Encuentros, gustos y sures

Un viaje intercontinental por la memoria del gusto en una calle de Berlín

Cruzando continentes en una misma calle de Berlín, pasando entre religiones y tradiciones busco el sabor de mi memoria, de mi identidad, que no sé si es mía o de mi abuela. Busco en el Rewe las papas, en el turco los quesos, en el chino la masa de arepas y por último voy al supermercado africano por los plátanos. Cada supermercado me ha exigido un idioma diferente, en cada lugar han habido nuevos aromas y colores. Ahí estoy yo entre bolsas de tela, armando a retazos mis propios sabores y parada ante la canasta de plátanos verdes, pintones y maduros, tocando cada uno y pensando cuáles llevaré esta semana. En mis bolsas de mercado van recetas, órdenes, tradiciones y exigencias. Mi compañero, aunque con las mismas bolsas, parece que le pesan menos. Yo llevo a mi mamá diciéndome, -“dos de agua por una de arroz” y a mi abuela repitiéndome -“que falte la sal pero nunca el plátano”.

Por un momento, estoy de nuevo en Colombia, en Armenia, en un pequeño barrio. Mi abuela está desde el viejo sillón de su casa, mientras pica el plátano verde para los frijoles con sus dedos. Respeta al plátano lo suficiente como para no atravesarlo con cuchillo, pero con los años les tiene la confianza como para hacerlo sin mirarlo. Ella me enseña a hacer frijoles, aunque yo no se lo he pedido, mira mientras tanto la novela mexicana y mis primos siguen jugando Atari. En la cocina siempre hay plátanos para escoger, cada uno con ritos, resistencias o fatigados por los días de espera. El plátano verde, siempre joven y resistente se debe abrir, advierte la abuela, con las manos aceitadas para que la mancha no quede en las manos todo el día. Para cortarse, no puede el cuchillo atravesarlo porque se corre el riesgo que se “pasme”, que no suelte su sabor ni que espese lo que se esté cocinando.

También siempre hay un plátano “pintón”, el más anhelado y que está exactamente en la transición entre verde y maduro y que exige además doble cocción para llegar a ser “patacón”. Siempre había un plátano maduro que ya había decidido ceder su rigidez y se había tornado dulce, no le quedaba mancha y aceptaba que lo atravesaran con cuchillo, él, en la última etapa del plátano había cedido sus tradiciones. Al parecer, entre más días lleven los plátanos en la cocina, más nobles se vuelven, porque ahora, dulce y amarillo con leves marcas negras está listo para convertirse en “tajadas”. En esa cocina de colores e historias, parece que también, más que comida y ceremonias, hay resistencias y rebeliones, culturas y continentes.

Recuerdo que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince cuenta del plátano su origen africano, llegó en barcos cargados de esclavos negados de su tierra, obligados a cruzar e ir a otro sur. El plátano es hijo del sur tropical, ese sur que rodea el mundo y que se une en sabores y dolores. El plátano hijo de reyes y hecho esclavo, se hizo amigo del café en Colombia, se rebeló y se convirtió en protagonista de la comida colombiana, convive entre cafetales, y las raíces de su mata sabe vivir con naranjos y mandarinos. El plátano que no conoce de fronteras, ni de nacionalidades es tan de Colombia, como de Venezuela y el Caribe, también es de Nigeria, de Camerún y Senegal. El plátano tiene memorias cruzadas de continentes, heridas coloniales profundas, historias de supervivencias, de identidades y representaciones.

Estoy frente a la canasta de plátanos en el supermercado africano de la calle de Turmstraße en Berlín, perdida entre recuerdos, historias, instrucciones y viajes continentales. Pensando si lograré esta búsqueda irreconciliable con el hogar, sintiéndome lejos de donde me dijeron era mi lugar de pertenencia, cargando pesos, y abrumada por los colores de los plátanos y las palabras de mi abuela. En ese momento se me acerca la chica del supermercado. Ella me vio hablando con los plátanos y quizá se acercó con la intención de traducírmelos, pero ahí se dio cuenta que aunque ella y yo no teníamos el mismo idioma, los plátanos y yo ya nos conocíamos y nos comunicábamos.

Me pregunta si me gusta hacer frijoles y antes que le conteste me dice que los mejores son los que se hacen con plátano verde y en olla exprés. Sonrío al sentir una complicidad y le digo, en el idioma que sea este que hablamos, que es un poco de alemán e inglés, -¡que falte sal pero no el plátano!. Sonríe mientras selecciona plátanos de la canasta, toma un plátano amarillo y me dice que el plátano se come en todos los colores, -“You know, die Kochbanane kann man in all farben essen”, que no me preocupe si empieza a tener manchas negras. Sonrío nuevamente y le digo, que con manchas es cuando más me gusta. Ella sonríe, un poco abrumada por esta complicidad repentina y me pregunta por mi país de origen, -“Woher kommst du?, esa pregunta, la que ha definido esta larga migración, la que me ha hecho enojar y me ha hecho sentir incómoda, esta vez era una pregunta de encuentro. Con orgullo, y como afirmando un mismo lugar de origen, le digo que soy de Colombia. En este momento se conectaron los sures el mundo, ella sonríe y afirmando la unión me dice que viene de Nigeria. Añade, para que quede claro nuestra pertenencia, que allí los plátanos nunca podían faltar. No nos preguntamos los nombres, pero ya nos conocemos. Abro una bolsa de tela más, y ella la toma y pone adentro cinco plátanos, y dice después, que pone uno por día de la semana. Sonríe, y mientras camina hacia la caja, dice que eso le dice su abuela.

En ese momento, con la chica del supermercado africano, me doy cuenta que la memoria de mi gusto está más allá de mi sur, o que mi sur es más grande que el suramericano. Pensaba en la chica del supermercado y su abuela en Nigeria dándole recetas e historias, dándole gustos y memorias. Voy saliendo de ese encuentro con la historia de mi gusto, con una sonrisa que no combina con el invierno en el que estamos, sintiéndome más en casa en esta Berlín que es de tantos y de tan pocos, sintiendo que las bolsas de tela no son sólo mías, que llevo a continentes y a resistencias compartidas. Reviso que no se me quede nada, pero de repente saliendo del supermercado veo una guayaba. ¿Cómo puede haber una guayaba en Berlín? Mi cabeza ha viajado mucho, mis memorias del gusto van satisfechas, pero la próxima vuelvo a conversar con la guayaba y a unir memorias.


©G.Buske

Carolina Támara-Castro 

es colombiana, cuyabra y montañera que estuvo migrando por cinco años en Berlín.

Este texto forma parte de la serie de crónicas berlinesas: Crónicas de una ciudad mutante – Berlín desde sus marcas latinas, que publica Revista Desbandada. Ver aquí.

Las crónicas Marcas latinas en la ciudad mutante, fueron publicadas originalmente en la web del Lateinamerika Institut de la Freie Universität Berlin en el marco del proyecto que dirige la profesora Susanne Klengel  Berlin in der lateinamerikanischen Literatur. Eine Spurensuche in lateinamerikanischen Texten und im Berliner Stadtraum

Imagen de portada: ©Carolina Támara-Castro

Colaboradores de DESBANDADA

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