Un relato de Sebastián Trujillo
Para mi gato, que caza bestias subterráneas
Era una fábrica en ruinas y abandonada que empezó a inundarse por las torres de las chimeneas. La lluvia, indomable y semejante a una cañería, escurrió por las paredes cilíndricas de la estructura y se derramó hasta la mitad del sótano.
Allí, un bombillo pendía de un cordón. Y su luz, desplazándose a la derecha y a la izquierda, alumbró sobre la faz del diluvio. Alumbró intermitente y proyectó una terrible sensación de irrealidad. Una irrealidad teñida del blanco y negro de la colección más triste de un fotógrafo.
En la profundidad del naufragio yacía un hombre ridículo, de alma suicida y peligrosa. Pero dotado de una desconocida voluntad de existir. Un poder anónimo que se manifestaba como una corriente eléctrica chispeándole en la yema de los dedos.
Aquella rebeldía electrizante solía desafiar la catástrofe absoluta. Le salvaba justo en el momento que tocaba el piano. En el instante que deslizaba su mano en el corazón de una mujer que sonreía pinturas de cigarrillos. O justo cuando le atrapaba la bestia subterránea que respira cocaína.
Sin embargo, tras la acumulación de días y noches malditas, al piano se le estropearon dos o tres teclas. Y llegó el silencio. Y en el aire dejó de flotar el sonido de su Bolero, su Rock and Roll. Y las industrias, sin piedad, pudrieron por completo el corazón de la mujer. Entonces él cayó al sótano sin nada que frenara su descenso.
Las goteras seguían salpicando. Aunque perdían intensidad. La presión del agua estancada estalló el cristal del ventanuco. Y a través del agujero aparecieron líneas y rieles. Y la estación de un ferrocarril fantasma que no volvería a andar.
La inundación comenzó a drenarse. Dos círculos entraron por el roto. Resplandecieron como fuego y disiparon la oscuridad. Eran los ojos de un gato vagabundo y lleno de pulgas que, en las espinas de su lengua, conservaba la magia de la resurrección. El suicida se incorporó. Lento, muy lento y empapado; pero lo consiguió. De repente, la vida recobró los colores robados por un hijo de puta sentado en la cima del mundo. Él escapó de allí. Con el gato despedazando a la bestia. Para siempre. Por las chimeneas.


Sebastián Trujillo Sanclemente es comunicador social y periodista con énfasis en prensa, egresado de la Universidad Sergio Arboleda, Colombia. Nació en Barranquilla. Trabajó en seguimiento.co, periódico virtual de Santa Marta, Colombia. “Mi alma es del Caribe y ahora sobrevivo en Berlín”, dice. 27 años.
Foto de portada: Szczecin, Polonia.

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