Relato corto de Jorge Vega
Hace tiempo que explotó la caldera de este tren y su curso es imparable. Pero, como es natural, algunos pudieron escuchar la gran explosión, mientras otros siguieron dormidos en sus asientos, con envidiable tranquilidad. Algunos más, los maquinistas que operaban la caldera, principalmente, se quedaron estupefactos ante el colapso de una máquina tan excepcional y precisa, sin creerse del todo lo que pasaba frente a ellos. Otros, los más astutos, habiendo previsto hasta cierto punto lo que podría pasar, se mostraron incluso decepcionados y más bien ansiosos por mirar lo que vendría después. Algunos pasajeros, los más cercanos al carro de la locomotora, que viajaban, claro está, en primera clase, se sobresaltaron en un principio y quisieron saber qué pasaba allá adelante. Pero se quedaron tranquilos cuando el capacitado y profesional cuerpo de operarios de la gran compañía les aseguraron que podían seguir en sus asuntos sin mayor problema y que el tren funcionaba regularmente y sin contratiempos. Otros más de entre los pasajeros, que pudieron oír y sentir un breve estremecimiento más allá, se preocuparon también, pero ante la falta de reacción y la helada indiferencia de los habitantes de los carros más privilegiados—siempre acostumbrados a demandar un trato conforme a su alta jerarquía—terminaron por convencerse de que no pasaba nada de peligro tampoco para ellos. Por supuesto, y desde muy lejos, allá en el último vagón, donde apenas se alcanzaban a acomodar los más menesterosos unos sobre otros, y por una de esas peculiares torsiones que hacen los trenes al girar, hubo quien pudo ver el instante mismo en que la caldera voló estrepitosamente por el aire en un ramo de naranjas y azules de fuego. Allí vieron todo aquello, ante la total indiferencia no sólo de quienes viajaban adelante, sino también de sus compañeros de carro, algunos de los cuales no podían sino mirar, durante todo el camino, el codo de su vecino, disputándose contra la humanidad de su rostro, por el mísero espacio habitable que quedaba. Después de algunos gritos casi histéricos de aquellos raros espectadores, ahora reducidos a la justa categoría de locos, no se oyó más alboroto y todo siguió como había sido hasta entonces. —¿Qué más da que no podamos apagar la caldera, hombre? Allá atrás hay más que suficiente para quemar por mil y un años. Además, ¿qué no disfruta de la velocidad? Ponga el rostro contra el viento y verá cómo el miedo a caerse se vuelve, finalmente, un gran placer. ¿No ve usted lo sagrado asomándose justo al interior azul de la llama? No se preocupe demasiado, hombre. Mejor siéntese y disfrute del espectáculo. Es tan breve todo. Gocemos, mientras haya oportunidad—. Pero aquello fue sólo una ilusión momentánea. El encargado de marcar los cambios de vía, meticulosamente armado con sus instrumentos de visión de largo alcance, comunicó a sus superiores precisamente lo que nadie quiere oír: la verdad. Y esta sencilla, pero choqueante verdad, que golpeaba sobre los oídos de toda la jefatura, como el sonido de un cuchillo al cortar papel, era que la vía sobre la que descansaba el más bello, el más poderoso y el más tenaz mecanismo sobre la tierra y sobre el universo entero, no iba sino al abismo. Y fue así que, después de una breve espera casi cruda, como en el angustioso paseo del cerillo sobre la lija, la noticia se esparció como el destello sobre la cabeza de un fósforo incendiado. —Yo creo que podemos reunir al cuerpo de mecánicos para que proyecten la construcción de una máquina que vaya colocando pilotes y vía indefinidamente por delante del tren, pero a una velocidad mayor, así podríamos avanzar indefinidamente. Ajá, ¿y de dónde van a salir los pilotes para esa vía? Yo no sé por qué se preocupan, el tren no existe. Ni la vía. Yo pienso que deberíamos continuar a ver qué pasa. ¿Quién nos asegura que allá abajo del abismo, donde no alcanzamos a ver, no hay un lugar mejor? Es obvio que todo se fue a la mierda desde hace mucho tiempo. Estuvo en nuestra naturaleza desde el principio. Eso somos. Simplemente hay que gozar lo que nos queda. ¡Es usted un cínico! Y un miserable, ¡qué no se le olvide! ¡jajajaja! Yo pienso que lo mejor es conservar la calma. En estas situaciones lo que más se necesita es un mando claro que sepa guardar la compostura y sobre todo que sepa tomar las decisiones difíciles, aunque haya sacrificios. —¿Por qué no desacoplamos nuestro vagón y dejamos que se vayan a la mierda la máquina esa y los de primera clase? ¿Estás loco? ¿Y luego nos quedamos aquí nomás varados en este páramo horrible lleno de nopales? Usted puede quedarse aquí a vivir como una culebra, si quiere, pero no me invite. ¿Tú crees que los de allá adelante nos van a dejar soltarnos, así como así? No seas pendejo. Si aquí atrás están todos los sirvientes y todas las provisiones. Yo simplemente me voy a bajar a ver qué pasa, ¡a la verga! Yo digo que nos organicemos y tomemos por asalto el primer vagón. Los lanzamos por la borda y ¡san, se acabó! Ajá, ¿y la máquina qué? Pues ya luego vemos, total. Paso a pasito, ¿no? ¡Ni va a pasar nada, hombre! Todo es puro cuento. Nomás nos quieren asustar para que estemos aquí apendejados, como ovejas. Entonces, ¿qué propone? No, yo nada, si yo nomás decía (esta bola de pendejos, ahorita mismo voy allá adelante, pero sigan, sigan hablando, ¡pobres!, todos son unos pendejos, por eso no están allá adelante, ¡por pendejos!). ¡Ahí viene el guardia! ¡Cállese, lo van a oír! ¿Qué me hace? ¡Pero si yo no dije nada, se lo juro! —¿Alcanzas a ver algo? Yo desde aquí no veo nada, ¿y tú? Tampoco. Pero se oye como que algo pasa, ¿no? Veo que la gente se mueve de un vagón a otro. ¡Qué desmadre! Oye, ¿y si nos movemos de vagón? ¿Pero, y los niños? Están chiquitos, ellos se adaptan fácil. No sé. ¿Qué tal que por cambiarnos de vagón nos va peor? Mejor hay que quedarnos aquí. Aquí por lo menos conocemos a los que van. Pero es que aquí no hay nada. Pues, ¿qué quieres que haya? Pues no sé, algo mejor que esto yo creo sí. Si no ¿por qué se está moviendo la gente? Ya vez como es la gente. Tengo miedo. Voy a echar un ojo, nomás. A ver qué pasa. Ahorita regreso. —¿Está todo bien aquí? ¡Sáqueme de aquí señor, por favor, por favor, se lo suplico, haré lo que sea, pero no me deje aquí por favor, se lo ruego! Dios te salve, reina y madre, madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, a ti llamamos los desterrados hijos de Eva, a ti suplicamos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. ¡Deja eso! ¡Suéltame! ¡Qué más da, si todos vamos a morir, de una buena vez! ¡Qué lo dejes! ¡Trae acá! ¡Suéltame! Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino. ¡Ay, dios!, ¿pero qué te hicieron, niño? ¡Rápido, trae un trapo, que está sangrando! A ti llamamos los desterrados hijos de Eva. ¡Oh, clemente! ¡Oh, piadosa! No es nada. Te digo que no es nada. Es el castigo.
—¡Ahhhhhhhh!—
¿La viste? ¡Pinche loca! Cayó en la piedra.
—Pero, ¿de qué está hablando? ¡Exijo una explicación! Le aseguro que nuestro equipo de ingenieros trabaja sin descanso para arreglar la situación. Es posible, sin embargo, que tengamos que desprendernos de algunos de los vagones, para aligerar la presión. ¿Pero qué está diciendo? ¿Qué pasará con las provisiones? Nuestro equipo de seguridad ya trabaja en una solución para mantener adheridos los vagones esenciales. ¿Sabe usted cuánto voy a perder por esto? Entendemos que no es el escenario más deseable, pero comprenda que, por razones de seguridad, no podemos mantener una conexión permanente que permita el flujo entre vagones, bajo las actuales circunstancias. Es por su propia seguridad. ¿Y el servicio? Le aseguro que nuestro equipo de ingenieros encontrará una solución técnica adecuada en el lamentable caso de que exista la necesidad de reemplazamiento de alguna fuerza mecánica. Pero si esto vuela hacia el vacío, ¡¿qué no se da usted cuenta?! Le aseguro que nuestro equipo de ingenieros encontrará una solución adecuada, de acuerdo con sus necesidades. Existen una gama de alternativas técnicas para superar lo que llamamos “la muerte” como último horizonte humano, que posibilitarían…

Capitaloceno
Una tragedia en dos actos

©Jorge Vega de la imagen, creada con ayuda de inteligencia artificial.
Jorge Vega Marrot vive en Berlín desde hace cinco años. Está haciendo un doctorado en antropología. En México trabajó como escritor, sobretodo desarrollando crónicas y literatura breve. Ha seguido escribiendo desde su llegada, ésta es la primera colaboración en Desbandada.

Muy bien pero, me quedé con ganas de más!!!
Haremos lo posible para que haya más.