Tres poemas y una poética del venezolano Miguel Ángel Latouche
Mi casa
Los restos de mi infancia marcan la ruta del encuentro:
Los soldaditos de plomo, los rompecabezas a medio armar,
los crucigramas de palabras sueltas, el bingo y el ludo,
los carritos sin ruedas, los palitos chinos, los peluches,
las pelotas de diversas formas y texturas,
la plastilina para modelar y los pequeños miedos que nos persiguen a todos.
La inocencia desparramada sobre el suelo de la vieja casa de mi madre.
Las sombras esquivas se resguardan en los rincones y me sonríen.
Son demasiados años viéndonos pasar. Nos reconocemos
en los pequeños gestos que nos regalamos
desde la distancia telúrica que nos separa.
Recorro la pisada profunda de mi padre, su mirada severa, la calidez de sus manos fuertes y callosas.
La estampa de un hombre de principios del siglo pasado.
No sé cuántas conversaciones se dieron al amparo de los adobes y las tejas,
o debajo de los árboles que pueblan un jardín sembrado de memorias.
Los nombres se develan en los muros que aún permanecen
y hay fantasmas deambulando en cada uno de los pasillos.
La casa se mantiene en pie como un cofre lleno de viejos recuerdos:
Fotografías amarillentas tomadas con una vieja Polaroid,
recortes de periódicos que ya dejaron de circular,
cuadernos desteñidos que nadie se atreve a tirar a la basura.
Acá dio inicio el laberinto que recorro desde mis primeros pasos;
desde acá he ido penetrando en la senda intrincada en la que me he ido descubriendo.
Este sitio me ha permitido reencontrarme conmigo muchas veces.
Recuperarme de cada pérdida, recomponer mis pedazos dispersos.
En las paredes que reconozco están tallados los relatos de mi historia personal:
Los besos de mi madre, las tardes de juego con mis hermanos
y el eco resonante de los que se han marchado.
Acá se inscribe mi itinerario íntimo y sus múltiples derivaciones:
Los encuentros y las despedidas, las faltas y los aciertos,
las coincidencias y las contradicciones.
Desde acá me hago preguntas y resuelvo mis encrucijadas.
Aquí desando mis caminos, desato nudos y busco respuestas a mensajes cifrados.
Mi casa es vieja, está llena de parapetos y metralla. Hay libros que cuentan mis historias,
un aljibe que refresca la memoria y árboles frutales en el patio.
Hay un fogón donde se cuecen sueños y un jardín de azucenas
junto al árbol de granadas donde murió mi padre;
un zaguán largo para las despedidas y un lavandero donde limpiar los pecados.
En mi casa hay una vieja rueca donde una Ariadna metafísica teje un hilo infinito que va amarrado
de mi pecho y que muchas veces me ha salvado.
Esta es la casa que recuerdo, la casa que me habita.
Recorro mi casa a diario. Llego a sus habitaciones
a través de laberintos interminables. Nada allí es fortuito.
A cada paso me encuentro con los hombres que he sido
y con los hombres que voy siendo.
Flora
Brotas desde las semillas
y te densificas
para convertirte en bosque.
Eres una evocación de las maderas,
una tarde de chicharras,
una invitación a los sueños
desbordados de los Faunos.
Eres musgo de hadas
y cascada luminosa.
En ti se despliega la cosmología de las Caobas,
y el laberinto de las enredaderas.
Tu voz se dispersa entre los arboles
junto al rumor de tigres al acecho,
Los pájaros tejen canciones que evocan los orígenes
de la tierra:
antiguas leyendas de los tiempos del maíz
y de la caña.
La brisa acaricia tus secretos;
toca tu talle para esculpirlo
de rumores
Tomas todas las cosas con tus manos
cubriéndolas de savia
y de ti:
¡Constituyéndolas!
La noche nos encontró desnudos
sobre el prado
colmando de estrellas y de luna
las profundas penumbras del alma.
Y después del amor
recibimos al amanecer
con nuestros cuerpos rasgados
por las espinas de la tierra,
Ya el leñador no puede dañarte.
Ya no te acechan los aserraderos.
Te has alejados del fuego de los fogones.
Poco a poco te fuiste arraigando en mí:
atrapándome en la profundidad de tus raíces,
cubriéndome con la dureza inexpugnable tus cortezas,
recorriéndome con el paso sutil de los escarabajos
y de los gorgojos
Me elevas sobre las ramas
de todos tus árboles.
Me esculpes en la piedra
de cada sacrificio.
Llega un punto
en el que el amor
nos coloniza
como el comején
y empieza a devorarnos
desde adentro.
Incendiaria
Te despojas del silencio
y cantas
y tu voz rebota entre los árboles y se aviva contra el viento,
incendiaria
Aquí te espero urgido de tu voz
Y de tus manos
Urgido de tu cuerpo y de tus dones.
Urgido de tu amor que se desborda
y me hace bueno.
Eres todo lo que espero en esta tarde gris.
Luz que se abre camino en la tiniebla
y se llena de colores y de fuegos.
Llegas como quien ha preparado un sacrificio,
como quien está dispuesta a darle vuelta al mundo
y reinventarlo.
Te desbordas al filo de la tierra
en las tonalidades de los ríos,
en los campos en los que siembras tornasoles
y primaveras.
Te busco en las raíces, en el alarido de los montes,
entre la magia de un unicornio ciego,
Te busco en la luz de las luciérnagas que alumbran mis noches
solitarias y frías.
Llegas para llenarme de semillas y retoños,
para llenarme la vida de certezas,
para tejer tu nombre entre mis manos,
y sacarme del profundo laberinto
en el que habito.
Desbordamiento y exilio: la poesía como búsqueda interior
Por Miguel Ángel Latouche
Bien se podría decir que soy parte de esa inmensa masa de venezolanos que, por diversas razones, salimos del país en los últimos años. El mundo no lo reconoce de esa manera, pero Venezuela ha vivido una guerra no convencional que ha dejado atrás muchas heridas, muchas separaciones. Soy parte de una generación que vio la transformación del país posible, del país que no éramos, pero al cual aspirábamos en un escenario para el dolor y el abandono. Soy parte de una generación a la que le tocó perder, irse y reinventarse lejos. Yo estoy en Alemania desde hace seis años. Antes fui Profesor Asociado de la Universidad Central de Venezuela y me dedicaba fundamentalmente al trabajo académico y a alguna asesoría. Solía tener una columna de opinión de algunos diarios del país y hacia alguna que otra colaboración con el exterior, pero no escribía de manera sistemática.
Parte de mi experiencia alemana ha sido la de encontrarme con la escritura como un hecho de lo cotidiano. Acá aprendí a construir personajes, a hilar recuerdos, a armar rompecabezas en los cuales las letras se combinan para armar frases que evocan el amor, la familia, los amigos, el entorno y la esperanza. Yo era un profesor y ahora me he convertido en un alumno, no solamente porque me ha tocado aprender sobre el idioma y la cultura alemanes, sino además porque me ha tocado aprender mucho acerca de mí mismo. Migrar implica un viaje interior, un reconocimiento de
rincones que uno nunca habría revisado; implica una evocación de los recuerdos, un intento por llegar a Ítaca a sabiendas que se trata de un no-lugar, de una u-topía, de una idea que nos habita, de un encuentro con uno mismo.
Quizás por andar en esa búsqueda escribo una poesía que pretende ser introspectiva, que, sin ser sentimental, apela a los sentimientos, que apuesta por la esperanza y por el futuro. Escribo sobre mis recuerdos, sobre la gente que estuvo a mi lado, porque creo que se trata de elementos que se quedan con nosotros, que terminan integrándose, y que forman parte de quienes somos. Creo que la poesía es una forma de filosofía que nos permite explorar el alma humana en sus diversas dimensiones. La experiencia humana es muy rica y diversa, de manera que pienso la poesía como un tejido que nos arropa. Por eso, sin descuidar los elementos estéticos, trato de trabajar desde la introspección, desde la necesidad de saciar la sed que recurrentemente me embarga. Se trata de una búsqueda que quizás no hubiera podido realizar en mi país, pues requería un distanciamiento. En una época leí mucho a Rubén Darío, a Neruda, a García Lorca o a Andrés Eloy Blanco. De mi época de estudiante universitario recuerdo al Chino Valera Mora, al maestro Rafael Cadenas y a Mario Benedetti, era natural que así fuese. Yo diría que esas fueron mis primeras influencias.
Más tarde llegaron Octavio Paz, Paul Valery, Walt Whitman y Eugenio Montejo. Últimamente he leído mucho a Borges, a Rilke y a Gamoneda. Yo diría que el tema recurrente al cual me enfrento cuando escribo es la condición humana y su entorno, la manera como esos elementos se conjugan y tienen lugar los unos en los otros. Me gusta trabajar con metáforas, lo hago quizás de manera excesiva porque creo que permite decir sin decir, insinuar, aproximarse. Se trata de un juego de jugar con el
lenguaje y con las ideas, de sugerir, de convocar al lector para que construya su propia significación del poema en cuanto a su lógica constitutiva y en función de los universales que estén presentes. A fin de cuentas, la experiencia humana es una experiencia común que nos acerca a los demás, que nos hace parte de algo que nos trasciende.

