Un film que vuelve a ese Perú del período de violencia entre los años 80 y los 2000 para traer historias silenciadas del colectivo LGTB+ en el Nor Oriente peruano. Su protagonista es Roger Pinchi Vásquez. Pero también Fransua, su hermana trans. Un film que con sensibilidad y percepción habla de un pasado que sigue siendo una deuda interna. Premio a la Mejor Dirección en el Festival de Lima, se proyecta el viernes 21 en Berlín dentro del ciclo Berlatin de Latin Quarter Films.
Hay una escena que se reproduce como un patrón de arbitrariedad y azar en los tiempos de violencia y represión. En el mismo subsuelo del edificio de una facultad de Buenos Aires, durante la dictadura, militares encierran e interrogan a un joven estudiante hasta que en medio de las negativas, los golpes y agresiones salta un documento de identidad: no es la persona que buscan. Corre 1990, a Roger Pinchi Vásquez se lo lleva secuestrado el MRTA, el Movimiento Revolucionario Tupac Amarú; ocho días en lo profundo de la selva en la Amazonía peruana, abusos y violencia hasta que quien lo va a reconocer le levanta la cabeza para ver su rostro: no es a él a quien buscan. Es a su hermana trans Fransua. En esta escena pone el germen de su relato El pecado social, el documental del cineasta peruano Juan Carlos Goicochea. Desde ese momento Roger será él, pero será también Fransua, a quien asesinarán pocos días después. La llevará con él, en él.
«Tenía miedo porque decían: Si cuentas, serás eliminado. Donde estés, ahí estamos nosotros. Nunca cuentes nada.» Con esa amenaza es liberado Roger, con ese miedo vive desde entonces. Con ella comienza el film. Y luego las imágenes de la fiesta, los cuerpos, las espaldas desnudas de las muchachas con sus vestidos de verano en primer plano, moviéndose al ritmo de «solo una noche, te tuve solo una noche, te busco, corazón, y no te encuentro, cuerpo de sirena», y entonces la persecución, la espalda descubierta y el vestido de glitter en un huir desesperado de noche en la espesura, el fuego luego, en la inmensa noche oscura, y entonces el rostro insomne de Roger –ese rostro en el que se irá escribiendo sutilmente en sus matices toda la historia de este film–, y una mano que acaricia una fotografía de una bella mujer joven. Apenas una cama, una mesa y una lámpara en ese cuarto sencillo. Roger deja la fotografía sobre papeles que son documentos legales y el recorte de un periódico: «El MRTA en Tarapoto. HACEN HUMO A DELINCUENTES Y SOPLONES con el apoyo del ejército y de la Policía nacional (…)»
Durante el intenso y complejo período de violencia que vivió el Perú entre 1980 y 2000, en el que grupos subversivos como el MRTA y Sendero Luminoso se enfrentan al gobierno dejando, según datos de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, un saldo de más de 69.000 víctimas fatales, el 31 de mayo de 1989 se produce la matanza de Tarapoto, conocida como La Noche de Las Gardenias: el asesinato de 8 personas trans-travestis en una discoteca gay. Un hecho que sucede en el marco de campañas de limpieza social contra «los indeseables», de «cruzadas contra el vicio», de hostigamiento de parte de todos los grupos armados de ambos bandos, a la comunidad LGTB+. Hechos que dejan un reguero de homofobia, crímenes de odio y desplazados internos.
Juan Carlos Goicochea planea hacer un film de entrevistas sobre Las Gardenias, cuando al iniciar la investigación se encuentra con todo un mundo de historias no contadas, silenciadas durante años y décadas por el miedo. Roger, que se niega en cuatro oportunidades a hablar con el director, finalmente se convierte en el protagonista de esta historia que narra su periplo cuando, después de 25 años, decide buscar justicia y hablar. Dar testimonio. Por Fransua y por él. Roger, que es homosexual, es un sobreviviente, que debió migrar y esconderse, pasando penurias y perdiendo su puesto de profesor en una escuela. Y que lo que más ansía es ser reintegrado y volver a la docencia.
Con sensibilidad, con una cámara cercana, el film renuncia a la entrevista y lo que hace es acompañar a Roger. En su incesante diligencia: en su peluquería, porque es habilidoso con las manos como lo fue Fransua, una figura que se va develando poco a poco; cocinando en restaurantes, porque también es su talento; en ese derrotero kafkiano de trámites y viajes a la búsqueda de reconocimiento y reparación. Y entre el primer plano, que también llega a captar el goce y el deseo, y largos planos de la espesura de la selva, de las aguas de un río, del paisaje de la Amazonía inmerso en el gris azulado de la bruma deja colar también la soledad. Así como entre actos oficiales y colocación de placas en homenaje a las víctimas LGTB+ donde lxs sobrevivientes son invitados junto a las autoridades, aún en la gran inauguración del Lugar de la Memoria en la capital, deja colar la sensación de desvalidez en medio del concurrido evento, de momentos de grandes promesas defraudadas.
Con el logro de convertir la historia en historia de vida, El pecado social, no obstante, no es solo una historia de vida. Es que ante el silencio del miedo y el silencio oficial durante años, y en la banalidad de que son hechos de una era pre-teléfonos móviles, pre-ese registro fotográfico que es rutina diaria actualmente, es en las charlas de Roger con sus amigas mariconas -como se ríen entre ellas-, en los relatos y recuerdos de lxs sobrevivientes; es con las pocas fotografías gastadas y en papel del acervo privado, donde el film se convierte también en valiosa construcción de un archivo histórico trans, travesti, lgtb. En un país donde todavía, deja soslayar el film con el contrapunto de audios de la radio, de la televisión, la verdadera inclusión y tolerancia, los derechos igualitarios, son una deuda interna que persiste.
Trailer de El pecado social

En estreno alemán, El pecado social se presenta en el Babylon el viernes 21 de noviembre a las 20:00 horas. Más información & tickets aquí.
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Parece que vale la pena ver semejantes relatos que reflejan lo padecido por muchas personas durante los años de dictadura en Latinoamérica.