Conversación con el escritor en el Instituto Cervantes de Berlín. Aunque trata fundamentalmente de su vida como novelista, este artículo guarda una sorpresa para los amantes de la poesía, en euskera y en castellano.
Kirmen es un nombre poco frecuente, incluso en euskera. El autor de Bilbao-New York-Bilbao, y de La vida anterior de los delfines, nos explica que es uno de estos nombres laicos que salieron en la transición, sin una correspondencia religiosa, como Mikel (Miguel), Joseba (José) o Koldo (Luis). En esa época se recuperaron nombres como Aitor o Kirmen. Pasó algo parecido en catalán. Nos cuenta además que su propio éxito como escritor contribuyó a hacer más popular el nombre. Así comienza nuestra conversación con el autor vasco, en la Biblioteca del Instituto Cervantes de Berlín, donde hicimos algunas fotos, porque poco después iba a presentar la traducción al alemán de su última novela, traducción publicada por Berlin Verlag.
¿Cómo te podrías presentar para la comunidad hispanohablante que no te conoce, incluso para la comunidad comunidad vasca que hay en Alemania?
Bueno, yo soy un escritor en euskera con una visión universal del arte y de la vida. Nací en un pueblo pequeño pesquero, Ondárroa, mi padre era marino. Yo creo que tengo esa alma marina, entonces. Me siento muy vinculado a la lengua vasca, que es mi lengua madre. Me gusta su sonoridad, me gusta incluso estéticamente, pero siempre he querido salir fuera y estar en conexión con escritores de todo el mundo: un escritor vasco que ahora mismo vive en Nueva York pero sigue escribiendo en euskera. Yo creo que escribir en euskera es una manera de aportar a la diversidad del planeta. Yo lo veo así.
Vives en Nueva York, tienes familia, y das clase en la Universidad de Nueva York en un máster de escritura. ¿Lo haces en inglés?
No, en español. En la Universidad de Nueva York hay un máster escritura en inglés, y hay un máster de escritura en español. Hay varias universidades que lo tienen, no muchas, las más prestigiosas: hay en Iowa, en Texas, no sé si en Austin.
Justamente la de Austen la lleva Cristina Rivera Garza. Estuvo aquí en el Instituto Cervantes de Berlín, le hicimos una entrevista.
Entonces mi vida es trilingüe, digamos: yo nací en euskera y me crié en esa lengua, y siento especial vinculación a ella porque escribo en ella también, ¿no?, pero vivo en Nueva York, no vivo en el ámbito, digamos, de la lengua, sino que vivo fuera, ¿no?
¿Para qué has venido a Alemania?
Bueno, después de esta presentación en el Instituto Cervantes de Berlín voy a Hamburgo, tengo un acto con el traductor de mi última novela al alemán, que es es Stefan Kutzenberger en el Instituto Cervantes de Hamburgo. Luego me voy a la Feria del Libro de Frankfurt, tenemos un evento organizado por la por la Dirección General del libro, dentro de la Presidencia española de la Unión Europea. Y más tarde a Bremen, al festival GlobalE, y en el Instituto Cervantes. Entonces he venido a Alemania a presentar la traducción de mi última novela, que es La vida anterior de los delfines, publicada por Berlín Verlag.
¿Se ha traducido desde el euskera?
No, se ha traducido desde el castellano. Yo procuro siempre que mis traducciones sean hechas desde el euskera, si es posible, pero hay traducciones que se hacen desde el castellano, y tampoco pasa nada porque yo participo de la traducción al castellano, que no sé si es traducción o es más bien es casi casi un original, ¿no? Mientras escribo la novela, estoy también escribiendo la traducción al mismo tiempo.
Tú traduces al castellano.
Sí, junto con José Maria Sansi, un gran escritor vasco, que me ayuda, pero sí, me gusta escribir las dos versiones y escribirlas casi casi al unísono.
Te lo pregunto porque en Alemania en general, y en Berlín en concreto, últimamente se le ha dado bastante relevancia al tema de la traducción y la importancia de los traductores en la difusión de la literatura, como agentes activos dentro del proceso. La Latinale, en la que tú participaste hace años, en 2005, en las últimas dos ediciones, ha dado especial relevancia a los traductores, que eran parte del proceso de selección de los poetas invitados, y en las presentaciones lo hacían emparejados, traductor y autor. También lo hace un pequeño festival de poesía llamado Festival Siesta. Por eso la traducción está cobrando una fuerza y una relevancia en todo el proceso de difusión literaria que antes yo creo que no tenía.
Sí, claro, la traducción es muy importante. Traducir está a la par de escribir.
Para nosotros, en Europa, es evidente, con tantos idiomas en el mismo continente. ¿En Estados Unidos es tan evidente?
Cada vez más. Jennifer Croft, que es la traductora de Olga Tokarczuk, está trabajando mucho en tratar de dignificar el trabajo de los traductores, bueno, las traductoras, porque son mayoría mujeres. Hay traductoras que han trabajado mucho para darle valor a la traducción. Jennifer Croft dice que el nombre del traductor tiene que aparecer en la portada, y que si no, ella no publica. Tiene una posición muy activista por la traducción. Yo creo que ahora mismo en Estados Unidos se traduce bastante más de lo que se traducía antes.
De hecho, hay un premio muy reconocido a las traducciones, un libro tuyo recibió un premio. Recientemente la traducción de un libro de cuentos de una autora argentina que vive en Berlín, Samanta Schweblin, recibió ese premio.
Sí, hay dos premios, el PEN Award for Poetry in Translation, en 2007 quedó finalista la traducción de este libro de poemas, Mientras tanto dame la mano. Y luego está también el premio nacional, el National Book Awards, es como el gran premio, se da a obras de ficción, obras de poesía y obra traducida.
Estaría bien que hubiera algo parecido en español. Bueno, vamos a tu obra más en concreto. Tienes una obra poco extensa, aunque llevas escribiendo más de veinte años.

Mi primer libro de poemas es del 2001, que es este.
Que fue el primero que recibió un premio en el País Vasco.
Sí, el premio de la crítica, pero enseguida fue traducido al español, luego al inglés en Estados Unidos, y también al francés. Fue un libro que me dio mucho. Es un libro mágico. Se acogió muy bien por parte de crítica y lectores, tuvo m uy buena aceptación. Lectores que no leían poesía empezaron a leer este libro. Luego ya vino mi primera novela, que fue BilbaoNewYorkBilbao, que ganó el Premio Nacional y se ha traducido a muchísimas lenguas. Para mí fue un comienzo un poco abrumador: primer libro de poemas, publicado en Visor, luego traducido también al inglés, que tiene este premio en inglés, mis poemas salen Newyorker y en otras revistas, también en Estados Unidos. Luego ya mi primera novela, y me dan el Premio Nacional ¡Imagínate, qué comienzo! Me sacó de mí mismo, digamos, ¿no? Si tuve esa sensación de “¿Y ahora qué hago?”, ¿no? Después de estos dos libros que tanta vida tuvieron, me dije, “Ahora empieza la verdadera carrera del escritor”. Empecé a escribir otra serie de novelas.
Pero tú escribías poesía.
Sí, y sigo escribiendo poesía también.
¿Cómo te defines para ti mismo?
Yo, escritor.
Ni novelista, ni narrador, ni poeta.
No, pero yo creo que sobre todo soy novelista. Me gusta la novela, me gustan las estructuras novelescas. Si un un poemario es una escultura, pues una novela es la catedral. Sí, sí.
La pregunta tiene un poco que ver con algo que dices en alguna entrevista sobre el lector. ¿Cómo concibes este lector que lee tus novelas? ¿Qué esperas? ¿Qué tipo de lectura o qué recepción esperas que tenga tu novela? Porque tampoco es una novela lineal, no tiene una estructura tradicional, la compone una multiplicidad de textos.

Sí, eso es. En mi obra siempre trato de trabajar dos temas. Primero, el contenido suelen ser historias no contadas o personajes más o menos marginales: personajes silenciados, voces silenciadas, gente en tránsito, muchas son mujeres, migrantes, gente que perdió la guerra, niños que salieron de su país, niños refugiados. Me interesan estas historias, digamos, de gente que no ha sido escuchada. Y luego, por otro lado, me gusta trabajar muchísimo la forma de las novelas. Bilbao-New York-Bilbao es la non-novela, porque no existe en realidad. Lo que se cuenta es que el escritor va en un vuelo de Bilbao a Nueva York, está pensando en la novela que está escribiendo, está leyendo los materiales de la novela, todo el proceso de investigación, se ven las novelas que lee, las películas que ve en el propio vuelo… Por supuesto está la memoria: se acuerda de su padre, de su abuelo, de su madre, de su propia familia. Pero la novela en sí que está escribiendo no aparece. Entonces es el propio lector el que tiene que imaginarse qué novela está escribiendo. ¿Y eso por qué lo hago? Porque creo en un lector inteligente, un lector creativo, creo en un lector activo activo. Entonces, es el propio lector el que se imagina la novela, y cada uno se imagina su propia novela. Luego, la segunda novela es una novela totalmente rota, tiene la forma de una caja que uno encuentra y en la caja hay fotos, hay objetos que uno no reconoce al principio. Uno abre la caja y no reconoce esos objetos, ni esas fotos, quiénes son. Pero, con el tiempo, va un poco descubriendo los personajes, esclareciendo todos los hilos que unen todos estos personajes, los hilos invisibles, ¿no? La tercera novela es una investigación sobre una mujer que yo conocí ya mayor.
¿Tú la conociste, o sea, es algo autobiográfico?
Sí, Karmele Urresti, sí, la conocí.
La historia es increíble y, de hecho, se va a hacer una película.
La conocí en el País Vasco. Entonces, de repente, pues te das cuenta que tiene una gran historia detrás, y cuando ella muere, no antes, aunque siempre me habían hablado de ella, me interesé por su historia. Empecé a investigar en diferentes archivos, hablando con la familia, etc. Me enteré que era una exiliada de la Guerra Civil, que luego se metió en los servicios secretos de Estados Unidos, etcétera. Tiene una gran historia detrás.
Dos exilios diferentes en Venezuela.
El propio autor dentro de la novela va descubriendo cosas, el narrador no es omnisciente, no sabe nada de aquella persona. A medida que va descubriendo cosas, va contando cosas, está a la altura del lector, porque tampoco sabe nada, y a mí eso me encanta, que estén el autor y el lector al mismo nivel. No es que yo me sé todo y te cuento, sino que yo voy descubriendo con el lector lo que le pasó a esta señora.
¿Y la última novela, La vida anterior de los delfines, la que se ha traducido ahora al alemán?
Es una novela escrita utilizando tres puntos de vista diferentes. Tiene tres partes. La primera parte es la novela en sí, la segunda parte es una carta, muy larga, y la tercera parte es un vídeo de estos de tiktok. Cuenta un poco mi propia historia, cómo voy a Nueva York, cómo me dan la Beca Cullman de la Biblioteca Pública de Nueva York, cómo empiezo a investigar sobre una sufragista húngara muy interesante, pacifista y, a medida que voy abriendo esos documentos y voy leyendo esos documentos, pues hago un ejercicio de memoria de lo que fue el País Vasco en los 80 y en los 90, pero de repente en la pandemia todo ese proceso se detiene, y es mi mujer la que empieza a contar. Entonces hay un cambio de perspectiva: la primera parte es la del propio escritor que va contando su vida, y luego en la segunda parte es la mujer que ve al escritor.
O sea que hay dos narradores.
Hay tres narradores, la última parte está contada por los hijos. Cada parte es un narrador diferente y una forma diferente: la primera parte es una novela y la segunda parte es una carta larguísima que le escribe mi mujer a su mejor amiga, ¿no? Pero, claro, es ficción. Es ficción porque yo no soy ella, ¿me entiendes? Pero me gusta verme desde fuera, yo creo que es un ejercicio que tendríamos que hacer todos los varones, vernos desde fuera. ¿Cómo somos desde fuera? Entonces, en toda esta segunda parte se ve al escritor con todas sus miserias y virtudes que en la primera parte están disimuladas.
He leído que tu madre tuvo también un proceso, digamos, ideológico específico, que pasó de unas posiciones más o menos religiosas a posiciones políticas de izquierda, más vinculadas al feminismo, y que tú te criaste en este entorno. ¿Qué relación tienes con los procesos y los movimientos feministas?
La novela parte de ahí parte de ahí, de contar mi relación con el feminismo y con las mujeres activistas. Yo quería contar un poco mi infancia. Las mujeres que pasaron de un cristianismo de base a posiciones más de izquierdas.
Hay que entender el cristianismo específico del País Vasco.
Sí, de base en los años 60 y 70, ¿no? Luego se volvieron trotskistas. Yo me crié en ese mundo, sobre todo de mujeres, amigas, trotskistas que eran feministas también pero que tenía una visión escéptica también del bloque socialista detrás del telón de acero. Eran muy críticas, con el socialismo real. Mujeres liberales de la época. Entonces, a mí me me educaron así, de una manera muy libre. Siempre me decían que era libre para decidir qué quería ser, cómo quería pensar, me educaron en el respeto hacia la gente que piensa diferente. El primer impulso de la novela era ese, contar esa infancia, pero yo quería contarla con un espejo en Estados Unidos. Empecé a buscar un personaje que fuese feminista o artista mujer, y me encontré con Rosika Schwimmer. Está todo el archivo en la Biblioteca pública de Nueva York, me dieron la beca y pude investigar sobre ella. Rosika es sufragista, es de la primera ola del feminismo. Mi madre y mis tías serían la segunda ola. Rosike tenía unas fuertes convicciones pacifistas y trató de parar la Primera Guerra Mundial. Yo soy profundamente pacifista también, empecé a verme en ese personaje. También la vida de las mujeres en los 90 principios del del siglo XXI, hay como una tercera ola que aparece en la novela y termina ya con los niños en la época del Me too, digamos no. Sí, aparecen diferentes olas del feminismo en el mismo libro. La primera parte es narrada por el escritor varón, y en la segunda parte el escritor varón calla, y es la mujer la que la que “termina” la novela.
Esto me da pie a plantearte la última pregunta. Hace algún tiempo hicimos una entrevista a una escritora, también vizcaína, Irati Elorrieta, ella tiene una novela que transcurre en Berlín, Luces de invierno.
Sí, claro, Irati Elorrieta, sí, sí. Le dieron un premio también, el Premio Euskadi.
Sí, publicó en Gutenberg. En la entrevista ella habla de lo que significa ser una escritora en euskera en Berlín. Explica que es la única que habla en euskera en su vida. ¿Qué significa ser un escritor en euskera en Nueva York, en un entorno donde ese idioma no existe?
Yo creo que te hace más consciente de tu propia lengua. Te hace meterte más en tu propia lengua. Es lo que le pasó a Joyce cuando estuvo en París y allí escribió Ulises. Él salió de Dublín para escribir la novela de Dublín. Tal vez haga falta eso, tal vez haga falta una especie de exilio autoimpuesto para realmente tener una distancia, para poder reflexionar sobre de dónde vienes, sobre tu país, sobre tu lengua. Yo creo que ayuda muchísimo. Yo en Nueva York escribo mucho más, reflexiono mucho más, porque estás como fuera. Me da mucho. La distancia me ayuda mucho a reflexionar, a situarme, a ser yo mismo, realmente. Desplazado eres tú mismo.
Un poco contradictorio.
Yo no lo veo contradictorio.
Pierdes tus referentes físicos y culturales, y, sin embargo, refuerzas tu identidad. No, no escuchas el euskera en la calle. No ves los colores del paisaje.
No, pero ya los tengo. Ya los tengo metidos.
El mar.
No me importa, ¿sabes?, porque tu propia comunidad es como una familia. Las familias te dan mucho cariño, pero también tratan de dirigirte, de llevarte por el “buen camino”. Entonces, estar fuera de la familia, que tú amas por otro lado, te posibilita aprender otras cosas, ver las cosas de otra manera. Un poco huir de los prejuicios y de los complejos también. Entonces, bueno, yo creo que es positivo. En mi caso está siendo positivo, por lo menos.
Bueno, te agradezco mucho esta conversación, y espero que tengas mucho éxito con tu novela en Alemania. Y que te vaya muy bien en esta ronda alemana, en Hamburgo, el Frankfurt y en Bremen.
El éxito se basa en el encuentro, en el encuentro con otras personas. El éxito es el diálogo, para mí.
Los libros de Kirmen Uribe están accesibles en la Biblioteca del Instituto Cervantes de Berlín, donde fueron tomadas todas las fotografías de esta publicación.









