Minificción, un género líquido

Conversación sobre literatura con Ana María Orjuela
El sociólogo Zygmunt Bauman describe la sociedad actual como inestable y fluida. Las estructuras sólidas –trabajo fijo, familia, identidad– se disuelven y dan paso a un cambio constante, a la provisionalidad, a la incertidumbre, a la adaptabilidad en relaciones, identidades y formas de vida. Si eso pasa en la sociedad, es esperable que la literatura, que otorga voz e imágenes a esa sociedad, tenga las mismas características, y se haga líquida. En consonancia, o prefigurándolo, en sus Lezioni americane. Sei proposte per il prossimo millennio (1988) Ítalo Calvino propuso los seis valores literarios para la literatura de su futuro, nuestro presente: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad, consistencia.

Calvino se adelantó a su tiempo y describió lo que hoy parece ser la regla general en las formas de comunicarnos y producir información. La brevedad no es nueva, es tan antigua como el hombre mismo, pero ha tenido sus propias formas y maneras en cada época y contexto. Por eso da cuenta de culturas y literaturas. Entre tanto, ¿de qué se trata la ficción breve en nuestros días? Vamos a verlo en esta conversación sobre el concepto de minificción en la literatura hispánica con Ana María Orjuela Acosta.

Colección de micronovelas “Los frutos del bonsái”, editada en México por la editorial independiente y artesanal La Tinta del Silencio, 2025.

Para empezar, ¿puedes presentarte para la gente que vaya a leer el artículo?

Soy licenciada en Humanidades y soy profesora de lenguas. Tengo una maestría en literatura en Colombia, y actualmente desarrollo una investigación doctoral en la Humboldt Universität zu Berlín sobre Minificción. Mi gran pasión es la docencia, pero también, la literatura. Mi investigación doctoral se centra en hacer un recuento histórico del género en Latinoamérica y en España, en el que intento, un poco, hilar cómo se ha ido forjando esa comunidad, o esas comunidades —porque hay varias— de escritores, productores, lectores y críticos del género. Es, en términos generales, lo que pretendo hacer en mi investigación.

Vamos un poco para atrás. Tú eres colombiana. ¿De dónde eres?

Nací en una pequeña ciudad muy cerca a Bogotá llamada Zipaquirá. Mi formación básica la hice allí en la escuela pública. Me formé como profesora de español e inglés en la Universidad Pedagógica Nacional en Bogotá. Hice mi maestría en literatura en la Universidad de los Andes, en Bogotá también. Después de eso, trabajé unos años como profesora en la Universidad y como editora. Mis últimos años en Colombia se concentraron en la edición académica. Desde siempre tenía el proyecto del doctorado, pero lo fui postergando. Hubo un momento en que dije: “Es ahora”, y, bueno, empecé todo el proceso. Inicié mi investigación en la Universidad de Hamburgo en el 2021. Por temas de financiación, llegué a Berlín en verano de 2023, y en la Humboldt empecé a ser parte del grupo de investigación Kleine Formen, que es un grupo transdisciplinar que, básicamente, se concentra en estudiar las pequeñas formas en la literatura y en la cultura. Ahí estoy yo con la minificción.

¿Cómo fue tu acceso a la literatura y a la literatura breve? Imagino que desde joven empezaste a leer, estabas en ambientes literarios antes de la Universidad…

Sí, leer me gustó desde siempre, desde toda la vida. Mi familia, yo creo que fue una gran influencia, sobre todo por tener acceso a los libros en casa. Mi hermana mayor también es profesora de lenguas, ella leía y compraba libros, y yo leía esos libros. Me acuerdo que uno de los primeros poemarios que leí era el de Porfirio Barba-Jacob, que ella compró en dos volúmenes de la editorial Panamericana en Colombia. Ella influyó también en que yo decidiera estudiar lenguas. En un primer momento yo estaba súper emocionada por aprender inglés. Vengo de una familia de docentes, así que ahí tenía poco rango para escaparme de la docencia. Entré a la Universidad Pedagógica Nacional y amé mi carrera siempre. En el programa te formas como docente de español y de inglés, pero hay un complemento de la carrera, que es en literatura. Yo siempre pensé que me iba a dedicar a la docencia de lenguas, llegué con esas expectativas y con esa idea, pero en la medida en que te vas formando, si bien las lenguas siempre han sido mi pasión y la lingüística también (aunque algunas cosas de la lingüística me costaron mucho), fui identificando que definitivamente la literatura era el camino. 

Mi opción de grado la hice en literatura y mi práctica docente la hice con proyectos de lectura, básicamente con un proyecto de comprensión lectora para estudiantes de últimos grados de secundaria en un colegio en Bogotá. Ahí yo ya tenía decidido eso. Precisamente por esa razón, apenas terminé mi pregrado, hice el proceso y, por fortuna, me gané una beca en la Universidad de los Andes. Empecé mi maestría en literatura, y en el proceso, bajo el apoyo de Henry González, —uno de mis profesores de literatura en el pregrado y quien fue y ha sido el investigador más importante de minificción en Colombia—, construí mi propuesta de tesis. Él, obviamente, nos metió mucho en el mundo de la minificción, y “nos obligó” a ir al Congreso Internacional de Minificción en Colombia; ahí empezó todo. 

¿Cuándo fue el Congreso?

En 2010. Resulta que uno de los escritores invitados al Congreso fue Guillermo Bustamante Zamudio. Es uno de los escritores, digo yo, más destacados de minificción en Colombia. El trabajo que hice para el seminario del profe Henry lo basé en un libro de Bustamante Zamudio: Oficios de Noé. Tuve la oportunidad de entrevistarlo, hablamos del género, de los cuentos, etcétera. Hacer eso me encantó.

¿Está publicada la entrevista?

No, fue un trabajo de pregrado. Cuando estás en el Bachelor, haces los ejercicios, pero no piensas en publicar. El libro estaba recién editado.

Creo que puede ser un documento muy interesante. Complementa lo que estamos haciendo aquí.

Tuve ese acercamiento a la minificción. Cuando justamente deserté de una primera idea de tesis en mi maestría, acabé en la minificción, aunque no sé exactamente por qué. Yo había leído y sabía un poco, pero no estaba claro. Entonces me reuní con el profesor Henry y le conté, le dije, “A mí me gustaría hacer una investigación sobre minificción en Colombia, porque siento que hace falta”. Empezamos a hablar y él me dio la idea. Él fue coordinador de una colección de minificción con la editorial de Universidad Pedagógica, y hay un libro que se llama La minificción en Colombia y él hace la introducción. En esa introducción él señala a Luis Vidales como el primer minificcionista en Colombia. Leí el poemario —aunque en realidad no es un poemario sino un libro misceláneo—y dije: “¡Ya, aquí está!”. 

Antología mínima —Minificciones—,Ana María Orjuela Acosta. Colección Entre Letras, Editorial Universidad El Bosque, Bogotá, 2021.

Empecé a trabajar e, insisto, la idea no es mía; Henry González yo lo había hecho, pero aparte de la mención en esa introducción, no había desarrollo, nadie se había propuesto analizar el libro en su totalidad y hacer un estudio sistemático al respecto. No puedo negar la influencia de Henry González y del Congreso que se hizo en Colombia en 2010 y que se dedicó a Luis Vidales. Mi hipótesis de lectura es que este es un libro misceláneo: ahí hay poesía, poesía en prosa, minificción y cuento corto; o sea, es un libro que tiene de todo. Ese libro se publicó en 1926 en Colombia, fue vanguardia. Cuando yo estaba haciendo la investigación, logré contactarme con su hijo, Carlos Vidales, que vivía en Europa, creo que en Bruselas. Mantuvimos comunicación vía Skype en ese momento y logré encontrar un montón de cosas. Logré también contactarme con otro de los poetas que hizo parte del grupo de vanguardia de “Los Nuevos”, del que fue parte Luis Vidales: José Luis Díaz Granados. En medio todas esas anécdotas  encontré la ratificación a mi lectura. Algo que me gustaría añadir es que, cuando yo cambié el tema y fui al departamento de Literatura de la Universidad, me encontré con que básicamente no había un profesor que tuviera un perfil cercano para que yo pudiera trabajar, un supervisor. Hubo en las reacciones y en las respuestas de algunos académicos cierta duda, como: “¿Usted está segura de que ese es un tema de investigación?, o sea, ¿eso vale la pena? Eso es como literatura menor”.

No es un género de prestigio…

Exacto, como diciendo: “¿Para qué va a hacer eso si es algo, como una moda?” No me lo dijeron en esos términos, pero lo viví en diferentes momentos, no solo cuando estaba buscando el tema de mi tesis; también después, cuando alguien me preguntaba el tema y yo le decía.

¿Quieres decir con esto que el sistema académico va por detrás de la realidad literaria?

Debo decir que ya cambió, es decir, la minificción ya tiene un lugar, pero yo me atrevo a decir que eso no es algo excepcional en Colombia, sino que, al menos en Latinoamérica, que es de donde yo conozco más, ha sido un género y un tema de estudio que ha tenido que buscarse el lugar por personas que se han arriesgado a creer. Es un género muy reciente, y también toda la conexión que tiene con la social media, con las redes, ayuda a entender por qué, para muchos, hace unos diez años, era considerada más una moda, nunca un género, nunca una propuesta literaria independiente, nunca algo que mereciera, digamos, un estudio riguroso. Eso, afortunadamente, ya ha cambiado, y lo digo porque ya la minificción entra en libros de texto para formación en lectura en los colegios, por ejemplo, desde las editoriales. Se perdió la cuenta de la cantidad de concursos y de eventos de minificción. Durante la Fiesta del libro, que es como la Feria del Libro que se hace en Medellín, en 2025, desde la Universidad EAFIT se lanzó un concurso de microrrelato, y era ya su sexta edición . Cosas como esas pasan ahora, es decir, ya la minificción, el microrrelato o el microcuento son considerados en estos contextos significativos. Lo que yo sí quisiera decir es que ese lugar que tiene hoy fue por la terquedad y la curiosidad de varios académicos que se la jugaron por eso.

Estamos hablando de algo sobre lo que podemos tener conceptos diferentes, y que todavía no hemos definido. ¿Cómo le llamas tú?

Bueno, es una buena pregunta. Yo prefiero el uso de minificción, aunque también me gusta microficción. Me gustan las dos. Yo lo hago por una razón de escuela. El profesor Henry González era de la escuela, puedo decir, latinoamericana en parte, y allá, el término que se mantiene, en México, en Colombia, en Perú, es minificción.

En España se habla más de microrrelato.

Exactamente. En Latinoamérica, exceptuando el sur, Argentina y, tal vez, Chile, se utilizan minificción y minicuento, y en España se utiliza microrrelato. De alguna u otra forma, creo que corresponde más a escuelas, escuelas teóricas y de crítica. Hay diferencias —creo que cada vez más en diálogo que en confrontación—, aunque sí ha tenido capítulos de desacuerdos fuertes. Yo la uso porque así me formé, y porque, entre que lo voy estudiando, creo que me apego más a esa escuela. Microficción y minificción, me gustan las dos.

Letras en Breve. Minificciones Sinaloenses, Dina Grijalva (Comp.). Libro cartonero producto de talleres de escritura dirigidos por la escritora e investigadora Dina Grijalva en Culiacán, 2025;

Yo diría que, de alguna u otra manera, cualquier definición que se dé aún hoy, en el 2026, va a ser una definición maleable o movible. Si bien ya es un género constituido de la literatura, aún está en desarrollo. No solo en su creación, sino también en su crítica. Es como una película que estamos viendo en este momento. Nunca hay definiciones definitivas, valga la redundancia, pero esto pasa particularmente aquí porque la película está sucediendo ahora. Si me preguntas qué es la minificción, yo diría que es un un género breve de la literatura; un género reciente, que nace en el siglo XX en Latinoamérica, y cuyo desarrollo empieza en México. Es un género que tiene una particularidad muy valiosa, y que a mí me interesa mucho, y es que ha tenido un desarrollo y un alcance en todos los ámbitos: editorial, de producción, de lectores. Y lo ha tenido en idioma español. Cuando hablo de Latinoamérica debo decir Hispanoamérica y España, porque Brasil aquí no cuenta. Particularmente por una cuestión idiomática, a pesar de que en Brasil también hay un movimiento de literatura breve importante, pero viene posterior al que se dio en español en Latinoamérica.

¿En Brasil sería como una reacción a lo que está pasando en los países limítrofes?

No me atrevo a decirlo porque no lo conozco a fondo, y no sé si eso se pueda catalogar específicamente como “una reacción”, lo que sí sé es que es un fenómeno posterior. Y bueno, si seguimos intentando definirlo, es un género breve de la literatura, es un género híbrido, y es un género que juega, es un género lúdico. Creo que híbrido y lúdico son dos características importantes.

De reojo, Miranda Montealegre. Ediciones Sherezade, Chile, 2022.

¿Qué significa que es un género híbrido? ¿No es un género narrativo?

Toma prestados elementos, características y ejercicios de estilo de otros géneros. A veces se parece mucho la poesía, a veces se puede parecer mucho al ensayo, o a la crónica, o al cuento de la manera más clásica posible, pero se puede parecer también al aforismo, o puede tener de todos. Incluso se puede parecer mucho al teatro. Está jugando, por eso hablo de lo lúdico y lo híbrido. Creería yo que esa es la base para saber que estamos hablando de minificción. Es un género contemporáneo, muchos dicen que posmoderno, yo prefiero el uso de contemporáneo, pero, de cualquier manera, sí tiene esa vocación de rebeldía, de cuestionarlo todo. Algo que he dicho en un artículo que publiqué hace un tiempo es que la minificción gira la mirada hacia la historia de la literatura, y se burla, se burla de ella.

¿Eso es una característica de género? ¿No sería una característica de los autores?

Es una característica del género. Es importante.

Entonces un texto que no se burle de la propia literatura, no estaría dentro de la caja de la minificción. 

No necesariamente. Eso ha pasado en todas las artes: en la pintura, en la arquitectura, etc. Lo que yo identifico como muy particular de la minificción es que sí hay un intento contundente de burlar todo lo que se ha hecho hasta ahora. Por eso, también creo que lo conectan mucho con la posmodernidad, que intenta retar todas estas verdades que se habían venido construyendo en la historia de la humanidad.

La característica fundamental es la brevedad, ¿no?

Sí y no. Es básica porque de ahí parte su identificación más material: su extensión, pero la brevedad es, y aquí cito a Brasca, más su consecuencia que su causa. Si limitamos la “definición” del género a la extensión, entramos en un sinfín de problemas y de discusiones válidas en torno a quienes la señalan como moda o tendencia nada más.

Fenómenos de Circo, Ana María Shua, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2011.

¿Están establecidos los límites de esa brevedad? Sobre todo, por arriba, por abajo, supongo que no hay. ¿En qué momento deja de ser minificción y empieza a ser un cuento corto?

Ese es uno de los dolores de cabeza para los críticos, sobre todo. Los escritores finalmente escriben, y ya. Lo botan, y ahí está. Justamente, con la construcción, digamos, de todo esto que yo cuento que ha venido sucediendo hace muchos años, algunos críticos decían: “No, una minificción es lo que cabe en una cuartilla”, “una minificción es de hasta quinientas palabras”, “un microcuento es esto”. Y luego, porque obviamente eso se discutía, se contradecían; decían: “No podemos basar la categoría de minicuento o de microrrelato, en un número, porque puede que haya un microrrelato de una cuartilla y una línea, y tenga todas las características”. Se dieron cuenta de que lo cuantitativo no iba a responder al problema, en lo que se tenía que concentrar el análisis era en lo cualitativo, porque muchas veces la diferencia entre un cuento corto y un microcuento es mínima, o sea, hay una delgada línea, y por eso, esa hibridez es también retadora. Entre un poema en prosa y una microficción hay una delgada línea. 

Además, la minificción tiene mucho elemento gráfico, que también se ve en la poesía de vanguardia. Entonces, ese análisis pasó a concentrarse en qué elementos o rasgos constitutivos puede tener un texto minificcional que realmente nos haga decir: “Aquí hay un microrrelato y no otra cosa”. Ya hay ciertos consensos en la crítica, yo podría enumerar algunos, espero no olvidar ninguno fundamental: el humor, la ironía, el juego con los géneros, es decir, que uno esté enfrentando un cuento del que dude porque tiene mucho de poesía o porque parece un ensayo. Cuando hay este tipo de fluctuaciones, es mucho más probable que estemos frente a un microrrelato. La brevedad, claramente, sin necesidad de que la entendamos desde un punto de vista cuantitativo, como decíamos antes, eso es importante. Tenemos el corto más conocido, El dinosaurio, de Augusto Monterroso, con sus siete palabras, y ahí hay un microrrelato, indiscutiblemente.

Por eso decía lo de los límites por arriba…

Exactamente, pero casi siempre te preguntan, “Bueno, la brevedad, y entonces, ¿qué tan breve?” Por eso yo insisto en que esa brevedad es la característica más evidente de la microficción, claramente, pero solo si se legitima con los demás rasgos constitutivos de la creación, es decir, que tenga juegos de ironía, juegos de estilo, juegos de humor, juegos de palabras, elementos particulares con el lenguaje. Cuando se unen todas esas características, uno dice “Ok, esto es un microrrelato o un minicuento”. 

También suceden cosas como lo que yo viví cuando estaba haciendo mi tesis de maestría. En una miniferia del libro que se hizo en la Universidad, llevaron algunos autores de los que estaban participando en la FilBo, y uno de ellos, el mexicano Francisco Hinojosa, había publicado un poemario, pero era un libro para niños. Él tenía un humor característico mientras lo entrevistaban, y empezó a leer. Yo me dije: “Estos son microcuentos”. En un momento le preguntaron qué tipo de textos eran aquellos —porque él era poeta, de base, pero había incursionado en la escritura de libros infantiles— y él dijo: “¿Sabes que yo no sé qué escribo? Yo he hecho poesía toda la vida, pero empiezo a hacer estos ejercicios de creación, y sale esto, es algo que estoy construyendo”. Me acuerdo mucho de esa anécdota porque eso lo he visto en repetidas ocasiones en otros autores. Ya no pasa mucho y es algo que ha cambiado, y es importante, pero hace diez años o más, muchos autores decían: “No sé qué estoy haciendo. Estoy jugando con las palabras”; como que ellos sabían que eso no era del todo poesía, que no era del todo cuento, pero no tenían cómo definirlo. Solo eran conscientes de que no era ni lo uno ni lo otro.

Ha pasado también con autores que dicen en entrevistas cosas como: “Yo al inicio no sabía lo que estaba haciendo, pero ahora sé que lo que escribo es minificción, ahora sé que lo que escribo es microrrelato”. Por eso digo que estamos frente a una película que está sucediendo.

Colección de micronovelas Los frutos del bonsái, editada en México por la editorial independiente y artesanal La Tinta del Silencio, 2025.

Hay varios elementos narrativos por los que me gustaría preguntarte. ¿Qué pasa con los personajes?

Esa es una muy buena pregunta. Es de algo de lo que habla mucho Andrés Neuman, argentino-español, muy consolidado en el género, aunque también escribe novela.

Tiene un libro muy famoso sobre minificción.

En minificción pasa también que muchos autores son a la vez críticos, y eso no siempre ha pasado en los demás géneros.

También son pedagogos, dan talleres de narrativa.

Eso es importante, porque alguna vez entrevistaban a Ana María Shua y le preguntaban qué pasaba con eso, y ella decía: “Es que a nosotros nos tocó empezar obligatoriamente a responder como críticos porque nadie sabía qué hacíamos. Nos tocó parar a reflexionar qué estábamos haciendo”. Y eso ha hecho que, en la microficción, particularmente, haya una ola de escritores que son críticos a la vez.

Además,después tenían que enseñar a hacerlo, así que también reflexionaban para describir las características a sus alumnos en sus talleres.

Completamente de acuerdo. Ana María también da talleres. Ella lo decía en la entrevista, que no se lo esperaba, pero adentrarse en el mundo de la minificción la obligó a hacerlo, y no es que lo hiciera de mala gana ni nada de eso, pero no lo tenía en sus planes, y lo que pasó es que nadie tenía cómo explicarlo.

Duele, Pía Barros, Ediciones Sherezade, Chile, 2021.

Volviendo a la cuestión de los personajes.

Neuman tiene libro que se llama El fin de la lectura en el que hace varios dodecálogos de un microficcionista. En uno dice algo así como que los personajes están ocultos y el lector es quien los descubre en una microficción. Muchas veces pasa eso, el juego del personaje, y eso yo lo digo en un artículo. Es que el lector se convierte en autor en la medida en que es quien tiene que completar la historia. Eso no pasa solo en la microficción, sino siempre que nosotros leemos, pero en la minificción hay una responsabilidad más grande en el lector.

En los microrelatos el cuento sucede mucho más en la cabeza del lector.

Lauro Zavala, el crítico más importante en Latinoamérica, es el que más se ha acercado a la idea de construir una teoría de la minificción. Él intenta tomar la foto completa del género y analizarla. Dice: “Nosotros podemos encontrarnos con tres maneras de hacer minificción. Puede haber un minicuento, un microrrelato o una minificción”. El minicuento es el que se acerca más a la forma y a la construcción del cuento clásico. Hay un plot definido, hay unos personajes definidos, y se puede, de una manera mucho más fácil, identificar un inicio, nudo y un desenlace. Ese sería el minicuento, el más cercano al cuento clásico. El microrrelato está más conectado con el relato posmoderno o con el cuento posmoderno. A veces el personaje se difumina; a veces hay plot, pero no es tan evidente; puede empezar, digamos, desde el final o in media res, etcétera. Digamos, hay estos juegos, pero con una brevedad muy particular. Y en la minificción, es una de las ideas que él defiende, y que supone una gran diferencia entre la escuela española y la escuela latinoamericana, él dice, entran otras formas de literatura breve, como los aforismos, y otras formas breves no ficcionales. Para él, por ejemplo, el haiku es una forma de minificción. Ahí hay mucha tela por cortar. Me gusta y me acerco mucho a la problematización que hace Raúl Brasca acerca de los microrrelatos. Su principal tesis para identificarlos y diferenciarlos de otros géneros o de lo que no sería literatura es lo que él llama “silencio constitutivo”. En esa línea también teoriza Ary Malaver, escritor, de manera muy acertada, desde mi punto de vista.

Oficios de Noé, Guillermo Bustamante Zamudio, Común Presencia Editores, Bogotá, 2005.

El libro de Guillermo Bustamante Zamudio, Oficios de Noé, se publica en 2005. Todos los textos que hay allí se acercan justamente a ese concepto de minicuento. Podríamos considerarlos, hoy en día, un poco largos para ser minicuentos. Hay unos que ni siquiera son de media página, pero hay otros que ocupan un par de páginas. A lo que voy es que esos primeros ejercicios de hace varios años están más apegados al cuento clásico, y ahora siento que hay mucha más experimentación, y en esos ejercicios de experimentación es cuando el personaje y el plot, la trama, se difuminan; puede haber tantas sorpresas como tú quieras. 

Hay un microrrelato que a mí me encanta, de uno de los autores colombianos que más me gustan, que es completamente circular, y tú lo tienes que leer así, de forma circular, la forma de la lectura te está hablando de qué se trata en el cuento. Se llama “La demostración”. La lectura circular es la demostración de lo que el autor quiere demostrarle al lector. Aquí no hay plot, no hay personaje. Sencillamente, el texto del microrrelato dice: “La demostración literaria de la redondez del círculo no es tan compleja como podría pensarse. Basta con eliminar el punto final y comenzar el texto así:”. Ahí se termina el círculo, se termina el texto con esos puntos, así que, ad infinitum, el lector tendría que leer una y otra y otra y otra vez.

La Demostración, en El Mago Natural y otros Abracadabras, Rafael García Z. Editorial Ficticia, CDMX, 2008.

Pero no es nada narrativo.

No tiene nada de narrativo, y esa es una de las principales peleas que hay con lo que yo identifico como la escuela española, porque hay una escuela española y hay una escuela latinoamericana, desde la crítica. Lo que sucede en España es que se usa microrrelato y se defiende el uso de microrrelato. Hay una parte importante de los críticos españoles que defienden —aunque ya han ido bajando la guardia frente a esa afirmación— que el microrrelato no es un género independiente, sino es un subgénero del cuento. Lo que sí sostiene hoy en día la escuela española es que es un género narrativo, y todo lo que se salga de las condiciones, digamos, de lo narratológico, no es minificción.

Eso justifica la diferencia entre usar la palabra relato, o la palabra ficción.

Absolutamente.

La ficción no presupone lo narrativo, no tiene que ser narrativo para ser ficcional.

De acuerdo, y estás dando la explicación que da Zavala en su hipótesis teórica. Por eso yo prefiero minificción y por eso en Latinoamérica se prefiere ese término. Ahora, minicuento, que también puede sonar muy clásico, tiene una particularidad histórica, porque lo que sucede es que la primera vez que se menciona y que se hace alusión al género breve en Latinoamérica, sucede en la revista El cuento y lo usa su editor, Edmundo Valadés, en los años cuarenta, un gran escritor mexicano. En un concurso que hacen, dice “minicuento”. En México se mantiene ese término en honor justamente a ese autor, porque lo que sucede con la revista es abismal y hay un homenaje y un respeto hacia el autor. Es básicamente la revista inaugural de la literatura breve en Latinoamérica y en español, porque sucede que, luego, llega también por pedido a España y ahí empieza un interés particular. 

Creo que eso de hablar de escuela española y latinoamericana es un poco simplificar las cosas, hoy por hoy. Es casi imposible encontrar un autor que no esté conectado con todos los demás países de habla hispana, o que haya vivido en más de un país de habla hispana.

Claro, yo lo hablo en términos de crítica y no en términos de creación.

Estas conversaciones me recuerdan la famosa discusión sobre la autoficción. Si entendemos minificción frente al microrrelato como dos cosas diferentes, permite también que la minificción puede ser autoficción. Cuando se habló de autoficción se hablaba de los límites, en qué momento deja de ser una autobiografía para ser autoficción.

De acuerdo.

Lo que he leído antes, aunque no hay una voz identificable en el texto circular, lo puedo interpretar como autoficción desde el punto de vista de que está ahí un poco en el medio entre lo real y lo ficticio. ¿Se refiere a la realidad o se refiere a una ficción construida por el autor?

Claramente, y ahí se basa todo, que haya conciencia del autor, que está construyendo un aparato artístico a partir del lenguaje. Si eso tiene más de relato, más de narración, eso son otras cosas.

Títulos de la Colección Bocanada, Editorial La Tinta del Silencio.

Lo que has leído es más de carácter argumentativo que narrativo, pero está en medio entre los ficcional y lo no ficcional.

Es de carácter lúdico. En particular, La demostración pertenece a un libro que se llama El mago natural y otros abracadabras. Es un libro de microrrelatos. Básicamente, lo que él hace ahí, y de ahí que el nombre sea tan importante, es jugar con el lenguaje todo el tiempo. Yo intento imaginar al autor construyendo el libro. Está buscando jugar, todo el tiempo. Hay otro cuento muy particular que no se puede leer, por ejemplo, porque es un cuento escrito solo con consonantes, y luego tiene una nota del traductor que “traduce” lo que dice arriba. Lo particular es que tú lo lees y lo entiendes. Como digo, todo el tiempo está jugando.

Recuerda a Georges Perec, su novela lipograma con una sola vocal, Les revenentes, y el grupo OuLiPo.

A eso voy cuando tú me preguntas cómo son los personajes, creo que fue la pregunta inicial. Puede estar, puede no estar, puede tener un papel muy importante y decirle todo al lector, puede que no. Por eso la minificción es categorizada como algo posmoderno.

Si te pregunto por los otros elementos característicos del relato tradicional, como el ambiente, la trama, la descripción de espacios, puedes responder exactamente lo mismo.

Claro.

No son determinantes para la configuración del género.

Eso puede sonar, en principio, como una salida muy fácil, pero creo que es todo lo contrario. Solo con el tema del personaje tendríamos que dedicar el resto de la entrevista, pero aquí encontré lo que dice Neuman de los personajes: “Los personajes de un microcuento caminan de perfil”.

Claro.

Lo condensa mucho, pero creo que lo dice muy bien.

Antología cibernética de Ekuóreo. Revista de minicuentos. Guillermo Bustamante Z., Henry Ficher, Harold Kremer (Comp.). Anzuelo ético Editores, Cali, 2016.

Es que no hay sitio para más. Hay que apelar mucho a lo que, como decías, lo que el lector agrega, hay que suscitar más que informar. Mi pequeña crítica es que hay que recurrir a veces a estereotipos o a personajes muy esquemáticos a partir de palabras clave que despiertan imágenes en el lector. No son personajes desarrollados, sino arquetipos en el sentido junguiano, no tanto estereotipos en sentido negativo.

Sí, de acuerdo, y eso que dices es bien interesante. Yo diría que sí, de entrada, pero hay más. Como ya te comenté, la minificción gira su mirada a la literatura, a la Historia (con H mayúscula) y se burla de ellas. Otra de las características muy marcadas es, y eso ha pasado mucho en la contemporaneidad, no solo en la literatura, sino en las películas, en los grandes relatos. Se toman, valga la redundancia, los grandes relatos y los rehacen, ahora con ironía, ahora de manera fragmentaria. Por ejemplo, hay versiones de Blancanieves, hay versiones de Caperucita, de todos los cuentos clásicos que puedas imaginarte, como microficciones en las que los personajes cambian, y el príncipe no es el príncipe, sino que es un tonto. 

Eso por parte de los arquetipos, pero luego podrías hacer lo mismo con los personajes literarios plenamente establecidos como el coronel Aureliano Buendía.

Exacto. Ese juego de los arquetipos y de la literatura misma está súper marcado, pero no siempre sucede.

La brevedad hace que ese personaje de perfil se nutra de lo que el autor sabe que el lector conoce.

Aquí yo voy a defender, justamente con lo que dices, que, precisamente por eso, la microficción no es literatura menor, y, mucho menos, demanda lectores básicos, sino todo lo contrario, porque esto de demandar lectores básicos creo que es un malentendido que tenemos muy marcado, incluso ahora. Hablo desde Colombia que, desde lo que conozco —y tengo contacto cercano con lo que sucede en escuelas hoy en día—, muchos docentes han optado por usar minicuentos en sus prácticas en los colegios precisamente porque se supone que los muchachos hoy no leen mucho, y la concentración es limitada, etc. De lo que algunos no se dan cuenta es de que, a pesar de que es un texto breve, que posiblemente tenga palabras fáciles, y que, digamos, a simple vista pueda necesitar una lectura únicamente interpretativa, el 99 % de los microcuentos o minicuentos o microrrelatos, como quieras decirle, exigen una lectura crítico-intertextual, o sea, el último nivel de lectura. Si el estudiante lee un microcuento que se basa en el Ulises de Joyce, pero no conoce el Ulises de Joyce y no entiende todo eso, se lo perdió, y puede que haya un chiste y le parezca chistoso, pero no lo entendió. Siento que es algo muy marcado hoy en día. En los docentes y en la formación en lectura se considera que la minificción es una salida fácil, precisamente porque «es una lectura fácil», y es absolutamente todo lo contrario. El semestre de invierno 2024-2025 tuve la oportunidad de hacer un curso en minificción en la Humboldt, y creo que les causó un knockout a los estudiantes. Muchos de ellos son aprendices del español y creían que con esto iban a practicar el español, y se encontraron con que la exigencia de lectura de las microficciones es alta, y les tocó esforzarse mucho. Esa fue una de las cosas que discutimos al final del curso, y ellos mismos lo dijeron. 

Por ejemplo, este libro, de una editorial alemana: Minificciones, Minigeschichten aus Lateinamerika. Es una versión bilingüe de microficciones en alemán y en español. Según lo que he leído, tiene la intención de ser un ejercicio de lectura para aprendices del español. Como ejercicio de lectura, cualquier tipo de ficción puede servir. Como digo, la minificción se entiende mucho desde la docencia como una práctica fácil, y es todo lo contrario, por eso los compré, me causó mucha curiosidad. Este otro se llama Kleine Geschichten aus Mittel Amerika, Kolombia und Mexiko.

Me gustaría preguntarte otra cosa. ¿Hay una visión retroactiva del género, en el sentido de definir como minificción lo que antes no tenía esta categorización? Un ejemplo puede ser el libro Artefactos, de Nicanor Parra. Otro autor podría ser Pere Calders, un catalán que se exilió en México y acabó escribiendo textos muy cortos con mucho humor. Tienen muchos de los elementos que has descrito: son breves; los de Parra no tienen, evidentemente, estructura de poema; son sorprendentes, tienen mucho humor. Parra es uno de los autores más anticonvencionales e irreverentes de la literatura latinoamericana. Tiene un cuento que consiste en dos frases. Lo escribió en los años 50. Ellos quizá clasificaron sus textos como divertimentos, aunque no estoy seguro. ¿Se podrían leer, retroactivamente, como ficciones?

Voy a responder a tu pregunta diciendo que eso es lo que ha estado sucediendo todos estos años. La minificción, y para mí fue una sorpresa cuando entré yo a investigar, uno la ubica de manera muy reciente, allá por los años 80. Pero la minificción viene desde los años 30 en México, y en los 50, o sea, a mitad del siglo XX tienen un repunte en Latinoamérica y también en España.

Yo también estoy seguro de que se estaba escribiendo mucho antes. La pregunta es si es justo aplicarles un concepto creado a posteriori.

A lo que yo voy, porque muchos han criticado eso, y particularmente en la escuela española hay mucha crítica hacia eso, es que muchos de los ejercicios que se dan entre los primeros autores de la minificción es recortar: recortar partes de historias y ponerlas como microcuentos. Van al Quijote, recortan una parte y dicen, “Acá hay un minicuento” y eso puede tener todas las discusiones que quieras, pero son ejercicios creativos. ¿Qué le vas a discutir al creador? ¿Por qué hizo eso? Yo creo que ahí hay una respuesta que puede ser contundente. Y es que muchos de esos autores, y tú lo dijiste precisamente con el segundo ejemplo que pusiste, decían: “Yo solo estoy experimentando”, o “Estoy haciendo ejercicios de estilo”. Volvemos a lo que pasaba con Luis Vidales. Él era consciente de que no estaba escribiendo poesía del todo, que no del todo estaba escribiendo cuento, y que sencillamente estaba haciendo ejercicios de creación. En ese momento, en su contexto histórico, no tenían cómo decirlo ni cómo hacerlo, también porque posiblemente eran casos aislados, muy personales. Ahí es cuando nosotros, quienes nos interesamos desde la crítica, tenemos que entrar a ver y a decir qué es qué, o al menos tratar de identificar patrones y diferencias. El ejemplo más contundente de eso es que, para muchos críticos, la primera gran antología de minificción en Latinoamérica es la colección de cuento fantástico que hacen Bioy Casares, Borges y Ocampo.

¿En serio?

Para muchos críticos latinoamericanos esa es la primera antología a tener en cuenta en las discusiones. Hay una relación muy estrecha entre la literatura fantástica y la minificción, eso es contundente. A lo que voy es que es completamente válido hacer lo que tú llamas “una mirada retroactiva”. Yo creo que es una mirada necesaria. Es completamente válido que uno pueda reestudiar y revisitar creaciones, autores, obras, y revalorarlas. Podemos decir, “Hey, habíamos leído esto hasta este momento así, pero no nos habíamos dado cuenta de estas cosas”. Si dejáramos todo perennemente con las primeras lecturas que se han hecho, posiblemente nos habríamos perdido de muchas cosas después, ¿no? El Ulises, de Joyce, por ejemplo, se vino a entender mucho tiempo después porque quién lo iba a entender en su momento.

Ediciones bilingües alemanas de minificciones de la editorial alemana dtv.

El ejemplo que vendría a mano de lo que dices es El Quijote, redescubierto por los románticos alemanes varios siglos después de la publicación del libro. Lo redefinieron literariamente como novela.

Los estudiosos también la catalogan como una antinovela de caballerías. Entonces, yo creo que esas lecturas son más que necesarias, más allá de considerarlas si son o no “correctas”. Y más aún si lo que generan es sorpresa y curiosidad. Ahí se hace más necesario volver y revisitar esos espacios.

La última pregunta es sobre la relación con la literatura alemana. Tú antes nombrabas a tus estudiantes de la Universidad que están estudiando Filología o Hispanística, y tienen cierto conexión y acercamiento a la literatura. Esto lo he hablado con algún escritor alemán que conozco en Berlín, y que conoce también la literatura en español. En alemán hay muy poco relato, y diría que no existe la minificción, ¿es así?

Bueno, hay mucha tela por cortar ahí también, varias cosas. Una, hace tiempo me encontré con Esther Andradi. Ella es microficcionista argentina y vive en Berlín. Ella me contó de un libro que encontró en una librería de segunda mano (en alemán, Antiquariat) de no recuerdo en este momento qué época. Hay unos ejercicios de estilo de un autor y para ella son microficciones. Seguramente haya, pero es una de las cosas que también intento ahondar en mi investigación actual: la palabra “español” funciona de manera protagónica porque lo que sucede es: 1. Tenemos que tener claro que la brevedad ha existido siempre, desde Grecia, siempre ha habido géneros breves. 2. Pero la brevedad como la entendemos ahora, en un ejercicio contundente y repetitivo, autorial, es completamente moderna y contemporánea, y esa es la microficción. Ya hay autores que se dedican a escribir exclusivamente microficciones. Ahí ya estamos hablando de un género actual, contemporáneo, de la literatura. 

Lo que yo he encontrado —y que seguramente me hace falta ahondar más— es que la brevedad en idioma español tiene un desarrollo, una contundencia y un impacto, no solo en el consumo, sino en la creación, en la edición, en la docencia, es decir, en todos los ámbitos, inigualable a otras lenguas. Sí que se encuentran ejemplos de ejercicios escriturales breves de literatura contemporánea en otras lenguas, pero no son lo mismo que la minificción. El ejemplo clásico, la flash fiction en la literatura inglesa, particularmente norteamericana, es algo completamente diferente. Los flash fiction, en general, son mucho más extensos, aun cuando la lengua inglesa es mucho más breve en espacio que la española. Tienen otras particularidades completamente diferentes a lo que es el género de la minificción en español. Yo también tengo contacto con una investigadora en Grecia —el próximo congreso internacional se va a hacer allá—, que empezó a encontrar unos ejemplos. Lo que sucede en Grecia es que están traduciendo los libros teóricos que se han escrito en español para empezar a entender la brevedad. Se están traduciendo también los escritores hispanohablantes al griego. También pasa en Francia. Tengo contacto con una investigadora y le pregunté, y me dijo que no ha encontrado nada en la literatura francesa. Hay algo particular con eso que sucede con el español. Yo hice esta antología hace un par de años. Incluí, creo, dos ejemplos de autores alemanes, pero son más bien ejercicios de estilo o recorte de textos redefinidos como minificción. Yo diría que no hay algo tan contundente. Habrá que esperar.

Lo ideal sería que pudieras publicar tu tesis en Alemania en alemán.

Sí, sería ideal, vamos a ver.

Ana María Orjuela-A. delante del Instituto Iberoamericano de Berlín. Haz clic para acceder a su perfil.

Para terminar, ¿nos recomiendas 10 autores de microficción que podamos encontrar en Berlín?

¡Claro! El orden es aleatorio:

Librería y espacio cultural Andenbuch


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Iñaki Tarrés

Vivo en Berlín. Escribo en español sobre literatura, arte, educación. Soy editor en Desbandada. Hago muchas de las fotografías que uso en los artículos que edito. Me interesa contribuir a crear comunidad en torno al idioma común en este país, Alemania, y soy consciente de que la revista llega a todo el mundo.

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