Latinale, edición nº. 16

Traducir con sensibilidad: Translator’s choice II. Ana Rocío Jouli entrevista a Legna Rodríguez Iglesias

No puedo no aceptar que va a haber un segundo poema.

Legna Rodríguez Iglesias

La decimosexta edición de Latinale, “Traducir con sensibilidad: TRANSLATOR’S CHOICE II”, retoma la pregunta por el vínculo entre creación y traducción, poniendo en el centro de la escena el intercambio entre traductores y poetas. Con eventos en Viena, Múnich y Freiburg, el “festival rodante de poesía latinoamericana” convocó este año a los traductores Christian Filips, Niki Graça, Daniel Graziadei, Udo Kawasser, Birgit Kirberg, Christiane Quandt y Petra Strien, quienes presentarán versiones en alemán de poemas de Paulo Henriques Britto (Brasil), Jaime Huenún (Chile), Yuliana Ortiz Ruano (Ecuador), María Paz Guerrero (Colombia), Legna Rodríguez Iglesias (Cuba) y Raquel Salas Rivera (Puerto Rico). Latinale 16 es coordinado por Laura Haber en colaboración con el cofundador del festival, Timo Berger.

Este año el festival tendrá lugar en Berlín del 9 al 12 de noviembre, con eventos en el Instituto Cervantes, el Instituto Iberoamericano y la Biblioteca Pablo Neruda. En el marco de su participación en el festival, conversamos con la escritora cubana Legna Rodríguez Iglesias acerca del idioma, la traducción y la forma en su escritura. Como evento paralelo y en cooperación con la librería Andenbuch, se presentará también la traducción al alemán de su libro Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo (Ediciones Liliputienses, 2019), traducido por Johanna Schwering y publicado por Hochroth Heidelberg.

Este evento tendrá lugar el 14 de noviembre a las 6:30 pm en la librería Andenbuch.

Miami travelling

Legna forma parte, dicen, de la Generación Cero, nombre dado a un conjunto de escritores publicados a partir del 2000 en Cuba. No es necesario preguntarle qué opina al respecto. En su columna “53 Noviecitas”, para  Hypermedia Magazine, encuentro una entrada que la escritora ha titulado “La generación cero está en tu mente”. En las primeras dos líneas ya queda claro: “Nunca hubo generación. Más bien, como le gustaba decir a Gilberto, lo que hubo fue desgeneración”. La lectura generacional poco y nada tiene para decir sobre la escritura de Legna, una fuerza mutante que se alimenta tanto de poemas como de cuentos, obras de teatro, discursos políticos, periódicos.

Legna aún no está en Berlín mientras escribo esto. La entrevista por Zoom comienza con ella buscando estacionamiento en el centro de Miami, donde vive desde el 2015. El celular apoyado en la puerta del auto con la cámara hacia arriba recorta un trozo de cielo sobreexpuesto, un brazo, el volante de su auto y la mano que lo hace girar. Vemos a la escritora desde abajo, como debe verla su hijo, buscando su atención mientras ella hace otra cosa.

Cuando logra parquear, levanta el teléfono y me lleva hasta el baúl del auto, de donde saca un carrito y cajas de plástico con libros. Trabaja en un programa dentro de la Feria del Libro de Miami, que distribuye libros para niños en centros médicos y escuelas. La escucho apoyada en el piso del baúl, mientras ella, fuera de cuadro, despliega el carrito y acomoda las cajas. Me quedo mirando el techo del auto un rato, el sol de Miami al mediodía. De este lado de la pantalla ya son las cinco de la tarde y el otoño berlinés me deja a oscuras en la mesa de la cocina.

Mientras empuja el carrito desde la playa de estacionamiento hasta el edificio, me cuenta sobre los libros infantiles que ha escrito, los que ha publicado y los que permanecen inéditos. Ninguno ha sido traducido, y eso es algo que le gustaría ver. Tal vez, pensamos en voz alta las dos, el festival pueda encender esa chispa. En el trayecto del auto al trabajo se cruza dos veces con dos personas e intercambian algunas palabras: ambas veces en español. Es la lengua materna de Legna y es también, aún ahora, el idioma de su escritura. Por ahí quiero empezar. Cuando se sienta finalmente en un rincón de su oficina y estaciona el teléfono sobre el escritorio, lanzo la pregunta que tenía preparada. Para los escritores de habla hispana que vivimos en Berlín, esta pregunta se hace cuerpo todos los días. Nos lo preguntamos entre nosotros, para ver cómo hace el otro. Para Legna, lo sé, es una pregunta repetida.

¿Cómo se sigue escribiendo la lengua materna en un país extranjero?

La mayor parte de mi producción es de antes de venir a Miami. Después de venir, ya no es lo mismo. Cambió el ritmo, cambió el tono. No sólo el lenguaje, que se congela y a la vez muta. El lenguaje fuga. También el tiempo se transforma. Hay como una cámara lenta. Ya no es el mismo tiempo de tu país en el que estás a tus anchas. Para una migrante, aún más. Yo tuve que ponerme a trabajar en las horas que escribía en Cuba. Tuve que ponerme a trabajar de noche.

¿Cómo es eso de que el lenguaje fuga?

El contexto se pierde. Título es un libro escrito en Cuba, por ejemplo. Ahí ves el cambio enseguida. Yo lo que oigo ahora es un discurso de migrantes. Ese es el contexto. Por supuesto que estoy escribiendo siempre desde lo cubano. Pero es el cubano que yo conocí, que no es el que está ahora. No es la voz de ahora. Es una voz trasnochada, completamente desfasada. Eso está bueno. Yo no tengo problema, yo lo aprovecho. En la escritura lo aprovecho todo.

Yo no soy académica, yo caí de fly en una zona marginal. Todo eso influye en el lenguaje. Literariamente se aprovecha. Depende también de la zona de Miami en la que vivas. O en la zona de Berlín, en tu caso. O donde te toca trabajar. Escribí un libro trabajando de madrugada en una pizzería. Y ese libro es la pizzería, la pizza. Tú hueles el queso derretido desde que empiezas a leer, el pepperoni, los tocinos.

¿Cómo es tu vínculo con la traducción de tu obra?

A mí una vez me tradujo una traductora que fue también mi amante en otro momento. Es lindo, como metáfora, que el traductor sea alguien ligado afectivamente a ti. A mí me interesa lo mental, me interesa defender el arte como una construcción. Yo construyo un poema. Ese poema no es un problema de inspiración, es un problema constructivo. Pero estamos hablando de un producto artístico, donde el afecto está y la emoción está, aunque lo esté construyendo. Un traductor ideal sería un traductor que está ligado a ti, que te conoce, pero es un ideal que no existe siempre. No puedo no aceptar que va a haber un segundo poema.

¿Te involucrás en el proceso de traducción?

Yo me pongo a disposición del traductor desde el principio. Le explico lo que quiera, le pregunto, pero no tengo noción alguna de lo que está pasando. Me parece que soy un estorbo. Mi opinión es un estorbo. Me arriesgo pero lo mismo acepto cualquier fuga. Desde que me piden una obra para traducir, yo acepto que va a mutar. Son dos poemas.

En las últimas conversaciones con Udo Kawasser el me preguntaba por una frase en la que hablo del proceso inmediato ordinario de la vida. Estos poemas juegan mucho con la verborrea, con un discurso entre comillas vacío. Un discurso sistémico. El libro es muy político. Él quería traducir con una palabra que era del significado de mi frase, y yo le dije: “No, Udo, yo quiero decir el proceso inmediato. ¿Existe la palabra inmediato en alemán?” Yo ahí me metí porque él me preguntó. Muchas otras preguntas no me las debe haber hecho. Y yo en este libro juego mucho con el lenguaje, pero normalmente no lo hago. Normalmente mi poesía se acerca mucho a la poesía norteamericana, que es bastante rasa. Me gusta jugar con el lenguaje desde la ignorancia. Como la mesa, no tengo más nada que decir que no sea mesa, no es el maderamen. Yo nunca diría maderamen en vez de mesa. Y con esa mesa, elevarla. Tocar las cosas, eso me interesa.

Pero en este libro del festival sí hay mucha verborrea, mucho retruécano, mucho juego. Y por supuesto que para un traductor debe ser una locura. Udo en este caso tiene la ventaja de haber vivido en Cuba. Porque yo también uso muchas frases y palabras regionales. Eso puede ser rico pero al mismo tiempo puede lastrar la traducción ¿Cómo digo esto que es muy regional, y que suene también regional en el otro idioma? Eso es problema del traductor, ahí el autor no tiene lugar.


Legna Rodríguez Iglesias (Camagüey, 1984) es una poeta, cuentista y dramaturga cubana.  Escribe la columna “Irrelevante” en la revista digital  El Estornudo  y la columna “53 Noviecitas” en  Hypermedia Magazine. Obtuvo el Premio Centrifugados de Poesía Joven con el libro  Mi pareja calva y yo vamos a tener un hijo (Ediciones Liliputienses, 2019). La Editorial Alfaguara publicó  Mi novia preferida fue un bulldog francés (Narrativa Hispánica, 2017). En el año 2016 mereció el Paz Prize, otorgado por The National Poetry Series, con  Miami Century Fox, 51 sonetos (Akashic Books, 2017). Obtuvo el Premio  Casa de Las Américas, teatro, 2016, con la obra  Si esto es una tragedia yo soy una bicicleta  y el Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, 2011.   Sus libros han sido traducidos al inglés, al alemán, al italiano y al portugués.


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Ana Rocío Jouli (1991, Santa Rosa) es una escritora e investigadora argentina. Es Magíster en Escritura Creativa por la Universidad Tres de Febrero y estudiante del Doctorado en Letras de la Universidad Nacional de La Plata. Autora de Los pacientes (2017), Tarde (2015), Constelaciones (Erizo, 2016), Los viajes (NIEVE, 2015) y Baúles, puentes y jardines (Morosophos, 2011). Ha realizado estancias de creación/investigación en CLAS Centre for Latin American Studies (2019, University of Copenhagen, Dinamarca), Bergische Universität Wuppertal (2018, Alemania), McGill University (2017, Montreal, Canadá), e IDEA Instituto de Investigaciones Avanzadas (2016, Santiago de Chile).

Revista Desbandada

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