Porque el Señor a quien ama, lo castiga, Y azota a todo el que recibe por hijo.
Hebreos 12, 6.
Ich liebe Den, welcher seinen Gott züchtigt, weil er seinen Gott liebt: denn er muss am Zorne seines Gottes zu Grunde gehen.
Friedrich Nietzsche, Also sprach Zarathustra, 4.
¡Se acabó! –se volvía a repetir Ibarra a sí mismo, en el desván, terminando de empacar sus pertenencias a solo unos cuantos días de la mudanza.
Helo ahí afligido, indeciso, sin saber qué conservar y de qué deshacerse, cuando de entre ese caos de cosas sin uso alguno emerge un renegrido cofre con viejos objetos familiares, confinado hasta entonces al más remoto rincón del olvido; aquel mismo cofre que a despecho había traído consigo el día que partió de casa para jamás volver. Perturbado abandona aquella tarea, baja a la cocina, saca de la nevera una cerveza, enciende un cigarrillo, luego la radio y tumbado sobre el sofá trata de no pensar en nada más, quizá en dormir un rato para luego continuar. Al fondo las sólitas noticias se repiten: muertos y más muertos aquí y allá; un ataque suicida en el cercano Oriente; un paquete de ayuda para un país acá que consiste en un crédito para pagar los intereses de otro crédito que en su momento igual no pudo pagar; amenazas, recortes, despidos; un paquete bomba quizá; un estrepitoso desplome en la bolsa, el llanto de una mujer, un ínfima alza en la bolsa, el flequillo de la canciller. ¡Qué monotonía! ¡Bastaría con grabar una emisión de noticias una sola vez, transmitirla todos y cada uno de nuestros días, todo el día, y nadie lo notaría! –parecía murmurar Ibarra para sí mismo ya casi dormido, cuando del reino de los sueños algo nuevo en el mundo lo saca: Corea del Norte declaraba la guerra después de casi cincuenta años de armisticio a su hermana del Sur. A decir verdad, Ibarra apenas si sabe que hay dos Coreas y casi que con toda tranquilidad puede ubicarlas en el mapa, eso sería todo.
Helo ahí de nuevo frente el viejo cofre renegrido como si se hubieran puesto una cita inevitable aquella mañana. Su corazón se acelera y las manos le tiemblan. Entre ellas sostiene una foto que ha extraído. Poco a poco la foto va tomando forma en su retina y termina reconociéndose a sí mismo en el hombre que aparece en ella, así jamás lo haya conocido en persona. Es un tipo mediano, de unos treinta años que aparece sujetando una pistola, haciendo pantomima de apuntarle a algo. El sujeto de la foto es su abuelo, en uniforme camuflado, cumpliendo una misión militar en aquellas remotísimas tierras. Un sudor frío atraviesa su cuerpo y helo ahí de nuevo en el sofá más pálido que un papel, sin fuerzas siquiera para ir por otra cerveza.
Horas después se le ve deambular por la ciudad con una idea extrema en la cabeza, para pronto advertir que es una estupidez porque no tiene el coraje para hacerlo. El río igual no es muy profundo y mucho menos caudaloso. Además los turistas, con cámara en pecho, se empiezan a acercar demasiado. ¿Qué haces? ¿Para dónde vas? ¡Cuidado te caes, hijo! Y luego, ¿Cómo habrías de salir en esas fotos? Tendrías que aducir que sólo te querías refrescar. ¡Sí, y en esas aguas! ¡Qué bochorno!
Se da media vuelta, enciende un cigarrillo y se aleja de allí. Más tarde se encuentra de nuevo en el barrio. Menos turistas, más migrantes, su territorio. Mercadillos, casinos y tiendas de toda clase terminan de enmarcar la escena. Por la acera van y vienen gentes de todos los rincones del planeta. Muchos de ellos entran y salen de algún locutorio después de gastar quizá sus últimas monedas a cambio de una noticia de casa o al menos una palabra de aliento. Un por ejemplo «Te echamos de menos, papá» o tal vez un «Lo que nos enviaste el mes pasado ya se acabó», problema que tú no tienes, pues allá, al otro lado del océano, de donde vienes, no hay nadie que esté esperando junto al teléfono por oír tu voz. ¡Nadie! Ni en navidad ni en ninguna otra fecha. Nadie que pueda recordarte a dónde perteneces, la casa de tus padres, la sombra de los almendros, los domingos de mercado, las moscas zumbándote en las orejas, el alboroto en la calle con todos los chiquillos hasta bien entrada la noche, y en cambio, hasta aquí mismo, a esta ciudad, a tu apartamento que en un par de días ya no será más el tuyo, vino a parar, sí esa foto que ha recavado en lo profundo de tu cabeza esa horrible pesadilla, de donde la habías enterrado –pensabas que para siempre. ¡Tantos años, tantos kilómetros dejados atrás y todo en vano!
Esta historia comienza en realidad mucho antes de que Ibarra naciera. Mediaba el siglo pasado y tu país ya se desangraba de guerra en guerra civil, así, atrás en el tiempo –como ahora– casi ininterrumpidamente, desde hacía siglo y medio. ¡Sí, tu país! ¡Así se te ponga la piel de gallina de solo meditar por un segundo en ello!
Y fue así que –quién lo creyera– el país del Sagrado Corazón tuvo la osadía de saltar al escenario internacional y ofrecerse voluntarioso para marchar junto a las más grandes, valerosas y honestas naciones libres de la tierra en defensa de la libertad y la democracia, para sorpresa de todo el vecindario. Ibarra, que es idéntico a su abuelo, cierra los ojos y le parece estarlo viendo, y se ve también a sí mismo, vestido de camuflado recibiendo la bendición de su madre, de su esposa y de muchos otros que salieron a la Plaza Mayor a despedir al capitán Ibarra, que parte esa mañana temprano de aquel mugroso pueblo –tu pueblo– rumbo a la capital, donde El Monstruo en persona, como presidente de la República, presidirá la ceremonia de despedida de las tropas patriotas. El convoy está a punto de partir. El capitán Ibarra, aferrando con fuerza en una de sus manos una estampilla de la Virgen del Carmen, se da vuelta. Busca entre el barullo a la mujer de su vida que es su madre, no su esposa. Se está asando vivo en ese uniforme, es medio día, a unos treinta y cinco grados bajo la sombra, y por fin y a pesar del polvoriento sol que lo destella y que se confunde con los gases y vapores del carburador, la divisa. He ahí a esa mujer diminuta, la cual el capitán nunca más volverá a ver, que casi de piedra lo contempla entre la multitud. El vehículo se pone en marcha y casi que con desesperación el capitán Ibarra agita su mano derecha en señal de despedida. La ve alejarse, aunque en realidad es él que se aleja, le declara su amor infinito en silencio y tras una sonrisa que no supo fingir se le escurre un lagrimón por una de sus mejillas. Cierra los ojos y con el corazón en la garganta suelta un lamento, porque tiene miedo de lo peor. Pero lo peor no sucede –para tu desgracia– ya que de lo contrario no estarías aquí, ahora, rehuyendo la mirada de los transeúntes en esta inmensa ciudad al otro lado del océano, tratando de confundirte entre la gente, en busca de un bar, de un café o lo que sea, porque no quieres, o mejor, no puedes entrar en casa y necesitas tranquilizarte.
Ibarra, a salvo en un barcito, empuja un trago y otro y otro más. Una vitrina lo separa ahora de la muchedumbre. Sentado en aquel lugar trata de ordenar sus ideas. Empieza por tratar de convencerse de que su situación actual no es más que un bache, de que todo será cuestión de comenzar de nuevo. Se marchará primero a un apartamento más económico, algo más pequeño, que la oficina de paro esté dispuesta a pagar. Ya está decidido, no hay mucho más que pensar, pues no desea esperar a que lo amenacen con echarlo a la calle como a un perro. Luego encontrará otro empleo y, si no resultara aquí, entonces en otro lugar, cerca del mar o de los Alpes. Después de todo tiene un muy buen perfil. Es verdad que la crisis se empieza a percibir también aquí, pero no es para perder la cabeza. También es cierto que cientos de españoles, griegos y portugueses, muchos de ellos de igual manera calificados, están huyendo ahora mismo del horror en sus países y que vienen aquí a buscar una oportunidad. Pero eso es otra cosa. Desconocen la lengua, el alemán no es cosa fácil y no se aprende en dos semanas. Para eso Ibarra lleva aquí ya tanto tiempo. Sí, él llegó primero y eso tiene su peso. Ahí están las mejores notas, un diplomado realizado no en cualquier lugar del mundo, sino aquí mismo. Y además, las referencias que, bueno, ni qué se diga, son excelentes, o casi. Porque claro, sería mejor si ahora no figurara en su currículum el vergonzoso e inesperado despido de esta empresa. Ya van a ser tres meses desde que empezó este infierno. Reestructuración económica, reestructuración de personal. Sí, eso fue todo. Eso no tiene que ver con él, directamente. No es él quien falló. Se trata más bien de la versatilidad del sistema, así no esté muy claro qué significa eso. ¡Cuesta trabajo adaptarse a este bendito sistema! Pero bueno, como se ha dicho, es solo un bache. No hay por qué entregarse. Ya pasará. ¡Pero volver jamás! ¿Volver? ¿Adónde? ¿A casa? ¿Cuál casa? ¡Esta es tu casa! Este es su último refugio. Aquí está bien. Aquí hay un océano de por medio entre él y el pasado. Aquí al menos puede dormir. ¿Volver? ¡Jamás!
Así y todo Ibarra esa noche no logra dormir. Dio vueltas y vueltas en la cama de lado a lado y para su sorpresa se halló en mitad de la noche en la calle de nuevo, caminando con impaciencia pero sin destino alguno, ocupado no en su más que difícil situación actual, sino en su abuelo, en su familia, en su hermano. Pensó también en cuántos coreanos habrían tenido que morir para que su abuelo regresara a casa, como al final de la guerra lo hizo. Pensó en las decenas de bajas en combate que recibió el batallón que representó a su país en la contienda y por un momento le horrorizó la posibilidad de que su abuelo hubiera sido un cobarde y que esa y no otra hubiera sido la razón por la cual regresó con vida. Harto había oído de boca de su abuela, la mujer del capitán que años después alcanzaría el grado de coronel, aquella escabrosa historia del extraño gringo, amigo de su abuelo. Aquel O’Donnell, con quien el capitán aprendiera algo de inglés durante la guerra y de quien recibiera como regalo la pistola con que aparece en la foto.
–¿Qué tanto sabe usted de armas, Señor Ibarra?
Aquel mismo gringo que una vez terminada la guerra, regresara a casa para coger a balazos a su mujer una noche de cielo estrellado y luego pegarse otro tanto en la sien. ¿Habría podido el capitán Ibarra por medio de cualquier artificio evadirse del frente de batalla por atender lecciones de inglés? La frase I am an asshole! zumbó por entre la cabeza de Ibarra como una ráfaga, al tiempo que le daba vueltas a aquella lejana guerra fratricida que en cualquier momento, incluso en este mismo instante, podría estallar de nuevo. Entre tanto, él mismo, a su vez caminaba ahora por entre esta ciudad gigantesca por la que tanta sangre se había derramado hace tan solo unas cuantas décadas y que, en los años posteriores, por tanto tiempo estuviera partida en dos a causa de fuerzas superiores que Ibarra no termina de comprender. Una especie de egoísta rencor, según él. Cuánta sangre es capaz de derramar un egoísta rencor, se preguntó Ibarra en un segundo en que la ciudad que no duerme lo sorprendió devastada ante sus ojos, sin saber muy bien si reír o llorar. ¡Solo devastación a tu alrededor! ¡Solo escombros bajo tus pies! Tus manos se arrastran torpes sobre las ruinas, tus uñas ciegas buscan alguna hendidura a la cual poderte asir. Quieres correr pero no sabes a dónde. Temes caer y caes una y otra vez. Quieres gritar pero nadie allá fuera puede escucharte esta vez.
Carlos Antonio Ibarra Nieto es el segundo de tres hijos y el primer varón. Su padre fue abogado. Su madre, pese a haber sido sobresaliente en la escuela, tuvo que dedicarse por completo al hogar cuando nació su hermana mayor, que desde siempre padeció serios quebrantos de salud. Cualquier persona que los conocía o los hubiera tratado se llevaba siempre la impresión de estar frente a una de las familias más ejemplares, felices y armónicas de la población. De hecho era así. Su padre fue uno de los hombres más respetados del lugar desde su juventud y no solo por el hecho de ser hijo de un prestante soldado de la patria, que incluso habría de morir defendiéndola a manos de los enemigos de Dios y su Reino en la Tierra, sino porque al regresar de la capital hecho todo un abogado, ostentó con decoro diferentes cargos públicos. Ibarra creció junto con su hermano, que pese a ser poco más de un año menor que él, pronto reveló ser más alto y macizo que Ibarra mismo, que a su lado parecía un poco escuálido. Aun así esto no iba a entorpecer su relación. A lo largo de toda su infancia estuvieron siempre juntos. Jugaban juntos, hacían los deberes de la escuela juntos, enloquecían a su madre juntos y nunca se les vio pelear ni discutir a causa de celos o envidias. Entre ellos reinaba la camaradería y su hogar fue para ellos como una pompa de jabón. Nada podía estropear tanta dicha. Ibarra fue un niño feliz. Nunca se enteró de las convulsiones que azotaban de continuo no solo la región, sino todo el país. Tampoco oyó jamás de las operaciones que, entre muchos otros, su propio abuelo comandó por entre montañas y selvas para frenar la avanzada de la chusma alzada en armas. Ésa a la que el populacho, en una extraña mezcla entre temor y fascinación, dio en llamar los muchachos. Cuando Ibarra nació, el abuelo coronel ya había muerto años atrás en una emboscada absurda que le tendieran esos muchachos en el monte. Así que para el pequeño Ibarra su abuelo no era más que una entre otras tantas leyendas del pueblo. Ibarra crecería inmune a aquella y muchas otras amenazas que ya desde entonces ponían en peligro la civilización. ¡Pero si tú no vas a la guerra, la guerra viene a ti!
Pasaban los años. Ibarra tendría poco más de tres lustros de vida. Habían llegado los calurosos días de junio y se acercaban las fiestas de San Pedro y San Pablo. En una ocasión, uno de esos días, después del almuerzo, su padre, que no había estado presente, se acercó a él y le comunicó a solas que lo esperaba en la porqueriza, en la parte posterior de la casa, porque quería enseñarle algo. Ibarra desde luego se entusiasmó. Se apresuró y al llegar allí se encontró para su desconcierto con un grupo de ayudantes que hacía un círculo y en la mitad, con las cuatro extremidades atadas, un cerdo tendido por el suelo que lanzaba quejidos casi humanos. Los cerdos tienen muy buen olfato para la muerte, le dijo alguno de los presentes a Ibarra. Su padre quería que su primogénito fuera quien sacrificara el animal para las fiestas. ¡Estás creciendo, hijo! Ibarra, sin saber muy bien qué pensar ni qué decir, recibió en las manos el arma del sacrificio mientras desaparecía en él toda huella de entusiasmo. Se inclinó sobre la nuca del poderoso animal y comprobó que él al igual que éste temblaba de pies a cabeza. Posó su mano izquierda sobre aquel trémulo cuerpo y palpó con su propia mano el horror de la muerte, mientras su padre orgulloso aguardaba. Alzó su mano diestra, tomó impulso para introducir el cuchillo, de un golpe, exactamente en el lugar donde termina el espinazo, tal como se le explicó, y ya se disponía a acometer su propósito –que en verdad no era suyo– cuando se desplomó de espanto por el suelo. Estaba pálido; era él quien parecía muerto. En ese momento, su hermano que se había quedado a la zaga con la comida, ajeno a esa historia apareció en la porqueriza alegando que le era imposible terminar de comer todo su plato de lentejas y que su madre, que ya se había retirado a hacer la siesta, se enfadaría si regresaba y lo descubría. Ibarra, por gula o por solidaridad –a quién quieres engañar– volvió en sí, de súbito se ofreció a auxiliarlo y soltando el cuchillo salió corriendo. A su regreso la tarea con el porcino ya había sido con total éxito consumada. Su hermano, con un rostro de fascinación, sostenía aún el arma bañada en sangre en sus manos y él y su padre parecían los mejores amigos del mundo. Ibarra, perplejo, experimentó en ese instante por primera vez en su vida una extraña sensación en la boca del estómago –y no eran las lentejas– que no sabía cómo describir y que le marcaría desde entonces como una persona taciturna y distante, distante sobre todo de su padre y de su hermano.
Ese episodio sin embargo no fue el único. Para él y su hermano tiempo ha que había llegado la adolescencia que no en vano así se llama. Las chicas de la edad de Ibarra de un momento a otro habían dejado de ser aquellas niñas desmuelicadas y crueles que gustaban de pellizcarlo en la escuela y ahora parecían flores de primavera. Pasado un tiempo Ibarra, a pesar de su ensimismamiento, terminaría por fijar su atención en Estelita, una de ellas. Sin embargo no se lo contaría a nadie y menos aún a su hermano menor que, alto, alegre y de dientes perfectos, se robaba todas las sonrisas de aquéllas e incluso, según él mismo dijera, ya se habría llevado alguna al lecho, mientras Ibarra se veía en dificultades, aun para entablar conversación con alguna. Así y todo esta situación cambiará con Estelita. Después de un tiempo infinito Ibarra se atrevería al fin a hablarle. La esperaría a la salida de la escuela, irían juntos a comer helado, la acompañaría hasta su casa. Todos estos, gestos que Estelita no despreció pues, vaya sorpresa, el chico había empezado a gustarle. Éste por su parte, cada día se desvivía más por ella. Ibarra que, bueno, por aquel tiempo quería ser poeta, dicen, llegaría incluso a escribir para ella unos cuantos modestos versos encabritados –que no encabalgados–, que no sin sonrojarse Estelita recibió y guardó con emoción, para después leerlos a solas.
Cierta vez, en una noche de verbena, entre fogatas, cohetes, música en vivo y toda esa parafernalia que tanto aburría a Ibarra, apareció Estelita entre la multitud. Ibarra se le acercó. Su hermano que estaba con él no lo detuvo ni tampoco se entrometió. Hablaron, se intercambiaban sonrisas, se entendían bien. Los poros se dilatan, los vellos se erizan. La piel se humedece al rozar con otra piel, la respiración se acelera. Ya no quieren estar más allí, quieren estar solos. Ibarra piensa en una pequeña cabaña abandonada no lejos de ahí. Pero necesita una coartada y no se atreve a hacerlo solo. Busca a su hermano –y a quién más iba a buscar– que continuaba bebiendo cerca de la música y del fuego. Los instantes que siguen a esta escena están muy difusos en sus recuerdos. Ahora están los tres en la cabaña. Allí continúa el flirteo. La piel de Estelita huele a caramelo, piensa Ibarra, y la miel de sus labios se mezcla armoniosa con el anís del aguardiente que ya se le ha subido a la cabeza. Su hermano también está allí, pero guarda distancia. Tararea una melodía entre los dientes y continúa bebiendo. Por momentos parecieran estar conversando entre los tres, pero él ni mira hacia ellos y sólo se limita a cumplir su misión de vigilar que no se acerquen extraños. Para este fin se pone fuera, delante de la puerta, y les da por completo la espalda. ¡Esta es tu noche! Es la noche de Ibarra. Todo está así dispuesto. No cabe en sí de tanta alegría, cierra los ojos, toma aire profundo y despierta en su propia cama, ya de día, apestando a vómito. Está deshecho. Le va a explotar la cabeza. Tiene la lengua seca y no se acuerda de nada a partir de ese momento, aquel de la miel de los labios de Estelita. Su hermano no está y no lo verá en todo el día. La angustia y la incertidumbre lo poseen y no ve el momento de que llegue la hora de la cena para tenerlo frente a frente. Una vez allí, esa noche, finalmente frente a él, tarde o temprano tenía que aparecer, no espera a levantarse de la mesa y le pregunta en voz muy baja, sin que sus padres lo adviertan, ¡qué pasó anoche!, a lo que su hermano, dubitativo y acongojado, se limita a torcer la boca, bajar la mirada y encogerse de hombros. Ibarra siente por segunda vez aquella horrible sensación en la boca del estómago. No saldrá de su habitación por mucho tiempo. No volverá en la vida a escribir versos destemplados ni a ver a Estelita, a quien evitará por completo. Así mismo, tampoco volverá a mirar a los ojos a su hermano menor sin sentir ese amargo tirón en el vientre.
Ésas que durante la noche fueron ruinas toman forma primero y luego color. Es de día e Ibarra, que no sabe adónde ha ido a parar, está de regreso a casa. Ha deambulado toda la noche. Ha perdido la noción del tiempo. Camina, coge el metro, cambia de línea, baja, camina de nuevo. Está destruido. No tiene más cigarrillos. Sólo desea llegar a casa cuanto antes y tumbarse en la cama. Debe terminar de empacar lo que falta, pues la hora final ya se acerca.
De regreso al barrio, a medida que se interna en éste, el aire le va pareciendo cada vez más agitado y denso que de costumbre. La gente va y viene. Mucha gente joven vestida de negro, con lila, rojo, algunos de cabellos pintados y tornillos y tuercas en el rostro, aunque también gente normal –como dirías tú– de todas las edades. Muchos de ellos van sonando silbatos y caminan con prisa en su misma dirección, cosa que Ibarra lamenta. No le interesa de qué se pueda tratar. Otro concierto, desfile o festival de disfraces, igual da. Aun así Ibarra, pese a ese lamentable estado en que va, advierte en seguida que el ambiente es de todo menos de carnaval. La gente parece nerviosa. Algunos traen carteles, pero Ibarra a esto tampoco presta atención. A lo lejos divisa un par de vehículos de policía, lo que le habría confirmado que se trata de un desfile más, sino fuera porque al doblar la esquina, ya en la recta final, con sorpresa descubre cómo la gente se agolpa enfrente de su edificio. Esto lo descorazona. A tan pocos metros de casa y sin saber ahora qué sucede. Él sólo quiere descansar.
Por fin ha llegado. Se va abriendo paso y se decide al fin a preguntar qué pasa. Un chico rubio vestido de negro, con gafas gruesas de pasta y una gorra llena de botoncitos de plástico con estrellitas y otras cosas raras, que además sostiene en sus manos el extremo de una larga y gruesa cadena, se vuelve hacia él y le explica: ¡Hoy han ordenado el desahucio de Frau Göschwitz y vamos a impedirlo! ¡Gracias por haber venido! ¿De quién?, pregunta Ibarra sin entender nada y ni qué decir de la mencionada señora, de quien jamás había oído, mientras los que están más atrás, directamente enfrente de la entrada del edificio, comienzan a sentarse uno junto al otro, de modo que Ibarra observa con preocupación que ahora no hay si quiera por dónde pasar adentro. Frau Göschwitz, repite un poco irritado aquel chico rubio de las gafas de pasta. La abuela del tercero. Desde hace más de un año que está colgada con el pago de la hipoteca y el banco ha ordenado su desahucio. Y ahora dirigiéndose a todos: ¡Pero primero tendrán que pasar por encima de nuestras cabezas! ¡Abajo el avance del capitalismo depredador que quiere enviarnos a todas y a todos a la calle! ¡Si quieren guerra la tendrán! ¡Guerra! –se repite Ibarra a sí mismo, ahora muy preocupado. Está muerto y sólo quiere dormir. No atina qué hacer y al final opta por formular una pequeña mentirilla haciendo uso de su mejor diplomacia. Desea proponer que le dejen pasar, subir a su apartamento, recoger algo de comer y beber, luego bajar café para todos porque esto va para largo, cuando por la esquina se ven asomar las primeras tanquetas de policía. ¡Vamos! ¡Vamos!, grita el chico de las gafas de pasta a todos los presentes. Ibarra se queda con la palabra en la boca y en cambio, por indicaciones del chico, toma un extremo de la cadena y es así que sin perder tiempo comienzan uno a uno a pasarse la cadena por entre los brazos, éstos atrás, a la espalda, terminando encadenados los unos a los otros con firmeza. Ibarra, que sin saber todavía muy bien por qué ha participado de toda esta operación, está aún de pie, cuando suena un parlante desde una de las tanquetas que a prudente distancia se ha detenido. La voz, que si bien es de uno de los policías más bien pareciera ser la de una máquina, exhorta a todos los presentes a hacerse a un lado para cumplir con la orden judicial de desahucio de esa pobre viejecita que Ibarra sin embargo, en los más de tres años que lleva viviendo allí, jamás ha visto. ¡Ahora nosotros dos, compañero!, le dice a Ibarra el chico de las gafas de pasta. Ibarra toma impulso para aclarar a tiempo que no está dispuesto a ir tan lejos, que sólo quiere subir a su apartamento, que lo dejen en paz, que no le importa lo que pase con esa mujer, pero en aquel mismo instante comienzan todos a gritar en coro: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! Hecho que imposibilita a Ibarra ser oído, por lo que desiste de aquel inútil esfuerzo y un minuto más tarde, sorprendido, se ve a sí mismo encadenado en todo el frente de batalla.
Ibarra nunca ha sido muy corajoso y ahora tiene miedo. En cambio ya ha perdido el sueño. Con preocupación ve cómo la tropa antimotines no se hace esperar y baja de un bus que se había detenido un poco más atrás. Luego observa cómo ésta cerca el perímetro con vallas alrededor del edificio. La tropa sin embargo no se dirige a ellos. Ésta se acerca primero a quienes desde el centro de la calle, con cartel en mano, han protestado y gritado consignas e insultos a la policía toda la mañana. Una vez la tropa ha conseguido alejarlos hasta la acera de enfrente, a punta de empujones y hostiles intercambios verbales, se da vuelta y sus efectivos fijan por fin su atención en quienes sentados sobre el suelo obstruyen encadenados la entrada al edifico. Ibarra se encuentra al frente, sentado y en cadenas, desafiante, cual si fuera el líder de toda aquella empresa absurda.
La tropa policíaca dispuesta en bloque, con escudos y armadura y en forma de falange, se planta ahora enfrente de ellos. Una vez más exhorta esa extraña voz desde la tanqueta a todos los presentes a desbloquear la entrada al edificio, a lo que la muchedumbre al unísono responde con un decidido: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Esta no es nuestra crisis, es vuestra! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡La casa para quien la habita! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! La angustia se apodera por completo de Ibarra, al comprender que todos, absolutamente todos, parecen dispuestos a morir allí mismo por esa causa perdida. La falange marcha ahora hacia delante. Al percatarse de que todos están encadenados, los unos a los otros, los gendarmes comprenden que la operación será más difícil de lo previsto. Inicia así una etapa de desgaste psicológico a punta de insultos, empujones y bastonazos contra el suelo, contra los escudos y contra ellos mismos, los que están sentados. Minutos después aparecen otros dos policías, esta vez armados de poderosas tenazas con las que romperán las cadenas, pero no precisamente las de la opresión, sino las de aquellos delincuentes organizados, contraventores de la ley, terroristas de pelos pintados, que obstruyen la pacífica labor de los guardianes del orden.
La tensión no podía ser más alta, cuando de repente truena a lo lejos un primer estallido. Algunos de los policías palidecen, observa Ibarra, que suda frío, inerme, ahí abajo encadenado al suelo. Los gritos y silbatos turban el pesado ambiente y la confusión se apodera por completo de toda la escena. La falange retoma en el acto su posición inicial. A la espera de una orden que no llega, los uniformados oyen un segundo estallido y contemplan desvalidos cómo una horda enardecida gritando arengas, enarbolando banderas y lanzando piedras, avanza con paso firme hacia ellos. Al grito de ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! –que ahora también tú coreas– estalla una batalla campal en mitad de la calle que él no atisba a comprender. Vuelan piedras, caen vallas y ellos, los de las cadenas, continúan allí impávidos frente al edificio sin parecer percatarse de que todo aquello es real, hasta que una piedra extraviada de su curso original viene a posarse en la cara de una de las chicas, destrozándosela. En ese momento, al grito de dolor de aquella chica herida por fuego amigo, despiertan todos de ese ensueño y sin mediar palabra, comienzan a desatarse antes de que haya más víctimas. ¡Plan B!, grita ahora el chico de las gafas de pasta y unos, los primeros liberados de las cadenas, se lanzan en busca de las vallas que ahora están desprotegidas, mientras los otros, los que restan, arrastran hasta allí con prisa algunos contenedores de basura y con todo ello forman una barricada gigantesca en torno a la entrada del edificio. La chica herida es trasladada dentro de éste, con toda probabilidad al apartamento mismo de Frau Göschwitz. En ese instante sale por la puerta una mujer, a quien Ibarra haya quizá alguna vez visto en las escaleras, advirtiendo del estado crítico de la anciana. –¡Es tu oportunidad de escapar de toda esta locura, Ibarra!
–¿Qué tanto sabe usted de armas, Señor Ibarra? –le pregunta el chico de las gafas de pasta, mientras saca de su mochila un par de botellas, mecha y otros elementos, a lo que Ibarra responde que ya regresa, que en persona desea ver cómo se encuentra la abuelita. Ibarra sube la escalera, despacio, soñando con llegar a casa, pero en la tercera planta, en vez de continuar su camino escaleras arriba, a su apartamento, se ve entrando en verdad en el de la anciana.
Ibarra, alucinado, pasea con la mirada el interior de aquel lugar detenido en el tiempo, antes de dar con la habitación donde yace la ancianita. Luego entra, no sin antes advertir que en el cuarto de baño le están prestando primeros auxilios a la chica con el rostro herido. Ibarra saluda, toma asiento y la observa. La mujer que se ha quedado a cargo de la abuela, le da noticia de su delicado estado. En verdad se le ve muy mal. De eso está Ibarra seguro, que para ello no hay que ser médico. Ibarra le pregunta por su familia. Le pregunta si tiene hijos, nietos o algún pariente a quien poder llamar, a lo que la anciana responde negando con la cabeza, sin darse vuelta. Luego de una pausa ella se gira hacia él sin embargo. Se da su tiempo, lo observa en silencio, y con curiosidad se decide a preguntarle por su vida. Le pregunta si tiene mujer e hijos, si tiene a alguien en este país lejano. Ibarra cierra los ojos y mira hacia dentro.
Ibarra y su hermano siempre fueron los mejores amigos y los más cómplices. Una noche, varios meses antes de la triste verbena, le despertó su hermano, diciéndole que quería mostrarle algo. Fueron hasta una habitación llena de cosas viejas que había bien atrás de la casa, llegando al solar, y allí le enseñó un baúl que debía de ser muy viejo. Tras enseñarle unas llaves no menos arcaicas, abrió aquel baúl y de él extrajo un objeto que aterró a Ibarra. Una pistola. Luego le mostró una cajetilla que contenía aún dos balas. Esa era la pistola de su abuelo el coronel. La misma que sostiene él en su mano, en la foto que por aquel entonces descansaba sobre un mueble en la sala de la casa paterna. ¡La pistola del gringo! Ibarra confundido le pregunta a su hermano que qué quiere hacer con eso. Éste sin más le contesta que nada. A pesar de ello y para su asombro, a los pocos días lo sorprenderá en el patio de la escuela, enseñándosela a algunos de sus amigos durante la pausa, jugando con ella, apuntándoles a la cabeza, apuntándose a sí mismo, en la sien, haciendo que dispara, buscando llamar la atención, ser el héroe de la jornada, impresionarlos a todos, sobre todo a las chicas.
Pese a su enfado Ibarra decide no contar nada a sus padres y guardarle fidelidad a su hermano. No logra sin embargo olvidar el helado rumor seco que hace el gatillo al ser presionado. Tampoco lo ha olvidado en los días siguientes a la condenada verbena y una de esas noches, enceguecido por el dolor que no lo deja vivir, se descubre a sí mismo en aquella olvidada habitación con aquel infausto artefacto en las manos, introduciendo nada más y nada menos que las dos balas que restaban en la cajetilla. Luego regresa la pistola a su lugar y huye.
No hay mucho más que contar. Las puertas de la casa se cerraron para siempre. A la familia, ahora de luto eterno, nunca más se le volvió a ver en público. Poco tiempo después de la accidental y trágica muerte de su hermano en el patio de la escuela, la tristeza se llevaría también a su padre, que en realidad padecía de un aneurisma. A los meses también moriría su madre, ella sí de tristeza, y su hermana se confinaría en un convento del que no ha salido ni saldrá por el resto de sus días. Entonces Ibarra, en la más absoluta de las soledades y con todo el patrimonio familiar en sus manos, iniciará un largo camino, huyendo de su propio destino, errando por el mundo, hasta llegar aquí, a esta inmensa ciudad, donde mal que bien pudo rehacer su vida y vivirla en el anonimato absoluto. Ahora, junto al lecho de esa mujer desvalida, siente atravesar por sus venas una desconocida e intensa sed de vivir. Se siente lleno de fuerzas. En sus manos tiene la oportunidad de luchar por la vida de alguien y expiar en algo todo el daño que ha hecho. Es así que se pone de pie y antes de partir se da media vuelta y le asegura a aquella abuelita que esos cerdos no la sacarán con vida de ese edificio, que tendrán que pasar primero por encima de su cadáver si desean hacerlo.
Helo ahí de nuevo en el campo de batalla, más fiero que nunca. La noche ya ha caído y ahora parece ser él quien da las órdenes. Es él quien coordina la difícil recomposición de la barricada que una y otra vez ha habido que rehacer para impedir el avance enemigo. De ésta hacen parte ahora dos autos en llamas. Vuelan piedras, caen vallas. Los estallidos de las bombas caseras aturden la atmósfera. El enemigo, que se ha visto forzado a retroceder varios metros, responde desde allí con balas de goma y una tanqueta que golpea a la multitud con ráfagas de agua. La moral no decae a pesar de los muchos heridos que han quedado fuera de combate. A Ibarra mismo lo ha alcanzado una bala de goma, pero eso no le asusta. También hay algunos detenidos; sin embargo del otro lado, el enemigo también ha sufrido bajas. Ibarra en medio de la exaltación se ha atrevido incluso a gritar ¡No pasarán!, en castellano y con el puño en alto, grito que la multitud no solo reconoce, sino que saluda con alboroto y al que luego responde con: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Que ardan las tanquetas del fascismo bancario! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! Aquella escena dantesca parece ser en aquel instante el día más feliz en la vida de Ibarra. La suerte les sonríe esa noche a todos ellos, compañeros forjados en la batalla. Incluso pareciera ser que vencerán. Ibarra ya sueña con la victoria y con la subsiguiente celebración en familia, con esa su nueva familia, pero en aquel mismo instante, a la puerta del edificio, asoma otra vez la mujer que se había quedado arriba, al cuidado de la ancianita, y repite cientas de veces algo que en un principio nadie alcanza a oír. Ibarra tampoco sabe qué dice. No alcanza a oír con tanto ruido e igual tiene toda su atención puesta en la batalla. ¡Que Frau Göschwitz ha muerto!, parece oír por fin, sin dar crédito a sus oídos. La confusión se apodera de todos. Nadie sabe ahora qué hacer. El rumor se propaga de boca en boca. Los hay también quienes preguntan que ésa quién era. La desazón se hace dueña de sus cuerpos. Las miradas ruedan por el suelo. ¿Y ahora qué?, se pregunta Ibarra, aturdido. Por fin, pasado un minuto eterno, el chico de las gafas de pasta, como saliendo de un trance grita: ¡Han sido ellos! ¡Ellos la han matado! ¡Asesinos! ¡Cerdos asesinos! Tras un intercambio de miradas, al final responden todos: ¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Asesinos! y acto seguido se abalanzan de nuevo contra la policía, llevándose en cuestión de segundos el combate a otro lado, con lo que Ibarra resta solo, frente a la puerta del edificio, sin saber qué hacer ni quépensar ni qué decir, pues no termina de creer todo lo que ha ocurrido.
Helo ahí al día siguiente en la mitad de la sala ya medio vacía de ese apartamento que en pocos días ya no será más el suyo. Está escribiendo una nota:
¿Querían su apartamento? Ahí lo tienen. ¡Yo me largo de aquí!
Atte: C.A.I.N.
Luego, con una cerveza en la mano, se tumba sobre el sofá y enciende un cigarrillo. Ya prácticamente todo está empacado. Todo está listo para la mudanza, pues él no es más que un errante y en breve se apresta para partir, para seguir su camino.
FIN
Christian Garrido
Christian Garrido. Nacido en Bogotá, Colombia. 44 años. Desde 2005 reside en Alemania, y desde 2015 en Berlín. En su ciudad natal estudió Filología alemana y luego Romanística con énfasis en lingüística (Sprachwissenschaften) en la ciudad de Marburg (Hessen). Se ha desempeñado como activista político dedicado a la defensa de los derechos humanos en su país natal y a la docencia de la lengua española.