Un fotorreportaje. Fotografía: Alejandro Ramos /Texto: Tomás Gutiérrez
En cada una de sus esquinas, la Weserstraße nos saca a la pizarra. Frente a la propia reputación desmoronándose como un reloj de arena, no se sabe muy bien cuál signo operar.
Dividirnos hacia la casa y sumar la certeza de una nueva visita o restarle peso al monedero y multiplicar los desenlaces de la apuesta.
¿A quién se le ocurrió esta calle? Porque la ocurrencia la transita casi todo el día, casi todos los días. Sabemos que nació bordeando las últimas costuras del siglo diecinueve, en un país que ya no existe, por lo menos en términos nominales. El Reino de Prusia.
Desde el sábado 9 de septiembre de 1899, en pleno auge del imperialismo, hasta un poco antes de alcanzarse el primer cuarto del siglo veintiuno, en pleno auge de adjetivos bélicos resucitados, la Weserstraße acumula más de cuarenta y cinco mil días.
A pesar de la primera impresión que causa esta cantidad, no queda muy claro a cuál segmento demográfico pertenece la calle. Sus exabruptos son aún juveniles, joviales en el mejor de los casos, y en el peor, caprichosos, como si no hubiera aprendido absolutamente nada. Si bien no deja pasar la ocasión de aleccionarnos rigurosamente, llamándonos a la pizarra cuando lo estima necesario.



Con las manos empolvadas de tiza y la mente en un blanco de eclipsada oscuridad, mejor hacer como si nada. En el reverso de la pizarra, la solución única nos indica a sumar dos pasos en falso y entrar a un bar.
Un ambiguo ardor en la garganta lo provoca la combinación de vodka, cerveza de jengibre, jugo de lima y hielo picado: el Moscow mule. ¿Se refieren al Kyiv mule?, corregiría el barman de turno, rememorando cuando se lo renombró a comienzos de la guerra en Ucrania, en plena ofensiva simbólica.
Si se prefiere un trago de menores dimensiones, y no ha sido posible lavarse los dientes durante las últimas horas, el Berliner Luft es la recomendación de la casa. Un enjuague bucal con 18% de graduación alcohólica.
En equilibrio aún sobre la cuerda floja de los shots o chupitos, degustemos mentalmente la siguiente mezcla: jugos de tomate, naranja y limón, tabasco, pimienta, sal y vodka. Bien helado. Ahora, rebobinemos los nudos del casete de regreso a la década de los ochenta.
Como de costumbre, el propietario del Steppenwolf, un local ubicado en pleno Sankt Pauli, compró un cargamento de bebida alcohólica en base a granos de centeno, Korn. Pero las botellas en realidad contenían un aguardiente con el potencial de amedrentar incluso a sus clientes más temerarios. Para evitar las reseñas negativas, que en esa época no iban más allá de expresiones malsonantes y escupitajos al suelo, terminó por combinar el venenoso aguardiente con los ingredientes ya descritos.
Antes de alabar el ingenio, los parroquianos bautizaron el trago recién inaugurado juzgándolo por su color y olor. Desde entonces, basta con acercarse a la barra y pronunciar la palabra Mexikaner.
Para estrechar la connotación, en algunos establecimientos se prefiere el mezcal antes que el vodka o el Korn. El precio, por lo demás, aumenta en proporción al destilado de agave. Si bien el Mexikaner es el ejemplo líquido de una caricatura travestida de exotismo y liviandad eurocéntrica, merece un sorbo de prueba. La mezcla sabe a una espesa creatividad y la decisión de tomarlo siempre termina por trastornar el ritmo de las conexiones neuronales.




Frente al Campus Rütli, una escuela hace no mucho conocida por sus alumnos lanzando petardos dentro de las salas de clases, y por sus profesores pidiendo auxilio por radio, se encuentra el Silver Future. Un lugar para Kings y Queens y Criminal Queers, según el mensaje de bienvenida clavado a un costado de la entrada.
Durante la jornada laboral diurna, las cortinas del TiER suelen estar cerradas. El atardecer abre lánguidamente el telón del bar, congregando cabezas de bestias en esbeltos cuerpos antropomórficos, quienes, en un perfecto inglés, comentan las últimas tendencias de la vida social. El nombre, antes de inspirarse en este tipo de ciudadanos, corresponde al apellido del dueño, Von Tier. El mensaje clavado a la entrada, o a la salida, cambia diariamente. Hoy recoge un mandamiento pagano: Stay Sexy Hexy.
El cruce con la Wildenbruchstraße es sinónimo de una tormenta perfecta, en palabras de los meteorólogos de la juerga.
Dentro del K-Fetisch, las tazas de café humean símbolos de resistencia. De trago amargo, dulce, insípido, si se lo toma muy a la rápida, lo más sensato es dejarlo enfriar mientras se ojea un tratado sobre la revolución del porvenir, a un costado del portátil luego de cancelar el alquiler o en compañía de un cóctel decorado con la cáscara de la solidaridad. A partir de las 18 horas, todos los jueves se extiende una invitación inclusiva a las comunidades FLINTA*: mujeres, lesbianas, inters, no binaries, trans, asexuales. Los martes está cerrado.
Weser 58 es lo único que se tiene a mano para referirse a un bar que en realidad no tiene nombre. Para quienes se dejan llevar por la última racha del fin de semana, los lunes en la madrugada aquí encontrarán cigarros que agonizan despreocupadamente dentro de los ceniceros y una selección ecléctica que, por dar un ejemplo, encadenaría sin pudor paisajes sonoros oníricos, world music envasada y pospunk alemán, siempre mediado por los tocadiscos operados por la DJ de turno.
Bajo la cornisa del Wolf Kino, una manada de estos animales intenta infructuosamente devolverse a un bosque que ya no existe. El espacio forma parte de la INDIEKINO Berlin, una asociación formada por diez cines independientes. La membresía entrega acceso ilimitado al contenido digital y descuentos para las funciones. De la cartelera cabe esperarse una definición de lo indie por sustracción y posterior adición. Menos libretos rimbombantes, más prosaicos desenlaces; menos primeros planos superheroicos, más lavadas de cara después de tirar la cadena.
Cuando el mantra solo recita el concepto ahorro, por más que al terminar la jornada se gaste lo mismo, pero se consuma una mayor cantidad, el Späti International es un destino obligado. Los convenientes precios explican en parte la alta demanda de las escasas mesas que dispone, la otra parte se explica por la inexplicable obstinación de ciertos grupos de personas por mantener los párpados abiertos, independiente de los bostezos.


Entre los locales mencionados, que un descontento lugareño calificaría de advenedizos, sobreviven los Kneipen. En ellos se retuercen las viejas vertebras de la Weserstraße. Traducir Kneipe pasa menos por hallar un nombre que por aprehender los acentos: tragamonedas, suscripción sin restricciones a los canales deportivos, paredes empapeladas de memoria, viñetas humorísticas que salen al paso y algún descuidado botín perteneciente a la colección personal de los dueños. Una bombilla media apagada conmemora con su inextinguible lucero, el antiguo epíteto de barrio rojo que recaía sobre la calle y el sector. El corazón de un Kneipe no es otro que el mesón de la barra, el resto lo conforma una pálida periferia. La cerveza de litro se la empuña con convicción, de lo contrario lo mejor es pasar de largo.
Los Kneipen también fueron advenedizos. Los rumores cuentan que antes de todo, de todo lo que podamos imaginar como entretención nocturna, incluso de entretención a secas, la instrucción para encontrarla era clara: ¡Vete a Kreuzberg!
El indisciplinado transcurso de las décadas nos justifica para responder acotando los signos de exclamación. Para qué perder tiempo en ir a Kreuzberg, si estamos en ¡Kreuzkölln! La lógica es similar a la de Berghain, dos distritos aportan algunas de sus sílabas para formar novedad, en este caso, Kreuzberg y Neukölln amancebados: Kreuzkölln: una vaga noción aspiracional explotada por inmobiliarias y corredoras de propiedades, entre otros usos.
Al disponer del privilegiado ocio, algunas improductivas perplejidades reflotan estructuradas como preguntas. ¿Cuál habrá sido la primera gran resaca de la humanidad? El tácito dominio de las arrugas arrea esta interrogante hacia una playa de arenas más prácticas. Más allá de la fecha, lo más seguro es la existencia de un miembro de la tribu, probablemente la anciana de mayor sabiduría, quien verbalizó por primera vez lo obvio: esta resaca no es nada más, ni nada menos, que la consecuencia de un estómago vacío.
La carta culinaria de la Weserstraße aúna las intrincadas exigencias de sibaritas empedernidos con la imprevisible necesidad de saciarse que invade a espíritus antojados. Una vianda, sin embargo, difícilmente deja indiferente a paladares curiosos.
Mitad leche de cabra, mitad leche de oveja, la leyenda habla de un queso frito sin transgredir las leyes físicas. La alquimia recién hace acto de presencia cuando se le hinca el primer el diente. Y el segundo y todos los siguientes. Con altas tasas de adicción, el halloumi tiene poco que envidiarle al estrellato de drogas duras, en una ciudad que no discrimina particularmente a ninguna.
Dentro de un pan pita tostado, se lo suele acompañar con tomate, lechuga y falafel, acatando el mandato vegetariano. En el Sahara Imbiss se lo baña con salsa de maní, a diferencia del Yakoub, donde se estila el punto exacto de condimentos que coloreen la conjunción de ingredientes.
El halloumi es originario de Chipre. Su hoja de vida es un crisol de pueblos extintos y contemporáneos del levante asiático y africano. Las desviaciones que suscita son patrimonio de la imaginación migrante y mestiza. Sin embargo, el minimalismo del mercado lo acecha. Ya es común el uso de leche vacuna con tal de estandarizar procesos y abaratar costos. No es un capricho abrir el apetito de la duda y preguntar qué estamos realmente mascando.
¿Un artefacto de la diáspora mediterránea o un escalón intermedio hacia el próximo commodity agrandado?
Un McHalloumi, por favor.



Si alguien logró cumplir el sueño americano, el sueño americano yanki, ese alguien fue el brunch. Cuesta encontrar un momento más opaco y menos glamoroso que el desayuno a la hora que dios manda: en la madrugada. Por el contrario, el brunch es una celebridad que marca el mediodía, un mediodía relativo a cualquier instante.
Las postales promocionales son de ensueño, paradisiacas. Maravíllese con placentero discurrir del huevo pochado sobre una vegetación rica en granos y grasas naturales. Visite las acarameladas termas de los wafles. Aventúrese en la tupida corriente de un Bloody Mary o simplemente extienda la toalla en la burbujeante playa de las mimosas.
Shakshuka y humus aportan innovación dentro del canon o menú del DOTS. Las colas de espera durante los fines de semana aportan la cuota de popularidad. Los pasteles esponjados y dulces, aunque también salados, protagonizan el mostrador del Greens Cafe. Temerario o no, el Venue reconvierte los embutidos, tan caros a la espiritualidad alemana, gracias a la moral gourmet.
En el Mona Lisa se toma asiento para algo distinto. La abundancia es un ministerio irrenunciable, y el libre albedrío de cada comensal, un derecho inalienable cuando retiran una tabla rica en posibilidades.
Muchas son las formas de poblar el tiempo que transcurre entre la llegada de los bebestibles y el de los alimentos. Agregando el factor hambre, las manecillas del reloj pueden desvirtuar los buenos modales. Apareciendo de improvisto cuando se le quita la atención al teléfono celular, o ranqueando mentalmente desde la esquina más cercana, una persona interrumpe las cavilaciones con una propuesta bajo el brazo, adquirir el Arts Of The Working Class.
Arts of the Working Class es un periódico callejero y escrito en varios idiomas. Kinship o parentesco corresponde al concepto unificador de su entrega número veintisiete. Que, según la editorial, puede entenderse de varias maneras, entre ellas, el dejarse afectar por otros, lo que también es una toma de poder colectivo.
En la sección de cartas de los trabajadores, Pablo relata su historia en español. A través de la visa Working Holiday, abandonó su trabajo en las minas de tajo abierto al norte de Chile, aterrizando en Berlín. Primero trabajó en la construcción y luego volvió a aterrizar, esta vez en un hogar de ancianos. Cambiar pañales, asear las habitaciones y administrar medicamentos fueron sus tareas encomendadas. Bailar, comentar películas y almorzar comida fresca en el patio, las actividades incentivadas por su propia cuenta. Sin siquiera dominar el idioma. A los meses, los jefes le preguntaron si conocía otros trabajadores latinoamericanos interesados en trabajar en el hogar.
Se acabó la visa y entró en el ripioso purgatorio de la renovación. La burocracia lo obligó a hacerse cargo de una decisión adolescente y ejercer solamente lo que su título profesional dictaba. Sin embargo, lo que el estado alemán no pudo aplacar, fue su vocación encontrada. El bienestar y cuidado de comunidades obligadas a balbucear ayuda, necesitadas de un cariño genuinamente correspondido. El baile de los que faltan, lleva por título su carta.
¿Qué gatilló la vocación de Pablo? ¿Berlín, escapar de la insalubridad a cuatro mil metros bajo tierra o aprender a escuchar el amor en cada lenguaje de señas? Si bien de valor ejemplificador y educativo, las causas de descubrir la vocación son mucho menos importante que el horizonte abierto después de hallarla.
Adquirir el Arts Of The Working Class cuesta dos euro y cincuenta centavos. La plata se la quedan íntegramente los vendedores ambulantes, en su mayoría personas en situación de calle, aplicando el término eufemístico. Víctimas de la marginalidad urbana, drenados casi por completo de vocación, el diario es una limosna disfrazada por la simulación de un intercambio comercial. Si se rechaza el ofrecimiento de adquirirlo, la solicitud de limosna deviene explícita.



La siguiente es una comparación a título personal, al igual que las anteriores. Una odiosa comparación, como todas, según la sentencia del sentido común. En esta ficción de mil setecientos diez metros llamada Weserstraße, la indigencia es cuantitativamente menor y cualitativamente diferente, si se la compara con cualquier urbe ubicada al sur de Berlín, en especial si esta se encuentra fuera del espacio Schengen. No hace falta sacar la regla bibliográfica y tasar la magnitud porque a la indigencia se la lee y escribe en otro alfabeto.
Las monedas caen dentro del bolsillo y la comida se enfría. Situación ideal para recordar el famoso eslogan encumbrado por un veterano alcalde de la ciudad, ya jubilado.
Berlín es pobre, pero sexy.
Soplar una o dos veces sobre la sintaxis del eslogan remueve el polvo adherido al significado.
Berlín es pobre o es sexy.
Al comienzo de la Weserstraße se abre una bocacalle prácticamente idéntica a las de las calles que corren en paralelo. A su término, todas estas calles dejaron de correr hace rato. Oficinas, bodegas e industrias de mediana intensidad echan su reservado carácter encima del tramo final. En su rabioso aburrimiento, los árboles juegan a construir pequeñas lomas con la ciclovía hecha de piedras. Para el 2024 se espera la construcción de una ciclovía más moderna, por ahora, en la virtualidad de las promesas, lo mejor es bajarse y caminar o apretar los dientes y seguir pedaleando.
A este punto el malestar provocado por lo comido y lo bailado es patente. No así el fortuito tropiezo con la Kolonie Kühler Grund, una asociación de hortelanos urbanos. Más allá de la rústica reja que controla el acceso, colindan pequeñas parcelas de usos diversos. Sean huertos eficientemente reducidos o proezas de jardinería y paisajismo, sea un funcional cobertor para protegerse del sol y la lluvia, o incluso el frugal asentamiento de una primera vivienda, motivos sobran para escapar de la ciudad sin salir de ella. Las listas de espera son considerables para obtener una parcela y, si se tiene suerte, después de la selección se espera el pago de un monto que varía entre los dos mil y seis mil euros. Previa tasación de un experto.
Sin lugar a duda, pasar la resaca en un oasis campestre como el anterior es un premio excesivo, la última gran sorpresa de la Weserstraße. A menos de que se la recorra en sentido inverso.
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Fotografía: Alejandro Ramos Instagram: @1805p
Alejandro es un artista visual chileno residente en Berlín. Creció en la colorida y artística ciudad de Valparaíso, donde comenzó su interés por la fotografía y el cine. Licenciado en Comunicación Audiovisual, ha desarrollado una carrera como editor de vídeo, llegando a trabajar en varios canales de televisión importantes de Chile, especializándose en la edición de documentales y programas de televisión sobre viajes, arte y moda. Paralelamente, siempre ha estado ligado a la fotografía, colaborando con distintos artistas locales.
Su interés por conocer el mundo lo llevó a mudarse a Berlín en 2019, donde su carrera continuó expandiéndose. En sus años en Berlín ha participado en proyectos como «DULCE», cortometraje premiado en el Festival Internacional de Cine de Buenos Aires (Argentina), SOIFF (España), Dhaka Film Festival (Bangladesh), entre muchos otros. Además también ha colaborado activamente como fotógrafo en diferentes performances, eventos y estudios de danza como Uferstudios, Ada Studios y actualmente Plataforma Berlin Festival.

Texto:
Tomás Gutiérrez





















