Más allá del solsticio

Un fotorreportaje. Fotografía: Alejandro Ramos /Texto: Tomás Gutiérrez

En su acepción menos violenta, puede ser considerado un gesto de mal gusto; en su lectura menos pacífica, una declarada injuria a la integridad personal. Pero sacar a colación el invierno, en pleno Berlín de verano, no populariza durante la mayoría de las conversaciones estivales. Hiere sensibilidades que los rayos de sol no lograron sanar del todo.

Si el pronóstico presentado a continuación requiere algún producto, sea un bronceador o una bufanda de segunda mano, queda a criterio individual, dependiendo de la tolerancia que se tenga a las variaciones de temperatura.

En el año 1280 se fecha la primera aparición de un oso en los sellos oficiales de la ciudad. Cabizbajo y sumiso, como si en realidad no quisiera salir en la foto, su existencia está dominada por las omnipresentes alas abiertas de un águila. Siglos de bestial confrontación serán testigos de la expulsión del pájaro y símbolo germánico, sellando la definitiva victoria de este mamífero que no destaca precisamente por sus cualidades gregarias.

Por qué un oso y no otra cosa es una duda que se presta para conjeturas de variado cuño: lingüísticas, dinásticas, geográficas, zoológicas, y alguna que otra teoría conspirativa.

Lo cierto es que este animal es el emblema indiscutido de la ciudad y que, lamentablemente, ya no queda ninguno al cual agradecerle su protección. Por el contrario, si alguna vez se cruza camino con uno, cabría explicarle la hipocresía de elevar majestuosos emblemas inspirados en criaturas a las que se aniquila mediando la usura o el placer deportivo.

Algo de los desaparecidos osos perdura en el espíritu de los habitantes de Berlín, ateniéndose a una perspectiva animista de la realidad. Cuando la primavera hace por fin acto de presencia, aún desaliñada y largamente aguardada, los osos se precipitan de sus cuevas. Recuperando hábitos y prosiguiendo gestos inacabados.

Los hay quienes, medios ciegos, se detienen sin razón alguna y toman un baño de sol sonriendo de oreja a oreja; también quienes medio paranoicos siguen soñando, incapaces de sacudirse las pesadillas amasadas durante la hibernación.

Los hay hambrientos de estímulos, inagotables perseguidores del goce; los hay impacientes y malhumorados, gruñéndole a toda nube que se atreva a bloquear el calor directo.

Hay uno, en particular, que a pesar de su ansiedad procura permanecer en el presente, pero siempre termina por cuestionarse en un arranque de lucidez, ¿por qué el verano no dura hasta la eternidad?

Todos estos osos, y más, conviven simultáneamente en el cuerpo de cada habitante, conformando un sinfín de vectores anímicos que modifican el plano urbano y espiritual de la ciudad. El instante se diluye en su propia sustancia, independiente del invierno pasado, pase lo que pase en el próximo, estamos en verano.

Lo que implica un imperativo tan ético como estético. Salir de la casa.

Al ingresar por el sur a la disimulada Straße 645, el vértigo viene dado por la estrechez del recorrido, y la adrenalina, por el latente riesgo de colisión acechando tras las curvas cerradas. La humedad perfuma sin excepción el ambiente, y pone marcha atrás solo con la aparición del carrito de asado coreano. Enfrente, ejerciendo el espontáneo papel de centinelas, una pareja de añosos berlineses empina el codo por cada transeúnte que logra salir del pasaje.

Como las bolas de matorrales que solían atravesar el viejo y lejano oeste del cine, cada cierto rato un cartón de pizza rebota a través de la Wittmannsdorfer Straße. Rato después, se pierde en una bocacalle cualquiera. ¿Hacia dónde irá este cartón de pizza? Probablemente en dirección al otoño. Humeante y rezagado, ahora debe estar ensayando una posición de abrigo para quien lo necesite en pocos meses más.

En el tramo abierto de la Lilienthalstraße, las soleras toman el refresco en los balcones, burlándose de la seriedad arquitectónica y desviando lo que sea que el cielo quiera dejar caer. El transparente vitral en flor de la St. Johannes-Basilika impone la visión de una época marchita. La basílica es el templo católico más grande la ciudad, y actualmente acoge a la comunidad de feligreses polacos. Lo que en parte explica el idioma en el cual se encuentra la página web. Llegando al tramo menos abierto, el trasnochado carraspeo de las casas rodantes entretiene al resplandeciente y caduco follaje de los sauces plateados.

Las tres calles mencionadas ejercen roles secundarios, un protagonismo citadino limitado, si se quiere. También comparten la circunstancial característica de franquear el costado de un área verde. Tempelhofer Feld, Körnerpark y Volkspark Hasenheide, respectivamente. Y a razón de contigüidad con estos parques, se han ido compenetrando de una sabiduría que se sabe eterna en la certeza de sus recesos.

La primera recomendación para aventurarse en el Tempelhofer Feld sería echar a la mochila un abrigo liviano o cortavientos. Las corrientes de aire no amainan en todo el año, y una ráfaga puede bastar para echar a andar el engranaje de la gripe. Por otro lado, la perspectiva es asombrosa. Y si se mira en torno al horizonte, se logra comprender la función que el pasado reciente le consagró a esta pampa, llanura o planicie encajada en plena urbe. Corría el año dos mil catorce cuando los ciudadanos acudieron a las urnas del plebiscito para votar en contra de privatizar el antiguo aeropuerto, y en cambio, transformarlo en la zona urbana, abierta y pública más grande del planeta.

La oveja negra de los parques de la ciudad es el Körnerpark. El prolijo corte de pasto, los querubines inmortalizados en estatuas y una tupida simetría justifican el mote. Para quien haya empleado la metáfora de caer en un agujero para referirse a su experiencia en Berlín, aquí puede experimentarlo en carne y hueso. Y con una cascada incluida. El parque está emplazado un poco menos de diez metros bajo el nivel del suelo, una condición heredada de su antiguo uso como depósito de grava. Los edificios de cuatro y cinco pisos se divisan como pequeños rascacielos desde la importada belleza de este inframundo.

Volkspark o parque del pueblo hay varios, pero ninguno como el Hasenheide. Sus casi cincuenta hectáreas se enredan en un laberinto no solo para el inexperimentado paseante, sino para cualquiera que decida internarse en él bajo el reglamento nocturno. Cine bajo las estrellas, granja infantil y café constituyen el paquete de servicios ofrecidos a un segmento de visitantes, para el restante, fiestas ilegales, microtráfico y abusos de toda índole. En sus portadas más y menos sensacionalistas, la prensa local advierte periódicamente sobre los crímenes y delitos perpetrados en este lugar de esparcimiento.

Jahn es el nombre de un remoto habitante del Hasenheide, un roble de casi trescientos años. Su estudiada lección la hallamos bajo nuestros pies: las raíces de los árboles, como las raíces de los problemas, conviene buscarlas más allá de lo que se nos ofrece a la vista.

Salimos de las áreas verdes entrando a la ciudad. Sin embargo, avanzamos en trazos difuminados. Regresamos a los inclasificables rincones de la Lilienthalstraße, Wittmannsdorfer Straße y Straße 645.

Los lugares un poco ocultos de los focos principales tienden a ofrecer sus tesoros sin el concurso del acertijo o el sacrificio existencial. Darse una vuelta por ellos requiere una propensión a la reflexión efímera, purgada de grandeza. Basta con recoger un indicio de contraste, cualquiera que llame la atención, y esparcirlo sobre la propia piel. Así, tal vez, dejaremos de vigilar nuestra espalda en la próxima esquina y cruzaremos la calle aledaña confiando que la luz roja no nos sorprenda antes de pisar nuestro destino.

A la esquiva interrogante de cuándo se acaba el verano en Berlín, no queda otra que anteponer una resignada condicionante: depende. Una respuesta graduada en la misma proporción a la duda sobre cuándo se acaba el fin de semana en Berlín.

Depende.


Fotografía: Alejandro Ramos Instagram: @1805p

Alejandro es un artista visual chileno residente en Berlín. Creció en la colorida y artística ciudad de Valparaíso, donde comenzó su interés por la fotografía y el cine. Licenciado en Comunicación Audiovisual, ha desarrollado una carrera como editor de vídeo, llegando a trabajar en varios canales de televisión importantes de Chile, especializándose en la edición de documentales y programas de televisión sobre viajes, arte y moda. Paralelamente, siempre ha estado ligado a la fotografía, colaborando con distintos artistas locales.
Su interés por conocer el mundo lo llevó a mudarse a Berlín en 2019, donde su carrera continuó expandiéndose. En sus años en Berlín ha participado en proyectos como «DULCE», cortometraje premiado en el Festival Internacional de Cine de Buenos Aires (Argentina), SOIFF (España), Dhaka Film Festival (Bangladesh), entre muchos otros. Además también ha colaborado activamente como fotógrafo en diferentes performances, eventos y estudios de danza como Uferstudios, Ada Studios y actualmente Plataforma Berlin Festival.


Texto:

Tomás Gutiérrez

Colaboradores de DESBANDADA

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