a su herida. En ese sentido, Astro de luz sinfónica puede leerse como un ejercicio de reconstrucción emocional: un intento de comprender el mundo desde la música secreta que dejan los muertos. Lo cósmico, lo ritual y lo íntimo convergen para tejer un libro que, como su título sugiere, irradia una luz que no se agota.
En suma, Astro de luz sinfónica de Patricia Colchado encuentra su fuerza en la capacidad de convertir el duelo en un territorio donde la belleza y la oscuridad conviven en una tensión que interpela al lector. Su escritura propone un viaje hacia las dimensiones más profundas del dolor, pero también hacia la posibilidad de un renacimiento afectivo. En esta travesía, la autora se afirma como una voz poética singular y capaz de transformar una experiencia extrema en una sinfonía que acompaña, ilumina y resignifica.
Tres poemas de Astro de luz sinfónica en la voz de la autora.
Poema I
¿Quién de nosotras te cerrará los ojos?
Ninguna está preparada.
¿Para qué grabamos el color de ellos,
si con el tiempo cambiará?
Si pronto tu mirada se hundirá
en las arcanas aguas de la clepsidra,
si hoy que estoy frente a ti,
ya no me miras o ¿aún lo haces?
Me mantengo alerta a las sincronizaciones
del electrocardiógrafo,
a las huellas de tu corazón en esta partitura.
Cada línea es una nota musical,
y entre latido y latido hay un silencio.
Nuestros llantos se transcriben también
en aquel pentagrama
que intenta calcular la duración de tu música.
¿Nos dejarás solas en este concierto, papá?
Poema III
¿Con qué bellezas botánicas
debemos adornar la sala en la que te velaremos,
llegado el momento?
Las flores son también cadáveres arrancados
de un jardín musical.
Te imagino corriendo por campos llenos
de aguas luminosas,
observando extasiado la flora mística
de universos desconocidos,
plantando en ellos, sinfonías;
en tanto yo me desespero
por sembrar alguna que te enraíce en esta vida.
Poema VIII
Me pierdo en un laberinto de exequias,
en el tanático adagio de la muerte,
en sus páramos llanos y estridentes.
Las sepultureras han dejado
como acto de consuelo,
madejas dispersas alrededor de tu tumba.
¿Cuál de sus hilos me guiará a ti
y me ayudará a enfrentar
al monstruo del desamparo?
Comienzo a recolectar objetos, papeles,
fonemas que forman parte de tu historia.
Los guardo en una caja que pienso llevarme
cuando regrese al país
donde el amor orbita alrededor de dos lenguas.
¿O debo volver al camposanto
y acompañarte en ese viaje
lumínico y perpetuo?

Álex Morillo Sotomayor (Lima, 1984) es investigador, poeta, ensayista y profesor universitario. Es magíster en Literatura Peruana y Latinoamericana por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Sus diversos trabajos académicos se centran principalmente en la poesía peruana del siglo XX, entre los que destacan los libros La poética nodal. El nudo y su fundamentación estética en la poesía escrita de Jorge Eduardo Eielson (2014) y El poema multidimensional. Eguren / Vallejo / Eielson / Romualdo / Sologuren / Salazar Bondy (2026). En el ámbito de la creación, poemas suyos aparecen en diversas muestras antológicas. Asimismo, es autor de los poemarios Fragilidad de lo visible (2008) y Mitos del animal abstracto (2026). Se desempeña actualmente como profesor en el Departamento de Humanidades de la Universidad del Pacífico y en la Carrera de Artes Escénicas de la Universidad Científica del Sur.
Liberémonos del algoritmo. Los editores te pedimos que te suscribas a la revista para recibir notificaciones de los nuevos artículos en tu propio correo electrónico. Te animamos además a dejar un comentario.

