Apruebo

Un relato de Hayo Breinbauer.

‘¿Qué diablos estoy haciendo aquí?’, fue lo primero que pensó Andrés al entrar en el atestado jardín. Navegó entre un pequeño océano de invitados, buscando –sin estar seguro de querer realmente encontrar– su mesa. No reconocía a nadie.

‘Fue un error venir. Me voy’, fueron su segundo y tercer pensamientos. Programó una fingida visita al baño apenas fuera razonable, para prontamente buscar la salida. Pero su plan de escape fue interrumpido, nada más y nada menos que por el mismísimo festejado.

«¡Andrés! Qué gusto verte, hombre. Ven, déjame mostrarte tu mesa. Todo con debido distanciamiento social, por supuesto. Pero cómo van a haber contagiados en nuestro selecto grupo, ¿no crees? Si no nos contagiamos en el trabajo, viendo pacientes, imposible contagiarnos aquí, ¿no crees? No nosotros, como va a ser. Qué bueno que te animaste venir, en estos tiempos tan aciagos a celebrar conmigo», habló sin parar José Tomás, que además de cumpleañero ostentaba el título de Jefe. Jefe de Andrés. Sin mostrar necesidad de respirar, continuó diciendo, «con la pandemia ya estábamos saliendo a flote, pero el resultado del plebiscito… oh por Dios, creíamos que perderíamos, pero ¿78% de ‘apruebo’? ¿Es que hay de verdad tantos bárbaros tan locos en este país?, ¿es que de verdad quieren terminar de derrumbar el país y transformarnos en Venezuela? ¡Oh, por Dios! Con Isabel Margarita estamos pensando seriamente abandonar Chile de una buena vez. Sería una buena idea, ¿no? Todos aquí piensan lo mismo. Antes de que nos expropien hasta los zapatos, ¿no crees? Bueno, aquí te dejo en tu mesa. Que la pases estupendamente. Disfruta el almuerzo», deseó José Tomás, y casi sin pausa comenzó a saludar a otro invitado.

Andrés no había dicho una sola palabra.

Sentado, se obligó a sacar las manos de sus bolsillos, sin saber bien que hacer con ellas. Estaban blancas, frías y sudorosas. No habían abandonado la seguridad de su pantalón desde que llegaron a la fiesta. Las contempló. Sobre todo, la derecha. Con esa había enarbolado el lápiz de pasta azul, comprado especialmente para la ocasión, hacía exactamente 6 días, el domingo pasado. ‘Lo recordaré toda la vida’, pensó. De un solo zarpazo, había atravesado la línea impresa en la papeleta de votación. ‘Apruebo. Apruebo cambiar la constitución de la República de Chile. Apruebo cambiar el alma maldita y condenada de este país de mierda. Apruebo la idea de creer que podemos vivir en un país, aunque sea un poco, menos demente’.

Y entonces apoyó y dejó caer las manos con propiedad sobre la mesa, sin miedos ni tapujos, como si tuvieran todo el derecho de estar ahí. Porque sus manos –incluida también la derecha, que lentamente recobraba color y calor– sí tenían el derecho de estar ahí, a la luz del día y sin vergüenza. Hasta ese momento, había intentado convencerse de una sola cosa: de que no quería venir a la fiesta por temor a contaminarse del maldito virus. Pero no. En realidad, no quería venir porque sabía, que a su alrededor probablemente todos los invitados habían votado “rechazo” seis días atrás.

Desde el desierto a la Antártida y desde la montaña al mar, la mayoría de sus compatriotas, un inmenso 78% de ellos compartían su deseo. Andrés había crecido, se había formado, y ahora trabajaba en una pequeña burbuja de su sociedad, selecta, elitista y privilegiada por esa constitución que hacía seis días comenzaba a conocer su fin. Y ahora estaba aquí. En esta fiesta llena de aquella misma gente con la que había crecido y aprendido –siempre implícitamente, nunca de forma abierta–  que había dos tipos de chilenos, ellos y nosotros, y que más valía la pena ser de los “nosotros”, los educados, los afortunados, los que sabían lo importante en el mundo y estaban destinados a guiar, en teoría cuidar, pero al fin y al cabo a ordenar al resto.

Los trajes elegantes, las copas de vino, los asustados comentarios de los integrantes de su mesa, sobre cómo el país caería ahora en la más terrible desgracia, todo ello le pareció abrumador. Asfixiante. Cuántas veces había escuchado distintas versiones de los mismos comentarios. En su casa, en el colegio, en los pasillos de la clínica donde trabajaba. Ahora en los chats virtuales donde abundaba la misma gente, una y otra vez, y en tantos otros espacios donde la vida que ¿había él realmente elegido vivir? lo había llevado a habitar.

«Hola. Hola… ¿Cómo están?, mi nombre es … erm… es Andrés», se presentó titubeante frente al resto de los integrantes de su mesa. Hubo saludos y la conversación de la mesa avanzó torpemente, con débiles intentos de integrarlo.         ‘¿Qué hago aqui?’, se preguntó una vez más. Pensó en retomar su plan de escape. Desde su asiento pudo ver cómo la salida estaba localizada de forma muy conveniente, justo al lado de los baños más cercanos a su mesa.

«Saben, no aguanto más. Tengo que confesar que voté… Apruebo», dijo como si no estuviera allí y tardó unos instantes en darse cuenta, de que esas palabras habían salido de su propia boca y que no se le habían perdido, tímidas, entre sus pensamientos.

El incómodo silencio que azotó la mesa como la onda expansiva de una bomba, fue lo que finalmente terminó por convencerlo de que sí, él había dicho aquellas palabras.

‘Bueno, al menos ahora tenemos algo en común todos aquí’, pensó Andrés, ‘ahora todos queremos estar en cualquier otro lugar’.

Entonces la cosa más extraña y maravillosa ocurrió. Una mujer de ojos entre oscuros y dorados, luego supo que su nombre era Alicia, dijo «Bueno… ¿y?, lo dices como si fuese un pecado».

Cinco miradas se volcaron como latigazos hacia Alicia. ‘¡Pero por supuesto que es pecado!’, parecían gritar esos cinco pares de ojos.

Sin hacerles caso, ella continuó, «Bueno, ya que tendremos que ponernos de acuerdo en escribir una nueva bendita constitución, más nos vale empezar a hablar de ello. A ver si podemos terminar con algo más o menos razonable escrito sin sacarnos más los ojos. Aunque puede que me arrepienta de preguntar… cuéntame… ¿que pondrías tú en nuestra nueva Carta Magna?».

Andrés comenzó a hablar. Primero con cuidado. Luego sin cuidado. Al poco tiempo con desbocada pasión.

Comenzó como un diálogo. Alicia y Andrés. Pero pronto se sumó uno. Otro se levantó y se las arregló para cambiarse de mesa. Finalmente, los otros tres se sumaron entusiastas a la conversación. Hubo voces que subieron de tono. Miradas inquisitivas y fiscalizadoras de mesas vecinas. Pidieron más vino. Pronto, hubo risas. Muchas.

Fueron los últimos en irse de la fiesta.


Hayo Breinbauer

Hayo Breinbauer (Santiago de Chile): otorrinolaringólogo que le fue infiel a las Matemáticas, lector empedernido, curioso compulsivo, escritor de clóset.

Apruebo forma parte de la antología Mercurio (Estacionario) de la que Desbandada publica una selección. Ver aquí.

Foto de portada: ©Hugo Fuentes/Pexels

Revista Desbandada

Un comentario sobre “Apruebo

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