En la cultura hispanohablante, la luna evoca romanticismo y es considerada femenina, con influencia en la literatura y la poesía. En la cultura maya, se la vincula con la fertilidad y la fecundidad. En contraste, en otras mitologías se relaciona incluso con lo masculino. Desde la mitología griega, Ariadna da una clave más sobre lo femenino.
“Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontraremos y lo perderemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía”
Jorge Luis Borges
En el mundo de habla hispana ha habido desde siempre una fascinación romántica por la luna. En la literatura se la trata como un objeto romántico, cuya luz tenue es capaz de convocar la audacia de los amantes. La luna puede reflejar la imagen de la mujer amada o la mirada amorosa de la madre que desde las sombras de la noche vela amorosamente nuestro sueño y nos bendice. Lo cierto es que entre nosotros la luna tiene una connotación hermosamente femenina que nos seduce o nos protege según sea el caso.
Son innumerables los poemas y las canciones que se le han dedicado a nuestro único satélite. La luna puede ser propiciadora: allí donde hay sombras es inevitable que se produzca una caricia sutil o una mirada que invite al acercamiento de las almas y de los cuerpos. La luna, con esa “soledad de sagradas goteras” de la que habla Benedetti, puede ayudarnos a comprender el amor. También puede ser aquel espejo eterno desde el cual para Borges se escrutaba el alma, o tal vez aquella hermosa figura con “senos de fino estaño” sobre la cual se refleja la imagen de un niño gitano que pisa su blancura almidonada. Me refiero, claro, a aquel Romance de la luna, luna en el cual García Lorca refleja hermosamente la imagen de la muerte.

Esta asociación entre la luna y lo femenino nos parece, en general, algo natural. La luna cumple un ciclo mensual de merma y crecimiento que fue utilizado en la antigüedad como un elemento de diversos ritos de fertilidad. Para los Mayas, por ejemplo, la luna era considerada como la Diosa Madre, era responsable de la fecundación y del hogar, venerada, especialmente, por mujeres jóvenes que rogaban el favor de la Diosa para que su vientre fuese fértil, para que su pueblo tuviese buenas cosechas y para lograr que la caza y la pesca fueran abundantes. Figuras equivalentes encontramos en todo el mundo. Diana, Artemisa y Selene para los griegos, Juno para los romanos o Arawa en el caso de algunas tribus africanas, solo por mencionar algunas de las muchas deidades que representaban ese ámbito misterioso de lo femenino y todo lo que gira a su alrededor.
A los hispanohablantes que vivimos en Alemania nos cuesta un poco comprender esa luna masculina (der Mond) tan cara /caro al mundo germánico. Nietzsche (la referencia es borgiana) decía que la luna era un monje que miraba a la tierra con envidia. Así el sentido poético se transforma, adquiere frialdad, quizás incluso severidad. A mí me hace pensar en aquel viejo bibliotecario de El Nombre de la Rosa que se movía en medio de la oscuridad –de sus ojos y de los pasillos– para evitar a cualquier precio que un libro prohibido y dañino, según los cánones conservadores de su tiempo, saliese a la luz. Esta diferencia de percepciones es una muestra de una mirada cultural diferenciada, de la necesidad de construir puentes que van más allá de las palabras para “cavar” en el ámbito de los Significados.
En nuestro caso, las diosas lunares están asociadas a todo aquello que está referido al sustento y la reproducción de la sociedad humana, de las condiciones que son necesarias para que hombres y mujeres puedan unirse para construir un espacio en común. Así, en esta mirada la mujer asume un rol convocante que recuerda aquella hermosa costumbre de las mujeres griegas que solían encender una vela en alguna de las ventanas de sus casas para señalar a sus hombres el camino de regreso. Nos reunimos cotidianamente alrededor de nuestras madres y abuelas, son ellas las que nos congregan alrededor del amor que, en general, nos brindan, y que les permite llevar adelante esa responsabilidad esencial de nutrirnos desde sus senos en nuestros primeros años y desde sus almas cuando lo hacen espiritualmente.
En las dinámicas del Yin y el Yang, lo femenino y lo masculino se nos muestran como fuerzas opuestas que al mismo tiempo se necesitan y se complementan. La totalidad del universo se construye alrededor de esos dos elementos vitales que conviven sin contradicción, el uno en el otro, pero además sin estar uno por encima del otro. Allí se nos muestran ambos en situación de igualdad, aun cuando cada uno tenga su propio espacio, sus propias formas de ser, sus propios quehaceres. En la mitología griega, son las mujeres las que tienen la responsabilidad del tejido. Se trata de una práctica esencialmente femenina a la cual los hombres accedemos de manera accidental o especializada. Pero el acto de hilar es un acto que se produce, en general, desde las manos de una mujer. Son ellas las que ensartan el hilo y tejen. En el tejido se esconde la forma de lo cotidiano y algunos aspectos que me parecen esenciales para comprender nuestra complementariedad.
Teseo lucha contra el Minotauro que reclama la vida de hombres y mujeres vírgenes para calmar su furia asesina. Se trata de una furia bestial que recuerda los aspectos más irracionales del alma humana. Los habitantes de Tebas viven el temor de que aquella barbarie se cierna sobre ellos llevándolos ante la fría muerte. El héroe está dispuesto a liberarlos, pero ello solo es posible entrando en las complejas profundidades del laberinto en el que habita, con lo cual corre el riesgo de perderse en las múltiples moradas de la Casa de Asterión.
Aquel valeroso hombre camina a través de los largos pasillos desenrollando el hilo que su amada Ariadna había tejido para él. Una vez vencido el extraño habitante de aquellas confusas profundidades, recoge nuevamente el hilo de manera que le sirve para encontrar su camino de regreso. Teseo salva a Ariadna, pero, al mismo tiempo, nos encontramos con que fue su industriosa labor la que salvo a Teseo. No solo nos habla el mito del reencuentro vital de los amantes, de la manera como sus esfuerzos se complementan, sino, además, de la manera cómo es a través de Ariadna que Teseo abandona las sombras laberínticas, en lo que a mí me parece una clara representación del proceso de dar a luz que es quizás el acto de amor más poderoso del que somos objetos a lo largo de nuestras vidas, el acto que nos permite incorporarnos a la sociedad humana y que siempre implica una bienvenida.
Quizás en esa capacidad de entrega radica la fuerza de lo femenino, que es siempre una fuerza vital que nace desde las profundidades del alma que vemos indudablemente desplegada en la manera como se hilan las formas de la civilidad, los diálogos más vitales y humanos e incluso la estructura del lenguaje.

Miguel Angel Latouche R:
Escritor venezolano. Licenciado en Estudios Internacionales, realizó estudios de Maestría en la Universidad de Syracuse y fue beneficiario del Programa Fulbright. Es Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Central de Venezuela (UCV), de la que es profesor asociado. Dirigió la Escuela de Comunicación Social de la UCV de 2009 a 2017. Realizó posdoctorados en la Universidad de Bamberg Alemania, en el Centro de Órdenes Normativos y en el Instituto de Justicia Amplificada de la Universidad Goethe-Frankfurt. Es profesor invitado de la Universidad de Rostock, en Alemania (Philip Schwartz Initiative de la Fundación Humboldt). Ha colaborado con medios como Tal Cual, Efecto Cocuyo, Panampost, Theconversation.com y El Imparcial. Actualmente es articulista de The Wynwood Times y del Blog de Microfilosofía. Ha publicado ficción y poesía en Letralia, Revista Caratula, Efecto Antabus, Revista Enclave, Revista Almiar.
