La Navidad anda en busca de alguien que la quiera celebrar, pero, stop, esta vez de un modo diverso. Por eso se han reunido perros vagabundos, niños obsesionados con portarse bien para recibir un regalo, médicos de guardia e incluso una desubicada decoración de nieve en un hemisferio que está en pleno verano. Un tráfico de historias que circula entre fronteras idiomáticas, culturales y la epopeya de la vida familiar, que nos invita a mirar alrededor y explorar otras fórmulas de disfrute de una fiesta especial; más allá de la tradicional idea de felicidad.
El autor del libro que reúne estas historias en Stop Natale es J.J. Bolaños, médico y escritor peruano. El 21 de noviembre lo presenta en Berlín a beneficio de la ONG Manos Unidas. Compartimos aquí un relato.
NATURA MORTA MÉDICA
Un relato de J.J. Bolaños
La sala de reuniones luce vacía. Las paredes, sillas y mesas blancas conceden al hospital un efecto artificial del cielo. Una sala de recepción a donde vamos a buscar por adelantado una visa para el más allá. La única fila en la que nadie quiere colarse.
Hoy hizo falta una mesa larga. Un par de caballetes y unos tablones solucionaron el problema. Unas sabanas blancas de quirófano por encima hizo desaparecer la estructura rudimentaria. El ambiente retomó ese blanco casto. Un camino de ramas de ciprés abría el paso a los centros de mesa con velas, bolas rojas, uvas, piñas, naranjas y manzanas. Las hojas secas alrededor de los centros de mesa daban el toque dramático, teatral e inevitable de un hospital. Sobre los platos (como no, blancos), se recostaban en diagonal, las servilletas de papel enrolladas y atadas con hilos de sutura de seda negra, una ramita verde y un arbolito marrón de cartón recortado de cajas de suero fisiológico. Sobre el arbolito se dibujó algo que representara el lugar donde se debía de sentar el compañero que estaba de guardia. Una gota de sangre para el hematólogo, una taza de café para el anestesista, un estetoscopio para el internista y el médico de familia, un cerebro para el neurocirujano, un trazado de electrocardiograma para el cardiólogo, una sonda vesical para la uróloga, una silla de ruedas para los camilleros, un hueso para la traumatóloga, un bisturí para el cirujano general, un bisturí y unas pinzas para la enfermera instrumentista, el perfil de un rostro para la cirujana plástica, la vigésimo tercera letra del alfabeto griego para el psiquiatra, el tronco principal de un vaso sanguíneo y sus ramas para el cirujano vascular, un corazón y un bisturí para el cirujano cardiaco, un ojo de pupila dilatada para la oftalmóloga, una sonrisa para la enfermera más feliz que conocí, una cofia para las enfermeras clásicas, un corazón negro atravesado por una flecha con dos jeringas cruzadas debajo, para las modernas. Por falta de espacio los cubiertos escoltan a raya las servilletas. Según las normas clásicas la cristalería debe ser del mismo modelo. Copa de agua, de vino y de champagne o cava. En un hospital se prefiere dejar el vidrio lejos del alcance de los pacientes para evitar los arrebatos suicidas. Así que solamente tenemos vasos de vidrio en el comedor y salas de estar del personal. En las salas de hospitalización son de plástico. Asumo que el reciclaje es un negocio rentable.
Las botellas, que sí son de vidrio, tienen un aire presuntuoso con esos lazos rojos en el cuello, como damas de honor de la mesa. Una de las mejores sensaciones que existe en la noche de navidad en un hospital es que no hay anfitrión, no hay familiares, ni amigos o invitados a los que tienes que dejar con la boca abierta por el menú, por los arreglos de la casa y la decoración de la mesa. Todos colaboran. O al menos nadie se libra de la jefa de enfermería, que una semana antes de la guardia de nochebuena hizo una lista con la gente que estaría esa noche, para delegar funciones: los adornos de la mesa, del ambiente y lo que se tenía que llevar de comer. A nosotros nos tocó lo más sencillo: llevar buen café y pastelitos. Hay que reconocer que las enfermeras perciben el nivel de holgazanería de los médicos con todo lo que no tiene que ver con ciencia, además de la facilidad que tienen para organizar eventos. Sin ese estúpido complejo de superioridad que se enseña en las escuelas de medicina, las enfermeras de vocación van sin ese trastorno de personalidad por los corredores del hospital y por la vida. Las que quisieron ser médicos aún arrastran esa tara.
Las sillas tampoco se quedaron atrás. Tenían bolitas rojas y verdes que se coordinaban a la perfección con la orden suprema de la jefa de alternar un chico, una chica y que además coincidiera con el dibujo sobre el arbolito de la servilleta que ya expliqué. La sala luce a la espera de una cena que nunca llegó. Rebosante de alimento, demorará en liberar aquellos aromas que anuncian la corrosión del tiempo en sus entrañas gracias al frío invernal. No se han podido dar el abrazo de medianoche.
De cubitera, funge un cubo esterilizado de acero inoxidable de quirófano con soporte alto rodado, que se usa en cirugías abiertas y laparoscópicas para dejar material accesorio o gasas sucias. Dentro reposan tres botellas de vino blanco descorchadas, mientras que el morrión del cava catalán yace en el suelo y el del champagne francés se esconde debajo del papel metálico arrancado a medias. Parecen jugadores profesionales de algún deporte que usan el baño con hielo para que los tendones, músculos y huesos expliquen al sistema nervioso que es momento de relajarse luego del esfuerzo físico. El único que mantiene la tensión es el de la botella sin bozal de alambre que soporta la presión interna de la bebida espumante.
No puedo dejar de mirar el blanco que domina el fondo de la imagen. Las sillas están desordenadas. Debe de haber sido una urgencia. Sí, eso fue, seguro. Una llamada de urgencia. De otro modo no se entiende la ausencia de personas que hacen falta para redondear la foto. Es la única manera en la que el personal sanitario olvida lo que es, lo que sufre, lo mal que le pagan y se entrega a ciegas al auxilio de la gente. Los afortunados que trabajan en los hospitales, pero duermen y celebran tranquilos en sus casas rodeados de los suyos, son los directores médicos y demás cargos directivos que están ahí para perennizar la explotación de los trabajadores en su versión moderna, sin azotes, del siglo XXI. Esos nunca tuvieron vocación. O quizá la cambiaron por dinero. Un tío mío era director médico y le extrañaba que aún, a los 47 años, siguiera haciendo guardias. Él, las dejó a los 40, cuando fue por primera vez director de un hospital periférico.
—Ese es el problema con ustedes, los clínicos y quirúrgicos —explicaba—la vocación les gana, puede por delante de cualquier injusticia. Pero los que estamos en gestión, hemos decidido rentabilizar los años de estudio —finalizó. Gracias a esa idea los servicios sanitarios privados crecen en desmedro del sector público.
Pero es cierto, los que estamos en las trincheras del quirófano, las plantas y las urgencias, anteponemos la salud del paciente. Un acto noble que a punta de agradecimientos no alcanza para pagar las facturas ni cubrir las expectativas de los nuestros. Salvamos vidas a diario, pero nunca salimos en las portadas y nuestro supuesto sacrificio ya no sirve de ejemplo para una sociedad que contempla a modelos de alta costura, futbolistas y cantantes de pop como líderes de opinión. En el único lugar donde aparentemente la nobleza da de comer bien es donde se recluyen los monjes y monjas. Se dieron cuenta a tiempo que es más productivo jugar a salvar el espíritu. El más allá del que no se tiene certeza.
Mientras aplicaban la resucitación cardiopulmonar a un paciente, el internista, la traumatóloga y las enfermeras pensaban en las razones por las que tenían que salvar a aquel grupo de suicidas en la noche de Navidad. No es que el médico se haya deshumanizado, no. Siempre fue humano, pero por alguna sustancia adictiva, alguna hormona que aún no se ha descubierto, por algún neurotransmisor en superávit o rasgo de personalidad que nos activaron en la facultad, queremos salvar a la gente a costa de lo que fuere.
Nosotros, los del bloque quirúrgico, nos preguntamos en que estarían pensando para romperse el cuerpo en un accidente. El quirófano apestaba a alcohol y nosotros ahí, intentando salvarlos. ¿Salvar? ¿Salvar a quién? De esto hablamos miles de veces esa misma noche. De pacientes sin sentido común está llena la sala de espera del señor. Sí, pero también de médicos que han perdido las ganas de enseñar, de llamar la atención y decirle a la gente lo estúpida que es por venir a las urgencias cuando no es necesario. Eso lo hablamos siempre. Estadísticamente, el porcentaje de subnormales ha crecido de manera alarmante.
A pesar de que la foto se tomó en el cambio de guardia, a las 8 de mañana, llama la atención la ausencia de moscas. Hasta los insectos saben que no hay que acercarse a lugares donde ronda la muerte. También llama la atención otro detalle. Hay tajadas de piña sobre una tabla de picar de madera. El cuchillo, que yace a pocos centímetros, observa atento la mitad que está intacta. Las sillas en desorden, rompen la armonía del cuadro, eso sugiere que el encargado de cortar la piña y los demás dejaron su faena a medio hacer.
Ese blanco cansino me obliga a cambiar de fondo. Pienso en unos árboles o aún mejor, observo un fondo marino y la mesa está sobre la terraza de una pequeña montaña desde donde se disfruta de la vista. A la pregunta de ¿por qué el fondo de esta foto es blanco?, respondo con la paradoja de Olbers que pregunta ¿por qué es oscuro el cielo en la noche? En el universo infinito el cielo debería brillar como el sol. Pero en el cuadro lo único que brilla es el fondo blanco.
En un hospital, el blanco por doquier, es el maquillaje residual matutino de un amante que con prisas tiene que ir a trabajar después de una noche de pasión o después de una guardia. Ni siquiera la esperanza puede contra los rostros cenizos de las salas de espera que han saturado las peticiones de ingreso al paraíso, la frontera de salvación a la que se dirigen los pensamientos de los que están a punto de estirar la pata.
De noche los telescopios intentan ver la luz de esperanza de las estrellas. De día el personal sanitario con los microscopios intenta ver la de la vida. La búsqueda de luz en la noche, esto es, no aceptar que existe la noche como fenómeno natural es descabellado, una actitud que no ayuda a entender las limitaciones del pensamiento humano. Me imagino entonces que los compañeros ausentes de la foto son estrellas, están ahí, pero tan distantes, tan concentradas en dar luz, entregar su energía a otra estrella que se debilita, que no consigo verlas. O a lo mejor me equivoco. Sí, me equivoco. Es precisamente la luz que emiten sin cesar, esa luz blanca, la explicación por la que los hospitales están inundados de esa aura divina.
Narices de espuma roja de payaso que quizá usaron para ir a saludar a los niños hospitalizados están regadas por el suelo. Durante el día, los trabajadores se dan besos. Es el único momento del año en el que la repetición del saludo no aburre. Los que se quedan y entran de guardia miden sus gestos de júbilo. Es el único día del año en el que pocos tienen ganas de estar ahí. Si se observa con mayor detenimiento, asoman por debajo de la mantelería, regalos envueltos que los médicos no piensan abrir en público porque no están seguros si fue ético recibirlos. Hemos llegado al punto en el que incluso un obsequio puede tener conflicto de intereses. Un talonario de loterías de navidad, resignado a su futuro en un contenedor azul de basura, deambula de la mano de una revista del colegio médico, que ha publicado un extenso artículo en el que envía el mensaje de que la mejor manera de pasar navidad en un hospital es pensar en la dicha que se tiene de estar al servicio de la gente más vulnerable esos días. Me imagino que lo habrá escrito sentado desde la comodidad de su sofá un director médico o afín. Ojalá hubiese sido un artículo por encargo de las compañías aseguradoras para entender el desconocimiento claro de la realidad. Las pocas personas que conocí que disfrutaban pasar una celebración así en un hospital eran trabajadores depresivos a los que recomendaban no quedarse solos en casa, colegas drogadictos que aprovechaban la poca vigilancia de medianoche para robar jeringas, agujas, compresores de goma, apósitos, ansiolíticos y opiáceos que pincharse y vender después para cubrir el incremento habitual de pedidos de esas fechas; rupturas de pareja que aceleraban el paso de página; ilegales y mendigos que simulaban cualquier enfermedad y que milagrosamente se recuperaban horas antes de nochebuena para recibir algo de comer; amantes que hacían del hospital su reducto; compañeros extranjeros sin hogar y las hipotecas pendientes que se amortizarían mejor con el pago extra. Ni siquiera la decoración de los pasillos quiere quedarse harta de ser ignorada.
Me hubiese gustado ver en la foto una calavera o un cráneo para darle un toque de barroco, de Vanitas. Pero por paradojas de la vida, en un hospital es el último lugar donde se puede encontrar algo así. A cambio nos han dejado un objeto con el que el mundo moderno interpreta la relatividad del conocimiento de la vida, dos estetoscopios. Uno cuelga de la mesa, de perfil tres cuartos la campana y el diafragma van en caída libre mientras los auriculares usan las olivas de garras para sujetarse. El otro, relajado, apoya el tubo flexible sobre el respaldo de la silla. La vida, la vida, la vida. Así nos entrenan en las facultades. A ver la vida de modo absoluto, como si su presencia no tuviera que ver con la hegemonía de la otra cara de la moneda, la muerte. Prueba irrefutable de la soberbia de la medicina de hoy en día. Nos creemos capaces de someter la fisiología del cuerpo por siempre.
El racimo de uvas se ve tan perfecto en la foto, que cogería unas pinzas mosquito para comérmelas. Ahora entiendo a los pájaros que quisieron comerse las uvas de un cuadro de Zeuxis. No se echa en falta las flores. El ambiente hospitalario es tan aséptico que no hacen falta para dar vida. En eso hay que agradecer al personal de limpieza. Sin ellos, las áreas en las que la sangre aún anuncia una luz al final del túnel, es decir los quirófanos y las urgencias, olerían a matadero. Muevo la foto que he tomado del visor de la cámara para enfocar otra y encuentro pellizcos al panetón. Qué bueno, pienso. Al menos alguien vino a picotear. El pellizco sutil se deduce por el contorno del pan dulce que el sujeto no ha querido dejar a primera vista. Apretujar entre los dedos un minúsculo pedazo de piel en determinadas zonas dolorosas del cuerpo se utiliza para probar la certeza de que hay vida en los pacientes simuladores o no. El pellizco es vida.
A todos esa noche no se nos hizo larga, se nos hizo agua en la boca. Los que compramos productos industriales no teníamos tanta pena como los compañeros que habían cocinado algo especial que compartir. ¡Cierto, pero eso no importa! ¡Tenemos la suerte de atender a la gente más vulnerable! ¿Y quién ha dicho que nosotros no lo somos? ¿Quién se preocupa por nuestra salud? Claro, lo olvidaba, para eso están los directores de hospital.
Sobre el lomo de cada objeto, de cada alimento de la mesa, la luz proyecta siluetas irregulares, dibuja diminutos callejones sin salida por los que discurren con mayor intensidad las avellanas, la cáscara color canela de las almendras Marcona, los pistachos, las variedades de quesos, el pan y los tomates. Cualquier ojo inexperto diría que se trata de un óleo sobre lienzo. Me pregunto si con todos los colores de esta mesa, habría paleta que se resistiera a inmortalizar este momento.
Es cierto que el hospital, esa noche, ofrece un menú especial. Eso significa que el arroz por primera vez durante el año dejará de aparentar el aspecto de hormigón y será un mazacote; que no servirán pollo, pero el pavo tendrá un sabor similar; que si optan por mariscos serán los que vencen al día siguiente; que para los vegetarianos habrá algo más que lechuga; que habrá pan y será fresco; que no habrá que usar la sal y la pimienta para darle algo de sabor y que todo, eso sí, estará rodeado del rojo de ocasión. En suma, que la comida para el personal será supervisada por un nutricionista y lucirá tan buena como usualmente lo es para los pacientes. Para aquellos que llenan las encuestas de satisfacción al irse de alta, ante los que se debe ocultar el espectáculo desagradable de las condiciones de trabajo en un hospital y de los que depende al cien por cien, como un cliente, qué ironía de rima con paciente, la estabilidad laboral de los cargos directivos.
Lo que no aparece por ningún lado de la foto es un lapicero, lápiz, plumón indeleble o resaltador de tinta fluorescente. Es inútil, cumplen la misma función de aparecer y desaparecer en un hospital por culpa de los duendes que por su tamaño, tienen la necesidad imperiosa de hurtarlos para las pruebas de atletismo de salto con garrocha de todos los días. Quizá los diablos azules que ven los alcohólicos durante el delirium tremens, al menos en un hospital, son de verdad.
Mientras enfoco de nuevo con la cámara, la espuma vence con sus casi 7 atmósferas la tensión del pico de la botella de cava, le rompe el talón de Aquiles. El gas frío se enfrenta al aire ambiente y crea en la boca de la botella una densa nube de vapor blanca. Como con una ametralladora, disparo fotos. Me acerco a beber un poco. Recuerdo a los compañeros que no están y que no querrán acercarse a la sala. La espuma no deja de salir y no dejo de tomar fotos. ¿Para qué las hago? Para captar un momento fugaz. Algo que no va volver. No se repetirá esta noche sin cena. Pero, ¿qué es lo que no vuelve en un hospital?, si a cada rato retorna una vida por cada muerte. Quizá con la certeza de la muerte también se va un poco de nosotros, un poco de ese resplandor que llena de blanco las paredes, de la efímera medicina que es una simple aduana para el más allá. Por eso, tal vez, somos una natura morta médica.
J.J.Bolaños, Stop Natale, Editorial Círculo Rojo, Almería, España,2023


J. J. Bolaños (Lima)
es un médico anestesista peruano que reside en España. Su interés por el arte se inició en él a temprana edad gracias al estudio del teatro durante doce años. Este hecho marca un punto de inflexión en esa constante búsqueda creativa que intentó compaginar durante su formación científica. Tras establecerse en Europa para realizar la especialidad médica comienza su incursión en el mundo literario con la publicación de la novela Tomas-IN (2018). Luego del éxito de la primera edición, decidió que la segunda tuviera un compromiso social, por lo que propuso a la Fundación Josep Carreras (centro de investigación de Leucemia), que la totalidad de las ventas le fuera destinada. Siguiendo esa línea, su segunda obra, Stop Natale, apoya a la ONG Manos Unidas. Stop Natale se presentó en Barcelona (2023), Lima (2024) y será traducido al italiano para expandir la ola solidaria. De esta forma, su creación entrelaza literatura, medicina y cooperación social.
