Diario poético de una travesía de verano en Berlín y alrededores.
Por Mariana Lanusse
A Elo, Theo y Aguirre / Y a la Floating University Berlin
Al fondo, un niño pequeño,
el hijo que nunca tendremos chilla
mirándonos en el interminable amanecer.
Raúl Zurita, Las ciudades de agua
Preludio en la danza: sol que vuelve de noche en su cuerpo entornado sobre las aguas. Ciudad a raudales en la pantalla, cello de fondo y ramas a la deriva. ¿Comeremos algas hervidas en el restaurante de la vieja torre de televisión? Ya nada es normal y aquí sigue lloviendo.

»after a while what is strange«, un cortometraje de Florine Schüschke – © Mariana Lanusse
Noche de camping
Sueño con agua. Y ahí está, bajo la superficie del suelo impermeable. Se acumula en un fangal. Aún no se cuela dentro, pero pronto. Mi hija y yo flotamos en la noche a la deriva; ella no lo sabe, dormida junto a mí. Siento ya la humedad en la esquina. ¿Cómo nos protegeré de la inundación? Viene arreciando ya todo el rato. Será una mera cuestión de tiempo esperar su llegada bajo las mantas.
Llegás por fin a mí caminando entre los charcos. Los amigos ya se fueron. Percibimos en la intimidad un aluvión que crece. Vamos aprontando los botes y los remos. Haremos vacaciones en familia para el amor y la supervivencia de la especie.
Cada vez que queremos salir el temporal nos detiene. Mensaje de voz al teléfono en el entretiempo. La mujer en la niebla habla como si el diluvio ese no nos separara.
China Nudeln
El bote tambalea en las olas. Apenas zarpamos la fuerza del lago en el viento nos incita risa y también llanto. Aprendemos a quitarnos toda la protección para salir a flote en caso de volcar, salvar tu vida. No logramos remar contracorriente. Los juncos en la orilla le lastiman a él los brazos, las piernas. Cuando está a punto de darse por vencido, él, nosotras por fin comprendemos: debemos ser más fuertes que el agua. Y así, antes de emprender el regreso, cocinamos China Nudeln en la ventolera. Uno de los nuestros aún solloza sobre el oleaje. Pero el retorno nos une dulcemente. Y nuestro triunfo sabe a pescado artificial chino, como sopa de algas hervidas en la vieja torre de televisión.

La carga
Nos toma por sorpresa esta tarea de estibar una a una las cosas: aquí un zapato, allí una botella, el jabón para la ducha, en la esquina. ¿Cuántas veces se pueden cargar y descargar los botes en un solo día sin perder la ilusión? Paciencia de expedicionarios del agua, nos dicen. Es parte del estar allí: el bote habitado y sus objetos, la medida exacta de nuestro tiempo. Todo eso que podríamos dejar y, sin embargo, a remo pelado transportamos: las imágenes de ayer, nuestros huesos rotos, un kilo de harina, levadura… Al final esparceremos todo ese polvo grisáceo sobre la piel del agua, nuestra propia piel, nosotros ese polvo diluyéndose entre los árboles y los pájaros y los peces. Arribaremos livianos y cada cosa que ahora cargamos habrá tenido, confiemos, su sentido.


Canales
El movimiento del agua se vuelve imperceptible. Una mano se hunde en el borde y es la suavidad misma que no toca la tierra. Flotamos. No despertamos siquiera a los patos encogidos en la orilla. Somos envueltos en una matriz. Somos aquí ojos, oídos pero nada nos ve, nos oye pasar. Somos, dijo ella, la paz somos nosotros.


Desembocadura
Nos detenemos en el centro de esta materia viva. Cada otra orilla nos está vedada. Preparamos sopa de malabares y algas hervidas dentro del bote, nuestra vieja antena de televisión. Nos reflejamos en silencio en un espejo de sol, agua y cielo. Formamos una composición natural, cuatro siluetas vibrando de hambre, memoria y desparpajo. Un montaje de recuerdos apagándose con la tarde. Yo he visto vaciarse todo. Y sé: eso que somos en este instante bastaría para llenarlo todo.

Tu latido
De repente dejás de remar. Tu mano derecha se sumerge frente a mí en la quietud del lago. Sí, somos apenas este saco de piel y huesos, hija, boyando a cielo descubierto. Descansá con los ojos abiertos. Tu silencio es ahora como el flujo que te contiene. Vos, que raramente te quedás callada. Será que algo de todo lo que quiero decirte te lo está diciendo el agua.

El baño
Voy a enloquecer de dolor aferrada a los palos de esta embarcación. Un cuerpo en ángulo recto a lo largo de días y horas, ¿nos evoluciona hacia bípedos al revés? Descargamos esta tarde menos de lo habitual porque no dormiremos sobre suelo mojado. Y mientras se discute la cena abandono la habitación familiar para regresar al agua. Muelle donde nos volvemos a encontrar: el lago en la bahía verde, mi hija aún pequeña, mi cuerpo pidiendo piedad, la extensión de los brazos sin remos, de las piernas en movimiento. Nos zambullimos al fin enteras dando las gracias y rogando alivio. Nos ofrendamos sobrevivientes en el oscurecer del atracadero en la bahía sin penas. Hablamos, reímos, jugamos. Toda la pena es olvido. Todas las penas se han ido. Todas las penas solas al fondo del lago hundidas.


Esclusa
Siento su torso manso acercándoseme desde el bote contiguo. La claridad de su piel me persigue. Esperamos la señal de la esclusa para introducirnos en un costado, junto a las embarcaciones mayores. Las compuertas se cierran. El sol se derrama sobre él que reposa sobre la marea que crece. Sujetos al borde de un abismo de agua salimos entre decenas de canoas sedientos, remando. Sus ojos me penetran húmedos el cuello, los brazos. Sus ojos buscan los míos y allí me encuentran, esperándolo. La noche será nuestra. Despunta aún el mediodía y ya el cielo se nos va colmando de estrellas.

Arrecifes
Llegamos sin esfuerzo a nuestro mar pequeño, el que habíamos anhelado. Ya no traemos preguntas sino certezas. Un barco a motor nos deja pasar. Luego: el silencio. El agua se torna tan transparente que sobre ella levitamos igual que aquella bandada de patos libres. Abajo los arrecifes. Navegamos kilómetros de cristal confundidos con el cielo. Y en la playa desembarcamos para una nueva pausa asiática. Él cocina las algas sin prisa. Nuestros hijos juegan a atrapar peces diminutos con una sartén, también los no nacidos, los míos. Sus voces lejanas resuenan en mi sueño. No dejaré que ningún viento se las lleve. El agua las guardará.


Sobre los pies descalzos
Caminar sobre la costa, yacer en su hierba, un día nuestros brazos abatidos paran de remar. Nuestros botes volcados muestran la urdimbre de su tez seca, fondo blanco sobre negro donde perder los ojos, reposo de animal exhausto que se retrae en su cueva. A su lado los remos tendidos a la sombra de un árbol como hermanos abrazados en un funeral o mejor familia intacta pasando un día de sol en el campo.

Tormenta / La locura
Último día sobre las aguas extensas, nuestro mar ha sido despertado por el viento. No llueve al montar a los botes y ajustamos nuestros chalecos para entibiar la salida. Ya lejos de la costa no hay tiempo para paisajes o temores. Solo remar nos arrancará de las olas. Agua fría nos corre por dentro, sudor de tempestad. Coordinación y fuerza aplicada, algo hemos aprendido hasta aquí. Devenimos atletas. Un barco anclado está hundido hasta la mitad. Exagero pero no, nosotros gotas en un cielo que de a poco se cae. Repartimos trozos de chocolate y otra vez la borrasca. Allí se abre una bahía pero no es esa, ni la próxima ni la siguiente. Remamos hacia atrás, esfuerzo y resultado de película muda. Solo que no reímos. Los últimos kilómetros amarramos un bote al otro, más distantes que nunca. Uno rema por cuatro, tres más uno, uno más uno más uno más uno, cuatro remamos por uno. Llegamos cuando anochece, ejército derrotado. Pero el agotamiento no nos quita el alivio de haber amado y deseado nuestro destino.

Ciclo
Es una coreografía improvisada sobre el agua, contesto cuando me preguntan por la fotografía. Una música de violín superpuesta con gotas de lluvia cayendo hacia arriba sobre el cielo azul. Mis niños danzan el ciclo natural del líquido con movimientos jamás antes imaginados; también los no nacidos, los nuestros. En esa laguna lavé los restos de sangre menstrual que aún quedaban. La sangre se hizo traslúcida, se hizo nube, se hizo mapa. Aquella bailarina escribía sin saber mientras un fluido espeso caía de sus manos.

performance Open Air Piece for a Post-Human Orchestra [rain]water version – Con: Elo Masing (violín), Vincent Laju (cello), Meltem Nil (movimiento, voz)- Foto:© Mariana Lanusse
Epílogo
En mi mente como en mi casa había lodo después de la inundación, dijo hoy la mujer en la radio. Por eso salimos a navegar hacia aguas abiertas.

Mariana Lanusse (1978) estudió Letras en Buenos Aires (UBA), Español como Lengua Extranjera en Sevilla (UPO) y Filosofía y Educación en Berlín (HU), ciudad en la que vive desde hace quince años. Publicó esporádicamente textos periodísticos, relatos de viajes y poemas en distintas revistas argentinas y compuso textos poéticos para obras de danza y teatro alternativo. Actualmente trabaja como profesora de lengua materna con niños bilingües español-alemán en una escuela primaria de Berlín. Y participa en un grupo de poesía instantánea con base en Egina, Grecia.
Imagen de portada y restantes imágenes salvo indicado ©Mariana Lanusse & Rüdiger Lehmann
Todos los poemas leídos por la autora.

Gracias por el viaje, una perspectiva interesante desde el agua…
Gracias!