La editorial weRstories afincada en Berlín-Kreuzberg presenta este mes de mayo dos de sus títulos en sendos espacios y en fechas diferentes. Presentamos aquí fragmentos de las dos obras, una de ellas con la voz de la autora. Se trata de El último montano, de J. A. Menéndez-Conde. y de Bizca de pechos, de Carmina Prieto.
Presentación de El últimio montano, de J. A. Menéndez-Conde, en Lettretage el 31 de mayo a las 19:00. Veteranenstraße 21, 10119 Berlin-Mitte.


Sinopsis de Bizca de Pechos
Bizca de Pechos es un viaje sin retorno a la intimidad más sagrada y brutal. A través de notas crudas y sin filtros, la protagonista de esta novela nos abre la puerta a sus pensamientos más privados y oscuros. En sus páginas, se entrelazan reflexiones sobre la maternidad y la amistad, la culpa y la soledad, el cuerpo, los cuarenta y el desgarro de una separación, la duda que se instala como una vieja conocida. Lo que se escribe y no se dice, lo que se piensa en la penumbra, lo que se calla en voz alta: Bizca de Pechos es una confesión descarnada, una mano que agarra fuerte en mitad de la tormenta. Presentamos aquí algunos fragmentos de la novela de Carmina Prieto.

Encuentro cierto placer en tocar mis pechos. Diría tetas, pero me suena mal. Pecho es una palabra aterciopelada, elegante, que encaja mejor con su delicadeza. Teta, en cambio, me suena chabacana. La uso, sí, pero en esos momentos en los que mi cuerpo arde y mi coño se derrite. ¿Ves? También digo coño, aunque solo en ciertas circunstancias. Normalmente, ni lo nombro. Aún no he encontrado una palabra para él que no me haga sentir grosera.
Meto la mano entre el sujetador y mi pecho izquierdo, el que después de tener a mi primer hijo se me quedó caído. A este le tengo más cariño, no sé por qué. No busco placer sexual; me dejo llevar por su finura. La maternidad, con tanto llenarlos y vaciarlos, los ha dejado algo maltrechos y caídos, pero con un tacto exquisito. Nada que ver con lo firmes que eran antes, pero así me gustan más. Y me dejo llevar. Es puro hedonismo, el placer por el placer. Que me los toquen ni me va ni me viene, mis pezones van por libre; si reaccionan, es un acto reflejo. A estas alturas, ya no tengo sensibilidad ni ahí arriba ni ahí abajo. Ahora digo que soy mental, y que necesito estar en un estado psicológico particular para disfrutar, y es verdad. Aunque, quizás, no sea del todo sincera. También necesito a la persona adecuada.
Llevábamos tres meses saliendo y era una locura, pero en aquel momento sentía que todo tenía sentido.
Luego me arrepentí.
Joder, si me arrepentí.

Entiendo perfectamente que los quieran tocar y tocar, mis pechos son adictivos hasta para mí. Lo que no alcanzo a comprender es esa manía de apretarlos, como si quisieran sacar ¿leche? Tampoco lo de chuparlos. Los míos son tan pequeños que caben en sus bocas. Cuando eso ocurre, me siento una vaca, una madre en plena lactancia con un ser excesivamente adulto colgado del pezón, un objeto inanimado, una muñeca hinchable. Y entonces todo se pasa.
Compré una prueba de embarazo en la farmacia. La mujer de la caja me sonrió con ternura. Hubiera preferido mil veces que me hubiera vendido el puto test igual que lo hace con un cepillo de dientes, pero no. Me sonrió y me deseó suerte. ¿Suerte para qué?
Cada noche, con la misma mano que durante el día busca la suavidad de mis pechos, encuentro también el calor de mi entrepierna. Así me quedo dormida, con la mano protegida, envuelta en una sensación de calma que me mece y me desconecta hasta el día siguiente. Sé que no soy la única. Hay más mujeres que lo hacen; no para tocarse y masturbarse, sino como un gesto íntimo, como quien se rasca la nariz por dentro y luego se chupa el dedo, salado y algo húmedo.
Fui a casa y le esperé para hacer la prueba. Eso es lo que se hace, ¿no? En las películas hay varias maneras de hacer una prueba de embarazo. Por ejemplo, con las amigas, en confianza, cogidas de la mano esperando el resultado, o en la soledad de un baño sucio de un bar, para darle más dramatismo. Yo me metí en el baño limpio de mi casa. Cerré la puerta detrás de mí. Todavía no teníamos tanta confianza como para que me viera meándome en la mano mientras intentaba acertar en la barrita. Para eso, no. Pero para tener un hijo juntos, al parecer, para eso sí teníamos confianza.
Me lavé las manos y miré de reojo la prueba sobre el lavabo, blanca y desafiante. No hubo duda: la segunda raya apareció, nítida como una herida abierta. Lloré un poco. Luego forcé una sonrisa frente al espejo y salí del baño.
Nadie me toca como me toco yo. Nadie me quiere como lo hago yo. Nadie conoce mi cuerpo como yo. Ahora, cuando está a las puertas de su decrepitud, cuando los años empiezan a dejar su huella, me arrepiento de no haberlo cuidado como se merecía. Ahora, con esas arrugas imparables, con mi culo menos firme, mis pechos menos turgentes, mis brazos que bailotean y mi cara que empieza a ser garbanzo, es cuando me quiero. Justo cuando hacía falta.
Le mostré la prueba. Él estaba alegre, no podía ocultarlo. Me senté a horcajadas sobre él y recosté mi cabeza en su hombro. Yo mantuve los ojos abiertos, sin pestañear, mirando fijamente la pared blanca y vacía que tenía delante.
—Todo te parece mal —dijo José Antonio, rodeado de su gente en la mesa—. Lo criticas todo. Estas son las costumbres de mi pueblo y este es el baile típico. Nada te gusta. Su hermana estaba justo delante de mí, y su mirada me hizo sentirme pequeña. No quise meterme con su baile, ni con su pueblo, ni con sus costumbres. Solo dije que los movimientos me parecían más una rutina que algo que requiriera ritmo y coordinación, y que, por eso, creía que incluso yo podría bailarlo. Dije que era bonito. Si acaso, fue un comentario sobre mí misma, una mujer descoordinada por naturaleza, siempre desmadejada. José Antonio continuó hablando y todos en la mesa guardaron silencio, cómplices.
Sus padres llegaron a casa con dos maletas, pero aún faltaban varios meses para que naciera el bebé. Al volver del trabajo, la cuna estaba montada y la ropita del bebé doblada dentro de los cajones.
Ver todo organizado me proporcionó mi primer ataque de ansiedad. Yo no anido, me da miedo. Siempre he pensado que el bebé se podía morir antes de nacer. Así comenzó la guerra con ellos, sin que siquiera se dieran cuenta.
He aprendido que la violencia ocurre cuando el lenguaje falla. En Barcelona dejé que mi jefe, un tipo feo como un demonio, barrigón, con el pelo acaracolado y piernas de pollo, de esas que se juntan por las rodillas, me aplastara. Y no dije nada. Ni mu. Estaba convencida de que, con el tiempo, la maternidad me daría algo parecido a una fuerza interior, esa seguridad que tienen las leonas cuando defienden a sus crías. Pero sólo era una mujer, embarazadísima, a la que su jefe había trasladado de Madrid a Barcelona, en aquellas circunstancias y con el mismo sueldo. Era viernes, alrededor de las nueve de la noche, llovía y ya estaba oscuro. Me encontraba en las Ramblas, con el móvil en la mano, escuchando cómo mi jefe me gritaba sin parar y sin razón. No sabía cómo defenderme. Llevaba meses de conversaciones a puerta cerrada, de desautorizaciones, de lágrimas, de impotencia. Mi tripa no dejaba de crecer y mi capacidad de concentración no hacía más que disminuir, porque un embarazo no es sólo físico, también es mental.
—Eres un caballo de carreras lento —decía mi jefe—. Creo que puedes aprovechar tu baja para pensar a qué te quieres dedicar, qué quieres en la vida, porque creo que, claramente, éste no es tu lugar. Apreté los dientes hasta sentir un crujido. La sangre me hervía; quería atravesar el teléfono con la mano, los nudillos tensos, blancos de rabia, y estrangularlo. Pero me quedé en silencio.

Lo malo de la violencia es que tu enemigo puede escaparse. Lo malo del embarazo es que no puedes escapar de él. Una semana después, estábamos en su despacho, con la puerta cerrada, solos mi jefe y yo. Sus manos reposaban sobre el escritorio, tan pequeñas, con esos dedos casi infantiles y regordetes. Pensé que su niñez debió de ser difícil, sobre todo en el colegio. Estaba segura de que, con esas manos, debía tenerla pequeña. Diminuta. Siempre me fijo en las manos de los hombres, y luego me imagino cómo será su pene: si será grande o pequeño, si se inclinará hacia un lado o hacia el otro, si sabrá darle buen uso o será un pasmarote.
—Voy a parir sin epidural.
—No sabes lo que dices —dijo José Antonio —. No vamos a soportarlo. De alguna manera, todo tenía que ver con él. Creía que tenía poder de decisión sobre eso también. Yo quería sentir todo lo que hubiera que sentir, desgarrarme si era necesario. No podía ser para tanto; las jirafas paren y sus crías caen desde más de un metro de altura, y sigue habiendo jirafas. —A mí me lleva martirizando la regla desde que tengo once años. Estaba preparada. —¿Cómo va a ser desde los once años? —dijo, levantando las cejas. —Ahí paré de crecer, por eso mido metro y medio. José Antonio colocó los papeles sobre la cama. —Firma, por si acaso —dijo —. Luego no habrá tiempo. Firmé, pero pensé que no me haría falta.
Sin epidural. Quiero sentir todo lo que haya que sentir, cada gota de sangre, sin anestesia. No quiero paliar el dolor. Los escritores también se desgarran al escribir y se vuelven a desgarrar al dejarse leer.

Carmina Prieto (Bilbao, 1980) es periodista y fotógrafa. Ha vivido en Bilbao, Barcelona, Hamburgo, Berlín y Madrid, donde reside actualmente. Suele escribir poemas y libros en prosa poética sobre temáticas íntimas como la maternidad, el cuerpo, el sexo, la salud mental, el duelo, el amor y la familia. Bizca de pechos es su primera novela.
Presentación de Bizca de pechos, de Carmina Prieto, en el Salón Berlínés el lunes 19 de mayo. Crellestr. 26, Berlin-Schöneberg.
Sinopsis de El último Montano
Nacho ha escrito solo tres cosas en su vida: unos diarios que quema en cuanto los termina; un libro de cuentos sobre su paso por México, que dice haber extraviado; y los personajes de Power Quest, un videojuego que desarrolla junto a su mejor amiga, Susana. Su vida en Berlín, con su esposa Helga, parece estable… hasta que una fotografía inquietante saca a la luz un secreto enterrado.
A partir de ese momento, su mundo empieza a resquebrajarse. En su nuevo diario, la frontera entre lo real y lo imaginario se difumina, y lo cotidiano comienza a contaminarse con los elementos fantásticos de Power Quest. Recuerdos, confidencias y bromas se entrelazan con historias de villanos y unicornios mágicos, mientras seguimos a Nacho por las calles de Berlín, inmersos en la rutina, los miedos y las contradicciones de la vida migrante.El último Montano es una novela fuera de lo común: una mezcla de metaliteratura, humor y desasosiego, donde la risa convive con el terror. Con una mirada aguda y compasiva, explora cómo enfrentar el dolor más hondo, y nos recuerda que incluso en medio de la oscuridad, siempre hay una grieta por donde se cuela la luz.

Por la tarde, estoy listo para salir a la Karl Marx Allee, al show de la galería que dirige Helga. Pero recibo una llamada. Es Susana. Necesita verme.
En cinco minutos estoy en su casa. Tengo llave, así que abro la puerta. Franny, la perra, me recibe alborotada en la entrada. Dejo que me chupe las manos y la cara mientras me quito las botas. Cómo he extrañado a Franny.
El pasillo es angosto y está a oscuras, pero no enciendo las luces. Esquivo el mueble con los figurines chinos y el espejo, la estantería de libros, y la caja de zapatos envuelta en papel de regalo que sostiene el router. Conozco bien cada rincón del departamento. Franny me sigue, saltando contra mi espalda, dándome con sus patas para que le haga caso. Cómo me ha extrañado la perrita.
Franny salta a la cama, junto a su madre, que está con las manos en la barriga, la boca congelada en una mueca de dolor, los ojos cerrados, el cabello negro esparcido en la almohada. Parece una muerta.
Abre un ojo a medias para buscarme. Cuando me encuentra, vuelve a cerrarlo. Rodeo la cama y me recuesto a su lado, mirándola de cerca. Una capa de sudor le cubre el labio superior. Su respiración es profunda y fluida, aunque de vez en cuando un suspiro la interrumpe. Sus puños aprietan la colcha, los nudillos blancos por la presión. Coloco mis manos debajo de las suyas, intentando que suelte la colcha, que se relaje, que se deje llevar. Luego, presiono suavemente su barriga, girando en círculos sin aplicar mucha fuerza. Acerco mis labios a su oído y le susurro que piense en el color azul. Un azul intenso, como el de los integrantes del Blue Man Group.
Mi amiga suelta un gruñido, y yo una risita. Sé que odia el Blue Man Group.
Le digo que se concentre en el pelo de Vegeta en modo Super Saiyajin Blue, su personaje favorito de Dragon Ball. Susana afloja la frente. Respira hondo. Se enfoca.
—Ahora ese azul intenso se va haciendo celeste. Como el cielo. ¿Lo ves?
Susana asiente. Le digo que escuche el viento. Soplo en su oreja y continúo masajeando su barriga. Celeste, repito. Celeste.
Del celeste pasamos al turquesa. Al mar. Las olas. La calma. Del turquesa a la frescura del aguamarina. El color aguamarina se transforma en verde claro; la suavidad del césped recién brotado. Del verde claro vamos al blanco; la ligereza de las nubes. Una lluvia delicada, de gotas brillantes, cae sobre Berlín, susurrando: suave. Tranquila. Descansa. Vive para siempre.
Después de una hora, Susana se ha quedado dormida. Siento como si algo, similar a una capa de piel muerta, se hubiera desprendido de mi espalda. ¿Así se sentía Lupita? La técnica de los colores la aprendí de aquella bruja bondadosa, en el colegio, recostado sobre una de las mesas de la biblioteca. Susana sufre de cólicos terribles y me llama, a veces por la noche, para que corra a su lado. Helga es un poco celosa, pero jamás se atrevería a decirme nada. No en voz alta. Se considera una feminista absolutista. Aunque sé que es mentira. Nadie es absolutista de nada. Todos tenemos nuestras excepciones, nuestras fisuras.
Dejo una taza de manzanilla en la mesita de noche de Susana, junto a una caja de ibuprofeno y un paquete de tabaco. Justo cuando voy a salir de la habitación, su voz me sorprende.
—¿Todo bien con Helga?
La pregunta es extraña. Sé que no se refiere al embarazo porque cuando quiere saber, pregunta directamente por Carmen. Siempre evita mencionar el nombre de Helga. Por ejemplo, para enterarse del regalo que mi esposa me dio en Navidad, diría: «¿Qué te trajo Papá Noel?». Una noche, en una borrachera, me dijo que Helga era una serpiente venenosa con sonrisa de seda. Me quedé boquiabierto, con los ojos como platos, un 26 27 poco ofendido, la verdad, y ella pudo leerlo en mi cara. Nunca había oído a mi amiga hablar mal de una persona.
—Todo fenomenal, socia —digo—. Me llevo a Franny.
La perra levanta las orejas al oír su nombre. Antes de marcharme, le digo a Susana que finalmente he empezado a escribir el videojuego. Apenas dos míseros personajes. No es para tirar cohetes porque lo que salió fueron dientes rotos de una mandíbula aplastada.
—Power Quest —dice mi amiga con esfuerzo, levantando el pulgar.
Susana dice que el videojuego ha de ser un maravilloso caos de historias y personajes. Una marabunta de héroes, villanos, mitos, apuntes de enciclopedias ficticias, fragmentos de biografías, lugares y criaturas extrañas. Para mí, Power Quest es mi Narnia personal.
Franny y yo salimos de la estación de Weberwiese. Ha anochecido y la torre de televisión se alza al final de la Karl Marx Allee, imponente sobre los edificios grises, como un gigante amenazante. Llego tarde a la galería, pero el letrero de neón parpadeante con el nombre White Sphere sigue atrayendo a las moscas. La gente entra como sombras y sale como ropa deshabitada; gabardinas de cuero negras y zapatos de plataforma se mueven sin el apoyo de huesos o músculos, al ritmo de la música electrónica que se escapa hacia la calle. En el cristal, escrito en rosa, se lee el nombre de la exhibición: Hustler White, de Bruce LaBruce.
Xenia, la asistente de Helga, me recibe con una cerveza fría y a Franny con un tazón de agua. Ofrece ayuda con la chaqueta, pero le digo que no hace falta, aunque su trabajo es hacer que todo lo que gira alrededor de mi esposa se sienta cómodo. Le agradezco con una sonrisa, pero ella me observa, esperando algo más. El mundo del arte es implacable con la dulzura de los jóvenes. Libero a Franny de la correa y la perra corre a restregarse contra las piernas de Xenia. Luego, moviendo la cola, se acerca a un círculo de personas que charlan debajo de una parvada de cuervos disecados que cuelgan del techo, sosteniendo en sus picos lo que, a primera vista, parecen gusanos, pero en realidad son penes flácidos de plástico. La gente del círculo se agacha para besar a Franny, acariciarle la barriga, hablarle como a un bebé. El mundo del arte adora a los animales en cualquiera de sus formas, incluso si cuelgan de cables, sin vida.
Levanto la cabeza y escaneo la sala, buscando a mi esposa.
—Está en el almacén con unos clientes —dice Xenia, frotándose las manos, nerviosa.
—¿El almacén, eh? —digo entrecerrando los ojos—. Ahí es donde se esconden los tesoros prohibidos, donde sucede la verdadera fiesta.
Es una broma, pero parece poner a Xenia aún más nerviosa. Sobre su hombro, al fondo de la sala, veo a mis suegros, Dieter y Selene, moviendo las manos para que me acerque. Ambos sonríen, aunque son sonrisas de peces, no de perros.
En medio de la sala, hay una escultura de un ángel con las alas desplegadas. Está hecho de mármol blanco, excepto por las plumas, que son reales, como de cisne. Sobre ellas están escritas las palabras «Faggot» y «Cabrón» en un rojo denso y aceitoso que parece sangre. El ángel tiene los ojos cerrados. Se muerde el labio inferior en un gesto de dolor, o gusto, o tal vez una mezcla de ambos. Está completamente desnudo, inclinado hacia adelante, con los codos flexionados y las manos apoyadas en sus muslos esculpidos. En su espalda descansan las pezuñas delanteras de una cabra, que se yergue sobre sus patas traseras, empotrándolo salvajemente.
No puedo evitar ver la pieza con los ojos de mi padre. Estaría escandalizado. Furioso.
Aunque yo también soy algo pudoroso, decido que este tipo, Bruce LaBruce, es interesante. Soy así de básico, un niño que lleva la contraria, que busca enfurecer a la autoridad.
Camino entre grupitos de gente guapísima, vestida a la última moda, los intelectuales de Berlín. Escucho sus conversaciones por encima de la música. En este lugar, todos saben de todo. Menciona un tema, y lo conocen de arriba a abajo, de un lado a otro, y mientras explican la física cuántica, se detienen a resolver las Grandes Preguntas de este mundo, tan seguros de sí mismos que da un poco de miedo.
Me encuentro con mis suegros frente a un cuadro de un zombi.
—Acabamos de comprarlo —dice Dieter, contento. Se da la vuelta para admirar su adquisición—. ¿Qué piensas?
El zombi lleva una camiseta rota con la bandera de los Estados Unidos. En la cabeza, una gorra roja que dice Make America Great Again. Los pantalones están rasgados por la entrepierna, y una verga erecta, grande, con la piel al rojo vivo, se asoma. Pienso que el mensaje ya está bastante trillado, que es un poco aburrido, pero el zombi me recuerda a Baraka de Mortal Kombat, con los colmillos largos, ojos pequeños y orejas afiladas. Y siempre me ha fascinado todo lo relacionado con ese videojuego. Es una debilidad.
No veo el cuadro en su sala, junto al Rothko o el Pollock, así que les pregunto si lo van a poner en su habitación. Sé que ahí tienen una foto de una mujer barbuda de Diane Arbus que presumen a sus amigos, pero que nunca he visto porque jamás, en todas las veces que he ido a su casa, he entrado en su habitación.
—No vamos a colgar el cuadro en ninguna parte, por Dios, es horrible —dice Selene, disgustada—. Explícale, tesoro, que es una inversión.
Aunque mi alemán ha mejorado con los años, para Selene debe sonar a unga bunga, porque casi siempre necesita de un intermediario para dirigirse a mí.
—Helga nos lo ha dejado a precio de saldo —dice Dieter, bajando la voz—. Cincuenta mil euros. Encima Omar Pérez nos deja guardarlo gratis en el almacén. En cinco años valdrá el doble.
—No nos gusta —dice Selene, apuntando con la nariz arrugada a un tipo rodeado de gente—. Es vulgar, pero es una buena inversión.
Ahora se refiere a Bruce LaBruce. El tipo vulgar que genera lana está casi calvo y lleva gafas de pasta negras. Una camiseta de red sin mangas deja entrever todos sus tatuajes. Es algo chocante que alguien pueda comprar un cuadro que no le gusta. O que no le guste ni el tipo que lo pintó. Pero no entiendo mucho de negocios. Ni de arte. Ni de nada. ¿Es normal reconocer la enorme absurdidad de este mundo y simplemente quedarse en blanco?
Antes de conocer a Helga, apenas pensaba en el arte. O si lo hacía, era desde un punto de vista ingenuo o romántico. Ahora camino sobre la delgada línea entre sentirme bendecido por estar aquí con los ojos abiertos y el deseo de preferir no presenciar nada de esto. Una vez caído el telón, ya no se puede disfrutar desde la seguridad de la ceguera.

EL COLECCIONISTA
Hay tres cosas importantes que debes saber de El Coleccionista.
La primera es que no tiene vida, aunque tampoco está muerto. Es un ser no muerto. El Coleccionista es un chupasangre, narcisista y elitista, pero realmente no es un vampiro; no tiene la piel gris, sino bronceada por el sol. Puede beber y comer, aunque sus órganos no funcionen. Uno de sus platillos favoritos es el entrecot al ajillo. Adora las cruces de oro y la parafernalia eclesiástica, y aunque aparenta ser un progresista, es miembro de la derecha más conservadora. A diferencia de los vampiros, su reflejo aparece en los espejos, donde se pasa largas horas admirando sus cirugías estéticas, que le hacen parecer humano.
Tampoco es un zombi. A El Coleccionista le gusta pensar que su gusto es único, pero sigue las tendencias de las masas. Aunque tiene un séquito enorme, conformado por galeristas, críticos y aduladores, dice odiar las hordas, la muchedumbre, la chusma. Como no muerto, está cerca de las momias, en el sentido de que sus maldiciones son capaces de influir en la vida y la muerte de las personas. También cree fervientemente que es invulnerable por protección divina. Pero en Power Quest nadie lo es. Los dioses hace tiempo que por acá se jubilaron y son los únicos que ya no buscan el poder. Ahora se dedican a jugar al golf y a la canasta.
La segunda cosa que has de saber acerca de El Coleccionista es que, por encima de todas sus valiosas posesiones materiales —sus coches deportivos, relojes de alta gama, pinturas y esculturas, sus aves exóticas y su harén de mujeres, e incluso el oro y el dinero— lo que realmente busca es la sensación de poder. Esa es su verdadera pasión. Y no hay nada que no haría para obtenerlo.
La tercera cosa, y quizá la más importante que has de recordar, es que El Coleccionista tiene la colección más grande de ratas en todo Power Quest. Las cría y las estudia en su laboratorio de la Quinta Avenida, en una aldea de la región de Terra Nova. Pero El Coleccionista no siempre fue un no muerto. De pequeño, su corazón latía de bondad y amor. Jugaba a las canicas y compartía regalices y piruletas con otros niños. Pero desde la muerte de su madre, a los catorce años, sus órganos comenzaron a apagarse. Heredó la casa en la que creció y se empeñó en restaurarla con sus propias manos. Levantó los muros de ladrillo que se habían derrumbado por las tormentas. Lijó los suelos de madera hasta que quedaron lisos y relucientes. Pintó la fachada azul celeste, como el cielo. Cuando la casa estuvo terminada, la vendió y con el dinero compró su primer edificio, que al año ofertó por el triple del valor. A los dieciocho, era dueño del veinte por ciento del centro de la aldea. A los veinte, nadie podía levantar una piedra sin su permiso. Los precios de los inmuebles se dispararon y los inmigrantes tuvieron que mudarse a las afueras. Entonces vinieron las tiendas de lujo, las cafeterías con diplomas de baristas en las paredes, las galerías de arte y los artistas famosos.
Todo coleccionista recuerda su primera adquisición. Una tarde, mientras caminaba por uno de los mercadillos pintorescos del centro de la aldea, se encontró con una pequeña ratita, sentada con las piernas cruzadas sobre una manta. Su pelaje blanco estaba sucio, sus garritas negras por la mugre. La ratita dibujaba. Sobre la manta había papeles con elefantes, pingüinos y jirafas dibujados con un solo trazo, firmados bajo el nombre de Pablo. Aquellos dibujos removieron algo en el interior de El Coleccionista. Quizá la memoria de sus años felices jugando a las canicas con otros niños, quizá el recuerdo del día en que él y su madre visitaron el zoo. Compró todos los dibujos, y la ratita saltó de pura alegría.
Al día siguiente, El Coleccionista apareció con un galerista en el hoyo oscuro donde Pablo dormía, comía y trabajaba. Al ver los cuadros que colgaban en las cuatro roídas paredes, el galerista asintió. Ordenó a Pablo que recogiera sus lápices, sus pinceles y sus colores, pero que dejara todo lo demás. Ya no lo necesitaría.
El Coleccionista llevó a Pablo al edificio más alto de la Quinta Avenida y le entregó las llaves del ático, su nueva casa y taller. La rata estaba profundamente agradecida. El Coleccionista le dijo que, desde ahora en adelante, no se llamaría Pablo, sino Picasso. Y la rata aplaudió emocionada.
A la semana siguiente, en la exhibición de la galería «The Whitest Cube», Picasso fue ovacionado por galeristas y críticos. Los aduladores le cargaron en hombros hasta las puertas de su nuevo departamento. Otros coleccionistas rogaron a El Coleccionista que les vendiera una pieza, aunque fuera pequeña, de aquella formidable rata. Directores de museos estrecharon su mano llenos de envidia. Profesores de universidad, escritores y actores de televisión besaron sus pies por una pizca de aquella genial rata. Y El Coleccionista se sintió un gigante.
Pronto, el edificio más alto de la Quinta Avenida se llenó de ratas. Ratas grandes, ratas pequeñas, grises, amarillas, negras, rojas, blancas, ratas mexicanas. Un ejército que fue reclutado fuera de las escuelas de arte o en las calles. Y las ratas estaban agradecidas. Pero muchas crecieron musculosas de tanto queso y aplausos y pretendieron ocupar el ático reservado para Picasso. Cuando se dieron cuenta de que El Coleccionista jamás desahuciaría a su rata favorita, las ratas exigieron su propio edificio. Pretendieron más y más y más. En esos casos, no hubo otra opción que destruirlas. Destruirlas por completo. Y su obra y sus nombres fueron borrados de los libros de historia del arte por los galeristas y los críticos. Los aduladores las abandonaron y la mayoría de las ratas murieron en la amargura y en la soledad. Otras, pocas, sobrevivieron precariamente enseñando arte en escuelas de poco prestigio, con su deslavada reputación flotando por encima de sus cabecitas.
Con el tiempo, el tipo de ratas que habita el edificio ha ido cambiando. El año pasado, solía haber mucha rata marginada, toxicómana, homosexual o de género fluido, pero ahora El Coleccionista busca ratas africanas. Son lo más de moda en el mercado, con sus cuadros figurativos y sus colores vistosos. Ghana, un país de la lejana región de la Tierra, del que en Terra Nova se ha escuchado poco, está en auge. El Coleccionista viaja de safari con su séquito de galeristas, críticos y aduladores, recorriendo estudio por estudio, cazando ratas con redes como si se tratara de mariposas exóticas. Es divertido. Y a El Coleccionista le hace sentir poderoso.


J. A. Menéndez-Conde nació en Tlaquepaque, Jalisco, en 1984. Ha vivido entre España y Alemania y ha trabajado en diversas profesiones antes de dedicarse a la escritura. Estudió Derecho y Ciencias Políticas y, en lugar de escribir su tesis, se obsesionó con la literatura. En 2022 debutó en la FIL de Guadalajara con Huesos de bolsillo. En 2024 regresó con El último Montano, su segunda novela. En 2025 su cuento Hoyos Funky va a ser publicado en la revista estadounidense Iowa Literaria.
Presentación de El últimio montano, de J. A. Menéndez-Conde, en Lettretage el 31 de mayo a las 19:00. Veteranenstraße 21, 10119 Berlin
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