La espera de la soga

A la memoria de Luna y de todas las que no podrán contar su historia

Un texto de Romini Tumini

“Cada día un hombre en Alemania intenta asesinar a su mujer. Cada tres días uno lo logra” (Backes Bettoni, 2021). Esta situación es similar a nivel global y en muchos países reviste aún mayor gravedad.

Aunque en 2011 se celebró la Convención de Estambul, que estableció que cualquier acto de discriminación, violencia psíquica o física contra la mujer se considera una violación de los derechos humanos, recién en 2018 entró en vigencia en suelo alemán, de una manera que todavía deja mucho por discutir. Por ejemplo, hay un gran abismo entre cómo la justicia trata la violencia doméstica, vista como un delito leve, y la violencia sexual, considerada delito grave. Una denuncia de violencia doméstica puede ser retirada por la víctima (ya que se le da suficiente tiempo para “cambiar de opinión”) y no hay consecuencias para el agresor; en cambio, si se trata de una denuncia de violencia sexual, aunque sea retirada luego, no pueden ser anulados sus efectos y la justicia está obligada a proceder. Lamentablemente, casos graves de intento de femicidio son, con demasiada frecuencia, juzgados solo como violencia doméstica (häusliche Gewalt) y si se condenan, los castigos son leves e irrisorios.

La Convención de Estambul enfatiza la necesidad de proteger a la víctima de violencia de género de la naturalización de las agresiones bajo el rótulo de conflictos de pareja, que se desprende de la concepción de la mujer como pertenencia del hombre, tanto de su esposo o pareja como de los hombres de la familia (padres, hermanos). Pensemos que en Alemania, hace treinta años atrás, la violación conyugal no se consideraba delito. De manera similar, la violencia e incluso el intento de femicidio luego de una separación se naturaliza responsabilizando parcialmente de la agresión a la víctima, que ha intentado “romper el vínculo”.

Aplicar lo que la Convención de Estambul estipula implica la decisión política de crear una infraestructura adecuada que garantice la protección de la mujer, no solo en el aspecto legal, sino también en concreto, es decir, que existan casas de acogida con plazas suficientes, y que se le otorgue el apoyo económico para que se independice y lleve una vida regida por sus propias decisiones.

La violencia contra la mujer y los femicidios suelen ser caratulados con eufemismos tales como: “crímenes de pasión”, “tragedia pasional”, “celos excesivos”, “amor más allá de los límites”, etc. Para trasladarlos de la órbita de lo público (de los homicidios) a la que se reduce a lo privado, lo familiar, lo íntimo, y así ocultar y suavizar lo que realmente son; crímenes atroces, muchas veces premeditados y estudiados. Tienen más que ver con ejercer control y poder que con el amor. La afirmación “no puedo vivir sin ti” del agresor apunta a la creencia de que la “amada” es la pieza faltante y esencial para poder funcionar. La gran mayoría de los femicidios sucede luego de la separación de la pareja o cuando la mujer ha expresado su deseo de concluir con la relación. Allí es cuando el agresor comprende que su sistema de dominación –basado en humillaciones, control extremo, deterioro de la autoestima y manipulación que se denomina gaslighting– ha fracasado y no logra aceptarlo. Su conclusión será que “lo que no puede ser reducido a la propia voluntad deberá ser destruido”. Explica Rita Segato (Segato, 2021) en su estudio sobre violadores y femicidas que la violencia ejercida contra la mujer está relacionada con la reafirmación de un modelo de masculinidad tóxica, profundamente patriarcal, que apunta a colonizar, objetivar y determinar de todas las formas posibles el cuerpo de la mujer.

Lamentablemente para muchas mujeres, la pandemia creó condiciones excepcionales para que los agresores desarrollaran y desplegaran sus mecanismos de opresión y maltrato, ya que contaron con la indefensión de la víctima y la impunidad absoluta del aislamiento.

La violencia contra la mujer es un fenómeno tan extendido y normalizado que muchas veces solo cobramos conciencia de ello cuando ya es demasiado tarde: cuando el maltrato psicológico, las humillaciones y el acoso se han ido cristalizando en formas de violencia física; cuando la víctima ha quedado encerrada en un círculo vicioso de pérdida de autoestima, agresiones y dependencia emocional, que puede llevarla a su destrucción. Esos son los femicidios que no aparecen en las estadísticas, porque el golpe de gracia lo ha dado la mano propia. Por ello no nos enteramos y podemos llegar a creer que no existen. Y no solo se trata femicidios, es decir, asesinatos de mujeres por el solo hecho de ser mujeres, sino de feminicidios, ya que cuentan con la impunidad de un sistema, que lejos de ponerse del lado de las víctimas para protegerlas, las responsabiliza, y oculta y favorece a los agresores, en sus intrincadas y arcaicas estructuras patriarcales. Que la historia que contamos aquí, inspirada en un caso real, sirva de testimonio.


La espera de la soga

Por Romina Tumini

La soga está situada en el extremo sur del amplio balcón –allí donde no alcanza la mirada curiosa de los vecinos–, fijada con firmeza por un extremo a la baranda. El otro extremo, arreglado con esmero en un lazo con nudo corredizo, cuelga con premeditación del sujetamanos. Parece una serpiente al acecho, que espera inmóvil.

Luna no recuerda haberlo visto antes. Es un cabo rojo brillante con líneas negras que se intercalan a intervalos regulares. Debe ser nuevo, piensa, seguramente comprado ad hoc.

En realidad hace ya un tiempo que comprende de qué va la cosa. Por eso no se sorprende; ha vuelto a equivocarse –confiando en él– y esta vez no hay marcha atrás. Él se ha encargado de cerrarle todas las vías de escape y de no dejar ningún cabo suelto, a excepción de la soga roja que espera.

No por casualidad, en el mismo sitio se encuentra un pequeño taburete con dos escalones. Para que pueda alcanzar igual el borde de la baranda, pese a su enfermedad. La esclerosis múltiple mermó sin piedad su movilidad. Sobre todo desde que él dejó de comprar los costosos medicamentos aduciendo que su enfermedad eran solo patrañas de los médicos para quitarles dinero.

Entra a la casa. En su habitación se agolpan cajas con sus pertenencias, las que Johann no descartó por considerarlas basura. Hace ya un mes que ha vuelto a mudarse, sin embargo, sus cosas no encuentran lugar en esa casa espaciosa, planeada al milímetro. Tampoco ella.

–¿Dónde estás? Ven acá de una vez –se escucha la voz exasperada de Johann–. ¿No ves que vino el abogado? Haz el favor de bajar a saludar.

Mientras se pregunta qué hará el abogado aquí, desciende con gran dificultad por la escalera y le extiende la mano.

–¡Ay mujer, qué torpe eres! Estamos en pandemia, ¿cómo se te ocurre darle la mano?

Ella se disculpa sonrojada. Reconoce el pinchazo de vergüenza y humillación, es familiar, pero igual duele.

Recuerda que durante un año se había librado de esa sensación; lo había pasado en una casa de acogida para víctimas de violencia de género. Después de innumerables vejaciones había logrado reunir suficiente valor, pedir ayuda y marcharse. Pero fue un proceso solitario en un ambiente aséptico, frío, impersonal. Cuando se enteró lo del tumor se sintió demasiado sola –más todavía que cuando Johann se enojaba y dejaba de hablarle por meses–, y entonces lo llamó. ¡Qué gran error! Te di la chance de convencerme de que me ibas a cuidar, que esta vez sí querías hacer las cosas bien, que todavía me querías… ¡Cuán idiota se puede ser! Solo querías ahorrarte la manutención.

–Acá tienes que firmar –dice Johann con resolución. Ella duda, pero ya no tiene sentido preguntar o quejarse; él siempre se sale con la suya. Firma, saluda y se retira. Él la toma del brazo como para ayudarla a subir, pero en realidad le dice por lo bajo apretando los dientes y en español para que no entienda el abogado: “Vete ya, me avergüenzas cuando hablas alemán, ¿no has aprendido nada con tantos cursos que te pagué?”

Luna no responde. Los cursos de alemán, piensa. Y recuerda que no podía tomarse un café como los demás en las pausas porque él no le daba dinero para eso, ni para nada. “Vete a caminar por ahí, el café lo tomas en casa”, decía. Pero cada vez que abría la heladera o la despensa él la criticaba, incluso llegó a ponerles candado. Ahora estaba muy delgada.

Cuando llega al final de la escalera él vuelve con el abogado. Ella, en vez de recluirse como siempre en su habitación, ve que la de él quedó abierta y entra. La computadora está encendida y pueden verse los mails. Hay un nombre que se repite en la bandeja de entrada, el de otra mexicana: como ella y como su predecesora (que hace mucho está en un psiquiátrico). ¡Qué predecible eres, Johann! ¡Y tan organizado!

Lee la última respuesta de él. “No te preocupes por ella, no será más una carga, ya no está entre nosotros”. Una carga, piensa. Sí, eso es lo que he sido, ya lo sé: torpe, bruta, incapaz de valerme por sí misma. Llora.

Él sube de a dos los peldaños con un documento en mano y diciendo en alemán: “Tienes que firmar aquí también”. La ve entrar en su habitación llorando y se violenta.

– ¡Me tienes cansado con tus lloros! ¡Firma aquí de una vez, así me libro por fin de ti! –Ella lo hace sin poder hablar, él continúa irónico–. Por qué no sales al balcón a tomar aire… ¡y de paso te caes!

Diez pasos lentos la llevan hasta el punto de la baranda donde está atada la soga. ¿Es realmente esto lo que quieres, Johann?¿Cómo puede ser? Su memoria le trae mezclados los momentos felices y los otros: los viajes, las playas, los paseos por el bosque… y esa vez en que él la dejó sola en la montaña, exasperado por su lentitud… y ella sintió miedo… y vergüenza. Se odia a sí misma por todas sus desventajas, por ser una carga para él, por quererlo y dejarse humillar. Duele mucho, demasiado. Es mejor que termine de una vez.

Sube al banquito trastabillando. Con la vista nublada logra pasar las piernas del otro lado de la baranda. La soga roja ya no espera más, ahora adorna su cuello como una gargantilla azteca. No es en serio, ¿verdad, Johann? No quieres realmente que lo haga, ¿no?…

Una fuerza que no parece propia la impulsa al vacío y la soga finalmente se tensa.


Romina Tumini ©Denise Claus

Romina Tumini nació en Santa Fe, Argentina, el siete de junio de 1975. Ha vivido en Grecia y actualmente reside en Stuttgart, Alemania. Es psicóloga, psicoterapeuta especializada en trauma y terapia de parejas. Trabaja con mujeres migrantes, víctimas de violencia y refugiados traumatizados. Participa de congresos, da charlas y seminarios sobre migración, interculturalidad, integración, trauma y violencia de género.  

También es Profesora en Educación Primaria, diplomada en Escitura Creativa, con un Máster en Creación Literaria y otro en Psicopedagogía Clínica. Ha publicado artículos y relatos en antologías, y un libro suyo de cuentos infantiles y estrategias terapéuticas se editará próximamente. 

Imagen de portada: ©Joanna Rod

Revista Desbandada

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