Los vendedores de crecepelo

Artículo de opinión de Luis Miguel Fernández López

El hombre necesita casi constantemente la ayuda de sus semejantes, y es inútil pensar que lo atenderían solamente por benevolencia (…) No es la benevolencia del carnicero o del panadero la que los lleva a procurarnos nuestra comida, sino el cuidado que prestan a sus intereses.

Adam Smith, La riqueza de las naciones

Durante las soporíferas tardes de los sábados de mi infancia ochentera y mesetaria, y mientras los adultos tomaban café y conversaban entre ellos o se abandonaban al pequeño placer de la siesta, el principal canal de televisión de los dos únicos existentes solía emitir películas de lo que nosotros denominábamos entonces de vaqueros o del Oeste, y lo que hoy en día en el lenguaje de los cinéfilos gafapastas se conoce como “Western”.

La épica era el componente fundamental de estos filmes, protagonizados por héroes individuales que gracias a su pericia con las armas de fuego resolvían siempre situaciones muy complicadas en lugares donde la civilización occidental y sus reglas todavía no habían terminado de llegar del todo y por tanto solo valía la ley del más fuerte. Sin embargo, los protagonistas siempre disponían de un sentido ético y moral admirable, que les permitía discernir sin duda alguna entre lo éticamente bueno y lo moralmente reprobable. Y por supuesto, siempre terminaban ganando, en una exaltación de los valores individualistas, contra bandidos, poderosos hacendados, sheriffs y jueces corruptos y por supuesto contra los indios, a los que esa “admirable” ética y moral de los pistoleros protagonistas nunca salvaba de ser exterminados o en el mejor de los casos “solamente” expulsados de sus tierras.

A los protagonistas siempre les acompañaba un grupo de personajes o personalidades que se repetían en prácticamente cada nueva historia. En el pequeño pueblo de pioneros donde vivía o al cual llegaba el protagonista, se encontraban siempre, aparte del Saloon, oficina del sheriff, cárcel y tienda, ganaderos, fulleros, matasanos, tramperos, buscadores de oro y buscavidas de todo tipo y condición. Entre estos últimos una figura clásica era el vendedor de crecepelo, que siempre viajaba con una carreta cargada con su milagroso remedio y subido a un atril intentaba convencer en cada pueblo a los lugareños de las bondades de su producto. Este personaje era siempre un estafador y simbolizaba la más absoluta falta de escrúpulos y de moral, pero no era considerado peligroso, al menos para la figura protagonista, por su falta de habilidad con las armas de fuego. Rara vez era tomado en serio y muy a menudo no llegaba a ser más que el hazmerreír de las diferentes comunidades por las que pasaba e incluso podía llegar a ser humillado, por ejemplo embreado y emplumado, o bien apaleado por algún colono engañado por sus malas artes.

Ya apenas se ruedan hoy en día Westerns, pero si así fuera la historia sería completamente diferente, el protagonista sería un alegre “emprendedor” que habría tenido “una idea” que se convierte en un producto, y tal producto tiene mucho éxito entre los colonos porque el vendedor de crecepelo tiene un gran don de gentes. Cuando los colonos descubren que el producto milagroso no tiene ningún efecto, se dirigen, indignados, hacia la carreta del mercachifle para exigirle responsabilidades, y este pide ayuda al sheriff y acude a protegerlo hasta el séptimo de Caballería, porque la culpa de la estafa la tienen, obviamente, los que se han dejado engañar. El “emprendedor” solo ha hecho uso de su “libertad” en el marco de un sistema de libre mercado que por supuesto debe ser protegido por la ley y sus representantes.

Las representaciones artísticas de cada época histórica suelen plasmar fielmente los valores morales de ese tiempo. Cada momento histórico tiene una moral dominante, ya sea esta de índole religiosa o a partir del siglo XVIII, al menos en Occidente, laica. Los valores que transmitían los productos culturales del “Imperium” durante la modernidad eran la exaltación de la individualidad y de la violencia para poder culminar la labor “civilizadora” del hombre blanco, que de esta forma iba estableciendo “el imperio de la ley”. A partir de los años 60 del siglo XX, con la irrupción del pensamiento posmoderno, se pasó a poner en cuestión la vigencia y validez del relato imperante y de esta forma se comenzó a interpretar la realidad desde otras perspectivas. Y lo que por una parte ha de considerarse como positivo, puesto que por vez primera en la historia se dio voz a aquellos que no la tenían, por ejemplo a los pueblos indígenas norteamericanos machacados por la colonización, por otro ha tenido un efecto muy negativo para el correcto funcionamiento de nuestras sociedades, porque al abrir la puerta a todo tipo de interpretaciones y perspectivas de la realidad se ha terminado por aceptar también la validez de relatos o discursos amorales. Nada es bueno o malo, todo es relativo. Los hechos no importan, solo el relato. Y esta forma de interpretar el mundo se ajusta perfectamente a los postulados morales, o más bien a la falta de ellos, de canallas como Ayn Rand o Milton Friedman, padres ideológicos y espirituales del Neoliberalismo.    

Y la moral dominante del Occidente posmoderno ha pasado a ser desde la “Revolución Conservadora” de los años 80 del siglo XX la de los vendedores de crecepelo, charlatanes y mercachifles.

Adoptando por tanto este punto de vista no es difícil comprender que se vendan en Occidente artículos fabricados con mano de obra cuasi esclava a precios desorbitantes en relación al coste de producción. No es complicado de entender que se decidiera desde los más elevados despachos de los bancos de inversión de Wall Street deslocalizar de forma masiva la producción industrial occidental a la muy comunista República Popular China, con la falsa creencia de que la economía de mercado termina trayendo siempre una democracia de corte liberal, y que ahora nos intenten convencer de que este monstruo que ellos mismos han creado sea un gran peligro. No deberíamos tener dificultades para imaginarnos que en un país como España, en pleno declive demográfico desde hace décadas, se formase en su momento una burbuja inmobiliaria y que cuando estalló, como hacen todas las burbujas especulativas, se echase la culpa a la ciudadanía porque “había vivido por encima de sus posibilidades”. Y tampoco debería extrañarnos que los estafadores y especuladores que con su irresponsabilidad provocaron el crack financiero y bursátil de 2008 intentaran irse de rositas porque la causa del empobrecimiento de muchos millones de personas no es la incompetencia y falta de ética de las élites mundiales, sino que así “es el mercado, amigo”.

Tenemos por tanto en estos momentos una sociedad y una élite económica, política y social para la cual siguen primando, como siempre a lo largo de la historia, los intereses crematísticos, pero no ya como resultado del normal intercambio comercial o de los beneficios extraídos de los medios de producción que poseen, sino como resultado de la estafa y la especulación más descarnadas. Pero la sociedad, la economía y la política solo funcionan si a los mandos tenemos una clase dirigente con otros valores más allá del egoísmo, la avaricia y la irresponsabilidad más absoluta. Lo contrario nos llevará, y nos está llevando de hecho, a la decadencia, la irrelevancia y quizá al colapso civilizador.

Y por esta razón, algunos estamos deseando que lleguen los “pieles rojas”,asalten el poblado de pioneros, y les corten a todos estos vendedores de crecepelo las cabelleras. Y que luego se apliquen ellos mismos sus propios remedios, esos que llevan ya demasiado tiempo recomendándonos a los demás, para que comprueben en sus propias carnes, si funcionan o no.


Dibujos del artículo: José Guadalupe Posada, grabador mexicano de principios del siglo XX, responsable de la famosa imagen «La catrina», en la que se inspiró Rivera para su cuadro «Paseo por la alameda», en la que aparece el propio Posada junto a Frida Kahlo.


Luis Miguel Fernández López. Nacido a orillas del Pisuerga en el ya lejano año de 1976, es profesor de Historia y Lengua Española en un instituto de educación secundaria en Berlín. Apasionado de las artes, las letras y la política, escribe sesudos artículos de esta última disciplina cuando tiene ocasión.

Revista Desbandada

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