El maestro ve pasar su último atardecer

A nuestra amiga Luisa

Ha llenado, lentamente, su taza de té.

Sentado en el umbral de la casa, frente al camino, observa la paciente evolución de colores en el cielo.

Una nube se deshilacha, rosa de la nube y azul desleído del cielo.

El sol se vuelve cálido. Sin viento, ni olor a lluvia.

La mirada se desliza por el perfil montañoso. Resbala por la ladera.

Algunos árboles se destacan junto al pie de la montaña rocosa.

Desde allí un camino ausente serpentea y pasa por delante de la casa.

Huele al polvo y al té y a las hierbas rituales del pebetero sobre la roja madera, en la esquina del pórtico.

Los pájaros rezagan el vuelo.

Es el momento del día en que la luz oblicua del sol resalta y, a la vez, pone en duda los objetos: volumen intocable, ni color ni luz, volumen, e intocable.

La misma gota verde oscuro que tiembla en la boca de la tetera no se decide a precipitarse al abismo del fondo de la taza donde dos petirrojos anidan y cantan al té.

El maestro toma delicadamente la taza y la acerca a dos labios secos, enmarcados por el pelo rasposo, como chamuscado por lo años, del bigote y la barba rala. Apenas bebe de la taza, sino más bien de los labios humedecidos, guiñando algo escéptico sus ojos agrisados, sabiendo que es el último atardecer. Otra vez bebe de sus labios, y retira la taza de porcelana. Sobre la mesa de té hay una segunda mesa, algo más pequeña, y en ella posa la taza de los petirrojos.

La mano cuarteada y venosa del viejo vuelve al regazo, blanco pálido sobre el malva del paño de su ropaje. Algo en su cara se tensa un instante, en las delgadas arrugas junto a los ojos, o en el ceño, y en seguida se tersa: es el rostro de la meditación, pero no medita, ve, claramente, y con más sentidos que sus ojos. Él es casi lo que ve, el paisaje de colinas abruptas, el rojo violeta del atardecer. Sin inmutarse, se da cuenta de que llega el momento para el que durante tanto tiempo se ha preparado.

Sentado a la puerta de su casa observará pasar todos los rostros que conforman su devenir entre el cielo y la tierra. Los mirará de frente, y los irá nombrando. Ahí está el primero: aún muestra la melancolía vaga de su adolescencia, la figura triste que era, con su manto de polvo de mil caminos, con su bolsa de tierra que se arroja a la cara.

El siguiente rostro representa la indignación del joven maestro, rojo dragón y tigre y trueno de sus veinte años.

El rostro de la vanidad le sigue, junto al de aquel otro maestro imitado, sombra de sombra, imperturbable y profundo y vacío rostro aprendido a los treinta, imitado en todo detalle.

Poco a poco deja de importar la bondad o el beneficio de ese desfile de imágenes formadas al olor del pebetero, pues hasta el camino parece haber empezado a desaparecer, y sólo hay umbral, casa, polvo, luz mortecina. El desfile continúa, más tenue ahora.

El rostro de la soledad con sus noches.

El de la niñez anterior incluso que llega a destiempo y oportuno.

Le sigue el del odio como lengua de tres cortes y un ojo amarillo en cada punta, y una fecha, y una ciudad, y un nombre, escrito todo en el filo del rostro con forma de puñal sangrante.

Los tres rostros superpuestos e intercambiables de una fe que hace mucho vació su contenido.

Dos rostros-niños que juegan con guiño obsceno y divertido.

Un rostro de mujer le saluda con sus ojos grises y el olor de aquellas tardes extrañas, cuándo fue, ya me olvidaste, no, no te olvidé, nunca te olvidaré, fuiste el amor de mi vida, quién dijo esas palabras, pero él corresponde ya, cortés casi, galante casi, al saludo, a la despedida.

Por fin el rostro de la serenidad con forma de espejo en el que se ve a sí mismo transmutado en todos esos rostros y en otros muchos que son los rostros que fue, los vistos, los soñados y definitivamente suyos, incorporados a las arrugas y pliegues de la piel como un tatuaje visible solo ahora, a los huesos que todo lo ordenan como una arquitectura interior habitada de esas mil figuras, a los ojos en que se refleja la luz oblicua del atardecer.

El último rostro, el siempre soñado, el absolutamente ajeno, se ha sentado junto a él, y conversan, nadie sabe de qué. La luz se pierde entre las sílabas. La conversación se va haciendo silencio, y el silencio rostro. El maestro Tao se levanta entonces, y se marcha con ella.


[El mismo cuento con comentarios del autor]

He elegido este cuento por su brevedad. Reconozco que es un texto bastante críptico que necesita algo de explicación. La base del cuento es la filosofía Zen. El mundo se representa como la lucha entre algo que los occidentales podríamos llamar opuestos, pero que no lo son, porque su interacción es la base de la fuerza creadora: yin y yang, el ánima y el ánimus de Jung, el cielo y la tierra en el libro de Tao o libro del camino. Justamente lo que se presenta ante el maestro en primer lugar es un camino, ausente porque espera al maestro. Asistimos a la última tarde de la vida del maestro. 

El maestro ve pasar su último atardecer

La intención es construir al principio un texto muy lento en el que el ritmo se acerque a la respiración en la meditación. De ahí que las frases estén inicialmente separadas con muchos puntos y aparte. La descripción del momento, en especial la del paisaje y de la casa, es parte de la narración, no un marco en el que pasa algo. La mirada del lector acompaña a la del maestro para interiorizar el paisaje de tal manera que de la contemplación surja el desfile de rostros. Yo los veía surgir cuando iba escribiéndolo, con muchos más adjetivos que luego he  eliminado para hacerlo más sobrio.

Ha llenado, lentamente, su taza de té.

Sentado en el umbral de la casa, frente al camino, observa la paciente evolución de colores en el cielo.

Una nube se deshilacha, rosa de la nube y azul desleído del cielo.

El sol se vuelve cálido. Sin viento, ni olor a lluvia.

Baja la mirada hasta el perfil montañoso. Resbala por la ladera.

Algunos árboles se destacan junto al pie de la montaña rocosa.

Desde allí un camino ausente serpentea y pasa frente a la casa.

Huele al polvo y al té y a las hierbas rituales del pebetero sobre la roja madera, en la esquina del pórtico.

Los pájaros rezagan el vuelo.

Es el momento del día en que la luz oblicua del sol resalta y, a la vez, pone en duda los objetos: volumen intocable, ni color ni luz, volumen, e intocable.

Las impresiones del paisaje corresponden a estampas del arte japonés y chino. La visión se realiza de arriba a abajo, siguiendo el simbolismo del cielo a la tierra. Los colores son suaves y se da una fuerte sinestesia: color, luz, olor, aire, canto de los pájaros. Las sensaciones se mezclan. Pero no son sensaciones enteramente reales, porque los pájaros están pintados. La visión se agudiza hasta el detalle de la gota del te: es la concentración del maestro que ha dejado de filtrar las sensaciones y lo ve todo, como el cuento de Borges, El Aleph, pero lo que ve es lo inmediato. Es decir, su intensa concentración se dirige al presente.

La misma gota verde oscuro que tiembla en la boca de la tetera no se decide a precipitarse al abismo del fondo de la taza donde dos petirrojos anidan y cantan al té. El maestro toma delicadamente la taza y la acerca a dos labios secos, enmarcados por el pelo rasposo, como chamuscado por lo años, del bigote y la barba rala. Apenas bebe de la taza, sino más bien de los labios humedecidos, guiñando algo escéptico sus ojos agrisados, sabiendo que es el último atardecer. Otra vez bebe de sus labios, y retira la taza de porcelana. Sobre la mesa de té hay una segunda mesa, algo más pequeña, y en ella posa la taza de los petirrojos.

La mano cuarteada y venosa del viejo vuelve al regazo, blanco pálido sobre el malva del paño de su ropaje. Algo en su cara se tensa un instante, en las delgadas arrugas junto a los ojos, o en el ceño, y en seguida se tersa: es el rostro de la meditación, pero no medita, ve, claramente, y con más sentidos que sus ojos. Él es casi lo que ve, el paisaje de colinas abruptas, el rojo violeta del atardecer. Sin inmutarse, se da cuenta de que llega el momento para el que durante tanto tiempo se ha preparado.

El proceso de unión con el mundo se ha completado. El maestro ya es uno con el camino al asumir en sí todos sus pasados, sus experiencias, y trascenderlas. Ya no están en su mente, están en todo su cuerpo. El cuerpo es como la casa, el espacio en el que pervive lo que fue, lo que vivió, los que vivieron con él, fundidos en lo que ve en ese momento.

Sentado a la puerta de su casa observará pasar todos los rostros que conforman su devenir entre el cielo y la tierra. Los mirará de frente, y irá nombrando. Ahí está el primero: aún muestra la melancolía vaga de su adolescencia, la figura triste que era, con su manto de polvo de mil caminos, con su bolsa de tierra que se arroja a la cara.

El siguiente rostro representa la indignación del joven maestro, rojo dragón y tigre y trueno de sus veinte años.

Los rostros representan las etapas de su vida y las personas que le han llevado a alcanzar el estado de aceptación del mundo. La vida tiene su final y este debe estar incluido en el mundo. Ya no hay búsqueda, no hay deseo, porque al unirse con el mundo, el Tao inunda la voluntad del maestro. En el taoísmo no hay nirvana, pero sí hay un misterio en el mundo con el que fundirse, es un tipo de conocimiento. En el desfile de rostros hay cierto grado de caos, hay muchos sentimientos, no siguen la secuencia temporal, parece que unos llaman a otros. Es algo que surgió así desde el principio. Muchas veces pensé en corregir esa secuencia, pero finalmente lo dejé como está.

El rostro de la vanidad le sigue, junto al de aquel otro maestro imitado, sombra de sombra, imperturbable y profundo y vacío rostro aprendido a los treinta, imitado en todo detalle.

Poco a poco deja de importar la bondad o el beneficio de ese desfile de imágenes formadas al olor del pebetero, pues hasta el camino parece haber empezado a desaparecer, y sólo hay umbral, casa, polvo, luz mortecina. El desfile continúa, más tenue ahora.

El rostro de la soledad con sus noches.

El de la niñez anterior incluso que llega a destiempo y oportuno.

Le sigue el del odio como lengua de tres cortes y un ojo amarillo en cada punta, y una fecha, y una ciudad, y un nombre, escrito todo en el filo del rostro con forma de puñal sangrante.

Los tres rostros superpuestos e intercambiables de una fe que hace mucho vació su contenido.

Dos rostros-niños que juegan con guiño obsceno y divertido.

Un rostro de mujer le saluda con sus ojos grises y el olor de aquellas tardes extrañas, cuándo fue, ya me olvidaste, no, no te olvidé, nunca te olvidaré, fuiste el amor de mi vida, quién dijo esas palabras, pero él corresponde ya, cortés casi, galante casi, al saludo, a la despedida.

Por fin el rostro de la serenidad con forma de espejo en el que se ve a sí mismo transmutado en todos esos rostros y en otros muchos que son los rostros que fue, los vistos, los soñados y definitivamente suyos, incorporados a las arrugas y pliegues de la piel como un tatuaje visible solo ahora, a los huesos que todo lo ordenan como una arquitectura interior habitada de esas mil figuras, a los ojos en que se refleja la luz oblicua del atardecer.

Algo que me preocupaba desde el primer momento era la voz que lo iba a contar. La 3ª persona omnisciente es un estándar occidental, no sé cómo lo haría un poeta chino, quizá no pondría ningún relato, no habría voz. La poesía taoísta es de corte sapiencial y mistérica, o así lo asimilamos en occidente. Pero se trata de un cuento, no de poesía, no era lo que me interesaba. Necesitaba una voz que actúe de testigo privilegiado, pero no totalmente omnisciente: hay algo que no sabemos, que la voz no alcanza para transmitirnos en el último momento, el que pertenece solo al maestro: la conversación con la muerte, el rostro ajeno.

El último rostro, el siempre soñado, el absolutamente ajeno, se ha sentado junto a él, y conversan, nadie sabe de qué. La luz se pierde entre las sílabas. La conversación se va haciendo silencio, y el silencio rostro. El maestro Tao se levanta entonces, y se marcha con ella.


Der Tao-Meister sieht seine letzte Abenddämmerung

Traducción al alemán de la versión original de Birgit Holdorff

Er hat sich bereits seine letzte Tasse Tee eingeschenkt und auf der Türschwelle seines Hauses sitzend -vor ihm der Wegbetrachtet er geduldig den Wandel der Farben a Himmel. Einige Bäume am Fuße des felsigen Berges treten besonders hervor. Eine Wolke löst sich auf, rosa und blau der Wolke, weitschweifig am Himmel. Die Sonne hat an Kraft verloren, die Luft steht still, kein Hauch von Wind noch von Regenduft. Es riecht nach dem Staub der trockenen Ere, nach Tee und nach den rituellen Kräutern der Räucherschale, welche auf dem Tisch aus rotem geschnitztem Holz in der Ecke des Raumes steht.

Einige Vögel verlassen den Vogelschwarm.

Dies ist der Zeitpunkt, an dem das schräge Licht der Sonne hervorkommt und die Dinge unwirklich erscheinen läßt. Unberührbare Gegenständlichkeit -weder Licht noch FarbeGegenständlichkeit unberührbar. Der selbe hellgrüne Tropfen Tee, der an der Mündung der Teekanne zittert, kann sich nicht entscheiden, in die Tiefen des Bodens der Tasse hinabzufallen, dort wo die Rotkehlchen nisten und den Tee besingen.

Behutsam nimmt der Meister die Tasse auf und nähert sie zwei trockenen Lippen, umrahmt von den ausgefransten Haaren des Schnurrbartes und des lichten Backembartes, die wie angesengt scheinen. Nicht aus der Tasse trinkt er, sondern eher von den befeuchteten Lippen. Dabei blinzelt er etwas skeptisch aus den grauen Augen, wohlwissend, daß dies seine letzte Abenddämmerung ist. Noch einmal trinkt er von seinen Lippen, dann setzt er die Porzelantasse ab. Auf dem Tisch in der Ecke steht ein zweiter etwas kleinerer Tisch. Auf diesem ruht die Tasse mit den Rotkehlchen.

Die rissige und aderige Hand des Alten kehrt zum Schoß zurück; ein mattes Weiß auf dem malvenfarbigen Stoff seiner Kleider.

Etwas in seinem Gesicht verspannt sich einen Moment lang, um die Augen herum, in den feinen Augenfälligen, vielleicht ist es auch ein Stirnrunzeln, genauso schnell verschwindet es jedoch wieder. Dies ist das Gesicht der Meditation, aber er meditiert nicht.

Er sieht, lar und mit mehr Sinnen als nur mit den Augen. Fast wird er zu dem, was er betrachtet, der Landschaft, dem steilen Hügel, dem violetten Rot der Abenddämmerung. Ohne Erschütterung weiß er nun, daß der Moment naht, auf den er sich so lange vorbereitet hat.

Auf der Türschwelle seines Hauses sitzend wird er alle seine Gesichter vorbeiziehen lassen und sie dabei mit Namen versehen.

Da ist das erste: vage Melancholie der Jugend, traurige Gestalt mit ihrem Umhang aus Staub, ihrem Sack voll mit Erde, die sich einem ins Gesicht schleudert. Dann die Wut, roter Drache, Donner und Tiger in den Jahren mit Zwanzig.

In den Dreißigern angenommenes Antlitz der Eitelkeit -Schatten des Schattensneben jenem nachgeahmten Meister, dessen Gesicht ruhig, tief und leer.

Nach und nach verlieren sich Güte und Wohltat aus dieser Reihe, aus dieser Parade. Der Meister hört auf, sie zu werten. Soweit bis schließlich der Weg selbst zu verschwinden beginnt und es nur noch Schwelle, Haus, Staub, und die Bilder, die durch den Duft der Räucherschale aufsteigen, gibt.

Die Einsamkeit mit ihren Nächten. 

Die Kindheit ist ein weiteres Gesicht.

Der Haß wie eine dreigespaltene Zunge einer Schlange mit einem gelben Auge an jedem Ende, in den Rand eingraviert ein Datum, eine Stadt, eine Person.

Die drei Gesichter des Glaubens übereinandergelagert und austauschbar.

Zwei Kindergesichter, die obszön lustig grinsend spielen.

Ein Frauengesicht grüßt ihn mit seinen grauen Augen und dem Geruch jener seltsamen Abende -wann war es noch gewesen? -Hast Du mich schon vergessen? -Nein, ich habe Dich nicht vergessen. Er antwortet fast höflich, ja galant, auf den Abschiedgruß.

Das Gesicht der Gelassenheit in Form enes Spiegels, in dem er sich selbst sieht Und in diesem Gesicht wiederum all die bisher gesehenen und geträumten Gesichter. Es sind seine Gesichter, zweifelsohne, enthalten in den Falten und Runzeln seiner Haut, seiner Geographie, wie eine Eingravierung, die erst jetzt beginnt, sichtbar zu werden.

Enthalten in den Knochen, die alles orden, wie eine innere Architektur, von tausenden unterschiedlichen Figuren bewohnt, in den Augen, wo sich das letzte schräge Licht des Tages widerspiegelt. 

Das letzte Gesicht hat sich neben ihn gesetzt, und sie unterhalten sich, worüber, weiß keiner. Das Licht verliert sich zwischen den Silben. Die Unterhaltung verwandelt sich immer mehr in Stille, und die Stille wird zum Gesicht.

Schließlich erhebt sich der Tao-Meister und geht mit ihr.


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Iñaki Tarrés

Vivo en Berlín. Escribo en español sobre literatura, arte, educación. Soy editor en Desbandada. Hago muchas de las fotografías que uso en los artículos que edito. Me interesa contribuir a crear comunidad en torno al idioma común en este país, Alemania, y soy consciente de que la revista llega a todo el mundo.

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