Los que nunca mueren

Un homenaje teatral a Julio Cortázar en Berlín de Tallercito. Los días 27 de septiembre y 27 de noviembre.

Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.

Julio Cortázar, Amor 77

En La noche boca arriba, un hombre tiene un accidente en motocicleta y lo llevan al hospital. Asistimos al transcurso de las sensaciones físicas de la víctima, a su traslado a manos del personal del hospital, a cómo entra en algo que parece un sueño pero que es la realidad de otro que sueña del otro lado que está en un hospital, antes de ser sacrificado.

En Carta a una señorita en París, un hombre que ocupa un apartamento de una mujer joven que se ha ido a vivir a París empieza, un buen día, a vomitar conejitos. Al principio es algo anecdótico, pero luego se convierte en una constante terrorífica que llena todos los espacios disponibles de animalitos, hasta el punto de que él mismo tendrá que abandonar el departamento de la chica, lanzándose por el balcón.

En Relato con un fondo de agua, un hombre conversa, sin esperar respuesta, con Mauricio, quien parece un amigo, de un tal Lucio, una ausencia oscura vinculada al río, a la noche, a la muerte y a la mala conciencia.

En Ómnibus, Clara parece ser una chica joven que toma el ómnibus para dirigirse a casa de su amiga Ana. Sube al transporte público y la primera señal no la sabe interpretar: la extraña mirada del conductor al entregarle el boleto. Las miradas acusatorias se reproducen dentro por parte de los pasajeros, y Clara, molesta, intenta ignorarlas, pero no es posible: ella es la única que no lleva flores, todo el pasaje se lo hará sentir, dolorosamente. Hasta que sube un nuevo pasajero, joven como ella, que tampoco lleva flores, y con el que inevitablemente establecerá una necesaria complicidad.

En Continuidad de los parques, un hombre lee una novela en su estudio frente al parque, en la que un hombre que lee una novela frente a un parque es asesinado en el momento en el que el hombre que lee la novela es asesinado, por la espalda.

En No se culpe a nadie, un hombre se enreda dentro de un pulóver demasiado cerca de la ventana hasta tal punto que no encuentra cómo asomar la cabeza y cuando lo hace su mano no es su mano y el horror le hace precipitarse al vacío.

En Casa tomada, dos hermanos acaban viviendo solos en la casa familiar que, a causa de la decadencia de la misma, ya casi no pueden mantener. Un día descubren que se ha instalado una visita indeseada que va ocupando espacios, de tal manera que los hermanos deben ir cerrando puertas y limitando su quehacer cotidiano a cada vez menos habitaciones. Finalmente esa visita indeterminada, invasiva y nunca definida acaba echándolos de casa. Los hermanos, cierran la puerta, tiran la llave, y se alejan sin mirar atrás.

En La caricia más profunda, un hombre ve como progresivamente está hundiéndose en el terreno a pesar de que los demás no se dan cuenta. Puede seguir de alguna manera reproduciendo los actos cotidianos de antes, pero eso no impide que su mirada esté cada vez más cerca del suelo. En un último momento ha quedado con su novia, quien acude al lugar acordado pero, aunque él está allí, la chica ya no puede verlo: “Y ella, por supuesto, seguía esperando”.

Los cuentos del argentino Julio Cortázar tienen mucho que ver con nosotros: parten de la realidad y a través de un distanciamiento de corte surrealista y de raíz kafkiana, la transforman en algo que está más allá o más acá de la percepción comúnmente compartida por todos de esa realidad. Un distanciamiento que todos nosotros, en nuestra calidad de migrantes, probablemente compartamos. Al fin y al cabo también Cortázar pasó buena parte de su vida fuera de la Argentina en que se crió, y escribió una buena parte de su obra cuando ya vivía en Europa.


Érase una vez un grupo de teatro hispano en Berlín que decidió experimentar con algunos relatos de Julio Cortázar, aquel argentino tan inolvidable como el mar, la tierra o el cielo. Tras de pocos ensayos se vio enseguida que las situaciones surreales que enhebró el autor hace décadas cuadran más que perfectamente con la hiperrealidad digital en que vivimos hoy. Algo hay de profundamente irónico, tierno, dramático, erótico o rebelde en cada una de sus historias, y esa savia literaria que late en el relato sabe avivar la imaginación y entroncar con la vida actual, aunque haya pasado el tiempo. Su narrativa descubre esperanzas ocultas, revela cansancios y desesperaciones humanas, dibuja historias de seres imposibles pero que a pesar de ello están ahí, con toda su presencia. Cortázar, como todos los grandes, es un espejo del mundo. Y sus narraciones surrealistas nos traen directamente a la memoria la absurdidad de muchas de las cosas que damos por hechas y que aceptamos como la realidad absolutamente normal. Pues bien, alguien supo reírse de esa realidad hace rato, y nosotros creemos que su risa aún resuena y lo hace bien. Como alguien ya escribiera: “Lo divertido no es lo contrario de lo serio. Lo divertido es lo contrario de lo aburrido”.

Tallercito presenta JULIO EN SETIEMBRE, cuatro relatos fantásticos de Julio Cortázar, escenificados para dos actores y con música en vivo. En español.

Con Adriana Barrera, Felipe Orobón, y la guitarra de Manolo Collado.

27 de septiembre a las 19.30 horas en la Librería MondoLibro (Torstraße 159, Berlin Mitte)

27 de noviembre a las 19.30 horas en la taberna cultural BAIZ (Schönhauser Allee 26A, Prenzlauer Berg)

Más información:

www.tallercito.de

www.mondolibro.de

www.baiz.info

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