¿Alguien ha visto mi erección?

Aberraciones lingüísticas que cometemos al aprender alemán y que provocan malentendidos. Artículo en español y en alemán de Eva Guzmán desde Múnich.

(Deutsch unten)

Alejandro trabaja en la Deutsche Post (Oficina Alemana de Correos). Su principal tarea consiste en digitalizar los datos de los clientes. Sobre su mesa descansa siempre un atril para sostener los papeles, algo que se ha vuelto una herramienta de trabajo indispensable para él.

Álex, como le llaman todos, es español y lleva tres años batallando con las puñetas de un idioma en el que ya es capaz de  expresarse, digamos, aceptablemente. Aún así, el arte de construir compuestos de forma espontánea se halla todavía allende sus habilidades lingüísticas.

Un día, nada más empezar su turno de trabajo, Álex echa en falta a su fiel compañero, el atril de escritorio, y para no perder tiempo, decide preguntar a sus compañeras por el dichoso aparatejo. Como no tiene ni idea de cómo referirse al artilugio en cuestión, se le ocurre la feliz idea de buscar asesoramiento lingüístico en su compañera de mesa, una austriaca: «¿Cómo se llama esa cosa para los papeles?», le pregunta (afortunadamente, la comunicación no verbal ayuda a rellenar las lagunas de su formulación). «Ah, ¿te refieres al Ständer?», responde solícita la austriaca, sin tener en cuenta que Álex todavía no está lingüísticamente en condiciones de saber que la palabra Ständer es un traicionero comodín que se presta fácilmente a malentendidos, y que en el lenguaje coloquial significa ni más ni menos que pene en erección.

Hay que señalar que en la oficina trabajan unas 20 personas, de las cuales 18 son mujeres.

Bien, pues Álex, ajeno por completo a la peligrosa polisemia de la palabreja, se levanta de su silla y  pregunta a voz en cuello para que le oiga hasta la última de sus compañeras: “Hat jemand meinen Ständer gesehen”, es decir, “¿Alguien ha visto mi pene en erección?”. Su potente vozarrón ahoga todos los demás sonidos y, tras unos instantes de sepulcral silencio, estalla una carcajada colectiva que retumba por toda la sala. Después de más de 20 años, el eco de las risotadas sigue haciendo vibrar las paredes del edificio.

«Alguien ha visto mi erección», obra de Eva Guzmán.

Por cierto, Alejandro trabaja ahora en la sección de idiomas de una organización internacional y nunca ha vuelto a preguntar por su atril. Al menos, en público…

En otro escenario muy distinto, Eva, que también es española y lleva un par de años aprendiendo alemán, realiza sus propios malavarismos lingüísticos. Está  contenta, porque va a asistir a su primer concierto al aire libre en Múnich, la capital bávara.

Hace un calor de miedo y la Plaza del Odeón (Odeonsplatz) está abarrotada de gente cuando, de repente, el cielo se oscurece y nubes amenazadoras tapan por completo el sol estival. Antes de que el concierto pueda siquiera empezar, se escucha el sonido aterrador de un trueno y una tormenta de verano descarga toda su ira sobre los presentes, que, en un abrir y cerrar de ojos, quedan empapados de la cabeza a los pies.

“Mein Gott! Ich bin total Nase!” (“¡Dios mío, estoy totalmente nariz!”), exclama Eva, y ni siquiera el ensordecedor estruendo de los truenos puede evitar que todos los presentes escuchen la tontería que acaba de decir.

Nase (nariz), nass (mojada/o), durchnässt (calada/o), Klatschnass (empapada/o), pudelnass (mojada/o como un perro)… ¡todo suena tan parecido!

Sea como fuere, tan pronto como el Dios del trueno lo permite, Eva pone rumbo a su casa sin pensar ni un segundo en lo que acaba de decir, cuando, de repente, la certeza de haber cometido una  aberración lingüística la atraviesa cual relámpago y la formulación correcta se revela en su mente como una aparición mariana.

Por desgracia, esta bochornosa experiencia no la exime de perpetrar nuevos atentados lingüísticos:

Un día Eva le pide a su prometido —que es alemán— que la acompañe a la consulta del médico, porque todavía no se siente del todo segura con el idioma. El novio es enfermero, así que, además, conoce perfectamente el argot propio de la profesión. Tanto es así que, después de intercambiar algunas palabras con el médico, este le pregunta si él también se dedica a la medicina: “Sind Sie Kollege?” (“¿Es usted compañero de profesión?”). Lo que no sabe el doctor es que esa simple pregunta va a herir la sensibilidad de su paciente, pues Eva malinterpreta la pregunta al traducir metalmente la palabra Kollege (en Alemania, compañero de profesión o de trabajo) por su acepción popular española colega, o sea, amigote, compadre.

Así pues, molesta por lo que interpreta como una falta de delicadeza por parte del médico, Eva irrumpe en la conversación para aclararle al anonadado doctor que su acompañante no es simplemente su “colega”, sino su prometido, metiendo así la pata hasta el codo. Otra vez.

Eva es una persona muy locuaz en su lengua materna, pero en alemán tiene que romperse la cabeza para intentar expresarse de forma inteligible. 

Eso la hace sentir como una mera espectadora de su propia vida, que contempla el mundo a través de un cristal empañado, en lugar de participar activamente en él. Pero como es bastante perseverante, no abandona el terreno de juego así como así y cada vez que es consciente de haber cometido un error, se pone manos a la obra para desempañar el cristal y hacer así sitio para un nuevo fiasco lingüístico:

Ilusionada por la inminencia de su boda con su “colega”, Eva intenta explicarle a una vecina los detalles del enlace: “Und nach der Hochzeit machen wir “eine Hochzeitsreis” (Y después de la ceremonia haremos una arroz de bodas), aunando en una sola frase un error de sentido y uno gramatical, pues, por un lado, la forma correcta del pronombre sería einen y no eine y, por otro, porque lo que quiere decir Eva no tiene nada que ver con el arroz (Reis), sino con el viaje (Reise). Y la culpa la tiene la ausencia de una maldita “e”, que convierte el viaje en un arroz. ¡Ay, esas palabras alemanas casi homófonas a los oídos hispanohablantes!

Por su parte, la vecina debe estar convencida de que en España, en lugar de arrojar arroz a los novios, la costumbre es comérselo. Al fin y al cabo, los españoles comemos paella todos los días… ¿o no?

Pero, de todas formas, por mucho que Eva se esfuerce en ser coronada reina de las catástrofes lingüísticas, no le queda más remedio que compartir el título con otra española: 

Durante la clase de alemán en la Escuela Oficial de Traductores, el profesor muestra imágenes de objetos y animales que las alumnas tienen que nombrar en alemán. Una de las imágenes representa a un macho cabrío. Al verlo, la muchacha pega un salto y se apresura a afirmar: “Das ist ein Arschloch!”, literalmente: “¡Eso es un agujero del culo!”, que en alemán es uno de los insultos más comunes y, también, más vulgares. Vamos, que donde un español diría hijoputa o cabrón, un alemán dice eso, Arschloch. Así pues, la lógica subyacente a esta interpretación es que, si en español se utiliza la denominación del macho cabrío (cabrón) como insulto nacional, el insulto alemán por excelencia necesariamente debe significar lo mismo, es decir, macho cabrío o cabrón. Y ahí tenemos la ecuación: Agujero del culo (Arschloch) = macho cabrío.

Algo más leve pero igualmente embarazoso es el caso del «hermano indiferente»:

Sergio es de Barcelona y vive en Alemania desde hace unos pocos años. Un día le visita su hermano, con el que guarda un gran parecido físico. Por la escalera se cruzan con un vecino y Sergio aprovecha para presentarle orgulloso a su hermano. Al hombre no se le escapa el enorme parecido entre ambos y hace un comentario al respecto, a lo que Sergio responde con una sonrisa: “Ja, ist egal” (“Sí, es indiferente”), y se aleja charlando animadamente con su hermano, mientras el vecino continúa su camino con cara de interrogante.

Y, claro, no es que a Sergio su hermano le importe un bledo. De hecho, con su comentario, lo que pretendía era corroborar la observación del vecino, así que, evidentemente, el problema es de índole lingüística: el error principal consiste en que Sergio considera la palabra egal como equivalencia perfecta del adjetivo igual en su acepción de idéntico. Pero es que la palabra egal se utiliza habitualmente para expresar que algo nos resulta indiferente, que nos da igual o que no tiene importancia, mientras que para decir que algo o alguien es idéntico a  otra cosa o persona se suele utilizar la palabra “gleich”.

Lo que hace Sergio es establecer erróneamente una equivalencia perfecta de ambos términos, un fenómeno cuyas consecuencias se escapan todavía al alcance de sus conocimientos lingüísticos. Eso por no hablar de las lagunas gramaticales que también desvela la estructura de la oración en cualquiera de sus interpretaciones, claro.

Evidentemente, el que el significado de las palabras polisémicas dependa a menudo del contexto representa una dificultad añadida a la hora de aprender un idioma, abriendo de par en par la puerta a graves errores de sentido.

Pero la capacidad de maltratar la lengua alemana tampoco es privativa de los españoles. 

Así, la madre de mi vecino portugués padece desgraciadamente de Altenheimer, una creativa combinación de los sustantivos Altenheim (geriátrico) y Alzheimer (la enfermedad). 

Menos mal que el pobre puede distraerse jugando a las cartas, aunque la verdad es que tiene una forma muy peculiar de ponerlas sobre la mesa, porque en lugar de utilizar el verbo ablegen (depositar un objeto plano o en posición horizontal sobre una superficie) utiliza el verbo ablehnen, es decir, rechazar, lo cual no sorprende demasiado si tenemos en cuenta que su nuevo coche, en lugar de estar impecable (einwandfrei) está, “una vez libre” (einmalfrei). Y es que el adverbio compuesto einmal [ein (uno) + Mal (vez) ] significa literalmente “una vez, en una ocasión”, mientras que el sustantivo Einwand significa objeción, y el adjetivo frei significa libre, exento de. Así pues, para expresar que algo está en perfectas condiciones utilizamos en alemán el compuesto einwandfrei (sin daños, impecable).

Pero por muy embarazosas que resulten, estas situaciones forman parte de un proceso de aprendizaje, y quienes nieguen haber metido alguna vez la pata a la hora de poner en práctica sus recién adquiridas habilidades lingüísticas que tiren la primera piedra. Dudo mucho que con esas piedras se pueda construir un puente sólido que facilite la conexión con la nueva cultura.

Aprender de adulto una lengua extranjera no es moco de pavo: es un camino sembrado de obstáculos en el que podemos tropezar con muchos gijarros. Hay quienes son más hábiles para sortearlos y quienes lo son menos. A lo largo de este artículo he intentado apartar algunos de ellos para allanar el camino a quienes empiezan a dar los primeros pasos en el aprendizaje de esta fascinante lengua que es el alemán.

El esfuerzo merece la pena y, a veces, la curiosidad y la sed de conocimientos pueden llegar a unir los destinos: 

¿Os acordáis de Alejandro?, ¿el tipo que había perdido su “erección”? Bueno, pues tan pronto como adquirió la suficiente soltura en alemán, decidió estudiar traducción y encontró a su alma gemela precisamente en el mismo aula en la que, todavía hoy en día, sigue pastando el Arschloch.

Eva, la mujer nariz, se separó de su “colega”, el enfermero alemán, y se casó con Alejandro. Ambos comieron “arroz de bodas” y se fueron de luna de miel en su coche “libre por una vez”. Sergio y su indiferente hermano fueron a la boda y acabaron jugando a las cartas con el vecino portugués, que se tiró toda la partida “rechazando” naipes.


Hat jemand meinen Ständer gesehen? Und andere peinliche Missverständnisse beim Deutsch lernen

München, Jahr 1999. Alejandro arbeitet bei der Deutschen Post. Seine Hauptaufgabe besteht darin, Kundendaten zu digitalisieren. Auf seinem Tisch ruht immer sein Papierhalter, etwas, das für ihn zu einer unverzichtbaren Arbeitshilfe geworden ist.

Alex, wie ihn alle nennen, ist Spanier und ringt bereits seit drei Jahren mit den Tücken der deutschen Sprache. Ausdrücken kann er sich auf Deutsch schon ziemlich akzeptabel, doch die Kunst zusammengesetzte Wörter spontan zu bilden, bleibt noch jenseits seiner sprachlichen Fertigkeiten. 

Eines Tages, als er seine Schicht beginnt, vermisst Alex seinen treuen Begleiter, den Papierhalter. Da er sich aber nicht sicher ist, wie er die verflixte Vorrichtung nennen soll, kam ihm die glückliche Idee, seine österreischische Tischnachbarin um sprachliche Hilfe zu bitten: “Wie heißt dieses Ding, wo man die Vorlagen hält?”, fragt er sie hilfesuchend (zum Glück hilft die nonverbale Kommunikation, die Lücken in der Formulierung zu füllen). “Ah! Du meinst den Ständer?”, antwortet hilfsbereit die Österreicherin  nicht wissend, dass Alex sprachlich noch nicht in der Lage ist zu wissen, dass das Wort Ständer ein trügerischer Joker ist, der leicht für Missverständnisse sorgen kann und umgangssprachlich nicht mehr und nicht weniger bedeutet als erigierter Penis. 

Nun gut, Alex, der sich der gefährlichen Mehrdeutigkeit des Wortes nicht bewusst ist, steht auf  und fragt lauthals, damit alle seiner Kolleginnen ihn hören können: «Hat jemand meinen Ständer gesehen?». Seine tiefe Stimme übertönt alle anderen Geräusche im Saal und, nach einem Augenblick der Grabesstille, bricht ein kollektives Gelächter aus, das im ganzen Raum widerhallt. 

Es ist wichtig zu beachten, dass in den Saal etwa 20 Personen beschäftigt sind, davon 18 Frauen.

Nach mehr als 20 Jahren vibriert immer noch das Echo der Gelächter an den Wänden des Gebäudes.

Alejandro, übrigens, arbeitet jetzt in einem internationalen Sprachendienst und hat nie wieder nach seinem “Papierhalter” gefragt…

Auf einer ganz anderen Bühne jongliert auch Eva mit der Sprache. Auch sie ist Spanierin und bemüht sich seit ein paar Jahren Deutsch zu lernen. 

Sie freut sie sich auf ihr erstes Openair-Konzert in München, der bayerischen Hauptstadt. 

Es ist unheimlich heiß und der Odeonsplatz ist rappelvoll als sich der Himmel plötzlich verdunkelt und bedrohliche Wolken die Sommersonne bedecken. Bevor das Konzert überhaupt anfangen kann, ertönt das furchterregende Brüllen eines Donners und ein Sommergewitter entlädt seine ganze Wut auf die Anwesenden. Im nu werden alle vom Kopf bis Fuß pitschnass. 

“Mein Gott! Ich bin total Nase!”, ruft Eva auf, und nicht einmal das ohrenbetäubende Donnergrollen kann alle Anwesenden davon abhalten, den Unsinn zu hören, den sie gerade verkündet hat.

Nase, nass, Nässe, durchnässt, klatschnass, pudelnass… alles klingt für sie ja so ähnlich! 

Wie dem auch sei, sobald die Wetterhexe es zulässt, macht sich Eva auf den Weg nach Hause ohne sich über das Gesagte den geringsten Gedanken zu machen, bis plötzlich das stechende Gefühl, einen peinlichen Sprachfehler begangen zu haben, sie wie ein Blitz trifft und die richtige Wortwahl ihr wie Schuppen aus den Augen fällt, doch leider hindert diese schmerzliche Erfahrung sie nicht daran, weitere sprachliche Missverständnisse zu begehen:

Weil sie sich der Sprache noch nicht ganz sicher ist bittet Eva ihren deutschen Freund darum, sie zum Arzt zu begleiten. Der Verlobte ist Krankenpfleger und kennt sich daher bestens mit dem medizinischen Fachjargon. So sehr, dass nachdem sich die beiden kurz unterhalten haben, fragt er den Krankenpfleger, ob er Berufskollege sei: «Sind Sie Kollege? Was der Arzt offensichtlich nicht weiß, ist, dass diese einfache Frage die Gefühle seiner Patientin verletzen wird, denn Eva missversteht die Frage, indem sie das Wort «Kollege» durch seine umgangssprachliche spanische Bedeutung colega, d.h. “Kumpel” übersetzt. 

Verärgert über das, was sie als Taktlosigkeit des Arztes interpretiert, platzt Eva geistesgegewärtig in das Gespräch rein, um dem verblüfften Arzt klarzumachen, dass ihr Begleiter nicht einfach nur ihr «Kumpel», sondern ihr Verlobter sei. Dadurch tritt sie natürlich sofort wieder ganz tief ins Fettnäpfchen. 

Es ist für sie sehr frustrierend, denn in ihrer Muttersprache ist Eva sehr redegewandt, aber auf Deutsch muss sie sich den Kopf zerbrechen, um sich verständlich auszudrücken, was ihr wiederum das Gefühl gibt, Zuschauerin ihres eigenen Lebens zu sein, die Welt durch eine beschlagene Scheibe zu betrachten und nicht aktiv an ihr teilzunehmen. Aber da sie ziemlich hartnäckig ist, verlässt sie nicht so einfach das sprachliche Spielfeld und jedes Mal, wenn sie merkt, dass sie einen Fehler begangen hat, macht sie sich an die Arbeit, die Scheibe erneut abzuwischen. Und so schafft sie  Platz für ein neues sprachliches Fiasko:

Aufgeregt über ihre bevorstehende Hochzeit mit ihrem „Kumpel“ versucht Eva mit ihrer Nachbarnin über die Einzelheiten des wichtigen Ereignisses zu reden: „Und nach der Hochzeit machen wir „eine Hochzeitsreis“, platzt aus ihr heraus. Damit verbindet sie in einem einzigen Satz einen Sinn- und einen Grammatikfehler: einerseits sollte die korrekte Form des Pronomens in diesem Satz einen und nicht eine lauten; andererseits wollte Eva nicht über den Reis, sondern über die Reise reden. Allein ein fehlendes „e“ ist schuld daran, aus Reise, eine Paella werden zu lassen. 

Und wieder diese gemeinen, für spanische Ohren, fast homophonen Wörter! 

Wie dem auch sei, hat sich die gute Nachbarin bestimmt gedacht, in Spanien sei es Brauch nach der Zeremonie, statt das Brautpaar mit Reiskörner zu bestreuen, das Getreide zu essen. Nicht umsonst essen die Spanier jeden Tag Paella.., oder nicht? 

Aber so sehr sich Eva bemüht, als Königin der sprachlichen Katastrophen gekürt zu werden, muss sie schweren Herzens diese Würde mit einer Klassenkameradin teilen:

Um den Deutschunterricht im Fremdspracheninstitut unterhaltsamer zu gestalten, zeigt der Lehrer den Schülerinnen mehrere Bilder, die verschiedene Gegenstände und Tiere abbilden und fragt dabei die Studentinnen, wie diese auf Deutsch heißen. Als er das Bild eines Ziegenbocks hochhielt, sprang eine der jungen Frauen auf und sagt mit überzeugter Stimme: “Das ist ein Arschloch!”. Wie sie zu dieser Schlussfolgerung kam, ist nachvollziehbar, denn auf Spanisch heißt der Ziegenbock nämlich cabrón, ein Wort, das allerdings selten in seiner ursprünglichen Bedeutung verwendet wird und stattdessen als übelstes Schimpfwort bei diesen Situationen ausgespuckt wird, bei denen die Deutschen eben das A-Wort benutzen. Und wenn im Spanischen der Ziegenbock (cabrón) als nationales Schimpfwort verwendet wird, das deutsche A-Wort schlechthin notwendigerweise dasselbe bedeuten muss, nämlich Ziegenbock. Und da haben wir die Gleichung: Arschloch = Ziegenbock.

Nach einer Sekunde der Stille brachten alle in ohrenbetäubendes Gelächter aus.

Etwas milder, aber genauso peinlich, ist Fall des “gleichgültigen Bruders”:

Sergio kommt aus Barcelona und wohnt seit ein paar Jahren in Deutschland. Eines Tages bekommt er den Besuch seines Bruders, der ihm sehr ähnlich sieht. Als die Beiden zufällig den Nachbar auf dem Treppenhaus treffen, stellt ihm Sergio voller Stolz seinen Bruder vor. Dem Nachbarn fällt sofort die unbestreitbare Ähnlichkeit der beiden auf und bemerkt diese in einem Kommentar, woraufhin Sergio in einem fröhlichen Ton die Bemerkung des Nachbars versucht zu erwidern: “Ja, ist egal”, und geht bedenkenlos mit seinem Bruder weiter.

Natürlich ist Sergio sein Bruder nicht wurst und er wollte eigentlich dem Nachbarn zustimmen. Offensichtlich ist das Problem also sprachlicher Natur: Der Hauptfehler besteht darin, dass Sergio das Wort “egal” für die perfekte Äquivalenz des Adjektivs igual (in seiner Bedeutung von “identisch”) hält. Doch normalerweise verwenden die Deutschen das Wort “egal”, um auszudrücken, dass etwas gleichgültig, unwichtig ist, während die Ähnlichkeit eher durch das Wort «gleich» ausgedrückt wird. Doch diese sprachlichen Feinheiten liegen noch meilenweit von Sergios linguistischen Kenntnisse. Außerdem weist sein Satz (bei all seinen möglichen Interpretationen) grammatikalische Lücken auf. 

Dieser Vorfall macht deutlich, dass die Bedeutung polysemischer Wörter oft kontextabhängig ist und, dass diese Tatsache beim Sprachenlernen eine große Schwierigkeit darstellt und eine Tür für gravierende Sinnfehler weit öffnet. 

Aber nicht nur Spanier besitzen die Fähigkeit die deutsche Sprache auf übelste Weise zu misshandeln: 

Zum Beispiel ist die Mutter meines portugiesischen Nachbarns  leider an “Altenheimer” erkrankt, eine kreative Kombination zwischen Altenheim und Alzheimer. Zum Glück kann sich der arme Kerl beim Kartenspielen etwas ablenken, wobei er eine ziemlich komische Art hat, die Karten auf den Tisch zu legen, denn statt sie darauf abzulegen “lehnt” er diese auf den Tisch ab. Na ja, wenn man bedenkt, dass sein neu erworbenes Auto nicht einwandfrei, sondern “einmalfrei” ist, dann leuchtet alles ein: Er hat das zusammengesetzte Adverb einmal mit dem Adjektiv einwandfrei verwechselt, das ebenfalls ein Komposita ist.

Doch so peinlich und komisch solche Vorkommnisse auch sein mögen, sind sie Teil eines Lernprozesses und diejenigen die behaupten, beim Versuch ihre sprachlichen Fertigkeiten in die Praxis umzusetzen, nie ins Fettnäpfchen getreten zu haben, die sollen den ersten Stein werfen. Fraglich ist jedoch, ob mit diesen Steinen eine solide Brücke gebaut werden kann, die einen effizienten Anschluss an die neue Kultur gewährleistet. 

Im erwachsenen Alter eine Fremdsprache zu lernen ist kein einfaches Unterfangen. Es ist ein Weg voller Hindernisse, auf dem die Reisenden viele Stolpersteine erwarten, die sie mit mehr oder weniger Erfolg zu umgehen versuchen. Einige dieser Steine habe ich hier erläutert und hoffentlich auch aus dem Weg derjenigen geräumt, die gerade die ersten Schritten auf dem Pfad dieser faszinierenden deutschen Sprache wagen.

Die Mühe lohnt sich und machmal verbindet Neugier und Wissensdurst sogar auch persönliche Schicksale:

Erinnert ihr euch an Alejandro? Den Typen, der seinen Ständer verloren hatte? Nun ja, sobald er der deutschen Sprache mächtig genug war, entschied er sich dafür, eine Übersetzerausbildung zu machen und traf seine Seelenverwandte ausgerechnet im selben Klassenraum, in dem das “Arschloch” immer noch grast.

Alejandro und Eva heirateten, aßen Paella und führen mit ihrem “einmalfreien” Auto in die Flitterwochen. 

Eva, die “Nasenfrau”, trennte sich von ihrem «Kumpel», dem deutschen Krankenpfleger, und heiratete Alejandro. Sie aßen «Hochzeitsreis» und fuhren mit ihrem “einmalfreien” Auto in die Flitterwochen. Sergio und sein gleichgültiger Bruder gingen zur Hochzeit und endeten beim Kartenspielen mit dem portugiesischen Nachbarn, der das ganze Spiel über alle Karten «ablehnte».


Eva Guzmán

Eva Guzmán es natural de Barcelona, estudió Ciencias de la Información en la UAB y tiene un Bachelor of Arts in Übersetzung. Reside en Múnich. Es traductora jurada, autora y artista plástica comprometida con el panorama cultural muniqués. A continuación, algunas de las actividades culturales que ha desarrollado o en las que ha participado:

  • Entre 2016 y 2018 diseñó, dirigió y moderó el programa de Radio München «El Caleidoscopio», un magazin cultural con entrevistas a miembros destacados de la comunidad hispanohablante de Múnich y a personalidades hispanohablantes que han pasado por la capital bávara como Carles Puigdemont. 
  • Ha colaborado con la revista bilingüe Mi Guía Hispania y escribe regularmente artículos sobre temas culturales, lingüísticos y sociopolíticos que publica en algunas de sus redes sociales.
  • Es miembro fundador del grupo de arte Messy Fingers International Art Group
  • Es autora de varias obras cortas, entre ellas un cuento de Navidad retransmitido en forma de teatro radiofónico, de cuyo montaje es también autora.
  • En 2021 puso en marcha el proyecto Mujeres Olvidadas, un blog donde se recogen historias sobre mujeres escritas por mujeres. El objetivo es rescatar la memoria de mujeres anónimas a través de las letras escritas por sus hijas, madres, amigas, conocidas.
  • Es autora del videoreportaje «Emigrantes españolas en Alemania».
Colaboradores de DESBANDADA

2 comentarios sobre “¿Alguien ha visto mi erección?

  1. Buenísimo XDDD Y sí ocurre, pero le pasa a todo el mundo que aprende idiomas. Yo ante cosas así siempre digo lo mismo: Piensa en situaciones a la inversa, que también las hay. ¿O que no los alemanes o angloparlantes sueltan tremendas barbaridades tratando de hablar español? Por suerte en situaciones normales todo queda en malentendidos leves o en unas risas. Aunque el ridículo sea una de las peores sensaciones que se puedan tener…

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