Domingo en la noche

Un relato de Sebastián Trujillo.

Juana ha caído justo en el centro de la sala del apartamento. Encima de una alfombra en espiral. La luz del techo es débil. Parpadea.  A través de la ventana se ve la lluvia negra mojar el asfalto de la ciudad.

Con esfuerzo se incorpora. Trigueña como la miel. Sensual. Piernas esbeltas. El sexo cubierto por una magnífica tanga roja de Victoria’s Secret. Tambaleando llega hasta la botella de vodka que yace sobre el piano.

Bebe largo. Hace sonar una melodía triste. Pero hermosa. El cabello tiene manchas de neón y le oculta, irreverente, la mitad de su espalda. Aparta los dedos del teclado y entonces acusa al amor de asesino. Lo insulta como si fuera un enemigo repugnante.

Es domingo en la noche y la sensación de que nada importa es tan intensa que parece capaz de extraerle todas las lágrimas del alma. Abre el cajón de la mesa ubicada, al revés, en un rincón de la estancia.

En la pared cuelgan fotografías sepias de un hombre al que llama hijo de puta.

La ciudad, demente, fabrica a cada instante monstruos errantes, desesperados a causa del vacío, que arden en sus propios infiernos. Hundiendo sus pasos en el agua estancada de alguna calle. En la barra de algún bar. O justo en el centro de una sala.

Juana, borracha, y sin despojarse del estilo, sienta el culo en el lugar donde se había desplomado. Queda poco en la botella. La tele, frente a sus ojos, es un vidrio luminoso e hipócrita que emite un programa de consejos para vivir mejor.

Solo mierda, susurra, solo mierda.

Es plateado. Lo ladea para contemplarlo desde diferentes perspectivas. Apunta al aparato y lo destroza con seis balazos. El hilillo de humo asciende como el rastro de un fantasma perturbado y violento. Desde el piso once alguien grita. Luego calla. Juana ríe.

Caliente, todavía, se encañona el cráneo. Primero las sienes. Quema. Después el espacio entre las cejas. Al final abre la boca e introduce el cañón allí. Su aliento es de pólvora y alcohol.

A punto de disparar, con el dedo en el gatillo y temblando, echa un vistazo al vodka. Arroja el arma al suelo. Merece la pena beberse varias botellas durante los días que sobren en su destino. Porque, piensa Juana, quizás de la bebida surja una migaja de esperanza. Brinda con sus demonios y su sombra. Mientras busca con la mirada, a través de la ventana que muestra la lluvia negra, algo extraordinario que caiga en el asfalto.


Sebastián Trujillo Sanclemente es comunicador social y periodista con énfasis en prensa, egresado de la Universidad Sergio Arboleda, Colombia. Nació en Barranquilla. Trabajó en seguimiento.co, periódico virtual de Santa Marta, Colombia. “Mi alma es del Caribe y ahora sobrevivo en Berlín”, dice. 27 años.

Foto de portada: Wes Hicks/ Unsplash

Revista Desbandada

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