La mirada sobre Berlín: la fotografía de Lena Szankay

La fotógrafa argentina Lena Szankay vivió casi dos décadas en Berlín entre finales de los ’80 y mediados de los ‘00.  En julio de 2024 volvió a la capital alemana para formar parte de la programación de la latinale.académica, una plataforma para el pensamiento poético en español que tiene lugar anualmente en diversas ciudades europeas. 

En esta entrevista nos cuenta cómo fue su experiencia durante los años que vivió en Berlín mientras estudiaba fotografía y trabajaba en el sector editorial, y cómo vivió las transformaciones urbanas y sociales tras la caída del Muro. Abocada en la actualidad a la tarea de revisitar su propio archivo fotográfico, conoceremos más sobre cómo fue volver a mirar las fotos que sacó durante aquellos años berlineses, imágenes realizadas a modo de diario personal que documentaron su vida en una ciudad atravesada por la transformación constante.

Foto de Lena Szankay para libro EXOPLANETA. Berlin 1989

¿Cuándo llegaste a vivir a Berlín y por cuánto tiempo viviste acá?

Llegué en mayo de 1989 y me fui definitivamente en el 2008, aunque tuve un par de idas y vueltas en el medio. Fueron en total 19 años, un montón de tiempo. 

¿Por qué decidiste venir a Berlín en 1989? 

Yo ya tenía lazos familiares. Mi padre era húngaro y vivió en Alemania desde 1973 hasta su muerte. Además, mi padrastro es berlinés. Mis primeros 18 meses de vida transcurrieron en Freiburg y viajé regularmente cada dos años a visitar a mi padre que se había instalado definitivamente en Aachen luego de haber sido profesor de sociología en Concepción, Chile durante el gobierno de Allende. Los viajes y las distancias fueron experiencias fundacionales. Pasar las navidades con nieve y los eneros con oscuridad, el grupo humano alrededor de mi padre que percibía radicalmente diferente a la vida en dictadura de Argentina, un hermanito semi alemán; los olores, los sabores y los objetos que me parecían super atractivos. Todo era nuevo, distinto: la tipografía, la paleta de color o lo que representaban… Ya tenía construido un vínculo ideal, un registro de una Alemania unida a la reunificación familiar. 

Pero en realidad, el gran responsable de haberme traído a Berlín es Wim Wenders, ¡el poder del cine no debería subestimarse! Hacia finales de los ’80 salía con un chico argentino de familia judeo-alemana que tenía una abuela viviendo en Berlín. Un día fuimos a ver la película de Wenders Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, en alemán) y nos “voló la cabeza”. Encendió el deseo literal de volar al cielo sobre Berlín. Estábamos en la época del gobierno de Alfonsín y se perfilaba la hiperinflación. Él se fue en el ’88. Yo había abandonado la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires y comenzado a asistir a los “talleres de expresión fotográfica” del artista Eduardo Gil, y estaba muy apasionada con la fotografía por eso me fui recién al año siguiente a estudiar fotografía y a hacer mi nueva vida independiente.

¿Cómo fue tu llegada a esta ciudad y qué fue lo primero que hiciste para comenzar a tener una vida propia en Berlín?

Me postulé al Lette Verein, una institución pionera en la educación formal para mujeres fundada a mitad de 1800. Yo tenía 23 años, venía más del plano autoral de la fotografía y me choqué con una formación muy técnica, era muy exigente y orientada hacia la fotografía aplicada (Angewandte Fotografie). En 1991 el profesor de computación de la escuela nos sugirió ir a la Photokina, la feria de industria de la fotografía en Colonia porque se presentaría la primera cámara digital, la Fujix DS-100, con memoria de 1MB y nos remarcó que íbamos a estar presenciando algo que recordaríamos cuando tuviéramos 40 años. Aunque no llegaba a comprender la relevancia, viajamos. No me emocionó para nada ver los albores de la fotografía digital, a mí me interesaban otras cosas…pero tuvo razón. Impresiona haber visto los primeros prototipos. Después de graduarme, mi padre concertó una cita con un fotógrafo en Berlín, donde por primera vez vi en funcionamiento una computadora Apple y un escáner. Ahí si algo me hizo clic, me gustó y comprendí que ese era el futuro.

Realicé una capacitación sobre el tratado digital de la imagen y programas de diseño gráfico. Esa formación me dio una herramienta de trabajo que eran completamente innovadora en aquel momento. De todos modos, mi llegada a Berlín no estuvo exenta de tropiezos y dificultades como todo proceso de migración. Cambié de casa varias veces, conocí y me junté o me alejé de personas, hice trabajos típicos de estudiante, extrañé a mis amigos, etc.

¿Encontraste en Berlín un espacio de “clínica de obra” en donde continuar tu práctica autoral fotográfica que habías comenzado previamente en Buenos Aires? 

No encontré en Berlín ningún grupo o un taller que se pareciera a la modalidad de clínica de obra que tenemos en Buenos Aires, al menos en aquel entonces no existía. Todo lo que había eran cursos técnicos o workshops, me sentí muy perdida. Yo experimentaba con autorretratos y fotos de cicatrices, pero además empecé a sacar fotos en la calle, cosa que en Buenos Aires nunca había hecho. Sin embargo, no lo podía compartir a pares, fue un proceso en solitario.

Foto de Lena Szankay para libro EXOPLANETA. Berlin 1989

Contanos cómo fue tu inserción laboral en Berlín y cómo fueron tus primeros trabajos.

Como a mí me gustaban tanto la escritura como la imagen, pensé en trabajar en algo más vinculado a lo editorial y me presenté a un diario independiente, Die Taz. Allí fui la persona joven que sabía trabajar en pre impresión digital. Al tiempo, pedí ocuparme del archivo, como algo extra. Iba los domingos y organizaba las fotos de la semana, con eso me adentré en el archivo en papel y aprendí un montón acerca de la cultura alemana. Como vieron que me gustaba tanto, me pasaron a trabajar como co-editora en el departamento de fotografía. Primero comencé con suplementos y después terminé trabajando para la sección de Berlín. 

A mitad del 2001 a mi mamá la tuvieron que operar del corazón y tuve que ir a Argentina de emergencia. Me quedé 5 meses, vi la tremenda crisis del 2001 pero para Año Nuevo estaba de nuevo acá en Berlín. Seguí trabajando en otros diarios en la sección de edición fotográfica. 

Durante todos estos años abocada a tu desarrollo profesional y laboral, ¿siempre seguiste sacando fotos y registrando tu vida en Berlín?

Del ‘89 al ’96 documenté la ciudad de mi entorno próximo, aunque yo en ese momento no consideraba que eso fuese “mi obra”, a mí me interesaba trabajar el tema del cuerpo femenino, las cicatrices y las secuencias performáticas. Pero, sin querer queriendo, estaba generando un archivo de la ciudad y de mi nueva vida. Siempre repito que Wenders fue mi maestro, el que me enseñó a ver Berlín o, mejor dicho, yo aprendí a ver Berlín a través de su mirada, porque tomaba fotos que pudieran ser fotogramas salidos de su película. Y los encontraba constantemente… Me interesaba lo ficcional, o mejor dicho el escenario que conformaba esa ciudad única dentro de una situación histórica también única. Siempre me atrajo la idea de la arquitectura y los espacios pensados como escenografías. 

A la distancia, mantenía la línea estricta de los talleres de Gil: compromiso y constancia nos diferenciaba de un amateur, mi desafío era componer a fotograma completo. Yo no accionaba conscientemente en función de una meta. En general, lo que hacía era seguir un impulso, una pulsión. Cuando sacaba las fotos de Berlín, no estaba pensando primariamente en obtener un testimonio para el futuro, aunque claro que también fui al Brandenburger Tor a hacer las imágenes icónicas que todo el mundo hacía porque también entendí que eran un documento. Pero a mí me interesaba otra cosa en el arte, me interesaba lo íntimo, lo under, mis pares o mis referentes. 

Documenté los espacios en donde mis amigos artistas y yo vivíamos y trabajábamos, sobre todo mi barrio que era Kreuzberg. El Görlitzer Park fue para mí muy importante. Allí se hacían conciertos, festejos y otras intervenciones artísticas, como por ejemplo las del grupo de artistas performáticos de Gran Bretaña Mutoid Waste Company, quienes hacían esculturas gigantes con restos de basura industrial que encontraban allí mismo y que figuran en varias de mis fotos. En Berlín hice otras series a medida que fui creciendo y cambiando de dispositivos, es llamativo verlo en mis negativos.

¿Dónde vivías por entonces en Berlín?

Los primeros dos años viví en una ex fábrica en Hermanplatz, en la Karl Marx Strasse, con otras tres mujeres simpatizantes del grupo de anarco-ultraizquierda “Die Autonomen”. Vivir ahí fue conocer una galaxia diferente. Yo venía del Buenos Aires de primavera democrática, estudiante de Filosofía y Letras eufórica de justicia social, y les caí bien porque vibraron eso, a pesar de las enormes diferencias de estilo de vida e incluso de conciencia política global. Después me di cuenta de que tuve muchísima suerte, de esas situaciones de fortuna que una no se da cuenta en el momento. Para mí era todo fascinante, salvo el invierno que lo sufría porque había una única estufa para todo el piso y teníamos ventanas de vidrio simple. Esta no era una situación excepcional, así vivía la amplia mayoría de la juventud y todos los artistas, trabajadores y exiliados de Kreuzberg. Algo difícil de imaginar hoy en día con los altos estándares de vida.

Aquel modo de vida era completamente diferente al Berlín actual. En aquel momento éramos todos anticonsumo, aunque no nos faltaba nada de nada, ¡eso hay que remarcarlo! Todo Kreuzberg era de izquierda y éramos bastante dogmáticos.  Aprendí mucho en aquella fábrica y de aquellas chicas, especialmente de una, que hasta hoy está activa políticamente en una organización antiracista en Potsdam. Yo venía de otro tipo de vida muy cómoda y me hizo bien el cambio, me ubicó. También conocí otra Alemania completamente diferente a la de los libros de alemán o de mi escuela secundaria. Me adapté como mejor pude.

¿Estabas en Berlín entonces cuando fue la caída del Muro en noviembre de 1989?

El 9 de noviembre estaba en Buenos Aires, tramitando mi visa de estudiante para volver a estudiar fotografía. Yo había entrado por segunda vez como turista y tuve que volver unas semanas para tramitarla en el país de origen. Nunca me voy a olvidar de mi mamá despertándome esa mañana, gritando que habían abierto uno de los pasos de frontera Berlin-Este. Tardaron 6 días más en abrir otros puestos fronterizos de la ciudad, como ser el Potsdamer Platz, en donde ya no te pedían papeles de aduana.  

Volé de regreso a Berlín el 30 de noviembre. A fines de diciembre surgió la imagen simbólica que dio la vuelta al mundo: la de Helmut Kohl observando cómo se levantaba el bloque de cemento en la Puerta de Brandenburgo. El desmontaje del “muro antifascista” arrancó oficialmente en junio de 1990, un mes después ya no había pasos de frontera con guardas y se terminó en noviembre de ese año. Es bueno aclararlo porque uno conoce el hecho consumado, como si todo hubiese sido el mismo día, pero fue un proceso largo.

Cabe remarcar que la reunificación causó cierto malestar para algunos porque quería decir que la utopía no se había cumplido. Yo misma estuve intranquila durante algún tiempo porque “mi isla Berlín” se iba a terminar justo cuando había venido buscando un oasis. Pero mi padre, como buen filósofo, me decía “Lena, ¿vos sabés realmente lo que pasó? ¿Vos sabés que esto es el resultado de los movimientos de resistencia, de organizaciones sociales, y jornadas de protesta pacífica organizadas por las iglesias, sobre todo la evangélica?”. Hoy en día lo que puedo interpretar es que era simple ignorancia, teñida con el romanticismo de esa época en Buenos Aires y bastante egoísmo. Nos faltaba información. No leíamos prensa extranjera y la mayoría ni siquiera sabía leer en otro idioma.

¿Visitaste otras zonas de Alemania u otros países de Europa que estuviesen dentro de la Unión Soviética antes de la caída del muro? 

Sí. Todas experiencias muy breves, pero pregnantes. A mis 12 años había estado de vacaciones de verano en las islas de la Yugoslavia de la época de Tito. Otro mundo que ya no existe. En el ‘82 entramos con mis padres a Berlín Oriental en un tour. Recuerdo mirar horrorizada cómo “peinaban” con unos enormes espejos bajo la panza del bus turístico, controlando que nadie estuviera ahí aferrado para escapar. 

En agosto de 1989 fui a Praga en tren, una Praga sin carteles publicitarios. En ese vagón conocí a una pareja, ella fotógrafa y el músico punk, un poquito más grandes que yo. Estaban yendo a Hungría de vacaciones supuestamente, pero lo que yo no sabía era que se estaban escapando. Cuando subieron los guardas al tren los revisaron hasta el último detalle y con una violencia que yo no comprendí por falta de contexto. Tiempo después me enviaron una postal desde Frankfurt contándome que en realidad habían viajado a Hungría porque en ese momento allí estaban dejando pasar las fronteras.

Cuando ya estaba instalada viviendo en Berlín, iba a Ost Berlin (Berlín Oriental) a comprar insumos fotográficos, eran excelentes y mucho más económicos. Toda persona que no vivía en la RDA estaba obligada a “cambiar” 25 marcos occidentales por cada día de estadía; después no sabías qué hacer con tanto dinero porque todo era mucho más económico. Yo compraba libros de arte en anticuarios y todo lo que sea de fotografía. Me he traído hasta ampliadora y abrillantadoras a cuestas, de todo.

Otro día del verano del ‘89, caminando por la Wiener Straße, entré al opening de un artista húngaro con quién me puse a charlar, se llamaba Gyula. Le conté de mi origen y que era fotógrafa y el tipo me dio las llaves de su casa para que vaya a usar su laboratorio. Tiempo después me dijo que tenía un amigo que vivía en Ost Berlin que se quería ir. Me explicó que había una visa para los alemanes del Este de reencuentro con las parejas no residentes en la RDA. Que podía decir que lo había conocido en Praga, o en alguno de los países que ellos podían viajar, y pedir la reunificación. A mí no me entusiasmaba mucho la idea, pero accedí a conocerlo. Creo que nos bajamos en la estación Ostkreuz con el húngaro, lo recuerdo todo gris sobre gris, era un día de lluvia. Organizaron una reunión en una casa en donde todos hablaban en susurros. Esa persona estaba allí con su novia y me miraban ansiosos. Hubiese sido el acto más político de mi vida, casarme con alguien que lo necesitaba, pero bueno, al final todo cambió rápidamente. Todos los que vivíamos en Berlín estuvimos atravesados por situaciones de esta índole en mayor o menor grado.

Foto de Lena Szankay para libro EXOPLANETA. Berlin 1989

¿Cómo fueron los cambios en Berlín tras la caída del Muro?

El dinero comenzó a ser más importante que otros valores. Nada de eso era relevante antes de la caída del Muro, ¡todo lo contrario! Lo raro fue que hubo una dupla de cambios provenientes del este y del oeste. Berlín se llenó de cochecitos de bebé, algo insólito en la Berlín de David Bowie. Empresas, editoriales y grandes cadenas abrieron filiales, habilitando también la llegada de otro tipo de gente. La intolerancia y el miedo a que otros estilos de vida confrontaran con los nuestros se dejó sentir.

Por otro lado, apenas se abrió la frontera interna, comenzaron a llegar alemanes orientales que se podía percibir que vibraban distintos. Portaban una expresión corporal que no había sido moldeada por la publicidad. Definitivamente, era otra forma de poner el cuerpo. Ya eran padres de muy jóvenes, practicaban el nudismo y el sexo no estaba marcado por el “pecado judeocristiano”. Las mujeres eran independientes, trabajaban todas y muchas eran feministas. Fue revelador porque comprendí la complejidad de las consecuencias de una ciudad cohabitada con dos sistemas opuestos.

La escena del arte también se amplió, llegaron nuevas galerías, otras se trasladaron a la zona de Mitte y, debo decirlo, comencé a ver arte “internacional” representado por grandes nombres, lo cual fue un verdadero placer. Rápidamente hubo una articulación nueva de los espacios, la ciudad se duplicó. Alquilamos grupalmente un estudio fotográfico en lo que es hoy Stralau, justo enfrente del Treptower Park, que antes era Berlín Oriental. El olor en esos edificios era muy típico, por los revestimientos con hule, los materiales de su construcción, y supongo que aspiramos mucho asbesto.

¿Cómo fue la desaparición del muro? Siempre me pregunto cómo se decidió qué partes del muro se sacaban y cuáles se dejaban. 

Cuando empezaron a desmontar el muro hubo dos posturas antagónicas. Se decía que era una forma de borrar la memoria, pero también que no había necesidad de aguantar su carga trágica. Finalmente, desaparecieron los más de mil kilómetros de muro de todo el territorio alemán. Se llegó a un consenso entre la cultura de la memoria y el deseo de olvidar: se dejaron fragmentos y memoriales con una finalidad pedagógica en lugares muy estratégicos, pero también como atracción turística como la East Side Gallery. Todos querían ver, aunque sea un pedacito si no habían venido antes. Una buena propuesta me parece la marcación en el pavimento que marca su recorrido, a veces te olvidás pero cuando la ves bajo tus pies, funciona perfecto.

En algunas de tus fotos se puede ver muy bien cómo empezó la gentrificación de toda Berlín. Me imagino el cambio que habrá significado para la gente que habitaba la ciudad, cómo pasaron de un tipo de ciudad dividida y de alguna manera detenida, a la construcción vertiginosa de nuevos proyectos, como Potsdamer Platz justamente.

Apenas sucedió la reunificación se empezaron a construir las viviendas de alto standard. Se trataba de que la ciudad volviera a ser cosmopolita, a ser un nudo de comunicación entre el este y el oeste de Europa, de darle brillo, poder y solidez. A devolverle al Potsdamer Platz su relevancia de antaño, de preguerra. Fue un momento en el que surgió la pregunta de qué modelo de ciudad queremos tener, quiénes son estas personas que nos construyen estas cosas, con un estilo impersonal de los ‘90s, como el Sony Center. Berlín debía ser reestructurada y para eso todo empezó a demolerse y reconstruise.

Desde el punto de vista urbanístico, fue vivir caóticamente entre grúas, edificios recubiertos de mallas protectoras y calles en refacción constante durante casi dos décadas. Ahora que lo pienso, al ciudadano se le exigió mucha paciencia. Fue fascinante también: se volvieron a abrir las estaciones de subterráneo que estaban tapiadas, cruzamos el canal a la vereda de enfrente que no podíamos cruzar antes… adrenalina pura.

De todos modos, por suerte el oasis no se perdió durante la primera década. La ciudad estaba endeudada y tenían que liberarse de inmuebles vacíos, había cantidad de edificaciones ociosas que además requerían de gran inversión, en muchos casos estaban faltas de papeles u ocupadas por gente joven. Cosas buenas también pasaron, como los gremios de artistas o de gente que se unió para comprar edificios con la finalidad de fundar algo similar a cooperativas de vivienda que hasta la actualidad funcionan como talleres y viviendas baratas o accesibles. El que la vio se hizo de una gran oportunidad de vivienda propia. Yo fui cambiando cada 2 o 3 años a un hogar cada vez más sofisticado para mi sola.

 ¿Cómo fue el proyecto de tu fotogalería Schautankstelle? ¿En qué año empezó y qué tipo de fotografía mostraban?

Fue otro ejemplo de la redistribución del espacio urbano. Estuve involucrada en una movida sociocultural, el RAW – Tempel e.v. donde se localizó mi fotogalería, la Schautankstelle (STS). Vecinos de los barrios de Friedrichshain y de Kreuzberg nos autoconvocamos durante un año y medio y logramos el apoyo de concejales para exigir el usufructo temporario del predio con el objetivo de formar un centro cultural barrial de unión entre el este y el oeste. Finalmente logramos que nos dieran 15 años de contrato a un precio irrisoriamente bajo.

La STS fue un proyecto conjunto con dos fotógrafos, un holandés y un italiano. Empezamos 1998 / 1999. Yo ansiaba traer fotografía argentina a Berlín y quería tener mi propio espacio para eso. Ya en 1995 había organizado una exposición en la fotogalería de la Secretaría de Cultura de Friedrichshain, quería hacer un intercambio de culturas. 

El concepto de la fotogalería consistía en una exposición individual en ambas salas grandes y teníamos otras dos salas con fotos más pequeñas a la venta a un precio accesible. ¡Y se vendía! La gente empezaba a invertir en fotografía en ese momento. Fuimos un espacio que acogió proyectos europeos y latinoamericanos.  

Quiero preguntarte también por la movida musical de los ’90 en Berlín. ¿Vos participaste, viste cómo fue ese surgimiento y movimiento tan famoso hasta la actualidad?

Bueno, en Buenos Aires ya escuchábamos new wave, gotic rock. Al principio estuve más vinculada con la movida punkrock y skate punk berlinesa que era amplísima, y salía con un inglés de Manchester que tenía su banda.

Sin embargo, un día caminando por K´udam (Kürfürstendamm) vi un camión con gente bailando, era algo diferente. Yo estaba en el primer año de fotografía y un amigo me explicó que eran “ravers”, así que esa debe haber sido la 2da Love Parade. Me calzó perfecto y empecé a adentrarme en el house, techno y psychodelic trance. Fui mucho más feliz, porque se distanciaba de lo dark y melancólico de los ‘80 y la inminente pesadilla nuclear que parecía haber acabado.

Hay algo que hay que decir de Berlín de los ’80, y es que era oscura en todo sentido. Lo bueno es que los beats del hard-techno licuaban esa oscuridad: exorcizábamos los fantasmas de la ciudad, pisoteábamos el sufrimiento, revertíamos los restos nazis de la historia y ocupábamos la ciudad, la hacíamos nuestra con cada locación nueva, en cada club ilegal. Creo que no vi a ningún policía por muchos años, era una sensación de gran libertad, sobre todo viniendo de nuestra historia no era algo menor. Nadie tenía su documento encima, había gente que lo había perdido hace mucho. Conocí gente muy singular y levité en Tresor, Bunker, E-Werk, Electric Ballroom, en el primer Kitkat Club en la Glogauer Strasse, en los Open Air Festivals de Brandenburg, como la Nation of Gondwana que acaba de cumplir 30 años este verano. Con la música y movida electrónica, además, intercambié más con alemanes, había poca gente latina o italiana/española como en las otras escenas o subgrupos antes de los 2000.

¿En qué años sacaste las fotos de tu proyecto de fotolibro? ¿Cómo surgieron en su momento?

La mayor parte de las fotos fueron hechas en Kreuzberg entre 1989 y 1994, en los espacios cotidianos que habitaba, creativamente concebidos y, sobre todo, de gestión colectiva. También hay algunas tomas de 1998 del proyecto RAW. La atemporalidad fue lo que me atrapó, la sensación de un tiempo detenido, de ambos lados, marcados por la guerra y la división, los grandes espacios vacíos, la poca publicidad, lo pueblerino. Berlín era heterogénea y todo era un hervidero de protestas y manifestaciones de maoístas, kurdos, anticapitalistas, antifascistas, antiStasi. Era todo tanto que me llevó muchos años entender dónde estaba viviendo. No necesité fotografiar sin pausa, en general fotografío poco. Cuando la Berlín de Wenders comenzó a desaparecer, cambiaron mis fotos.

¿Cómo fue volver a ver estas fotos hoy en día y por qué decidiste retomar este trabajo?

Sin dudas tiene que ver con un proceso personal de cierre de etapas. La pandemia fue un actor clave de introspección. Cada vez que vengo a Berlín comprendo que es relevante recuperar este archivo. La ciudad es completamente otra. Creo que mi experiencia aporta al hoy, mi vida como chica latinoamericana rompe prejuicios. Es una mirada cómplice sobre sociedades antes de la gentrificación, donde no todo está ocupado por la publicidad ni por el éxito profesional o artístico. Volver a mi archivo hace lógicamente que me concentre en mi memoria, que busque información perdida, que revisite nudos a través de la literatura, música o fotografía. Fue muy conmocionante. Ahora estoy más acostumbrada.

¿Cuáles son tus planes inmediatos para estas nuevas/viejas fotos, ahora que son retomadas y revisitadas como parte de tu obra?

Sobre las fotos escaneadas de esa etapa, que son en total alrededor de 2.100, hice una selección de 300 de las cuales quedaron 135 para el proyecto de fotolibro en el que estoy trabajando actualmente, titulado Exoplaneta, Berlín 1989.

Además, sobre esta misma serie voy a realizar una exposición en Buenos Aires, en la fotogalería del Teatro San Martín en mayo de 2025.


Lena Szankay

vivió mucho tiempo en Berlín y regresó luego de dos décadas a su ciudad natal, Buenos Aires, donde trabaja como artista y profesora de fotografía contemporánea. Trabaja con archivos visuales, crea obras site-specific (gigantografías e instalaciones en espacios públicos) y aborda temas políticos y sociales de actualidad. Su obra también explora el cuerpo humano y cómo este adquiere significado como medio.

Su obra ha sido expuesta en numerosas ocasiones en Europa y Argentina y ha sido reconocida por sus trabajos poéticos fílmicos. Su obra integra la Colección Fotográfica del Museo Nacional de Bellas Artes; del Museo Provincial Emilio Caraffa, y del Museo en Los Cerros en Argentina. Desde 2022 es miembro de IKG, Internationales Künstler Gremium (International Artist Forum), con sede en Alemania. Fue colaboradora de la revista de cultura Ñ del diario Clarín con una columna propia sobre artes visuales 2007-2011.

Su libro Mímesis (2009) ganó el Primer Premio en la Feria FELIFA; Santa Fe litoral (2012) fue realizado con el apoyo de La Universidad Nacional del Litoral y Los cielos del Deseo fue publicado en plena pandemia, a mitades de agosto 2020. Actualmente, se encuentra trabajando en la publicación del libro Exoplaneta. Berlin 1989.


Imagen de portada: © Lena Szankay para libro EXOPLANETA. Berlin 1989

Julieta Pestarino

Fotógrafa, curadora e investigadora de Buenos Aires, Argentina. Investigo historia de la fotografía argentina y latinoamericana, mientras también trabajo en proyectos curatoriales y fotográficos personales. Actualmente vivo en Berlín. https://www.julietapestarino.com/

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